Por Miguel A. López, curador

Esta exposición en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, en Managua, propone una revisión abreviada de tres décadas de trabajo de la artista y educadora Patricia Belli (Managua, 1964), considerada como una de las precursoras del arte contemporáneo en Nicaragua. Revisitar los distintos aspectos de su obra es entrar en diálogo con un lenguaje enigmático y desafiante que ha explorado la memoria de la materia, así como sus significados simbólicos y culturales, para traducir preocupaciones íntimas y sociales. Su posición comprometida con su contexto no se agota en la producción de su obra artística, sino que se ha extendido a la creación de espacios para la investigación, la conversación y el aprendizaje colectivo, especialmente con el proyecto EspIRA, a partir de 2001, que ha tenido un impacto enorme para las nuevas generaciones de artistas en la región.

La primera presentación de esta exposición tuvo lugar en junio de 2016 en TEOR/éTica, San José de Costa Rica. En agosto, la exposición viaja a las salas de ArteCentro de la Fundación Paiz en Guatemala. La exposición viene acompañada de un libro monográfico bilingüe de 250 páginas con cuatro ensayos, una entrevista y el trabajo literario de la artista, además de 200 reproducciones de obra, el cual se presenta en agosto-septiembre de este año.

Vista de la exposición "Equilibrio y Colapso", de Patricia Belli, en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, Managua, 2017. Cortesía: Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián

Belli se acerca a las cosas intentando identificar una condición de vulnerabilidad compartida, como si reconociera que en lo efímero y en lo delicado se esconden formas poderosas de resistir a la violencia del mundo. La artista parece ir en búsqueda de una seducción epidérmica en los materiales. Belli los examina y los utiliza como si aquellas pieles y texturas (telas intervenidas, madera cruda, fierros expuestos o muebles reciclados) se convirtieran en un campo de pruebas de sensaciones placenteras, dolorosas o eróticas.

En los años ochenta su trabajo se centró en la representación de paisajes emocionales melancólicos donde fragmentos del cuerpo humano son retratados como extensiones del espacio doméstico. A partir de los años noventa su obra asume progresivamente una dimensión política a través de una exploración decidida sobre lo erótico y lo sacrificial, como en los ensamblajes hechos con fragmentos de muñecas de yeso –Mujer de cabaret (1992) o Jaula con brazo (1992). En esos mismos años, lo táctil empieza a tener un protagonismo especial en sus obras: Belli trabaja a partir de telas y ropas recicladas que monta como esculturas colgantes sobre el bastidor. En obras como Trampas (1996), La columna rota (1996), Femalia (1996) o Vejez (1997), la artista explora metáforas del comportamiento y la vulnerabilidad del cuerpo y sus estructuras internas, haciéndose presentes imágenes de laceraciones, cortes o heridas. Todas aquellas obras exploran las implicancias de habitar un cuerpo y las sensaciones de angustia, vergüenza e inadecuación que conlleva en distintos momentos de la vida. Parece que Belli creara para poder juntar todas sus partes.

Otras piezas aluden a momentos de aflicción y sufrimiento extremos, como Sacos vacíos (1997), que presenta la imagen multiplicada de vientres planos del cual numerosos hilos de algodón con nudos –evocando los quipus andinos– se despliegan como cordones umbilicales extraviados. La obra, producida luego de un aborto espontáneo, muestra al cuerpo como un contenedor frágil en donde las batallas entre vivir y morir coexisten. Ya entonces sus obras empezaban a escapar del bastidor para asumir formatos híbridos, como la obra Vuelo difícil (1999), que gana la II Bienal de Pintura de Nicaragua ese año, desatando una enorme polémica y agitando el debate local sobre las formas contemporáneas de creación artística.

Vista de la exposición "Equilibrio y Colapso", de Patricia Belli, en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, Managua, 2017. Cortesía: Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián

En esta investigación de corporalidades y organismos extraños, Belli evoca también el hecho de haber nacido sin folículos pilosos, lo cual ha significado para ella haber vivido sin pelo en el cuerpo.[1] La representación de una cabeza calva es una imagen perturbadora y subversiva para los consensos occidentales hegemónicos que ven en la larga cabellera de la mujer la forma de verificación de lo que debe ser cuerpo sano, deseable, femenino y heterosexual. Esa condición física le ha permitido entablar una relación altamente crítica con las marcas de identidad socialmente asignadas, las cuales también confronta y parodia. La artista emplea esos signos de enfermedad y androginia en el video Pelo (2010), en donde se nos invita a ser un voyeur de un juego en donde la artista y una peluca teatralizan su propia identidad de género y sexual.

