El MOCA, en Los Ángeles, presenta la primera gran retrospectiva en un museo estadounidense de Anna Maria Maiolino (1942), artista italo-brasileña multidisciplinaria que condensó en su obra temas vitales relacionados con su condición de mujer, madre y migrante, desarrollados a través de prácticas artísticas manuales y un carácter poético en la denuncia a la represión instaurada durante la dictadura en Brasil entre los años 1964 y 1984.

La exhibición, curada por Bryan Barcena, es la primera gran revisión exhaustiva de cinco décadas de la obra de Maiolino, que se manifiesta en medios como el grabado, el dibujo, la escultura, fotografía, video y performance de una fuerte carga psicológica, íntima e introspectiva. Aunque Maiolino ha sido objeto de varias exposiciones individuales en Europa, así como en Miami y Nueva York, es ahora, a través de esta muestra parte de la iniciativa Pacific Standard Time: LA/LA, cuando su obra está empezando a ser ampliamente reconocida institucionalmente en Estados Unidos. Su trabajo también ha estado cobrando visibilidad internacional en la última década a través de su representación comercial por las galerías Hauser & Wirth (Zürich/Londres/Nueva York/Los Ángeles) y Luisa Strina (São Paulo).

“Cuando Anna Maria tuvo su exhibición en Hauser & Wirth en el 2014 vimos su trabajo y nos llamó mucho la atención para hacer esta exhibición. Dijimos: ‘Ella tiene que ser la artista que presentaremos en PST: LA/LA. Fuimos todo el equipo del MOCA a su taller en São Paulo para ver su trabajo y comenzar a trabajar de inmediato en esta muestra”, dice el curador de la exposición, para la que se llevó a cabo una investigación de tres años con fondos del Getty.

Maiolino es parte de una generación de artistas mujeres de América Latina cuya obra está siendo objeto de revisión académica tras pasar prácticamente inadvertida por décadas dentro de los estudios críticos e investigaciones curatoriales que han marcado la historia. Este rescate de figuras marginadas o derechamente obviadas por la historia oficial se evidencia en numerosas muestras recientes, no sólo en EEUU, sino también en Latinoamérica y Europa. En PST: LA/LA, la exposición Mujeres Radicales, por ejemplo, busca llenar este vacío historiográfico con la presentación de las prácticas artísticas experimentales de 120 mujeres artistas y colectivos latinoamericanos, latinos y chicanos.

“Reexaminamos el trabajo de Anna Maria en particular porque queremos subrayar las razones por las cuales algunos artistas quedan fuera del canon. Nos interesan estos pequeños gestos, como el de esta exposición, porque sabemos que se incorporarán a la historia del arte. Hay cada vez más interés por reescribir la historia del arte, por demostrar que la obra de mujeres como Anna Maria existe bajo términos propios, no porque se parece a la de otros artistas hombres”, señala Barcena.

La exposición en el MOCA, repartida en seis salas, examina la producción artística de Maiolino mediante un recorrido que es tanto cronológico como temático. La primera sala reúne obras tempranas de los años 60 a principios de los 70, en su mayoría xilografías con una paleta reducida que hablan de la tensa atmósfera política durante la dictadura militar brasileña, así como de los sentimientos de alienación y marginación que emanaron de la condición de inmigrante de la artista.

Maiolino nació en Italia en 1942 y emigró con su familia a Venezuela siendo aún una niña. En 1960 se trasladó a Brasil para asistir a la Escola Nacional de Belas Artes de Río de Janeiro. Su trayectoria, tanto artística como personal, habla entonces de su condición de migrante y de las masivas transformaciones políticas y sociales del siglo XX.

