En el Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido se encuentra el reloj atómico que, hasta el año 2011, era considerado el más preciso del mundo: sólo se atrasa un segundo cada 138 millones de años. Tomando en cuenta que los primeros homínidos que darían origen a la especie humana sólo aparecieron entre 6 y 3 millones de años atrás, todavía nos queda un trecho por recorrer, antes de llegar a retrasarnos un segundo. Incluso, como el tiempo pasa cada vez más rápido según avanza la tecnología hacia nuevas formas de medición, actualmente se busca una exactitud mucho mayor (el nuevo reloj de ión que desarrolla un laboratorio norteamericano promete una precisión ¡100 veces mayor!) La pregunta entonces cae por necesidad: ¿de qué medida de tiempo estamos hablando?

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Cortesía del artista

No hay forma de perder el tiempo se llama la exposición en la que Benjamín Ossa se interna en los límites que marcan nuestra forma de experimentar la temporalidad. Instalada en las dos salas de la galería Artespacio, Ossa ha dispuesto un escenario donde la pregunta por el paso del tiempo fluctúa entre su control o su fuga. Perder el tiempo ¿es una imposibilidad? Ossa expone registros distintos para comprobar cómo percibimos nuestras vivencias temporales: el avance de la luz, por una parte, o la congelación de un gesto que funciona como el anverso del molde escultórico. La fotografía adquiere en ambos procesos un valor predominante. Conversamos al respecto con el propio artista.

En primer lugar, sobre los retratos en blanco y negro realizados por Jorge Losse mientras el artista moldea una serie de polímeros sometidos al calor: en sólo pocos segundo el gesto del artista debe malear con su cuerpo el material que, una vez solidificado, tomará una forma única.  Aunque la presencia de la fotografía ha estado presente en el trabajo previo del artista, en esta oportunidad se integra al proceso de presentación de la obra.

En el caso de estos volúmenes, el instante en el que se producirían sabía que las ‘externalidades’ serían interesantes y fundamentales para terminar por comprender el proceso, porque allí está la sustancia de este trabajo, en la forma en cómo se relacionan. Le pedí a Jorge que me acompañara a hacer el registro, acordamos realizar las fotografías en medio formato análogo, porque así como tenía un minuto y treinta segundos para relacionarme con el material, habría sido absurdo y caprichoso realizar el registro de manera digital, por el asunto de la selección. Me gusta esa presión, esa idea de lo análogo de embarcase sin saber dónde vamos a llegar. Y para sumarle una cuota de adrenalina sólo teníamos dos tomas por volumen.

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Foto: Jorge Losse

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Foto: Jorge Losse

El tiempo medido como la inevitable urgencia por alcanzar una forma es un parámetro completamente ajeno a la precisión de un reloj atómico. En este caso, el tiempo se traduce en un gesto, un movimiento que, al convertirse en molde sólido, recuerda, evoca el momento de su fabricación. Y para eso se añade una imagen en blanco y negro. Al incorporar el proceso -el making off– cada una de esas formas de color rojo se convierte en una medida específica de algo hecho: aquello que el cuerpo del artista alcanza a realizar en su lucha contra reloj.

Estos volúmenes en –pasado- movimiento de algún modo son el resultado de un encuentro / un instante, de ese otro. Algo así como el testimonio de una relación; no sólo el cuerpo le imprime un carácter al material, esta materia también modifica la posición del cuerpo, por asuntos de temperatura y gravedad. Estamos hablando de una relación entre cuerpo y materia.

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Foto: Jorge Losse

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Foto: Jorge Losse

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Foto: Jorge Losse

Seguramente la observación proporcionada por los antiguos relojes de sol –que marcaban el tiempo por la sombra proyectada por un puntero sobre el muro de piedra de la iglesia de la plaza– se acerca más a la observación fotográfica del cielo que Benjamín Ossa ha dispuesto en la sala del segundo piso de la galería. Una serie de imágenes Polaroid retratan el cielo a través de las variaciones de luz, indicando el paso del día. En esas imágenes sin forma narrativa específica, los cambios de tonalidad muestran el avance del sol.

