MUSEO DEL DEVENIR: UNA PLATAFORMA EXPOSITIVA DE DISRUPCIÓN Y EMERGENCIA
El Museo del Devenir (MdD) es una plataforma en fuga: no tiene sede fija, no acumula patrimonio, no responde al paradigma del museo estable y centralizado. Se arma y desarma según los territorios que lo reciben, y en ese movimiento propone un modo de entender el museo como espacio vivo, permeable y en disputa.
Concebido desde lo marica, lesbiano, trans, trava, no binario e indígena, funciona como laboratorio de investigación, archivo y circulación de prácticas artísticas cuir del norte argentino, con especial atención a la performance, la fotografía y el video. Sus obras —ligeras, digitales, transportables— enfatizan esa vocación por el desplazamiento constante.


Su primera exposición institucional en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA) adquiere el tono de un manifiesto. No solo reúne artistas y colectivos de Salta y Jujuy, sino que irrumpe con una serie de preguntas dirigidas a las instituciones culturales del país: ¿qué cuerpos entran al museo? ¿Qué historias se cuentan y de qué manera? ¿Qué experiencias quedan fuera de los relatos hegemónicos y cuáles pueden, por fin, ocupar un espacio central?
Bajo la curaduría de Guad Creche, el MdD se presenta como un dispositivo de disrupción que interpela los mecanismos de legitimación artística y los modos de producir sentido desde los márgenes.
El proyecto surge un año antes de esta muestra, en Tilcara, Jujuy, durante la tercera edición de la Residencia de Creación NOA. Allí, Creche imaginó un museo marica para la región donde había nacido y a la que estaba regresando después de años en Buenos Aires. Esa génesis territorial —y afectiva— define el espíritu del MdD, que privilegia obras construidas desde cuerpos y experiencias disidentes: identidades indígenas, travestis, racializadas y subalternas.
En Buenos Aires se despliega un conjunto de nueve piezas en video, veintitrés fotografías y dos banderas de la diversidad, además de acciones en vivo que reafirman la centralidad del cuerpo como herramienta de pensamiento político.

El corazón conceptual y emotivo del MdD está en la historia de Sharon Renata Mendoza, activista trans de Tilcara y figura esencial para las comunidades LGBTIQ+ de la Quebrada de Humahuaca. Durante años dirigió el santuario de la Virgen del Abra de Punta Corral y confeccionó los vestidos sagrados utilizados en la festividad. Su decisión de coser las banderas de la Marcha del Orgullo en Tilcara —y anunciar públicamente su salida del clóset a través de una radio local— constituyó un acto de transformación que desbordó lo personal para convertirse en símbolo colectivo.
En 2024, durante la residencia NOA, Creche y Mayra Arasy Nieva registraron en video una entrevista con Sharon entre el santuario y la residencia artística; la pieza, editada junto a Daniela Seggiaro, se exhibe aquí en diálogo con las banderas confeccionadas por ella.
Más que artista en un sentido convencional, Sharon encarna una práctica donde vida, fe, comunidad y acción pública se funden. Su historia se erige como umbral para pensar las prácticas que el MdD busca visibilizar: aquellas que no siempre se inscriben en la noción tradicional de obra de arte, que pueden ser efímeras, rituales, procesuales o incluso irrepetibles.
Los registros —en foto o video— funcionan como huellas plenamente válidas para sostener esas acciones y permitir su circulación. La exposición reúne trabajos de Cuerpes (Exequiel Ramos, Martín Soria y Natalia Lorenzetti), Duen Neka’hen Sacchi, Ivana Salfity, Mar Pérez, Mario Llullaillaco, Masi Mamani, Matías de la Guerra, Matisto, Quillay Méndez, Rosario Mitre, Sharon Renata Mendoza y Tiziano Cruz. En todas estas obras se reconoce un interés por hibridar ritualidades ancestrales con estéticas contemporáneas, por visibilizar cuerpos marrones y por desplegar imaginarios que rara vez llegan a Buenos Aires.


