Ese día faltaba poco para volver a Santiago y era inevitable sentir un pesar melancólico donde no había nada más que planear, sino que empezar a hacer los bolsos y respirar lo más posible la brisa del lugar. Yo por suerte no había llevado tantas cosas, excepto por mis materiales y algunas telas nuevas que quise llevar para probar pintar más en grande y que a mis compañeros no les había parecido mucho e incluso algunos se habían molestado, porque hicieron bulto en el viaje y yo insistí en un cuidado especial con ellas. Pero bueno, a mí no me importó, porque cada uno tiene sus placeres y las cosas que le gusta hacer y yo tengo esto que no dejaría por nada del mundo.

Esa tarde me tomé un jugo en la terraza con Miguel cuando los otros jugaban a la pelota en la playa y miramos la puesta de sol mientras ellos se veían a lo lejos, moviéndose poquito por la distancia y escuchábamos apenas las risas y los gritos que nos alcanzaban a llegar desde allá abajo. A mí me gustaban más los lugares tranquilos y conversar asuntos profundos e importantes con amigos como Miguel. Nosotros siempre pensábamos cosas parecidas y esa tarde compartimos la pena que nos venía con las despedidas y esa sensación de desasosiego de no saber cómo van a ser las cosas futuras, que también nos venía al mirar el universo y sentir el vértigo del vacío del cosmos.

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Matías Santa María, Serie Tunquen Nº1, acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt

 

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Matías Santa María, Serie Tunquen Nº2, acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt

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Matías Santa María, Serie Tunquen Nº3, acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt

Miramos el cielo justo cuando el sol se estaba poniendo y vimos miles de nubes rosadas, azules y amarillas; también habían algunas moradas y naranjas y yo le expliqué a Miguel que era por las mezclas de colores que había aprendido en mis clases de pintura, pero él me dijo que ya lo sabía, que su papá que era pintor, siempre le hablaba de esas cosas y el prefería el dibujo y le gustaba más la pintura abstracta, que no entendía para qué algunos pintaban todo igual a la vida real, si para eso existían las cámaras de fotos. Yo le dije que tenía razón, pero que también había artistas que hacían cosas más nuevas y especiales, como instalaciones o intervenciones y que entonces para qué le gustaba a él dibujar como los antiguos naturalistas, y me dijo que, bueno sí, que era cierto, pero él sentía algo inevitable y romántico por hacerlo, y que cuando agarraba su croquera y sus lápices y se iba lejos a dibujar, era como que en su silencio iba comprendiendo todo mientras lo dibujaba, como un ejercicio simple, pero muy eficaz para su entendimiento.

Yo me entusiasmé mucho con lo que me dijo y le conté que me pasaba algo parecido con la pintura, que siempre tenía que lidiar con las ganas inevitables de irme a un rincón donde poder pintar, y que la pintura era siempre ese espacio a dónde ir y donde encontrar algo, porque cuando pinto mi mente empieza a funcionar de otra manera y es como si entendiera todas las cosas que voy pintando y después, cuando vuelvo a mirar lo que hice, es como hacer un viaje en el tiempo.

De ahí se acabaron todas las luces en el cielo y los otros venían llegando por el portón, todos sudados y colorados, jadeando y bromeando con esas tonteras que me ponen de mal humor. Se oscureció y viajamos de noche; yo me fui en el auto del papá de Miguel con él y su mamá que siempre ponía unas músicas como de viaje que acrecentaban mi melancolía. Me vine cabizbajo, viendo las fotos que le había sacado a mis cuadros con el celular, y me di cuenta de que esas formas que pintaba tenían mucho que ver con los atardeceres de colores que vi tantas veces en la estancia. Apoyé mi cabeza en la ventana y vi que la luz de las mañanas y las tardes todas juntas se mezclaban con la humedad del paisaje de la costa y generaban como tubos o chorros de colores en el cielo, y todo se volvía muy liviano, tan etéreo, que los habitantes del lugar y las almas que andaban por ahí subían a jugar, y a decirse cosas a través de esos focos de luces de colores que eran como puentes donde se cruzan cosas. Yo lo veía todo, y después me dormí un rato.

Antonia Taulis

Serie-Tunquen-Nº4

Matías Santa María, Serie Tunquen Nº4, acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt

Serie-Tunquen-Nº5

Matías Santa María, Serie Tunquen Nº5, acuarela y acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt

Serie-Tunquen-Nº6

Matías Santa María, Serie Tunquen Nº6, acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt

Matías Santa María: Sin-Tesis 

Casa MUTT, Providencia, Santiago de Chile

Hasta el 28 de noviembre de 2014

El artista presenta una serie de obras (13 papeles y 5 telas en diversos formatos) realizadas durante este año en dos residencias, una en Estados Unidos y otra en Tunquén, Chile. Las obras de Matías Santa María escenifican paisajes imaginarios, urbanos o naturales. Se destaca la manera en cómo trabaja el color, la línea y la composición.

El artista  vive y trabaja actualmente entre Santiago y Tunquén. En el 2012 realiza su primera exposición individual, Vía Láctea, en la Galería Oops y participa en la exposición colectiva Medidas Variables, en el Museo de Arte Contemporáneo de Valdivia. 
Participa en exposición Réplica (2011), en París, organizada por el grupo Azerty. A su vez, ha participado en numerosas exposiciones colectivas durante los años 2009-2014. 
En el 2013 participa en la 11va Bienal de Artes Mediales en el Museo Nacional de Bellas Artes y realiza su tercera exposición individual en el extranjero, Nobody’s Land, en la galería Staple Goods, New Orleans, EEUU.

Detalle-Poliptico

Matías Santa María, acrílico sobre papel, 2014. Cortesía: Mutt