El jardín de las delicias es considerada una de las obras más trascendentes de la historia del arte, y para mí en particular ha tenido siempre una especial importancia. Pero —y a pesar de que he trabajado con referencias a grandes clásicos— nunca me atreví a hacer algo relacionado con esa pintura monumental de El Bosco; un poco por el profundo respeto que me inspiraba, y otro poco porque no encontraba una conexión con mi obra a través de la cual abrirme paso.

Esa conexión tan ansiada se dio, finalmente, cuando imaginé un grupo de andróginos con prótesis a modo de máscara anti-gas basadas en la Trilogía de Bocas —obra que hice en el 97—, en la que del interior de una boca humana sale un hocico de cerdo (de esos que tanto le gustaban a El Bosco), que a su vez vomita un cogote de pollo. Sentí que esos andróginos tenían la densidad y también el humor que tienen sus personajes, e invité a un grupo de artistas jóvenes a que los encarnaran y a que compartieran la escena conmigo.

Hay diferentes categorías de personajes, algunos interpretados por mí, donde casualmente siempre algo me tapa la cara, y otros fabricados con calcos de yeso, un recurso muy mío. Incorporé muchas aves y otros animales embalsamados, práctica que recuerda los inicios de mi carrera; porque son reales, pero están muertos y aun así pretenden transmitir una sensación de vida imitando gestos que, en el fondo, no engañan a nadie. Y los fui desplegando sobre un paisaje apocalíptico, el Valle de la Luna, para montar un gigantesco Cyclorama.

El primer encuentro con la exposición es por detrás, un vallado; es casi una contra-exposición. Este Cyclorama es un cerco que encierra la que en este trabajo es mi gran operación como artista: traer a la realidad algo que El Bosco pintó como si existiera, La Fuente de la vida, que es mi foco de atención sobre El jardín de las delicias.

La Fuente de la vida tiene que habérsele presentado a El Bosco como una visión. Es tan compleja como estructura y también tan monstruosa, a la vez animal y vegetal. Y yo quise reconstruirla de manera verosímil, pero con los signos del paso del tiempo y circundada por un paisaje extraño, como si el jardín hubiera muerto y en su lugar hubiera una especie de desierto.

NICOLA COSTANTINO: EL VERDADERO JARDÍN NUNCA ES VERDE

Barro. Arte contemporáneo. Buenos Aires, Argentina

Hasta el 23 de diciembre de 2016

Texto por Nicola Costantino (en conversación con Jorge Villacorta)

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