Creador escénico, performer y bailarín contemporáneo nacido en Salta en 1993, Martín Soria trabaja desde una fisicalidad que emerge del contacto directo con las geografías que habita y de las memorias que su cuerpo porta. Sus coreografías no se conciben como formas preexistentes, sino como procesos que se activan en diálogo con el territorio.
MACHITO es una de esas exploraciones: un viaje físico que retoma el Caporal —práctica ancestral andina cuya potencia rítmica ha sido históricamente asociada a la virilidad— para tensionar representaciones hegemónicas de lo masculino. Soria realiza una lectura cuir del repertorio heredado, desarma los binarismos sexogenéricos impuestos por la colonización judeocristiana y reinscribe ese archivo corporal en un cuerpo que duda, reaprende y ensaya nuevas maneras de existir. El movimiento se vuelve así un campo de disputa política y, al mismo tiempo, un ejercicio de imaginación identitaria.
Tiziano Cruz (San Francisco, Valle Grande, Jujuy, 1988) es un artista interdisciplinario cuya práctica articula el lenguaje visual, la performance, la escritura y la intervención en el espacio público. Sus obras se nutren de las memorias del norte argentino y de las tensiones que atraviesan a las comunidades indígenas, marcadas por procesos de invisibilización, racismo y despojo territorial. En esta muestra participa con fotografías y con una acción performática presentada dentro del programa público.
¿Cómo ser migrante en un mismo territorio?, pregunta que atraviesa su obra Soliloquio (me desperté y golpeé mi cabeza contra la pared), funciona como detonante de una indagación sobre la memoria colectiva en un pueblo del norte argentino y sobre las maneras en que la sociedad niega la presencia de la negritud en la región. La pieza surgió a partir de cincuenta y ocho cartas escritas por Cruz a su madre entre abril y octubre de 2020, en pleno aislamiento pandémico. Desde ese intercambio íntimo emerge un tejido de recuerdos, pérdidas y trayectorias rotas que se incrustan en la escena como archivo afectivo.
Soliloquio se presenta en dos formatos complementarios: un site specific, que inscribe el cuerpo y la palabra en el espacio expositivo, y una conferencia performática que profundiza en las capas autobiográficas y comunitarias de la obra. Ambas versiones forman parte de una investigación más amplia que Cruz ha desarrollado durante los últimos años, reunida en la trilogía tres maneras de cantarle a una montaña, integrada por Adiós Matepac (un ensayo sobre el recuerdo o la despedida), Soliloquio y Wayqeycuna.
En el MdD, Cruz expande este universo con Wawakunas [en el río un niño se despide de su madre], una conferencia performática que adopta el cuento como forma de transmisión. La historia de un niño y su amigo Mayu evoca complicidades de la infancia en los márgenes del país y revela cómo esos recuerdos moldean la relación con el territorio. En esta investigación más reciente, el artista profundiza en el rol del agua en las prácticas culturales aymaras: su potencia sanadora, su vínculo con el mal de la tiricia y su condición de mediadora entre naturaleza, vida comunitaria y mundo ancestral. Su obra plantea que migrar no siempre implica moverse: a veces el territorio se vuelve ajeno, y el arte ofrece un modo de nombrar esa fractura.

Matisto (Salta, 1987) desarrolla desde hace más de una década una práctica performática donde el cuerpo se vuelve superficie ritual y herramienta de exploración íntima. Su investigación emerge del encuentro entre movimiento, paisaje y territorio, y muchas de sus acciones —efímeras por naturaleza— sobreviven a través de la fotografía y el video.
Las fotografías presentadas en el Museo del Devenir operan como fragmentos de esos rituales personales: escenas donde el artista se funde con el entorno y activa gestos que funcionan como ofrendas hacia la naturaleza. Agua, fuego y luz se incorporan como elementos simbólicos que desbordan la acción y la dotan de una dimensión espiritual. La práctica del tarot y la tradición del autorretrato también atraviesan estas imágenes, otorgando a cada puesta en escena un carácter oracular, casi visionario. En ellas, el cuerpo se convierte en emblema, en señal que interroga tanto la identidad como los modos de habitar un territorio.

El colectivo KUYCHI, integrado por Quillay Méndez y Belén Navarro, toma su nombre de la palabra quechua kuychi, “arco iris”. Nacido en 2020 en Jujuy, surge de la necesidad de construir una práctica de la imagen desde una perspectiva de género y de clase, con un enfoque performático, antirracista y anticolonial. Su trabajo articula un diálogo entre fotógrafa e intérprete que rechaza los modos extractivistas y promueve un proceso creativo basado en la conversación, la reciprocidad y el cuidado.
KUYCHI se concibe como acto de creación y reparación, un espacio audiovisual travesti y mujeril que cuestiona los imaginarios hegemónicos. Su estética reciente asume un horizonte apocalíptico entendido como certeza del colapso civilizatorio: un punto de quiebre desde el cual imaginar futuros habitados por espectros neo-ancestrales, nuevas formas de vida y otros modos de democracia.
Dentro del programa de performance de la exposición, Quillay Méndez y Masi Mamani presentaron El último rito: la civilización ha muerto, una performance que funciona como tránsito y desprendimiento. La ropa —sus pliegues, sus capas— se vuelve portadora de afectos y alianzas, mientras las performers ensayan estrategias de fuga frente a la colonialidad. Entre danzas, desplazamientos y complicidades, ritualizan la posibilidad de traicionar el orden impuesto y de fundar mundos alternativos.


Formado por Mario Llullaillaco y Mar Pérez, el Colectivo Loro tiene su origen en 2009 durante la Marcha del Orgullo de Salta, cuando bordaron la palabra “loro” en sus remeras para apropiarse de un insulto utilizado localmente de forma peyorativa. Ese gesto de reapropiación sintetiza su estrategia política: transformar la herida en potencia, y la injuria en plataforma de deseo, humor y visibilidad.
Para esta exposición presentan una de sus Loreadas, acciones performáticas de carácter ceremonial donde confluyen música, bautismo, convite y juego. Estas intervenciones instauran un lenguaje irreverente y festivo que subvierte las lógicas normativas y, al mismo tiempo, propone nuevas formas de reunión comunitaria. Con humor, afecto y desobediencia, el Colectivo Loro despliega prácticas que expanden el campo de la performance hacia territorios de fiesta, cuidado y resistencia.


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