Creo que esas fotos del día Lunes 9 de Noviembre del año 2015 bajo el cielo del desierto de Atacama contienen la presencia del sujeto en la reflexión sobre el proceso de la serie fotográfica, hora a hora. Es indudable que alguien tuvo que tomar esas fotografías (…) Ese sujeto está en contacto con esa totalidad que es el desierto; cielo y tierra, esperando que el tiempo transcurra en disposición de observar y contemplar lo imperceptible, enredado en el tiempo para fijar un instante de luz traducido en color.

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Cortesía del artista

Imposible perder el tiempo porque vivimos “en” el tiempo, bajo la luz de un cielo que avanza. Como condicionante de nuestra existencia, la temporalidad tiene además otras manifestaciones. La fotografía ha sido el contenedor, el congelador del paso temporal que, lindando con la muerte, permite el recuerdo. La fotografía permite ver el tiempo al tratar de contrarrestar su transcurso en un instante. Incluso, ¿no son las distintas expresiones del arte una manifestación de ese deseo de atrapar el momento, de congelar el gesto, tal como una escultura clásica de Miguel Ángel captura el momento de dolor o éxtasis?

Yo creo que cuando te refieres a que esta idea [de atrapar el gesto] que ha sido repetida a lo largo de buena parte de la historia de las artes visuales, lo que estás haciendo es confirmar que el intento por congelar el tiempo o bien el problema espacio y tiempo es inherente a la historia de la humanidad. Me parece que son preguntas de carácter más trascendental, incluso en relación a lo animado y lo inanimado, la vida y la muerte. La idea de congelar o suspender tiene que ver con la fantasía de experimentar con lo desconocido; la muerte pareciera ser lo único que transgrede la  dimensión de espacio y tiempo. Lo breve del gesto se relaciona con lo instantáneo de la fotografía. Estos volúmenes rojos son el residuo, la herida (Barthes) sobre la realidad. De algún modo, son el resultado de un instante, algo así como el testimonio de una relación. Por último, el asunto de la escultura tradicional me parece que es una lectura muy posterior de la obra ya que el énfasis tanto de la idea, del desarrollo y la materialización siempre estuvo abocado al tiempo y a que la forma fuese capaz de materializar un encuentro fugaz. No me imagino cuanto tiempo ocupa la escultura tradicional. A estos actos les interesa el encuentro entre dos cosas que se condicionan, complementan y rechazan al final y una de ellas es capaz de capturar y dar testimonio.

La puesta en escena en la galería expone entonces un muestrario de moldes testimoniales obtenidos mediante un acto preciso e inesperado a la vez. El carácter único de cada instante en la realización de la obra le da un sentido completamente nuevo al tiempo cada vez: ya no se trata de una medida vacía e infinita como la que señala el reloj atómico, sino de una “secuencia irrepetible”, una serie de movimientos que se siguen como los pasos de la escena de un ballet epóxico. Al final, este proceso de moldeo y registro viene a proponer un vínculo con la descomposición de la imagen en movimiento que llevó a cabo en su día Eadweard Muybridge. Según sostenía aquel fotógrafo británico, “sólo la fotografía ha sido capaz de dividir la vida humana en una serie de momentos, cada uno de los cuales posee el valor de una existencia completa”. En ese caso, es el estudio del gesto aislado el que permite componer la continuidad del movimiento –la forma irrepetible del tiempo.

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Benjamín Ossa, No hay Forma de Perder el Tiempo, en galería Artespacio, Santiago, 2016. Cortesía del artista

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Pedro Donoso

Nace en Santiago, en 1970. Es editor, traductor y crítico. También colabora como docente en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado. Acaba de editar el libro "Gordon Matta-Clark: Experience Becomes de Object". En 2013 estuvo a cargo del proyecto Of Bridges & Borders, en Valparaíso, Chile.
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