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BITÁCORA: PANAMÁ. CULTURA Y POLÍTICA EN EL MARCO DE UN ENCUENTRO REGIONAL IMPULSADO POR CAF

Artishock fue invitado a participar del Festival CAF Voces por nuestra región: Cultura que mueve el mundo, realizado el 27 de enero de 2026 en el Panama Convention Center. El encuentro se propuso reposicionar a la cultura latinoamericana y caribeña como un eje estratégico para el desarrollo económico, social y sostenible, subrayando —de forma transversal— su rol en la cohesión social, la ciudadanía, la inclusión y la construcción de sentido de pertenencia.

Desde una programación que combinó conversatorios, foros sectoriales, experiencias tecnológicas y espacios de co-creación, el festival se planteó como una plataforma para activar alianzas, fortalecer redes regionales y abrir nuevas oportunidades de circulación para artistas, gestores, instituciones y proyectos culturales.

En el marco de esta cobertura, Artishock sostuvo además conversaciones con tres figuras clave presentes en el encuentro: Rigoberta Menchú Tum, Premio Nobel de la Paz; Alejandra Claros, secretaria general de CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe; y Keyna Eleison, directora de Investigación y Contenido de la Bienal de las Amazonías y co-curadora de la 36ª Bienal de São Paulo.

A lo largo de este artículo compartimos algunas de sus reflexiones sobre el lugar de la cultura en los procesos de transformación social, así como sobre los desafíos actuales de legitimación, circulación y proyección internacional de las prácticas artísticas en América Latina y el Caribe.

Keyna Eleison, Rigoberta Menchú y Emiliano Valdés durante la conferencia La cultura como tejido vital de América Latina y el Caribe, Festival CAF, Panamá, 2026. Cortesía: CAF

Entre las ponencias a las que Artishock pudo asistir se encuentra La cultura como tejido vital de América Latina y el Caribe, que reunió voces indígenas y referentes culturales de la región para reflexionar sobre identidad, memoria, derechos culturales y transmisión de saberes.

La participación de Rigoberta Menchú Tum aportó una perspectiva profundamente política y ética sobre la cultura como herramienta de dignidad, reparación histórica y construcción de sociedades más justas.

Junto a ella, las intervenciones de Keyna Eleison y el curador guatemalteco Emiliano Valdés reforzaron la urgencia de integrar los saberes ancestrales en los debates contemporáneos sobre patrimonio, creación y políticas culturales.

Rigoberta Menchú, Premio Nobel de Paz 1992. Cortesía: Archivo Rigoberta Menchú

Rigoberta Menchú: «Hoy ya se habla de artes contemporáneas indígenas»

Desde su trayectoria en la defensa de los derechos de los pueblos originarios, ¿qué cambios observa en los últimos años en América Latina en los procesos de legitimación de las artes visuales, especialmente en relación con las prácticas, estéticas y saberes indígenas que históricamente quedaron fuera de los museos, colecciones y circuitos internacionales?

Hay que reconocer que existen avances en las definiciones conceptuales y en la participación indígena. Pero debemos recordar que, desde hace aproximadamente medio siglo, los liderazgos indígenas comenzaron a tener presencia constante en los foros mundiales y regionales —en los que nos sumamos en su momento— para decir que seguimos existiendo, resistiendo y apostando por la visibilidad y el reconocimiento de nuestros derechos ante los Estados, las naciones y los organismos internacionales.

Hago referencia a este tiempo porque ese recorrido ha permitido que, hoy en día, las nuevas generaciones y juventudes tengan otras condiciones para expresarse y ser protagonistas de sus propias agendas, desde la política, la educación, la economía y, en este caso, en las artes indígenas.

Como sucede en otros ámbitos, las artes indígenas están gestando su legitimidad desde la propia presencia indígena. Esto permite dejar de ver el arte indígena como algo del pasado o como algo circunscrito únicamente a lo artesanal. Hoy ya se habla de artes contemporáneas indígenas.

Lo más importante es dejar de encuadrar todo lo indígena en categorías desarrolladas y conceptualizadas por la academia y la llamada ciencia universal, que, por cierto, no ha tomado en cuenta la ciencia y los conocimientos de los pueblos indígenas. Si hay que hacer nuevas tipificaciones y nuevas definiciones, estas deben partir del activismo, la ciencia y la filosofía de los pueblos indígenas.

