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MALAS RESEÑAS, BUENA CRÍTICA

Entrevistador: Tú has dicho que los críticos pueden estar equivocados, pero que tienen que acertar a veces.

Peter Schjeldahl: A menudo equivocados, pero nunca dubitativos.[1]


La única crítica de arte destructiva es Avelina Lésper. El resto, es una dialéctica entre una persona que escribe y una obra de arte que se exhibe. Un intercambio que surge en esa reacción de una crítica de arte y un objeto o acción en el que a veces se desprende acidez, hay exabruptos, incluso cólera. El artista, a pesar de ser el creador de una obra de arte, no es la obra de arte. Nunca debería tomar una crítica a su trabajo como algo personal.

Eso es algo que comprenden los 150 artistas que han dado permiso para reproducir las 150 reseñas castigadoras que recibieron sus obras en algún momento de sus carreras. Bad reviews: An artists’ book by 150 artists (editado por Aleksandra Mir y Tim Griffin, Retrospective Press, 2022) recopila una selección de las más lacerantes, angustiadas y beligerantes críticas jamás escritas, con el beneplácito de sus “víctimas”. Según el editor Tim Griffin, lo que “celebra” este libro es esa “especie de reciprocidad”. Volver a leer estos textos, alejados de su contexto espacio (la revista o periódico en el que fueron publicadas)-tiempo (cuando la exposición en cuestión estaba abierta) es un ejercicio de salud mental y espiritual. La evidencia sale a flote: una crítica negativa no es más que eso. Una crítica negativa. Por mucho azufre que irradie. 

Hablamos además de que la mayor parte de las reseñas escogidas fueron publicadas en una época en que la opinión impresa tenía una mayor relevancia. Antes de la llegada de internet, la influencia de Art Forum, Frieze o Art Review era enorme. La lectura de Bad Reviews es también un ejercicio de nostalgia, ya que ese mayor peso de la crítica obligaba al crítico a ser consciente de su responsabilidad. Cuando señalaba aquello que consideraba era “mal arte” o “arte mejorable”, lo hacía con cuidado, con fundamento, con rigor. Hoy en día es difícil encontrar esas tres condiciones en una reseña.

“La galería escondió los periódicos”

La artista Carolee Schneemann confiesa en un email a los editores de este libro que cuando salió publicada una reseña en The New York Times que destrozaba su exposición la galería decidió esconder los periódicos y negar su existencia.


En los años 60, 70 y 80, antes de que los Gordon Gekkos -luego los Patrick Batemans– entraran en escena, la crítica tenía una influencia en el mercado. Así, hubo casos de artistas cuya obra era intragable, como la de David Salle, que no lograron acceder a esa nueva era en la que el impacto de una mala reseña no lograba ni despeinar flequillos. Cuando hoy, medio siglo después, leemos las críticas dirigidas contra el trabajo de Salle, un mohín de satisfacción tensiona nuestros labios. Donald Kuspit escribió que su obra era como “el cadáver del arte abstracto, resucitado en un estado zombi por el mecanismo de la parodia semiótica”. Arthur C. Danto, que “alguien tan consistentemente horrible adquiere una cierta grandeza inversa”. Y el caradevinagre Robert Hugues destacó una de sus muestras como “una exposición sumamente deprimente. Agradecí poder irme”. Si uno, por curiosidad, revisa y chequea en Google las imágenes de las pinturas de Salle que recibieron estos calificativos, entiende al crítico. Agradecemos poder darle “equis” a la ventanita de nuestro buscador.

Este conjunto de reseñas revela una gran creatividad en la manera en la que el crítico despedaza una obra de arte: “el collage es obviamente el producto de algún programa de software para hacer ready-made”. Leemos frases que son realmente salvajes: “La Sra. Kereszi tiene buen ojo para el tipo de detalle que te hace sentir ganas de cortarte la garganta”, u otras cortantes como «¿Inconsciente? Desearía estarlo…”

Sin embargo, lo peor que podría -y que puede- decir un crítico de arte es que no puede decir nada. Que la obra es tan insulsa, que le provoca silencio. Hay varios ejemplos en este libro en el que el reseñista lo confiesa, como “No sólo no tengo nada en contra sino, lo que es peor, simplemente no tengo nada que decir”. Otros te dicen “No vayas”, “Superflex es un aburrimiento”, o “¿Para qué sirve?”. Si yo fuera artista, hubiese preferido mil veces un escupitajo en la cara.

Malas reseñas, mala crítica

Si hay algo que no debería hacer el crítico, es perder la ecuanimidad. Y si bien revisando las 150 críticas de Bad Reviews y contrastando éstas con las imágenes de las obras referidas, concluyo que el reseñista tenía la razón de su lado, y reconozco casos en los que al crítico “se le ha ido la mano”. Me ocurre con la escritora que más se repite en el índice: Roberta Smith. Quizás por su ego, quizás motivada por el hecho de que se creyera su papel de justiciera planetaria, el caso es que la tinta que sale de su pluma tenía veneno. En algunos textos, ella, su opinión, su postura frente al arte, es más importante que la argumentación o el criterio.

La conclusión tras la lectura es clara: el artista debe hacer el ejercicio de aceptación de la crítica. Pero no neguemos lo que también es evidente: que hay críticos que no entienden la crítica. En esta compilación hay malas reseñas bien escritas, y malas reseñas mal escritas. El caso más obvio: el del crítico de The New York Times Guy Trebay, cuya mala praxis obligó a su periódico a publicar una nota de la galería que recibió su ataque constatando que, en su texto, de apenas 600 palabras, llegó a cometer cinco faltas de ortografía.

Hay críticas que a quien dejan en evidencia es al propio crítico. Cuando Alicia Eler escribe la frase “una pintura se parece a lo que sucede cuando un niño hace garabatos en crayón usando colores estridentes”, el artista debería tener derecho a réplica para poder afirmar que a la crítica le sucede lo mismo: está en la infancia de su escritura. 

Con la aparición de las redes sociales el crítico deviene “hater”, y creo que hasta los artistas echarán de menos esa época en la que el crítico no escribía con el corazón, con las tripas, o desde los cojones o los ovarios, sino con la cabeza. Pero internet tiene sus bonanzas, tampoco nos pongamos graves. Se pueden generar campañas espontáneas. Imaginen que hoy le da a los artistas por publicar en su Instagram la frase más hiriente que ha recibido su trabajo, tal y como los creadores de Bad Reviews han hecho en este libro. ¿Se atreverían?


[1] An interview with Peter Schjeldahl. (n.d.). Consultado el 25 de septiembre de 2022, desde https://blackbird.vcu.edu/v3n1/gallery/schjeldahl_p/interview_text.htm

Juan José Santos

Crítico de arte, curador e investigador. Es director fundador de Art on Trial. Autor del libro "Curaduría de Latinoamérica" (Cendeac, 2018), "Curaduría de Latinoamérica Vol II" (Cendeac, 2020) y "Juicio al postjuicio. ¿Para qué sirve hoy la crítica de arte?" (Ministerio de Cultura y Deportes de España, 2019). Colaborador de El País y su suplemento Babelia, ARTnews, Bomb magazine, Momus, Spike o Berlin Art Link, entre otros. Doctorando por la Universidad Autónoma de Madrid con una investigación sobre museos alternativos en Latinoamérica.

www.juanjosantos.com

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