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TODO ES COMÚN

La exposición Todo es común, presentada hasta el 21 de junio de 2026 en la Sala Europa de Badajoz (España), propone una reflexión en torno al paisaje agrícola como espacio donde se entrecruzan prácticas, memorias y tensiones políticas que exceden su condición material. Reuniendo obras de quince artistas internacionales, la muestra plantea el ámbito rural como resultado de complejas interacciones entre lo humano y lo natural, pero también como un territorio vivido que configura formas específicas de habitar y de relacionarse con la tierra.

Todo es común cuenta con préstamos del Museo Reina Sofía, CA2M, MEIAC y La Société Ciné Tamaris, e incluye trabajos de Adrián Balseca, Luna Bengoechea, Gabriela Bettini, Marcelo Expósito, José Iglesias García-Arenal, Regina José Galindo, Cristina García Rodero, Abel Jaramillo, Voluspa Jarpa, Asunción Molinos Gordo, Nuno Nunes-Ferreira, Godofredo Ortega Muñoz, Miguel Palma, Karin Sander y Agnès Varda.

En sus propuestas, los artistas despliegan distintas aproximaciones a la relación con el territorio: desde perspectivas que entienden la vida rural como una construcción social, hasta aquellas que examinan las transformaciones del paisaje agrícola bajo nuevas lógicas de gestión, planificación y explotación.

Comisariada por Adonay Bermúdez, la exposición invita a desplazar la mirada más allá de las representaciones tradicionales del campo, para reconocer en él un entramado de historias, relaciones y procesos de cambio que inciden directamente en la vida contemporánea.

A continuación, compartimos un fragmento del texto curatorial incluido en el catálogo de la muestra.


Regina José Galindo, Mazorca, 2014, still de video, 8’ 28’’. Cortesía de la artista

Él había nacido en el campo como su propio padre;

sin embargo, ya no podía vivir de la tierra como él.[1]


Los suelos no van a poder sanarse y recuperarse

si se persiste en organizar la agricultura en función del mercado.[2]


El paisaje agrícola no es solo un resultado físico de la interacción entre el ser humano y la naturaleza, va más allá; es también un espacio cargado de significado cultural, histórico y económico. El paisaje emerge como una experiencia vivida y compartida que conecta al sujeto con su entorno. «Habitar y construir están, el uno con respecto al otro, en la misma relación de fin a medio»[3], nos recuerda el filósofo alemán Martin Heidegger, quien consideraba la relación entre el ser humano y el mundo como un proceso de habitar. La agricultura, como acto fundamental de esa transformación o construcción del entorno, se inscribe en esta interacción, configurando un paisaje que no solo satisface necesidades materiales, sino que también refleja las estructuras simbólicas y sociales de las comunidades rurales.

«Pero el territorio conjuraba ambas al territorializar la tierra, y ahora se efectúan gracias a las reservas y en el agenciamiento agrícola, por desterritorialización del territorio. La tierra apropiada y comparada aísla de los territorios un centro de convergencia situado fuera, la tierra es una idea de la ciudad».[4] Deleuze y Guattari señalan un desplazamiento fundamental: el territorio agrícola ha dejado de ser un espacio vivido para convertirse en un espacio administrado, con todas las consecuencias que ello conlleva.

Obras de Karin Sander y Luna Bengoechea en la exposición Todo es común, Sala Europa de Badajoz, España, 2026. Cortesía: Junta de Extremadura
Obra de Gabriela Bettini en la exposición Todo es común, Sala Europa de Badajoz, España, 2026. Cortesía: Junta de Extremadura

Siguiendo con su planteamiento, allí donde el territorio se constituía como una experiencia situada —atravesada por prácticas, ritmos y afectos—, hoy se impone una lógica de gestión que opera mediante reservas, clasificación y control. La tierra ya no se define por el habitar, sino por su integración en un sistema de optimización que responde a centros de decisión externos. El territorio agrícola queda desterritorializado de sí mismo, perdiendo su condición experiencial para convertirse en superficie funcional.

Sin embargo, aun compartiendo este diagnóstico crítico de los filósofos franceses, me resisto a aceptar su carácter absoluto. Persiste en mí —quizás de forma utópica— la convicción de que el paisaje agrícola permanece en suspenso, que no ha sido clausurado por completo por la lógica productivista. Todavía puede pensarse como un espacio habitable, en el sentido profundo del habitar –regresando a Martin Heidegger- como cuidado y co-pertenencia entre el ser humano y la tierra.