En el caso de Guatemala, es muy bonito ver que son mujeres indígenas quienes defienden el derecho intelectual colectivo sobre los tejidos que elaboran, los cuales conllevan toda una cosmogonía y cosmovisión en su expresión visual, así como una profunda filosofía ancestral en su proceso de creación. Y así podemos enumerar cómo artistas indígenas ya tienen presencia en los escenarios mundiales del arte: son invitados a definir su propio marco conceptual y a explicar, desde su ser indígena, el contenido del arte que representan.

Hoy vemos un creciente interés institucional por la diversidad cultural y por narrativas no hegemónicas. Desde su mirada, ¿qué riesgos y oportunidades existen para que este reconocimiento en el campo del arte no se quede solo en una visibilización simbólica, sino que se traduzca en transformaciones reales de poder, representación y participación para las comunidades?

Creo que estamos en un tiempo en el que las alianzas son importantes, en el que hay que priorizar espacios de participación desde la sociedad civil, lo privado, la academia y la ciencia universal, donde se nos permita hablar y dialogar de manera intercultural sobre el arte contemporáneo de los pueblos indígenas.

Necesitamos espacios donde podamos llegar a tipificar y definir lo que son las Bellas Artes de los pueblos indígenas, porque el arte indígena está cargado de una cultura ancestral: representa nuestras formas de vida, nuestra ciencia y nuestra filosofía.

Es necesario generar espacios de escucha y respeto, donde podamos expresarnos y converger con otros artistas, compartir experiencias y saberes. Un ejemplo reciente y palpable de este tipo de iniciativas es este evento organizado por la CAF, donde se invita a pueblos, artistas, empresarios, líderes y políticos a dialogar, a expresarse y a generar dinámicas proactivas que avancen hacia una agenda de acción más permanente.

Por eso felicito a la CAF y a su visión innovadora para generar dinámicas necesarias entre los pueblos.

Pensando en su legado y en las nuevas generaciones de artistas y agentes culturales en la región, ¿qué papel cree que pueden jugar hoy las artes visuales en la construcción de una memoria crítica y de futuros más justos, frente a los actuales contextos de desigualdad, extractivismo cultural y crisis social en América Latina?

Partir diciendo que un artista, por ser indígena, no significa automáticamente que su arte sea indígena. Mucha de la formación de los artistas indígenas ha sido desde una perspectiva occidentalizada y colonizadora, y el reto que enfrentan, cuando se reencuentran o buscan mantener su ser indígena, es atravesar un proceso difícil y delicado de decolonialidad, que genera muchas contradicciones en su ser personal.

En este sentido, el legado de quienes hemos trabajado desde el activismo —luchando por los derechos de los pueblos indígenas y denunciando las desigualdades y los atropellos denigrantes— es que las artes visuales indígenas contengan un profundo contenido filosófico, político y cosmogónico, y que conlleven una reafirmación de los derechos de los pueblos indígenas. Considero que esa es nuestra contribución para las nuevas generaciones, que no vivenciaron nuestras luchas ni nuestros desafíos.

Hoy existen muchos artistas visuales que reafirman y revitalizan su identidad, como los pintores de Comalapa y de los municipios alrededor del lago de Atitlán, en Guatemala, cuyas obras contienen una fuerte carga identitaria vinculada a la filosofía y cosmovisión del pueblo maya. También están las cantautoras como Ch’umilkaj y Sara Curruchich, quienes revitalizan el idioma kaqchikel: la primera, a través de canciones con contenidos de valores y memoria histórica; la segunda, con un enfoque en la defensa de los derechos de las mujeres.

Y si ampliamos la mirada hacia América Latina y el Caribe, encontramos generaciones de artistas y gestores culturales que buscan propuestas que enaltezcan la historia, la memoria, la identidad y los conocimientos ancestrales de los pueblos indígenas, en un escenario distinto al que nosotras tuvimos en nuestra juventud.

