LA TORRE DE PISA DE SPAGHETTIS DE MARTA MINUJÍN
La Torre de Pisa de Spaghettis que Marta Minujín instaló en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires vuelve a recurrir a un procedimiento que le es propio desde hace décadas. La artista toma un símbolo ampliamente reconocido, lo lleva a una escala desmesurada y lo recubre con un material asociado a lo cotidiano. Su sistema de trabajo avanza por acumulación y adapta cada ícono a un lenguaje que oscila entre el humor directo y la exageración deliberada. La torre del Recoleta se pliega a ese método autoral sin grandes desvíos. Propone una lectura rápida, sostenida en una imagen de impacto inmediato, y retoma una línea que la artista explora desde los años sesenta.
El proyecto se presentó durante la Noche de los Museos y funcionó como un dispositivo participativo. Una estructura tubular cubierta por paquetes de pasta seca invitaba al público a entrar y apropiarse de un fragmento material de la obra. Ese acceso directo forma parte de un programa sostenido que Minujín desarrolla desde los happenings del Instituto Di Tella. Allí ya trabajaba con recorridos inmersivos y situaciones donde el espectador dejaba de ser un observador solemne. La Torre de Spaghettis se apoya en esa tradición y la reitera bajo una fórmula reconocible, es decir, un objeto monumental que genera un contacto inmediato y lúdico.



La selección de la pasta seca como material central está en línea con el repertorio alimentario que Minujín utiliza en sus intervenciones. Pan dulce, alfajores, baguettes o hamburguesas aparecen a lo largo de su trayectoria en obras que suelen citar íconos urbanos o figuras populares. A lo largo del tiempo produjo una Torre Eiffel de baguettes en París, recubrió lobos marinos con alfajores en Mar del Plata, presentó una Estatua de la Libertad hecha de hamburguesas falsas y dedicó piezas a James Joyce o a Gardel a partir de alimentos locales. El mecanismo es constante. Un símbolo cultural se rehace con productos básicos, industriales o masivos. El resultado altera las expectativas del espectador y reafirma el interés de la artista por imágenes de fuerte presencia pública.
La torre del Recoleta dialoga con ese archivo anterior. No busca solemnidad ni densidad conceptual. Propone una aproximación ligera, cercana a la parodia, y se sostiene en la familiaridad que la pasta tiene dentro del imaginario argentino. Esa apropiación traslada la referencia europea y la reubica en un contexto local donde la tradición italiana ocupa un lugar central pero que ya está absorbida por la cultura urbana. La pieza toma esa herencia gastronómica y la amplifica como si fuese un emblema capaz de definir una identidad compartida.



Varios proyectos recientes de Minujín refuerzan esta misma línea. En su exposición en México Vivir en arte volvió a combinar escultura monumental y sus famosos colchones multicolores. Allí se evidencian dos impulsos que atraviesan su producción. Por un lado, la inclinación hacia lo gigantesco, lo que llama la atención por su tamaño y las preguntas que surgen sobre la operatividad de su construcción. Por otro, la insistencia en materiales sencillos como colchones, panes o libros que se acumulan sobre estructuras modulares. La Torre de Spaghettis se articula con ese conjunto y confirma que la artista privilegia, como lo ha dicho en reiteradas ocasiones, el efecto inmediato por encima de la introspección.
En paralelo, la instalación permite ver cómo Minujín organiza su obra alrededor de un diálogo sostenido con el público. Proyectos como la Operación Perfume, el recorrido de Rayuela dedicado a Julio Cortázar o el Partenón hecho con libros prohibidos ya habían puesto en primer plano la circulación de grandes cantidades de objetos que se distribuyen entre los asistentes. El Big Ben acostado en Manchester repitió esa idea y extendió el recorrido interno para que cada visitante saliera con un libro. En la torre del Recoleta esa lógica se mantiene y reduce los elementos a una materia básica que cualquiera reconoce.



En comparación con aquellas intervenciones de mayor escala, esta torre no propone un salto cualitativo. Funciona como capítulo reciente dentro de un método muy afianzado. La artista elige un ícono y lo dispone bajo una clave humorística que exagera su presencia. Hay quienes leen esta insistencia como una marca consistente y quienes la perciben como un repertorio que se repite sin variaciones. Lo cierto es que define una parte importante del arte argentino desde mediados del siglo veinte y contribuye a un imaginario donde el exceso visual ocupa un lugar preferente.
La Torre de Spaghettis se integra a ese panorama. No opera como un hito dentro de su producción, sino como una continuación de un sistema de trabajo que ya se reconoce con facilidad. Su interés radica en la manera en que actualiza un procedimiento histórico y lo adapta a un formato museístico contemporáneo. El impacto se sostiene en el humor y en la escala. A partir de allí, la pieza se organiza como un objeto que adquiere sentido en la circulación pública y en la experiencia directa del visitante. Es un episodio más dentro de un repertorio amplio que construyó una identidad artística con lenguaje propio y que sigue reapareciendo en museos, ferias y proyectos de intervención urbana.
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