EL APRENDIZAJE INFINITO
La exposición El aprendizaje infinito, presentada del 13 de junio de 2024 al 4 de marzo de 2025 en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, traza un mapa de las relaciones entre arte y educación, enfocándose en experiencias desarrolladas en Argentina durante los siglos XX y XXI. Estas iniciativas, impulsadas por artistas, educadores y pedagogas pioneras, comparten una raíz igualitaria, experimental y transformadora, cuestionando las estructuras tradicionales de enseñanza y ampliando los horizontes del conocimiento.
Los proyectos y archivos reunidos en la muestra destacan cómo las artes contribuyen al bien común, al promover la construcción de vínculos profundos entre las personas y su entorno. En este sentido, la creación artística se comprende como un proceso relacional, mientras se subraya el poder de la imagen como herramienta para repensar los aprendizajes individuales y colectivos desde una perspectiva crítica.
A partir de propuestas surgidas tanto en instituciones formales como en contextos marginales o experimentales, la exposición reflexiona sobre el potencial del arte para transformar la educación. Cuestiona, por ejemplo, si es posible enseñar a ser artista, cómo se pueden situar el cuerpo y los afectos en el centro del aprendizaje, o de qué forma las instituciones pueden albergar prácticas donde el arte es simultáneamente medio y fin. Estas preguntas operan como detonantes de una afirmación central: el aprendizaje y la imaginación son esenciales para construir nuevas formas de convivencia.

El recorrido celebra la riqueza de propuestas educativas que transitaron desde la nueva escuela —que rompió con las jerarquías decimonónicas— hasta pedagogías disidentes diseñadas para responder a situaciones de vulnerabilidad social, como personas en situación de calle, pacientes psiquiátricos o minorías. Todas ellas revelan el impacto del arte en la creación de espacios donde el conocimiento no se impone, sino que se genera de manera colectiva y transformadora.
En este contexto, el acto de enseñar y aprender se presenta como una interacción recíproca. Las pedagogías críticas y experimentales desdibujan las jerarquías del saber, invitando a la creatividad y la empatía como puntos de encuentro. Así, el maestro deja de ser el único transmisor de conocimiento para convertirse en un participante activo que aprende junto a sus alumnos. Este cambio de perspectiva redefine no solo el rol del educador, sino también la educación misma como una herramienta clave para el desarrollo individual y colectivo.
La muestra, curada por Jimena Ferreiro y Alfredo Aracil, examina cómo el arte y la educación se han entrelazado para promover una pedagogía que trasciende las fronteras disciplinarias, desafiando los modos convencionales de aprender y enseñar.

Marina De Caro (1961) propone un diálogo entre arte, educación y utopía a través de un ejercicio profundamente reflexivo y visual. A partir de su serie Picnic (2020-2021), la artista reimagina la educación como una experiencia colectiva, placentera y transformadora, inspirada en los picnics anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Estas reuniones al aire libre, históricamente asociadas con la promoción de ideas culturales y pedagógicas alternativas, sirven como punto de partida para explorar pedagogías no convencionales y accesibles.
De Caro presenta cuatro piezas de la serie, óleos sobre manteles que se convierten en escenarios simbólicos de una escuela sin paredes, abierta al encuentro espontáneo y al intercambio de saberes. En una de las obras se lee: “Escuela de las emociones perdidas”, una frase que resuena como un manifiesto que desafía las estructuras rígidas de la educación tradicional. Para la artista, estas escuelas son utópicas y múltiples: “sin razón, accidentales, de las emociones perdidas, falansterios para las artes”.
Su propuesta reflexiona sobre la idea de “escuelas abiertas y transportables”, espacios accesibles y móviles que promueven el aprendizaje desde la diversidad y la libertad. De Caro imagina pedagogías infinitas que incluyen la escucha activa, el ocio, el desapego a la razón, y maestros disidentes que guían procesos de descubrimiento más que instrucción rígida. A través de esta serie, la artista convierte el arte en un “manifiesto visual” que celebra el potencial del aprendizaje como una experiencia colectiva y creativa, capaz de generar otros mundos posibles.
En palabras de la propia De Caro: “El arte es la gran tierra donde ensayamos otros mundos posibles y, sin duda, un espacio para compartir”. Sus picnics artísticos condensan esta visión, ofreciendo una metáfora poderosa de la educación como un proceso accesible, inclusivo y profundamente humano.