Debemos reafirmar que nuestra región latinoamericana es diversa, y que esa diversidad debe reconocerse y reflejarse en las expresiones artísticas que alimentan nuestro existir en este tiempo. Recordemos que el arte propicia la paz para los pueblos.


Keyna Eleison, directora de Investigación y Contenido de la Bienal de las Amazonías. Foto: Murillo Tinoco

Keyna Eleison: «La curaduría es una práctica de mediación»

Desde tu rol como curadora, ¿qué impactos concretos podría generar un festival como este en los ecosistemas culturales de América Latina si se piensa desde una lógica regional —situada en nuestros contextos— y no desde los marcos globales que suelen dominar este tipo de iniciativas?

Cuando pensamos un festival como Voces por nuestra región a partir de una lógica regional, el primer movimiento es de perspectiva: dejamos de preguntarnos cómo América Latina puede insertarse en los circuitos globales y pasamos a preguntarnos cómo nuestros propios ecosistemas culturales pueden reconocerse, fortalecerse y producir pensamiento desde sí mismos.

El impacto concreto de un encuentro como este no reside únicamente en la visibilidad momentánea de artistas o proyectos, sino en la posibilidad de activar infraestructuras de relación entre territorios que históricamente han estado desconectados entre sí o conectados a través de procesos coloniales, y que han permanecido poco articulados en el campo cultural contemporáneo. Al reunir agentes de distintos países de América Latina y el Caribe en un mismo espacio de escucha e intercambio, se crea una oportunidad poco común para construir alianzas horizontales, capaces de atravesar fronteras lingüísticas, institucionales y políticas.

Cuando miramos la región desde dentro, percibimos que nuestros contextos comparten desafíos muy específicos: desigualdad estructural, concentración de recursos culturales en pocos centros urbanos, fragilidad institucional y, al mismo tiempo, una extraordinaria densidad de prácticas culturales comunitarias, ancestrales y, por eso mismo, profundamente contemporáneas. Un festival situado en esta realidad puede funcionar como una plataforma de traducción entre distintos regímenes de conocimiento, conectando prácticas locales con redes regionales de colaboración y haciendo visibles epistemologías que históricamente han sido marginadas por los grandes circuitos internacionales.

En ese sentido, el impacto de un festival como este también puede pensarse en términos de ecología cultural. Más que un evento aislado, puede operar como un dispositivo capaz de fortalecer las relaciones entre artistas, curadores, instituciones, colectivos y comunidades que ya conforman el tejido cultural de la región. Al crear posibilidades de espacios de encuentro, el festival contribuye a que estos agentes se reconozcan como parte de un campo común, aunque diverso y muchas veces fragmentado.

Es en este punto donde el papel de la curaduría adquiere una dimensión particularmente estratégica. Curar un festival regional no significa únicamente organizar una programación o seleccionar artistas; significa trazar una cartografía de relaciones posibles. La curaduría se convierte así en una práctica de mediación entre territorios, experiencias y formas de conocimiento, actuando como una especie de diplomacia cultural que acerca contextos distintos sin reducir sus diferencias.

Asumir este papel implica comprender la curaduría como una práctica situada. Cada elección curatorial lleva consigo la posibilidad de desplazar narrativas dominantes, ampliar circuitos de circulación y crear nuevas conexiones entre artistas e instituciones de la propia región. En lugar de reproducir jerarquías ya establecidas en el sistema internacional del arte, la curaduría puede contribuir a fortalecer redes latinoamericanas y caribeñas de colaboración, capaces de sostener intercambios más duraderos.

También existe un impacto simbólico fundamental. Durante mucho tiempo, América Latina fue percibida culturalmente desde una lógica de periferia en relación con centros globales de legitimación. Iniciativas como Voces por nuestra región ayudan a desplazar ese paradigma al afirmar que la región no es únicamente un espacio de producción artística, sino también un territorio activo de producción de pensamiento, metodología e imaginación cultural.

En este sentido, quizá el efecto más profundo de un festival como este sea la construcción de otra cartografía cultural que no se organiza a partir de centros externos de validación, sino desde las conexiones entre nuestras propias historias, territorios e imaginarios.

