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¿QUÉ SE SIENTE SER TIERRA? ÓSCAR SANTILLÁN Y UNA PREGUNTA IMPOSIBLE

¿Qué se siente ser tierra? La pregunta no es retórica ni poética. Es literal. Como preguntarse qué se siente ser murciélago, el experimento mental del filósofo Thomas Nagel en 1974, o qué piensa el océano cognitivo del planeta Solaris en la novela de Stanisław Lem. Ambas son referencias clave en la obra de Óscar Santillán, y ambas plantean preguntas que no podemos responder. Y justamente por eso esta pregunta abre y títula su muestra en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Curada por Sara Garzón y Aaron Cezar, esta es la primera exposición institucional del artista ecuatoriano en su país, después de casi veinte años de carrera internacional.

Mirando desde el boquete de la puerta, un tono entre naranja y ámbar baña la extensa sala del CAC. Inhalo con curiosidad y extrañeza, viendo la misma sala a la que he entrado decenas de veces, pero esta vez se siente diferente. La atmósfera vibra con cables y tumores de árboles que cuelgan como guirnaldas de un cumpleaños post-apocalíptico. ¿Así se siente ser tierra? ¿Hermoso, incómodo o los dos al mismo tiempo? No puedo tener una contemplación serena: me inquieta y me causa fascinación.

Creo que esta extrañeza puede tener su genealogía en las investigaciones de Santillán, entre ellas la que recoge de la antropóloga peruana Marisol de la Cadena, que ha trabajado durante años con el concepto quechua de Tirakunas, seres-tierra que son simultáneamente tres cosas: realidad geológica, lugar sagrado y entidad con capacidades cognitivas. Una montaña no es una metáfora de lo sagrado; es sagrada y piensa. De ahí que la pregunta de Santillán sea imposible de responder desde lo humano, y esa imposibilidad es el motor de todo lo que sucede en esta exposición.

Óscar Santillán, Solaris, 2017. Cortesía Studio Antimundo
Óscar Santillán, La Noche, 2018. Foto: © Edgar Dávila Soto, 2025.

Resolver la poesía como un científico

Hace diez años, Óscar Santillán viajó al desierto de Atacama—el más antiguo y árido del planeta— y sus recorridos, en paralelo con la novela Solaris, le generaron la siguiente pregunta: ¿puede un desierto verse a sí mismo? Santillán derritió arena del desierto para fabricar lentes fotográficos sin purificar el material, regresó a Atacama y lo fotografió con esas lentes. El resultado es una serie de fotografías que podría acercarnos a cómo el desierto se ve a sí mismo. En Solaris, la novela, el protagonista no es el humano sino el océano pensante de un planeta. En Solaris (2017), la obra, el artista extrae, derrite, fabrica, regresa y fotografía; pero la mirada ya no es humana: es el desierto quien mira y quien piensa.

Resolver poéticamente con una metodología científica podría ser una de las características que mejor define la última década de la producción de Santillán. Y una de las piezas de la exposición que lo evidencia es La Noche (2018). Durante años, el artista ha trabajado en diálogo cercano con astrónomos, matemáticos y expertos de diferentes áreas para explorar en los márgenes de la ciencia. Para La Noche, planteó una pregunta a un grupo de científicos: ¿es físicamente posible conocer el peso de la luz de la luna en la Tierra? Inicialmente generó perplejidad, pero de a poco aparecieron respuestas. Finalmente, por medio de cálculos basados en la relatividad especial de Einstein, fue posible obtener una estimación del peso de la luz de la luna llena sobre nuestro planeta. Ese peso exacto fue esculpido en una piedra de origen lunar, facilitada por uno de los astrónomos.

Si esto es ciencia, arte, poesía, da lo mismo. Santillán convierte el desborde de la curiosidad en materialidad concreta. Algo que no puedes ver pero que tiene peso se convierte en algo que poéticamente contiene al planeta y lo puedes poner en la palma de la mano.

Y aunque la colaboración con científicos la inició desde su formación en universidades estadounidenses, las preguntas que se hace vienen de otro lado: de una curiosidad que lo ha llevado a adentrarse en una tradición especulativa latinoamericana, releyendo epistemologías andinas, cibernética, relaciones experimentales con la materia. Santillán busca herramientas científicas para hacer preguntas que la ciencia moderna no sabe, o no le interesa hacer.