Como artista, fue moldeada por los profundos desafíos a las categorías del arte, de modo que su inquieto trabajo habla de su deseo por experimentar con distintos medios y con la lógica de lo cotidiano. Personalmente, sufrió el desarraigo de los desplazamientos globales que trajo la Segunda Guerra Mundial, con sus rupturas lingüísticas y culturales. También se vio profundamente afectada por la dictadura militar (1964-1985) en su país adoptivo, Brasil, donde se hizo ciudadana en 1968, así como por el cuestionamiento mundial de las estructuras de poder patriarcal en medio del surgimiento del feminismo.

“Sus primeros 18 años los vivió como inmigrante, y eso se plasmó en sus xilografías. Cuestionaba su identidad y su nacionalidad”, señala Barcena. Esta indefinición identitaria se refleja en un multicolor relieve escultórico fijado a la pared como una suerte de statement al inicio del recorrido. Se trata de Glu, Glu, Glu (1967), una representación, si se quiere, gráfica de un aparato digestivo. Su título ya nos sitúa en la onomatopeya de la deglución, y es que Maiolino cita aquí a la antropofagia, el término de la vanguardia brasileña que alude al sincretismo de culturas y al sujeto colonizado, o “canibalismo cultural”.

El trabajo de Maiolino durante los años sesenta y setenta se refería también al cuerpo en su relación con el lenguaje. Hacía palíndromos y se interesaba en la boca como sitio simultáneo del lenguaje y el consumo de alimentos. Este nexo entre lo lingüístico y lo corporal, entre cultura y naturaleza, lo investigaría por el resto de su carrera artística, mientras que su formación temprana como grabadora moldearía su trabajo por décadas.

Por esa época, a Maiolino también le interesó la geometría abstracta, pero aplicada a su propia biografía y a la historia. En una serie de dibujos configurados como dameros/pasatiempos, la artista inscribe en cada cuadro una palabra que grafica situaciones personales, sociales y políticas, para finalmente armar un gran relato inconexo gramaticalmente pero finalmente imbuido de capas de sentido. “El modernismo lleva a Anna Maria a preguntarse quién soy y otros asuntos relacionados con la subjetividad. Ella logra tomar dos narrativas muy distintas –la retícula del modernismo y el cuestionamiento social- para convertirlas en una sola narrativa”, apunta Barcena.

En la segunda sala del museo hay una serie de trabajos fechados entre 1964 y 1968, años en los que, debido a la represión de la dictadura, Maiolino se va a vivir a Nueva York, donde no produce mucho. Se dedica a criar a sus dos hijos y a pasar buenos ratos en su taller en Brooklyn. Allí también se expuso al minimalismo y al conceptualismo y se unió a otros artistas exiliados latinoamericanos, como Helio Oiticica y los fundadores del New York Graphic Workshop (1964-1970), Liliana Porter, José Guillermo Castillo y Luis Camnitzer.

Por estos años, Maiolino también emplea el papel como material escultórico, apilando capas, superponiéndolas para conformar lo que remite a cortes geológicos o geografías del cuerpo. Rasgar, cortar y coser papel son, en este período de producción de la artista, gestos de una fuerte carga emotiva y psicológica. A estos trabajos los llamó Drawing Objects.

En 1971, Maiolino vuelve a Brasil y empieza, como muchos otros colegas en Norteamérica y América del Sur, a trabajar en cine y performance, poniendo como tema central el impacto de la dictadura en las libertades personales y culturales. Para estos trabajos recurrió a su cuerpo, despertando algunos de éstos reacciones viscerales en el público. En Entrevidas, un performance de 1981 del que se presentan tres fotografías en la exposición, la artista cubre una calle con docenas de huevos, para después caminar sobre ellos. El performance resuena por su tensión particular del pensamiento dialéctico -duro y suave, durable y delicado- y sus asociaciones con temas de género, fertilidad y alimento. Un performer hizo una reposición de este trabajo en el MOCA el pasado jueves 14 de septiembre.