Es en este movimiento donde el trabajo curatorial encuentra su potencia más amplia. Se trata de crear condiciones para que la región pueda pensarse a sí misma, reconociendo en la diversidad de sus voces una fuerza capaz de producir nuevos horizontes culturales y políticos para el futuro compartido de América Latina y el Caribe.


Leanne Sacramone, Curadora sénior en la Fundación Cartier para el Arte Contemporáneo; Antonio Murzi, Presidente la Junta Directiva del MAC Panamá; y Edmar Pinto Costa, Coleccionista del arte popular y contemporáneo, mecenas del Pinacoteca de São Paulo, MASP y miembro del Círculo Latinoamericano del Guggenheim. Modera: María Lucía Alemán, Directora Ejecutiva del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) de Panamá. Cortesía: CAF

Volviendo a nuestro repaso del Festival, la sesión Territorios del arte: mercado, coleccionismo y patrimonio en América Latina y el Caribe abordó de manera directa uno de los nudos centrales del ecosistema artístico regional: la relación entre mercado, coleccionismo, circulación de obras e institucionalidad.

Con la participación de Antonio Murzi, Leanne Sacramone y Edmar Pinto Costa, y la moderación de María Lucía Alemán, directora ejecutiva del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, el diálogo puso énfasis en los desafíos para construir sistemas de legitimación más inclusivos y sostenibles, capaces de integrar a artistas, comunidades, museos, ferias y coleccionistas.

Uno de los puntos más relevantes fue la necesidad de pensar el coleccionismo no solo como acumulación patrimonial, sino como una práctica de corresponsabilidad cultural que incide en la visibilidad, la preservación y la proyección internacional del arte producido en la región.

El panel Las afrodiásporas en América Latina: culturas y creatividad contemporánea como motores de transformación social propuso una mirada situada sobre las prácticas artísticas, educativas y de gestión cultural impulsadas desde comunidades afrodescendientes, entendiendo la creación como un ejercicio político y social que excede los indicadores económicos.

Las experiencias compartidas por Ramo (Roger Ramos), Abel Aronátegui, Julia Cohen Ribeiro, Moraima Simarra y Catherine Dunga evidenciaron el potencial de las artes para activar procesos de justicia racial, fortalecimiento comunitario y producción de narrativas plurales, en diálogo con problemáticas globales como la migración, la sostenibilidad y los derechos humanos.

Martín Craciun, Coordinador del Instituto Nacional de Artes Visuales de la Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay y Diego Costa Peuser, Fundador y Director Global de Pinta Group. Cortesía: CAF

La sesión Plataformas digitales y el poder exportador de la cultura latinoamericana y caribeña permitió analizar el rol creciente de las infraestructuras digitales en la internacionalización de contenidos culturales producidos en América Latina y el Caribe. Desde las experiencias institucionales y corporativas de Guy Nae, Daniela Guerra y Ariadne Benedetti, y con la moderación de Lucrecia Cardoso, se discutieron estrategias para fortalecer capacidades locales, profesionalizar la cadena de valor y reducir brechas de acceso tecnológico para creadores y organizaciones culturales.

El debate remarcó que la digitalización, por sí sola, no garantiza circulación equitativa si no va acompañada de políticas públicas, formación y modelos de gobernanza cultural.

La presentación de los resultados del Seminario de Cultura y Economía – Centro Cultural La Moneda, que se realizó el 28 y 29 de octubre de 2025 en Santiago, destacó especialmente el desarrollo del programa Espacio Lector como una experiencia replicable en otros contextos de la región. Según los ponentes a cargo, Felipe Bascuñán y Gabriel Hoecker, la lectura y la mediación cultural deben entenderse como dimensiones estructurales del desarrollo y no únicamente como acciones sectoriales.

Uno de los espacios más relevantes para el debate sobre infraestructuras culturales regionales fue la presentación por los 20 años de trayectoria de Pinta Group. Su fundador y director global, Diego Costa Peuser, compartió una reflexión sobre la evolución de las ferias, semanas de arte y plataformas editoriales como dispositivos que articulan mercado, pensamiento crítico y producción de conocimiento.

La sesión permitió revisar la agenda de Pinta para 2026 —con Art Weeks y ferias en distintas ciudades de América Latina y Estados Unidos— como una red de circulación que contribuye a consolidar un ecosistema cultural regional más diverso, interconectado y sostenible.