Óscar Santillán, Paradoxa I. Foto: © Edgar Dávila Soto, 2025.

Anti-taxonomía: cuando lo inclasificable es el método

Carl Linnaeus, el padre de la taxonomía moderna, clasificó en su Systema Naturae todo lo que existe en el planeta: reino animal, vegetal y mineral. Pero en medio de esa clasificación aparece una categoría extraña: PARADOXA. Ahí Linnaeus metía todo lo que no sabía dónde ubicar, las especies cuya existencia era, para él, dudosa.

Santillán toma esa grieta en el sistema y la convierte en método. Su serie Paradoxa son paneles cuadriculados de acero inoxidable que sobresalen de la pared, en los que muestra fragmentos de circunferencias y pinturas de pies (¿o patas?) de seres irreconocibles, seres sugeridos que no terminan de entenderse según lo que conocemos, elementos inorgánicos que aluden a formas vegetales. Esto en relación con geometrías que, según estudios con comunidades amazónicas, demuestran que la abstracción no es un invento social sino una dimensión innata de la cognición humana. Aquí lo racional, lo sensorial, lo sexual y lo monstruoso habitan en una grilla que sostiene un caos ordenado pero irresuelto.

Podría leerse como una «orgía planetaria», como Óscar describe algunas de estas piezas. Y con esa reflexión comprueba que lo opuesto a dividir el mundo en categorías es entenderlo en las relaciones. Mientras la taxonomía moderna separa para conocer, la anti-taxonomía de Santillán conecta y relaciona para especular. Y en esa conexión emerge algo político que no opera desde la denuncia sino desde la reconfiguración de lo posible.

Detalle de Oráculo (2025). Vista de la exposición ¿Qué se siente ser tierra?, de Óscar Santillán, en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito, Ecuador, 2025-2026. Cortesía: Fundación Museos de la Ciudad (FMC), Quito

Esto se hace tangible en Oráculo (2025), una de las piezas más recientes de la exposición. La obra parte de un solo grano de polvo del desierto del Sahara hallado en la selva amazónica, preservado en una cámara al vacío. La partícula es invisible al ojo humano, pero a través de realidad aumentada el visitante puede verla en escala monumental. Tres parlantes rodean la pantalla compartiendo historias inspiradas en la investigación, donde muchas cosas pasan a la vez: el Sahara habitando el Amazonas, un ser ecológico dentro de otro, la Amazonía siendo como es por la presencia del Sahara, todo ello poniendo en evidencia la interdependencia de los ecosistemas.

Con estas obras podemos revisar la idea de lo universal que, dice Santillán, solo se piensa desde lo moderno y lo colonial, y propone: ¿qué pasa si lo universal se reestructura desde una materialidad no lineal, desde una historia contada desde múltiples mundos y temporalidades al mismo tiempo? El artista propone un sentido de lo universal planetario que no borra las diferencias sino que las pone en relación. De ese pensamiento nace el libro The Andean Information Age (La Era Andina de la Información), donde plantea un continuo entre tecnologías ancestrales como los quipus y sistemas contemporáneos como la inteligencia artificial, desde donde se puede trazar un paralelismo con las piezas mencionadas.

Himno (detalle), 2025. Tumores de árbol, bocinas, sistema de machine learning, hardware, cables
Dimensiones variables. Vista de la exposición ¿Qué se siente ser tierra?, de Óscar Santillán, en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito, Ecuador, 2025-2026. Foto: © Edgar Dávila Soto, 2025. Cortesía Studio Antimundo
Óscar Santillán, Himno (detalle), 2025. Tumores de árbol, bocinas, sistema de machine learning, hardware, cables
Dimensiones variables. Foto: © Edgar Dávila Soto, 2025. Cortesía Studio Antimundo
Himno (detalle), 2025. Vista de la exposición ¿Qué se siente ser tierra?, de Óscar Santillán, en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito, Ecuador, 2025-2026. Foto: © Edgar Dávila Soto, 2025. Cortesía Studio Antimundo

Himno: la belleza disfuncional

La instalación más reciente de la exposición es Himno (2025). La obra surge de la observación de tumores en árboles, que en la naturaleza son estructuras que emergen como mecanismos de defensa frente a ataques de insectos o infecciones. Santillán recoge estos tumores, retira la masa interna y deja la corteza hueca, ensamblando piezas de distintos árboles para crear esculturas que son a la vez vegetales y casi arquitectónicas. En el tumor instala un microcomputador con micrófonos y parlantes, de manera que la obra reacciona a las voces humanas con sonidos ajenos, irreconocibles, como de especies inventadas.

