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LOS FRESCOS DE ANRI SALA

La práctica artística de Anri Sala está anclada en la imagen en movimiento, la arquitectura del sonido y la experiencia espacial. Formado entre Albania y Francia, y afincado desde hace años en Berlín, su obra se define por una sensibilidad que combina observación cultural, memoria histórica y una exploración persistente de los límites del lenguaje. Desde Intervista (Finding the Words) (1998), documental que examina las fisuras entre verdad, traducción y relato, Sala estableció una línea de trabajo donde las rupturas —políticas, lingüísticas y perceptivas— funcionan tanto como materia prima como principio constructivo.

A lo largo de más de dos décadas, el sonido se ha convertido en el eje de su investigación: le interesa el desfase entre imagen y banda sonora, la música como vehículo de memoria y las fallas del lenguaje como motor narrativo. Sus videos e instalaciones subvierten la primacía de la imagen al otorgarle al sonido un papel estructural que altera la percepción del tiempo y sitúa al espectador en un “presente continuo”. En ambientes cuidadosamente modulados —de luz, acústica y arquitectura—, Sala propone experiencias que exigen una atención corporal y, a la vez, implican una toma de posición cultural y política.

Acostumbrados a esas instalaciones inmersivas y a su sofisticado trabajo con el sonido, la irrupción la antigua técnica del fresco puede parecer un desvío en su obra. Sin embargo, es una continuación lógica de sus obsesiones. Sala estudió pintura al fresco en la Academia Nacional de Artes de Tirana en los años noventa y solo recientemente, tras un período de trabajo en Nápoles, retomó el medio con la precisión casi ceremonial que demanda.

Presentadas en soportes de aluminio, estas nuevas series revelan cortes, bordes y superposiciones que, en vez de ocultar sus límites materiales, los enfatizan. En ellas, la dimensión temporal —tan decisiva en la práctica audiovisual de Sala— se vuelve palpable: aquello que puede realizarse en un día, la negociación entre planificación y urgencia, la imposibilidad de rectificar una vez que el yeso ha secado. De este modo, el fresco se convierte en un medio sometido al tiempo, no muy distinto de la lógica del montaje o la edición sonora que Sala ha cultivado durante años.

Practicado en Italia desde la antigüedad y perfeccionado en el Renacimiento, el fresco exige pintar sobre yeso húmedo con pigmentos diluidos en agua, avanzando por secciones —las giornate— que coinciden con lo que puede resolverse en un solo día mientras el intonaco permanece húmedo. Una vez seco, el pigmento se integra a la superficie y ya no admite correcciones.

Vista de la exposición de Anri Sala en kurimanzutto, Ciudad de México, 2025. Foto: Gerardo Landa & Eduardo Lopez (GLR estudio).

En su tercera exposición en kurimanzutto, Sala presenta por primera vez en México un nuevo conjunto de frescos en los que profundiza en las relaciones entre imagen, materia y temporalidad. Un primer grupo, titulado Surface to Air (2023–presente), se basa en fotografías tomadas por Sala desde las ventanillas de aviones, imágenes que a veces abren brechas momentáneas en la masa nubosa para dejar ver fragmentos de tierra.

Reimaginadas al fresco, estas nubes se convierten en capas de pigmento suavemente sedimentadas que registran el aire y la luz sobre geografías en fuga. Vistas desde esa altura, ciudades, montañas y cursos de agua se deslizan hacia la abstracción: líneas que se desplazan, remolinos que aparecen y desaparecen mientras el avión avanza.

Anri Sala, Surface to Air XXXVIII (Cipollino Verde/50°4’54«N, 8°18’35»E), 2025. Pintura al fresco, intonaco sobre aerolam, mármol Cipollino Verde. 129,5 x 104,5 x 5,5 cm. Foto: Copyright del artista. Cortesía de kurimanzutto.

Cada título cita las coordenadas exactas donde se tomó la fotografía, fijando ese instante efímero dentro de un medio que exige tiempo y paciencia. Sala describe estas obras como el encuentro de una “triple temporalidad”: la geológica del mármol que incrusta en la superficie, la instantaneidad de la nube y el ritmo interno del fresco, que solo puede trabajarse por giornatas.

En estas obras Sala incorpora fragmentos de mármol —Cipollino, Radica, Tartaruga— cuyas vetas se funden con las pinceladas del intonaco, generando un contrapunto entre la fluidez pictórica y la solidez mineral. Las incrustaciones prolongan ciertos movimientos de la imagen, pero también la interrumpen, como si un desajuste geológico —un glitch mineral— irrumpiera en la escena. Aportan, según el artista, una “resolución” más precisa que la del propio pigmento. La obra se sostiene, así, en la tensión entre escalas temporales: la del trazo efímero y la del sedimento, la del fenómeno atmosférico y la de la roca antigua.