El proyecto Vagón de Arte, ideado por Emilio Pettoruti (1892-1971) durante su gestión como director del Museo Provincial de Bellas Artes entre 1930 y 1947, refleja una temprana visión sobre la necesidad de descentralizar el arte y ampliar su acceso. Inspirado por la idea de un museo itinerante, Pettoruti propuso un camión equipado con biblioteca, cine, radio y exposiciones de arte desplegables, con el objetivo de llevar las colecciones del museo a las comunidades más remotas de la provincia de Buenos Aires. Aunque el pintor no logró concretar esta iniciativa durante su mandato, su propuesta sentó las bases para una versión realizada en 1949 por Mariano Montesinos, colega del artista, quien diseñó un museo rodante que recorrería diversos municipios bonaerenses.
Aunque concebido en los años treinta, el proyecto del Vagón de Arte no solo anticipó prácticas actuales de mediación cultural, sino que sigue vigente como modelo de descentralización artística, marcando un precedente en la relación entre arte, educación y accesibilidad.
Las Jornadas del Color y la Forma, creadas y desarrolladas por Mirtha Dermisache (1940-2012) entre 1975 y 1981, se destacan en la muestra como un hito pedagógico y artístico que redefinió el papel de las instituciones culturales en uno de los períodos más turbulentos de la historia argentina. Este proyecto transformó espacios como el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en zonas de libertad creativa, donde miles de personas sin formación técnica encontraron nuevas formas de expresión artística.
Con un enfoque colectivo y experimental, Dermisache, reconocida por su exploración en el límite entre el dibujo y la escritura, impulsó estas jornadas junto a su Taller de Acciones Creativas y un equipo de voluntarios. En el contexto de la censura y el terrorismo de Estado, las jornadas se consolidaron como un espacio simbólico de resistencia. Al realizarse en instituciones controladas por el régimen, lograron tensionar las dinámicas entre los discursos oficiales y las prácticas alternativas, funcionando como un puente entre lo institucional y lo disidente.
La última edición en 1981, cercana al retorno de la democracia, fue vista como un preludio de la «primavera democrática», reafirmando la capacidad del arte y la pedagogía para imaginar y construir otras formas de libertad.


La obra de Diana Aisenberg (1958), presentada en la exposición, se inscribe en un cruce entre la práctica artística, la pedagogía y la colaboración colectiva. Inspirándose en su proyecto Historias del Arte, la artista recurre a la estética de los afiches de vía pública como punto de partida para examinar términos del vocabulario del arte desde una perspectiva plural y experimental.
Estos afiches amarillos, con la frase “Busco camino”, en su momento aparecieron en revistas especializadas como Ramona o fueron enviados por correo electrónico, y funcionaron como convocatorias abiertas donde Aisenberg pedía “datos, pistas, experiencias, fantasías, rumores, recuerdos” en torno a palabras, como en este caso, camino.
El proyecto, publicado como libro en 2019 bajo el título Historias del Arte. Diccionario de certezas e intuiciones, reúne contribuciones de seiscientos colaboradores que participaron a lo largo de varios años, las cuales combinan enfoques poéticos, científicos y creativos para trazar múltiples y caleidoscópicas historias del arte.
En la muestra, un ejemplar del libro se presenta junto a la instalación donde los vibrantes afiches amarillos sirven de fondo para siete obras realizadas en tiza sobre pizarrón, evocando una atmósfera de aprendizaje continuo y colaboración.



Tomás Espina (1975) presenta en El aprendizaje infinito su proyecto Un Museo Popular de Arte Argentino, una interpretación personal, grotesca y abierta de los protagonistas e hitos más significativos de la historia del arte contemporáneo argentino. Concebido en 2021, este museo toma forma por primera vez en la muestra a través de una diversidad de formatos: máscaras, pinturas comisionadas a más de 50 artistas de todo el país, xilografías, títeres, marionetas y piezas en cerámica.
El proyecto propone un diálogo entre lo popular y lo absurdo, subvirtiendo las relaciones tradicionales entre arte de élite y registros populares. Entre sus elementos destacados se encuentran máscaras satíricas que recuerdan las ilustraciones políticas del siglo XIX, presentadas en un “panteón” de artistas clave admirados por Espina. También incluye títeres y miniaturas que recrean obras icónicas, como La familia obrera de Oscar Bony, El casamiento con la eternidad y el arte de Marta Minujín, y La civilización occidental y cristiana de León Ferrari.
Un Museo Popular de Arte Argentino desafía las jerarquías del arte, transformando referencias de alta cultura en un registro accesible y carnavalesco que celebra la colectividad artística y sus múltiples narrativas. Este gesto de transposición hace del proyecto un homenaje tanto a los protagonistas del arte argentino como a la comunidad artística que lo produce y lo resignifica.