En esa tensión entre administración y habitar, el paisaje agrícola se revela como un espacio crítico, como un lugar donde aún es posible abrir una pausa, un intervalo, una forma de relación que no se agote en la lógica del rendimiento, tan propia del sistema neoliberal actual que se adueña de las personas. 

Cristina García Rodero, España oculta,1988. Gelatinobromuro de plata sobre papel, 37,5 x 56 cm. Colección MNCARS

La agricultura, en tanto práctica que moldea el paisaje, cuenta con un fin ético intrínseco. Los campos cultivados no solo responden a una función económica, sino que encarnan valores como el trabajo colectivo, la sostenibilidad y la continuidad intergeneracional. Este proceso reivindica la relación del ser humano con la tierra como algo más que una explotación de recursos: es una co-creación que revaloriza el campo frente a la hegemonía de lo urbano. Teniendo en cuenta todo ello, es necesario entender la construcción del paisaje rural como un acto de resistencia cultural.

Hoy en día, a pesar de que el espacio rural ha sido progresivamente marginado frente a los violentos procesos de urbanización y la lógica del capital, el campo persiste como un territorio de autonomía y significación, donde los modos de vida reivindican una conexión directa con la tierra y los ritmos naturales. El paisaje agrícola, por tanto, se convierte en un símbolo de identidad y resistencia frente a la anodina homogeneización de la globalización.

[…]

Obra de Asunción Molinos Gordo en la exposición Todo es común, Sala Europa de Badajoz, España, 2026. Cortesía: Junta de Extremadura
Obra de Voluspa Jarpa en la exposición Todo es común, Sala Europa de Badajoz, España, 2026. Cortesía: Junta de Extremadura

A lo largo del recorrido de esta exposición, el paisaje agrícola ha dejado de ser un mero telón de fondo para revelarse como un campo de fuerzas donde se entrecruzan historia, política, economía y ética. No se trata únicamente de lo que la tierra produce, sino de lo que hace posible: vínculos, memorias, formas de vida. En este sentido, el territorio no puede entenderse como propiedad privada ni como recurso neutral, sino como una trama compartida que nos precede y nos excede. Como advirtió Heidegger, habitar implica un modo de cuidado; pero hoy ese cuidado se halla en tensión permanente con dispositivos de gestión que reducen la tierra a superficie optimizable.

Las prácticas artísticas analizadas no proponen soluciones directas, pero sí operan como gestos críticos que visibilizan violencias estructurales, desnaturalizan el hambre, evidencian la fragilidad de los cuerpos que sostienen la producción agrícola y rescatan saberes locales que resisten la abstracción del capital. Desde ahí, lo común aparece como una experiencia de coexistencia y dependencia mutua, más que como una forma de propiedad.

Adrián Balseca, Motocultivo, 2023. Video, tres canales. Stills cortesía de galería Madragoa
Adrián Balseca, Motocultivo, 2023. Video, tres canales. Stills cortesía de galería Madragoa

Así, la afirmación Todo es común, título de esta exposición, deja de operar como consigna abstracta para revelarse como una posición histórica, ética y política. Omnia sunt communia! (Todo es común) fue la proclama de los campesinos alemanes durante las guerras campesinas del Sacro Imperio Germánico (1524–1525), levantamientos que estallaron frente al cercado de las tierras y la privatización de aquello que había sido de uso colectivo, y que encontraron en el predicador anabaptista Thomas Müntzer una figura central de articulación teológica y política. Leída desde el presente, esta genealogía ilumina el sentido profundo del paisaje agrícola como espacio de interdependencia y conflicto, donde la tierra no puede reducirse ni a mercancía ni a mero soporte productivo.

Todo es común nombra así una verdad incómoda para la lógica del rendimiento: que la vida se sostiene en redes compartidas de cuidado, trabajo y memoria que exceden la propiedad y el cálculo. Reconocerlo implica reaprender a habitar el territorio desde la responsabilidad colectiva, la pausa, la amabilidad y la atención a aquello que hace posible la continuidad de lo viviente, afirmando el paisaje agrícola como lugar ético desde el que resistir su agotamiento.


[1] Williams, Raymond: El campo y la ciudad. Paidós. Barcelona, 2001, p 29.

[2] Shiva, Vandana: Abrazar la vida. Mujer, ecología y supervivencia. Horas y horas. Madrid, 1995, p 206.

[3] Heidegger, Martin: Construir, habitar, pensar. 1951. Fotocopioteca. Lugar a Dudas. Online. (última revisión: 29/12/2025).

[4] Deleuze, Gilles, y Guattari, Félix: Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos. Valencia, 204, p 448.

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