𓇽𓇽𓇽 CATALINA BAUER: EL VOLCÁN, LA BALLENA Y OTROS MUNDOS 𓇽𓇽𓇽
Por Soledad García Saavedra | Curadora
Una ballena varó en la capilla barco. Un par de moscas atraídas por el olor revoloteaban sobre ella, camufladas, confundiéndose con su color. Hirviendo por los pinchazos del sol, una ráfaga de aire por fin las movió. Las moscas volaron hacia las plantas para descansar sus alas bajo la sombra y bebieron las sobras del exceso de agua de un macetero que, cada día, regaba una de las cuidadoras.
La energía térmica de su cuerpo traspasaba los poros de la tela de yeso, la pintura seca. Solo había que tocar, incluso con los ojos, para percibir la corpulencia del cascarón. ¿Qué gracia cautivaba el instinto de tocar y abrazar un espécimen plantado en el templo? ¿Por qué llegó sola sin su manada, como si fuese una réplica exótica de un museo? Las secuelas del siniestro se cerraron en su boca. Algunos dicen que llegó a las puertas de la capilla por desorientación. Ella traía una contención tibia, la ruta de la templanza, tras haber perdido la dirección en el inmenso corredor azul. Si te conectas con esta virtud, puedes encontrar una onda interior, el hogar para adormecer los ruidos, la oportunidad de escuchar su canto.
Cubierta en misterios, la emoción de celebrar su llegada sobrepasaba las explicaciones y los planes de sus seguidores al visitarla. Las hormigas enfilaban para encontrar un nido debajo y cada zapato dejaba rastros de polvo en el piso y la estela de un movimiento elíptico alrededor. De día, una ronda sonora de crujidos sobre la madera y los murmullos de voces resonaban por los aires de su piel gruesa. Muchas historias que le contaban empezaban con la misma letra, Josefina o Jonás, y otros cuentos monstruosos. Pero Béla, como solían llamarla, era una creación que estaba brillando en un tiempo pausado, en la calma de una conversación atenta. Holgada de materia oscura, más afín a la soledad de la noche que a las luces del día, se podía sentir sobre todo con el sol. Al cruzar las miradas de sus visitantes, sus ojos siempre abiertos sonreían con ternura. De noche caía plácida, de día estaba vigilante.
A la altura de sus bolsillos otros surcos escondidos irradiaban luz. Quienes estaban más cercanos a la mirilla podían encontrar, entre las costras, un manto de pequeñas estrellas blancas. Por cada grieta en el techo y muro del templo, más estrellas caían en este pórtico de cielo terrestre. Los flujos del arriba y el abajo como la vigía del vapor de un volcán, aseguraban cada vez más su permanencia. Las moscas con sus patas saboreaban este sueño cumplido: ❋ Ser la isla de un firmamento naciente ❋ Ser el universo en esta tierra ❋ El vientre hinchado de tanta red, se prolongaba por sus orificios. Los helechos exuberantes y las marantas enviaron chasquidos al aire para compensar su mutismo y el parlamento rebotó por sus agujeros de tanto exceso y blablablá!




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Era.la.re.creación.de.una.telaraña.cósmica.posada.en.un.punto.de.los.multi.versos. —bajo la aureola de estos planetas, el tiempo que compartimos aquí, somos estrellas, habitantes de este templo.
Las cuidadoras en sus bitácoras seguían registrando las ofrendas que le traían cada día. Ni las conversaciones de las visitas, ni el bullicio alegre de las niñas y los niños en el patio del colegio de al lado, se escuchaban en su agujero negro. ¿Quiénes eran esos pequeños que entraban y salían por su apertura? Busquillas, habían encontrado el acceso a su panza, por la cola. Si Béla había sido arrastrada y transformada en tierra, los curiosos tendrían que cambiar sus aptitudes: reptar, gatear, encorvarse para moverse lo justo y necesario de manera lenta por el pasadizo de sus huesos de palo. Habitar este portal podría llegar a ser un gran placer y juego, cuando se olvidaba que no había una salida, sino que muchas direcciones. En este fondo oscuro, cada movimiento del cuerpo se hacía presente y las emisiones de luz brotaban por los distintos poros de la piel y de su tela. Mientras las estrellas de afuera reposaban, corrían fosforescentes por dentro, parpadeando a los visitantes nocturnos.
Cosas imperceptibles laten en este hoyo, sintieron.



Vista de la exposición El volcán, la ballena y otros mundos, de Catalina Bauer, en la Sala Capilla del Centro Cultural Montecarmelo, Santiago de Chile, 2026. Foto: Sebastián Mejía
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Meterse en la baja frecuencia del colectivo también es abarcar las profundidades que se inician por el ombligo. En el adentro, si regresas a las aguas uterinas e imaginas los movimientos de un nado libre que se abre paso para avanzar en la corriente inabarcable de este planeta, recordarás su hundimiento y las burbujas que dejó su estela en el volcán de agua, para transformarse en el hogar de tantos.
Entre las espinas de su esqueleto, ella sopló: “soy un cometa con una cola muy larga que llega al pasado”. “Vengo de lejos, de una fuerte ancestralidad”. “Yo, que vengo del dolor de vivir”. “Ya no lo quiero”. “Quiero la vibración de lo alegre”. “Quiero la fluencia”. Mientras las moscas captaron al vuelo, la humedad, y las hormigas, el aroma de la melaza del suelo, la tierra, las plantas y el agua, Béla guardaba en sus vértebras el reposo para quienes buscaban una respuesta contra la confusión.
Una de sus primeras habitantes decidió recostarse y colocó su oreja en el tibio piso y descansó. Otra cerró los ojos y durmió: llevaba años con trastornos del sueño. La imagen que recordaba le causaba emoción. Ella vio en el altar negro un grupo de personas coronados por astros, orbitando alrededor de la tierra. Una rotación que guiaba al cometa por su cola. Al despertar buscó en el gabinete de libros este gran submarino de estrellas que le obsesionó como una máquina con su propulsor de aleta. Sin un paradero en este viaje, continuó buscando explicaciones de los significados del nombre de Béla que tantos rumores circulaba entre sus seguidores. La biblioteca parecía una gruta de conocimientos. Encontró definiciones en húngaro, eslavo, sánscrito, hebreo y vasco. Con tantas opciones para elegir, rondaban los sentidos de cada palabra en su cabeza. Todos los significados cabían en este vientre, pero ninguno en el agujero de su ombligo, solo la punta de su dedo que hundido hacia el fondo de su hueco dibujaba un pliegue, cerrado como la boca de Béla. Nutrida de secretos, un gran aire cantó en su estómago. La noche y la risa, felizmente, llegaron.


CATALINA BAUER: EL VOLCÁN, LA BALLENA Y OTROS MUNDOS
CIERRE DE EXPOSICIÓN
Performance y dramaturgia de Carla Romero
Dirigida por Amelia Ibáñez
Sábado 9 de mayo a las 18:30 hrs
Sala Capilla del Centro Cultural Montecarmelo, Bellavista 0594, Providencia, Santiago de Chile
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