ENTRE EL RITO Y LA INSTITUCIÓN: LAS INTERVENCIONES DE ANDREA CANEPA EN ESPAÑA
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[lectura breve]
La instalación Fardo de Andrea Canepa (Lima, 1980), presentada en el Palacio de Cristal de Madrid durante su restauración, interviene el edificio cubriendo su perímetro con patrones inspirados en textiles funerarios Paracas. La obra tensiona la historia colonial del lugar —construido para la Exposición de las Islas Filipinas de 1887— al introducir referencias visuales y rituales vinculadas a culturas indígenas precolombinas. La instalación exige un recorrido activo por parte del espectador, transformando la experiencia del espacio mediante prácticas simbólicas de envolvimiento, cuidado y transformación que cuestionan la aparente neutralidad del edificio.
Esta exploración continúa en Entre lo profundo y lo distante, presentada por Canepa en el IVAM de Valencia, donde la artista recurre a las huacas andinas para proponer una relación no lineal entre tiempo, cuerpo y espacio. En ambas instalaciones, lo ritual funciona como una forma de reorganizar la experiencia expositiva, desplazando la contemplación pasiva hacia una participación corporal y temporal más activa. Así, Canepa desestabiliza la noción tradicional de lo site-specific: sus obras no solo se adaptan al contexto arquitectónico, sino que reconfiguran críticamente las narrativas institucionales y las formas de habitar el espacio museal.

Entrar al Palacio de Cristal es, en apariencia, un ejercicio de transparencia. La luz atraviesa la estructura de hierro, el paisaje del estanque se filtra en el interior y todo parece dispuesto para una contemplación sin fricciones ni impedimentos. Sin embargo, esta aparente neutralidad no es inocente. Construido en 1887 en el marco de la Exposición de las Islas Filipinas, el edificio se inscribe en una lógica expositiva vinculada al imaginario colonial, donde “lo otro” era presentado, ordenado y observado desde una mirada ajena y diseccionada.
Desde 2023, el Palacio atraviesa un proceso de restauración que, paradójicamente con la naturaleza del edificio, permanece oculto a la vista. En ese contexto, distintos artistas han intervenido el espacio acompañando esta transformación. Es en este marco donde se sitúa Fardo, la instalación de la artista peruana Andrea Canepa presentada en enero de este año, que recubre el perímetrodel edificio con una lona impresa con patrones de textiles funerarios Paracas, cultura precolombina del sur del actual territorio del Perú.
La intervención no se limita a una operación visual. La imagen exige, por parte del observador, un desplazamiento: solo se revela en la medida en que el espectador recorre el perímetro, activando una experiencia que oscila entre la contemplación y la participación. Lejos de integrarse de manera armónica en el espacio, la obra introduce en él una lógica distinta, vinculada a prácticas rituales de envolvimiento, cuidado y transformación. En este gesto, la historicidad del Palacio no desaparece, sino que es tensionada: los códigos visuales asociados a contextos indígenas dialogan con un edificio marcado por su origen colonial, reconfigurando su régimen de lectura y dando protagonismo a aquello que en algún momento se consideró “lo otro”.

Esta operación no es aislada. Hasta el 12 de abril, Canepa presentó Entre lo profundo y lo distante en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), una instalación que se desplegó a través de salas y escaleras delmuseo, proponiendo un recorrido en el que el espectador se convierte en parte activa de la obra. A partir de referencias a las huacas —espacios sagrados en las culturas andinas—, la instalación articula una relación no lineal entre pasado, presente y futuro, desbordando la lógica expositiva del museo como contenedor para situarlo como un espacio de activación.
En ambos casos, la relación entre obra y espacio no se resuelve en términos de adaptación, sino que abre una serie de tensiones en torno a la percepción, la temporalidad y las formas de habitar lo expositivo, que se manifiestan de manera distinta en cada contexto. El Palacio de Cristal arrastra, desde su origen, una carga simbólica ligada a la mirada colonial. En este sentido, la intervención de Canepa genera un diálogo incómodo entre discurso hegemónico y otredad. El Fardo que envuelve el Palacio opera como un dispositivo de contención que transforma no solo el formato, sino también la manera de habitar y entender el espacio: un gesto de acogimiento que hace visible la herida colonial.




De forma paralela, la referencia a las huacas en el IVAM desplaza la atención hacia la noción de tiempo y espacio como entidades activas. Aquí no se trata solo de ocupar el lugar, sino de generar una estructura en la que las piezas se integran como parte constitutiva de la obra, aportando a la narrativa del edificio y generando una experiencia que se construye en el recorrido.
En este sentido, ambas instalaciones actúan desde registros distintos de la ritualidad. En Fardo, la referencia a prácticas funerarias deriva en una relación íntima con el cuerpoausente, vinculada a la transformación y la trascendencia. En el IVAM, en cambio, la ritualidad se expande en el espacio, configurando un recorrido en el que el espectador habita —y se habita— a través del tiempo. Esta diferencia no es menor: implica un desplazamiento desde lo contenido hacia lo expandido, desde envolver hacia habitar, desde lo oculto y contemplativo hacia lo visible y recorrible.
Sin embargo, en ambos casos, lo ritual no aparece como una referencia estática o meramente simbólica. Más bien, se presenta como una forma de organización de la experiencia que altera las condiciones habituales de percepción dentro del espacio expositivo. Frente a la lógica de la contemplación distanciada, las obras proponen una implicación del cuerpo que se traduce en desplazamiento, atención sostenida y cierta disposición a la demora.



Considerando esto, la noción de lo site-specific comienza a desestabilizarse. Tradicionalmente, se ha entendido como una práctica que viene anclada al contexto y condiciones físicas del lugar, y en torno a ella crear la obra. Pero en contraposición, las instalaciones de Canepa ofrecen una mirada más relacional, en las que la obra no solo se aprovecha del espacio, sino que busca dialogar con él desde una horizontalidad impropia de lo site-specific. Se trata de instalaciones que buscan reconfigurar las narrativas y los modos en los que estos espacios se habitan.
Esto resulta particularmente significativo en espacios como el Palacio de Cristal y el IVAM, cuya dimensión institucional es una estructura activa que condiciona la experiencia. En ambos casos, la irrupción de lo ritual introduce una fricción frente a la visibilidad total, la organización lineal y la contemplación distanciada, exigiendo una implicación activa por parte del espectador que debe navegar las nuevas configuraciones de estos espacios con una historia tan asentada en el imaginario colectivo local.
En este sentido, la experiencia deja de ser inmediata, para ser cocinada a fuego lento y desencadenada a medida que se va circulando por los distintos elementos que componen estas obras, dando espacio para la conexión y la presencia, y sosteniendo una disposición a la pausa y la transformación. De este modo, las instalaciones rompen no solo con la narrativa institucional, sino que también con las nociones y roles en el circuito espectador-obra-espacio, reconfigurando la idea de “ir a ver una obra”.
Más que ofrecer una lectura cerrada, ambas intervenciones parecen insistir en la posibilidad de habitar el espacio expositivo desde otros ritmos y lógicas. Lo ritual no aparece como vestigio delatado, sino como un elemento activo que permite actualizar el presente con memoria, abriendo una fisura en las formas habituales de ver, recorrer y comprender lo visible.


Andrea Canepa. Entre lo profundo y lo distante se presentó entre el 11 de diciembre de 2025 y el 12 de abril de 2026 en el IVAM, Valencia, España. Su intervención en el Palacio de Cristal (Parque del Retiro, Madrid) continúa abierta al público hasta el 1 de enero de 2027.
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