Por Gianni Jetzer

Cuando era niño, alguien me dijo que un hombre cavó un agujero tan profundo que salió de él hacia el otro lado del mundo. Parado en terreno firme, me preguntaba por qué este hombre, de hecho, no se había caído de la tierra. En su nuevo film, As Far As We Could Get (Hasta donde podemos llegar), que contiene elementos documentales y ficticios, Iván Argote (Bogotá, 1983) cava un canal imaginario de Indonesia a Colombia, o desde el municipio de Palembang hasta un pueblo llamado Neiva. Las dos ciudades son antípodas exactas (una rara coincidencia que sólo seis ciudades más comparten en todo el mundo). En ambos lugares, el artista alquiló grandes carteles publicitarios para anunciar simultáneamente un largometraje llamado La Venganza del Amor. Como en una novela de Jorge Luis Borges, el título del film, que es también el de su exposición en la nueva galería Perrotin de Nueva York, se anuncia a través de una pirámide de información interrelacionada: mediante un cartel que anuncia una película de ficción documentada por la cámara del artista, leemos el título de la exposición que estamos visitando.

En contraste con el hombre de mi infancia, Iván Argote viajó en avión desde América del Sur a Asia. En ambos continentes, y con las mismas directivas, conoció a los lugareños en igualdad de condiciones. Su enfoque principal son los adultos jóvenes que coincidentemente nacen el día en que cayó el muro de Berlín. Mientras enriquece un evento único en todo un siglo con biografías personales, Argote investiga los sentimientos como aquel tejido que toma influencias tanto de la historia como de la memoria.

Cambiando de una locación a otra, la cámara registra más similitudes que diferencias, llevadas al punto cuando vemos rebotar balones siempre obedientes a la gravedad, dibujando así una línea imaginaria hacia el centro del mundo. Los balones pueden leerse como agentes de la globalización, mediando entre continentes, pero también entre el mundo del ocio, el marketing deportivo (el marketing de los jugadores de baloncesto comenzó en Estados Unidos en los años 80), el neoliberalismo y el arte contemporáneo (por ejemplo, Jeff Koons).

La proyección cinematográfica es interrumpida a intervalos frecuentes para iluminar el espacio expositivo y, notablemente, una serie de esculturas de hormigón colgantes, así como una enorme y solitaria pepita de oro (una batata disfrazada). Este tubérculo supuestamente cruzó los mares en el año 700 DC, en embarcaciones que salían de la desembocadura del río Orinoco, en Venezuela, hacia la Polinesia, para ser cultivado y consumido desde entonces, con lo que se declara, finalmente, un ejemplo de “incorporación” cultural de gran éxito.

En otra área de la exposición, múltiples capas de láminas agujereadas se montan una frente a otra creando un palimpsesto permeable al aire. Los lemas impresos, tomados de panfletos políticos, conforman una concertación de voces. Algunos acontecimientos pasarán la barrera sin dejar rastros; otros serán eternizados. El artista, que a menudo habla de la historia como “textura”, crea imágenes alegóricas del pasado y, por lo tanto, deconstruye el presente. Los agujeros pueden ser leídos como una pérdida de memoria, o como una brisa de aire fresco.

La Venganza del Amor es también la respuesta de Iván Argote al clima político actual en Estados Unidos, que ha provocado mucha hostilidad hacia los extranjeros, y especialmente hacia los inmigrantes hispanohablantes. El título de la exposición es una referencia tanto a la política como a los estereotipos culturales (también podría ser el título de una telenovela), bajo la certeza de que el amor siempre gana.

UA-20141746-1 Cartelera