CUANDO LA OBRA ES LA RELACIÓN. MARIELA SCAFATI Y LA PINTURA COMO LUGAR DE ENCUENTRO
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[lectura breve]
¿Qué ocurre cuando la pintura deja de producir imágenes y comienza a producir relaciones? Esa es la pregunta que envuelve a Nombrar el mundo, la primera exposición individual de la artista argentina Mariela Scafati en España. En la Sala de Bóvedas de Condeduque, cuerpos-lienzo, faldas-banderas, muebles suspendidos y voces compartidas componen un cuerpo de obra donde el color y la palabra encuentran en la amistad y la escucha una forma de imaginar otros modos de coexistencia.

Antes de identificar pinturas, el visitante advierte presencias. En la Sala de Bóvedas de Condeduque, una serie de cuerpos recostados o semisentados reciben al público con la quietud de quien espera ser reconocido. Son planos modulares que pueden adoptar posturas casi humanas. Sus pieles monocromas parecen ocultar una identidad. Las prendas que los visten pueden ofrecen las primeras pistas. ¿De quién han prestado sus ropas? Y, ¿quiénes son?
Luego el llamado es a detenerse en las frases escritas sobre las telas que casi los arropan, como un manto de hermandad. Forman una comunidad de cuerpos-lienzos, cuerpos-pinturas, superficies que han abandonado el espacio de observación convencional para adquirir volumen, peso y nombre propio. ¿Qué significa hacer pintura cuando la pintura deja de producir imágenes y comienza a producir relaciones?
En Nombrar el mundo, la primera exposición individual de Mariela Scafati en España, la artista argentina no hace uso de la pintura para representar vínculos, sino para producirlos. El color, la ropa heredada y las palabras intercambiadas son los elementos con los que construye una asociación afectiva. Aquí la amistad no es el tema de la obra; es, más bien, su condición de posibilidad. Las pinturas empiezan a comportarse como cuerpos y, en ese quiebre, el retrato deja de ser imagen para convertirse en una red de afectos.
Cada uno de esos cuerpos lleva un nombre: Dai, Devo, Estela, Guille, Lola, Magui, Manu o Nico. Pertenecen a personas concretas que forman parte del círculo más cercano de Scafati. Cada una prestó una prenda de vestir y conversó con ella sobre lo que hoy la sostiene y lo que imagina para el futuro. Sus respuestas fueron incorporadas a las obras como palabras pintadas sobre las telas. En este ejercicio, íntimo y a la vez colectivo, la monocromía de cada cuerpo no es una decisión puramente formal; la ropa deja de ser un simple accesorio y el nombre adquiere una dimensión que excede al título de la obra. Cada elemento conforma una biografía particular y lleva la abstracción hasta el umbral del retrato.



Durante buena parte de la modernidad, el color fue empujado a emanciparse de la representación, a conquistar una autonomía capaz de prescindir del mundo visible. Scafati reconoce esa herencia, pero la integra de otra manera en sus obras. Sin romper con la tradición del monocromo ni con el modernismo, los reconfigura desde otro lugar. Cada tonalidad se da a partir de una relación, de una conversación y de una percepción compartida sobre quién es esa persona. El color ya no persigue una condición universal. Se vuelve una forma de comparecencia.
Mientras que en los cuerpos-lienzo la ropa es una extensión de la biografía de otras personas, en otra serie de obras, Faldas banderas (2003-2026), Scafati invierte ese gesto. Aquí son sus faldas las que se transforman en superficies de inscripción. Si en los cuerpos-lienzo la artista recibe algo de otrxs —una prenda, una historia, unas palabras— para construir una presencia colectiva, en esta serie entrega algo propio —una pieza íntima ligada a su cuerpo y a su uso cotidiano— para devolverlo al espacio común.
La primera de estas faldas fue utilizada por Scafati como bandera improvisada durante una manifestación contra la invasión de Iraq. Desde entonces, estas prendas se han vuelto pancartas sinuosas donde términos como «Paz» y «Libertad» recuperan una carga afectiva frente al desgaste de su uso propagandístico. Palabras puestas en movimiento que abren preguntas abiertas sobre aquello que un colectivo decide compartir y volver a imaginar: ¿Qué significa hoy sostener una palabra? ¿Qué experiencias concretas le devuelven sentido?


Las obras más recientes en Nombrar el mundo fueron realizadas a partir de una investigación desarrollada durante la residencia de Scafati en el centro de arte contemporáneo Collegium, en la ciudad española de Arévalo. Llegó a principios del 2025, instalándose en la antigua casa de Maribel, una reconocida modista. Allí trabajó sobre las paredes, con los muebles y la memoria que estos conservan, atándolos con cuerdas de cáñamo, distintas de las que utiliza habitualmente en Argentina.
Los muros interiores de la casa conservaban rastros del antiguo empapelado. En la cocina y el baño, permanecían los azulejos originales. Frente a esos vestigios, y a la vista del río desde el taller, Scafati decide intervenir las paredes con patrones trazados a mano alzada, pintados con los mismos tonos de la casa y del paisaje exterior.


Ese mural fue recreado en Condeduque, pero allí el color no nace de una conversación con otras personas, sino de la memoria material de la casa y de la experiencia de habitarla. Sobre ese telón de fondo se despliegan en la Sala de Bóvedas las cuatro composiciones que Scafati creó durante la residencia, a partir de mobiliario, cuerdas y los herrajes que le facilitó un artista de la zona.
Maribel también era radioaficionada —su seudónimo era La Flecha Negra— y ese dato nos dice una cosa más: que la comunicación, el contacto con el afuera y con lxs otrxs recorren tanto su vida (y la de esa casa) como las obras reunidas en Condeduque. No es casual, entonces, que se inserte en la muestra el componente sonoro de la Radio Eléctrica Artesanal (2010-2012), proyecto realizado junto a Lola Granillo que introduce la voz como otra capa de sentido. Las palabras que en otros momentos del recorrido se ven inscritas sobre las telas ahora flotan en el espacio como parte de una gran conversación colectiva. Costura y radio, tela y voz, se reúnen en otro plano: el de la escucha y la transmisión.
A diferencia de lo que se entiende por arte relacional, que convoca comunidades para generar un encuentro puntual, en Scafati no hay evento que la obra documente después. Hay un vínculo —una prenda prestada, una conversación sobre aquello que sostiene a alguien, un mueble heredado de una desconocida— que, al ser trabajado, deviene pintura. La relación no ilustra la obra: la obra es la relación. Ahí está lo que su práctica artística tiene de político.


Nombrar el mundo, primera muestra individual en España de la artista argentina Mariela Scafati, se presenta del 24 de abril al 19 de julio de 2026 en la Sala de Bóvedas de Contemporánea Condeduque, Madrid, bajo la curaduría de Marta Ramos-Yzquierdo.
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