El deseo de construir estructuras híbridas la lleva a acentuar la combinación de materiales orgánicos, elementos industriales y objetos encontrados, en donde el cuerpo es reemplazado por el detritus de la ciudad. Lo vivo se hace presente a través de simulacros que emulan la ingeniería del movimiento corporal, como en Suspensión (2007) o Articulación (2013), o a través de nudos y espirales de metal recubiertos con adornos plásticos, como en la serie Alambre decorado que inicia en 2008. Aquel gesto de embellecimiento delicado da cuenta de una forma particular de mirar y de acercarse a las cosas sencillas. Se trata de un acto de agradecimiento y redención de lo habitualmente excluido en las formas de instrumentalización y consumo contemporáneo, como en Adornadas (2008), donde decora con abalorios varias llantas viejas de caucho, o en Columna (2010), en la cual un brillante reino de escarcha se oculta dentro de las vetas de una gran pieza de madera. La artista señala la importancia de tratar con afecto y respeto los elementos de su entorno cotidiano y los remanentes de la ciudad.

Su trabajo también explora las sensaciones de inestabilidad, conmoción o descontrol. El equilibrio aparece en la obra de Belli como una respuesta inicial a problemas físicos derivados de su persistente escoliosis (desviación de la columna vertebral) pero también como una forma de introducirse en experimentar con la física y las representaciones científicas a partir del juego con el peso, el tiempo y el movimiento. La artista abraza la incertidumbre como una manera de cuestionar las ansias de control total del ser humano, evocando también las fuerzas del caos y las maneras impredecibles de manifestación de la naturaleza. En el video Sísifa (2002), presenta el movimiento continuo de dos dedos caminando sobre una cuerda floja e intentando sostener una serie de piedras que caen una y otra vez. En los collages Terremoto (2014), Huracán (2014) o Vientos (2015), Belli construye representaciones sísmicas de la realidad a través de la acumulación de pequeños dibujos y objetos que traducen la experiencia del desequilibrio. Para la artista, esta última serie de obras relacionadas a los fenómenos naturales y a las catástrofes son también alusiones al cuerpo como escenario del desastre.

En instalaciones más recientes, Belli construye esculturas dinámicas del movimiento y del balance. En Porfiadas (2015), tres reproducciones de una cabeza humana colocadas sobre el suelo esperan el movimiento pendular de un bate de béisbol activado por los visitantes. Al ser impulsado, el bate empieza a moverse de un extremo a otro pegando una y otra vez cada una de las cabezas, las que se mueven ligeramente para volver a su mismo lugar, quedando expuestas a ser alcanzadas nuevamente por el bate. La obra nos obliga a presenciar un acto que evoca el espectáculo de una violencia interminable, señalando nuevamente cómo las dinámicas de agresión forman parte de los procesos de construcción de identidad.

 

Patricia Belli, Femalia, 1996. Vista de la exposición "Equilibrio y Colapso" en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, Managua, 2017. Cortesía: Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián
Patricia Belli, Trampas, 1997. Vista de la exposición "Equilibrio y Colapso" en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, Managua, 2017. Cortesía: Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián
Patricia Belli, Máscara Ojos, Máscara Boca, 2004. Vista de la exposición "Equilibrio y Colapso" en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, Managua, 2017. Cortesía: Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián
Patricia Belli, Pies, 1986. Vista de la exposición "Equilibrio y Colapso" en el Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián, Managua, 2017. Cortesía: Centro Arte de la Fundación Ortiz-Gurdián

Belli apuesta por “un arte que [nos] ayude a salir del aislamiento”, lo cual es también una pregunta abierta sobre cómo el arte puede hacer frente a un mundo contemporáneo marcado por dinámicas sociales de profunda individualidad y egoísmo.[2] En sus obras hay una dimensión afirmativa pero también desencantada. Afirmativa en el sentido de apostar por obras que apuntan a religarnos con nuestra propia fragilidad para interpretar desde allí el mundo, pero también desencantada por la manera de situarnos constantemente en el escenario social de brutalidad y terror en donde convivimos. Belli inventa objetos que hacen colisionar una extraña mezcla de alegría y desilusión, de gozo y denuncia, compartiendo la certeza de que la tarea más importante del vivir es redefinir nuestra manera de estar en el mundo.


[1] Se trata de una alteración genética de la piel llamada atricosis congénita.

[2] Antonio Arco, “Somos insignificantes” (Entrevista a Patricia Belli), La verdad, Murcia, 20 de mayo de 2015.