Juan Canela, Curador del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, y Mónica E. Kupfer, Historiadora, crítica y curadora, doctora en Historia del Arte, durante la presentación del libro 105 artistas de Panamá en la colección MAC. Cortesía: CAF

La jornada cerró con la presentación de la primera publicación institucional del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, titulada 105 artistas de Panamá en la Colección MAC.

El curador Juan Canela y la historiadora y crítica Mónica E. Kupfer expusieron el proceso curatorial e investigativo del libro, subrayando su valor como herramienta de preservación patrimonial, investigación y acceso público al conocimiento sobre el arte panameño.

Por su parte, CAF presentó sus desarrollos inmersivos vinculados a la Casa de la Integración y a su Sala de Exposiciones, proponiendo recorridos virtuales por sedes y proyectos culturales en distintos países de la región. Las intervenciones de Ariel Burd, Javier Palma y Claudia Casarino mostraron cómo la realidad virtual y los entornos gamificados pueden ampliar el acceso a contenidos culturales, al mismo tiempo que abren nuevas preguntas sobre curaduría, mediación y experiencia del público en escenarios digitales.

Alejandra Claros, Secretaria General de CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe. Cortesía: CAF

Alejandra Claros: «La cultura produce pensamiento»

Desde CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe impulsaron, en el marco del foro económico, un espacio específico en torno a la cultura, considerando que el foco pudo haberse puesto en áreas tradicionalmente priorizadas como salud, educación o vivienda. ¿Qué convicciones, diagnósticos o evidencias llevaron a la CAF a promover que la cultura tuviera un lugar propio dentro de esta agenda de alto nivel, y cómo entiende hoy su rol en el desarrollo de la región?

Desde CAF entendemos que hablar de desarrollo sostenible en América Latina y el Caribe implica necesariamente hablar de cultura. No como un agregado ni como un gesto simbólico, sino como los sentidos compartidos que permiten a las sociedades reconocerse y proyectarse. Impulsar el Festival Voces por nuestra región respondió a esa mirada.

La nuestra es una región de enorme riqueza cultural, al mismo tiempo atravesada por profundas desigualdades. En este contexto, abrir un espacio para pensar y discutir la cultura cumple un rol central, porque permite visibilizar experiencias y saberes que muchas veces quedan fuera de las discusiones económicas. Además, es un ámbito donde se interpretan y se disputan los sentidos sobre la historia, el presente y los futuros posibles.

Esta visión se refleja en la acción sostenida de CAF durante los últimos años.  Entre 2021 y 2025, se impulsaron 1481 acciones culturales y deportivas en distintos países de la región. Solo en 2025 se llevaron adelante más de 800 iniciativas, acompañadas de una expansión significativa del alcance territorial y, en consecuencia, del número de beneficiarios.

Otorgarle a la cultura un lugar propio dentro de una agenda de alto nivel responde a la convicción clara de que la cultura produce pensamiento, preserva la memoria y amplía el campo desde el cual impulsamos las transformaciones sociales.

Desde CAF entendemos la cultura no como un sector, sino como una condición para la vida en común. Por eso, el desarrollo sostenible solo se vuelve verdaderamente transformador cuando reconoce la dimensión cultural como parte fundamental de ese proceso.


Más allá de la diversidad temática, el Festival CAF dejó en evidencia un consenso transversal: la cultura no puede ser abordada únicamente desde la lógica del crecimiento económico, sino como una infraestructura social que articula memoria, derechos, ciudadanía, educación y sostenibilidad.

Para Artishock, la participación en este encuentro permitió constatar la urgencia de fortalecer plataformas editoriales, espacios de reflexión crítica y redes de cooperación regional que acompañen los procesos de circulación, legitimación y producción simbólica del arte latinoamericano y caribeño en un escenario global cada vez más complejo.

Entre muchas voluntades, el impulso decisivo de Claudia Casarino y Shirley Malespín hizo que Artishock llegara hasta aquí. Gracias por eso.

Carlos Willson

Madrid, 1961. Vive entre Guayaquil y Santiago. Ha trabajado en la industria aseguradora y como docente. Es coleccionista de arte y director de Artishock.

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