Anri Sala, Cristo Deriso (Fragmento 1), 2025. Pintura al fresco, intonaco sobre aerolam, mármol Cipollino Verde, 31,5 x 23 x 4 cm. Foto: Copyright del artista. Cortesía de kurimanzutto.

Un segundo conjunto de obras parte de frescos renacentistas de Masaccio, Fra Angelico y Piero della Francesca. En Cristo Deriso (2025), por ejemplo, Sala retoma un fragmento de La burla de Cristo (ca. 1440–42), de Fra Angelico, y lo somete a una inversión cromática inspirada en el negativo fotográfico: las zonas oscuras se vuelven luminosas, los tonos de piel se transforman en azules y violetas, y la escena adquiere un resplandor espectral. Esa inversión, dice el artista, introduce un gesto vinculado a la modernidad fotográfica: un eco del negativo analógico que hoy pertenece ya a la “arqueología de los medios”.

Al trasladar un procedimiento propio de la fotografía al fresco, Sala hace convivir temporalidades y lógicas materiales dispares —lo instantáneo y lo perdurable, lo óptico y lo táctil— generando una disonancia que reconfigura la lectura del motivo original. Este viraje cromático, cercano a la lógica de los rayos X empleados en estudios técnicos de pintura, sugiere una mirada que atraviesa capas históricas, revelando simultáneamente la imagen y su contraimagen temporal. El resultado es un diálogo con la tradición del fresco que, en lugar de reiterar sus códigos, interroga cómo los artistas han representado a sus sujetos a lo largo de los siglos dentro de los límites de sus propios medios.

Vista de la exposición de Anri Sala en kurimanzutto, Ciudad de México, 2025. Foto: Gerardo Landa & Eduardo Lopez (GLR estudio).

Otra serie de obras expuestas, Tracing Vista, aborda el fresco desde su infraestructura técnica. Las piezas derivan de dibujos en tinta, polvo de grafito e intonaco sobre papeles perforados que evocan los spolveri renacentistas, aquellas plantillas perforadas que permitían transferir la composición al muro mediante carbón o grafito. Aquí, el papel conserva fragmentos de yeso adheridos durante el proceso, como si el fresco dejara una muda de piel mineral sobre la superficie.

Al invertir la lógica del procedimiento —mostrar la plantilla en vez del resultado final—, Sala prolonga la idea de estratificación más allá del muro y expone cómo materia, tiempo y trazo continúan acumulándose en el papel. Tracing Vista funciona como la última resonancia de un proceso que va del dibujo al yeso y regresa al plano, un eco geológico del fresco que persiste más allá de su soporte original.

Anri Sala, Surface to Air XXXIII (Tartaruga Egizia/5°89’90”S, 39°47’23”E), 2025. Pintura al fresco, intonaco sobre aerolam, mármol Tartaruga Egizia, 72 x 111 x 5,5. Foto: Copyright del artista. Cortesía de kurimanzutto.

En el contexto mexicano, estos frescos dialogan con la tradición muralista de Rivera, Orozco y Siqueiros, donde el fresco sirvió para afirmar una historia colectiva o un proyecto político. Pero Sala subvierte esa genealogía desde dentro. Recurre a la misma técnica —la unión irreversible entre pigmento y yeso— no para erigir relatos heroicos, sino para fijar aquello que, por definición, se escapa: el tránsito de la luz, la inestabilidad de la atmósfera, los desvíos mínimos de la mirada.

Mientras el muralismo aspiraba a consolidar una memoria común, Sala propone un fresco que opera como registro del instante: un corte temporal donde visión y materia se juxtaponen en un mismo impulso. Más allá de ofrecer una lectura cerrada, sus obras apuestan por la indeterminación, mostrando que el fresco —una técnica asociada históricamente a la contundencia narrativa— puede convertirse en un dispositivo de apertura, en una superficie permeable que conserva rastros antes que certezas.

Frente al impulso monumental del muralismo, Sala invita a una contemplación íntima, casi táctil, donde el fresco se revela no como un resultado cerrado, sino como una superficie estratificada que sigue activándose en la mirada, dejando al espectador en ese intervalo —ese “in-between”, como él lo llama— donde algo acaba de ocurrir y algo más está por comenzar. Una experiencia que solo se completa en la presencia física.


La exposición se presenta del 18 de octubre al 13 de diciembre de 2025 en kurimanzutto, Ciudad de México.

Alejandra Villasmil

Nace en Maracaibo (Venezuela) en 1972. Es periodista, fundadora y editora de Artishock.

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