En esta misma sala se muestra otro seminal objeto de la artista. Se trata de una mesa negra sobre la que reposa un juego de naipes al que le faltan dos barajas, una metáfora sobre el juego político “trancado”, o de la represión política de la que no se puede salir ni acabar. Creado por la artista como epicentro de una exposición de 1976, Solitário ou Paciência (Solitario o Paciencia) fue un performance en el que ella se sentaba en silencio en la mesa jugando al solitario, sin encontrar solución alguna y, por tanto, siempre destinada a perder. El 5 de octubre, a las 19 horas, Rebeca Hernández recreará esta acción.

También en esta sala se incluyen fotogramas de un performance en el que Maiolino toma una tijera y procede a cortar su boca, nariz y ojos, en alusión a la censura. “Para ella, si censuras tu boca, tu habla, es como censurar todas las partes de tu cuerpo”, relata Barcena.

Después del fin de la dictadura, Maiolino regresa a Brasil. Se instala en Río de Janeiro, atravesando dificultades económicas, mudándose de un lado a otro. Desde esta fecha y hasta la década de los 90, la artista no estuvo muy activa. Pero, como en los 70, vuelve a experimentar un renacimiento artístico cuando descubre la arcilla, un material con el que hasta hoy sigue trabajando entusiastamente, un “medio que le ayudó a pensar en su identidad de manera más completa”, según el curador.

La arcilla le permite a Maiolino realizar grandes instalaciones esculturales, como la que se sitúa en la cuarta sala del museo. Este trabajo en particular, que se reconfigura y renace cada vez que se presenta, es el resultado de la labor repetitiva de moldear arcilla para ir distribuyendo los cúmulos sin cocer en el piso, las paredes, o sobre una mesa. “No es una composición planeada, sino un simple gesto repetitivo que va dando con estas formas biomórficas”, explica Barcena sobre la versión de este trabajo para el MOCA, en la que colaboraron durante tres semanas ceramistas e incluso el staff del museo, cada uno imprimiendo su particular huella.

“La relación con la comida o el alimento está siempre muy presente en la obra de Anna Maria, y esta no es una excepción. Aquí vemos quizás ese pasado de Anna Maria, de su infancia en Italia, en el seno de una familia de nueve a los que había que alimentar, con pasta, con pan…”, señala el curador sobre esta obra frágil, que irá mutando en el tiempo, y que apela a la naturaleza diaria, cíclica y repetitiva del “trabajo de las mujeres” y también al que es quizás el mayor asunto filosófico de la artista: la impermanencia.

La sala 5 acoge una serie de esculturas hechas a partir de moldes, otro de los modos de producción característicos de Maiolino. “Siempre le interesó el molde. Incluso a los niños los ve como los moldes de los adultos”, señala el curador.

La sala contiene estos pequeños gestos psicológicos del moldeado que permiten observar cómo la artista comienza a interesarse por conceptos y modos de producción artística relacionados con la serialidad y la repetición. Todas las piezas se asemejan en su forma, sin embargo, ninguna es igual a otra, porque la mano, la huella de la artista, siempre estará presente en cada uno de estos objetos. Asimismo, la serialidad tiene mucho que ver con la identidad, que es uno de los temas centrales en la obra de Maiolino.

La última sala de la exposición, a la que el curador llama “The Drawing Room”, contiene, precisamente, dibujos y otras obras sobre papel de la artista. “El dibujo siempre ha sido su base. Ha dibujado desde siempre. Lo dibujos son como una especie de Códex, impreso con esos gestos que luego va a repetirse tridimensionalmente en sus esculturas”, concluye.

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Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es Directora y Fundadora de Artishock. Licenciada en Comunicación Social, mención audiovisual, por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela, 1994), con formación libre en arte contemporáneo (teoría y práctica) en escuelas de Nueva York (1997-2007). En Nueva York trabajó como corresponsal sénior para la revista Arte al Día International (2004-2007) y como corresponsal de Cultura de la agencia española de noticias EFE (2002-2007). En Chile fue encargada de prensa y difusión para el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería Gabriela Mistral, Galería Moro y la Bienal de Video y Artes Mediales.
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