Voy bajando las escaleras de una estación de metro para tomar la línea B. Esto está hasta arriba de gente. ¿Dónde estás tú? ¿En serio? ¿Y qué tal tiempo hace? Me tengo que subir al tren, luego te llamo…

John Berger, Con la esperanza entre los dientes, 2011:119

La idea de un hogar fijo, una ubicación física como un reflejo de nuestra identidad, está evolucionando. Hoy en día, nuestros hábitats se extienden más allá de sus formas físicas y psicológicas estables para adquirir la figura simbólica de la trashumancia. La trashumancia es un término parecido al pastoreo, al continuo movimiento, a la situación de adaptación al espacio en búsqueda de zonas de productividad cambiante. Se diferencia del nomadismo en tener asentamientos estacionales fijos y un núcleo principal estable del que proviene la población que la practica. Es decir, la trashumancia es un cambio constante, un movimiento perpetuo sin origen y sin aparente final.

La muestra Transhumance, llevada a cabo entre abril y junio pasados en el CAB de Bruselas bajo la curaduría de Sara Alonso Gómez, da cuenta de este proceso, desde gestos sutiles e imperceptibles hasta otros más evidentes, a través de la obra de 11 artistas cubanos.

El acto de Yornel Martínez de arrugar un mapa de papel borra las fronteras establecidas y señala nuevos caminos posibles en el encuentro de otras tierras. Wilfredo Prieto abre una grieta imperceptible en la arquitectura perfecta del recinto y deja caer una gota constante. Esta lágrima crea una mancha de sal en el suelo que se convierte en una huella, o en una cicatriz casi imperceptible. En este mismo sentido, pero mediante un gesto más evidente, Roberto Diago une láminas de metal con soldadura. La barra de metal construida por Diago hace eco de la cicatriz de Prieto pero, además, crea una frontera que divide y une a la vez la sala de exposiciones.

La necesidad de volver a ese recuerdo del origen y traerlo al presente es claro en las obras de Diana Fonseca, Alejandro Campins y José Yaque. Diana Fonseca crea pinturas compuestas de materiales recogidos de las paredes de las casas abandonadas de La Habana. Alejandro Campins pinta paisajes inspirados en lugares  abandonados a su alrededor. A su vez, en un gesto más violento, José Yaque se apropia de objetos vinculados a su historia y los monta en la forma de un tornado.

Esta vuelta al origen también está presente en la materialidad de las obras. La tierra vincula la obra de Inti Hernández y Ana Mendieta. Él recrea el piso de su estudio en La Habana; lo convoca físicamente en el piso del CAB con manchas de lodo que van armando los patrones formados por los azulejos en el piso de su estudio. Ella, enterrada en la tierra, desdibuja las fronteras entre el Land Art y el Body Art.

Los problemas que hoy atraviesan parte importante de la sociedad contemporánea están relacionados al movimiento, la búsqueda de identidad, de hogar, de vuelta a la tierra y a las heridas que estas múltiples situaciones dejan. Algunas veces estas heridas, estas huellas, son evidentes y otras no. De ahí la importancia de señalarlas.

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Ixchel Ledesma Guadarrama

Estudió Arte y Cultura en la Universidad de Guanajuato, México. Realizó parte de sus estudios en la Universidad Pública de Navarra, en la Universidad Iberoamericana y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha colaborado en las revistas Ramona, Trama, Blog de Crítica SOMA y Alumnos 47. Actualmente trabaja en la Galería Walden de Buenos Aires y en la investigación y el asesoramiento de colecciones particulares. Estudia la maestría en Curaduría en UNTREF, Buenos Aires, con una beca del Ministerio de Educación. Sus temas de interés son la filosofía latinoamericana y feminismo.
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