El color no es inocente, un mural de Cromoactivismo realizado por Marina De Caro, Guillermina Mongan, Victoria Musotto, y Daiana Rose, se presenta como una potente síntesis de la relación entre color, identidad y acción política. La obra, compuesta por carteles coloridos pintados a mano, despliega frases cargadas de significados político-sociales como “Verde aborto”, “Marrón de cada provincia argentina”, “Rojo furia travesti” y “Gris plomo nunca más”. Estas consignas, atravesadas por luchas históricas y contemporáneas, articulan un manifiesto visual en el que el color se convierte en herramienta de resistencia y empoderamiento colectivo.
Cromoactivismo, colectivo fundado en 2013, interviene en la esfera pública con acciones poéticas y transversales basadas en el color. Trabajan junto a colectivos, agrupaciones y escuelas en encuentros participativos que denominan cromoactivaciones, donde los participantes producen carteles que luego se integran en intervenciones callejeras. Este proceso, que incluye desde el taller hasta la acción en el espacio público, se plantea como una práctica de co-creación y empoderamiento comunitario.
El colectivo entiende el color no como un elemento aislado, sino como un reflejo colectivo y dinámico de los imaginarios culturales y sociales. Así, cada color adquiere su significado en interacción con los demás, de la misma manera que las sociedades construyen su identidad a través de sus micropolíticas y vínculos. El mural no solo reivindica esta dimensión simbólica, sino que la activa como un espacio para imaginar otras formas de comunidad y resistencia.
Kekena Corvalán (1964), profesora, curadora y escritora feminista, presenta en el Museo una instalación que recrea una porción del Campamento Artístico Curatorial, una experiencia colaborativa que ha recorrido distintos territorios desde 2019. La instalación incluye telas bordadas, guardapolvos intervenidos, piezas tejidas, parches y pañuelos, que juntos conforman el suelo simbólico de este campamento, acompañado por un televisor que proyecta fragmentos de encuentros pasados.
Estos campamentos se configuran como espacios inclusivos, donde personas con diversas trayectorias y formaciones participan en igualdad, compartiendo saberes y experiencias sin roles jerárquicos de enseñanza o aprendizaje. También se cocina, se baila, se canta y se cultivan vínculos afectivos, en una apuesta por resignificar la idea de comunidad.

El aprendizaje infinito también incluye otros proyectos que abordan la relación entre arte, educación y colectividad. Entre ellos, un homenaje a la revista Ramona; una colección de fotocopias sobre la figura de Marta Traba, junto con fragmentos de su programa de historia del arte; material del Banquete Telemático de Federico Klemm; el archivo del Club del Dibujo de Claudia del Río; y un audio de Guillermo Kuitca relatando el origen de su beca y su perspectiva sobre la educación. Además, se exhiben ejemplos de iniciativas educativas surgidas en contextos de vulnerabilidad social, como un mural dedicado al Bachillerato Mocha Celis, el primer bachillerato oficial dirigido a la comunidad artística trans y no binarie del mundo.
Artistas: Diana Aisenberg, Andrés Aizicovich, Bachillerato Mocha Celis, Ernesto Ballesteros, MUNDIARTE / Bienal Internacional de Arte Infantil y Juvenil de Avellaneda, Norah Borges, Campamento Artístico Curatorial, Centro Educativo Isauro Arancibia, Olga y Leticia Cossettini, Cromoactivismo, Marina De Caro, Claudia del Río, Mirtha Dermisache y las Jornadas del Color y la Forma, Lucas Di Pascuale, Tomás Espina, Leonel Fernández Pinola, Taller de Plástica del Frente de Artistas del Borda, Silvia Gurfein, Graciela Gutiérrez Marx, Hecho en Buenos Aires, Federico Jorge Klemm, Guillermo Kuitca, Nicolás Martella y Manuel A. Fernández, Diego Melero, Rosario Vera Peñaloza, Emilio Pettoruti, Amalia Pica, Proyecto Secundario Liliana Maresca, Emilio Renart, Revista Ramona, Marcela Sinclair, Eduardo Stupía, Marta Traba y Edgardo Antonio Vigo.
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