Esta acción mezcla lo vegetal, lo animal, lo ficticio y lo artificial generando un ecosistema sensorial compartido entre la obra y los visitantes, donde la luz generada por las X de luz que enmarcan el pabellón atraviesa el espacio, creando una atmósfera de atardecer sintético.

Esta obra puede ejemplificar lo que Santillán menciona cuando se refiere a una «crisis de relación»: muchos de los sistemas tecnológicos con los que interactuamos en el presente son tremendamente sofisticados, pero están desconectados de la vida. Nuestra relación taxonómica con la naturaleza, que clasifica para separar, se convierte en una relación extractivista con el planeta y en una relación instrumental con la condición humana. Himno encarna esa desconexión. Pero también propone algo: ¿y si lo disfuncional es la nueva forma de relación posible? Como con el teléfono móvil, como dijo Óscar en una conversación, que ya es parte de nuestro cuerpo (¿podría ser un tumor?) y demuestra cómo habitamos el mundo hoy. Entonces, a los cuestionamientos de la tecnología, quizás más que la pregunta de si se puede tener una relación más «pura» con la tierra, podría sugerirse la pregunta de cómo habitar ese mundo interconectado tecnológico sin seguir destruyendo lo natural.

Vista de la exposición ¿Qué se siente ser tierra?, de Óscar Santillán, en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito, Ecuador, 2025-2026. Foto: © Edgar Dávila Soto, 2025. Cortesía Studio Antimundo

Habitar la pregunta

Salgo del CAC y la pregunta sigue resonando: ¿Qué se siente ser tierra? Y vuelvo a pensar que los granos de arena del Sahara son fundamentales para el desarrollo de la Amazonía, que vi el peso de la luna materializado en un objeto, que escuché tumores que me “respondían” aunque no los entienda —y presumo que ellos tampoco a mí— pero tuvimos una interacción. Nada de eso da respuestas, pero sí puede cambiar la manera en que entiendo y me entiendo en el planeta, me genera más preguntas e incita mi curiosidad.

En una conversación para este texto, Óscar me repitió que con sus obras quería «jugar más para que el resultado no sea derivativo; hacer cosas que respiren algo extraño, que cuando las veas puedas sentir: esto así no lo he visto». Y bueno, si no se pasa la exposición de  reojo, estoy segura que esa particular sensación de estar frente a algo que no termina de resolverse pero que te obliga a repensar tu lugar en el planeta, es algo por lo que vale la pena entrar a relacionarse en este pedazo de universo especulativo.

Esta exposición, que estará abierta hasta abril en el CAC, llega en un momento clave para Santillán: mientras participa en la celebrada Bienal de Diriyah en Arabia Saudita y se prepara para representar—junto al colectivo Tawna, bajo la curaduría de Manuela Moscoso—el primer Pabellón del Ecuador organizado institucionalmente en la Bienal de Venecia (mayo 2026). Que esto suceda ahora, después de más de dos décadas de trabajo y unos pocos menos de presencia internacional, trae de vuelta preguntas que el artista empezó a hacerse hace años atrás y que resuenan hoy, con nuevo peso y sentidos, en el contexto local.

Pily Estrada Lecaro

Nace y vive en Guayaquil. Gestora cultural, curadora e historiadora del arte. Ha dirigido instituciones culturales del Ecuador como el Centro Cultural Metropolitano de Quito (2016-2019), el Museo Municipal de Guayaquil (2009-2010) y el Centro de Producción e Innovación, así como la Biblioteca de la Universidad de las Artes del Ecuador en Guayaquil (2019-2021). Fue cofundadora y directora de NoMíNIMO espacio cultural también en Guayaquil.

Entre sus trabajos curatoriales destacan "desMARCADOS. Indigenismos, arte y política 1917-2017" (2017), "Lucerna. Óscar Santillán" (2012) y "Eduardo Solá Franco: El Teatro de los Afectos" (2010), sobre la cual coescribió el libro homónimo. En 2025 publicó "1980-2020. Arte Contemporáneo en Ecuador".

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