ROSA ES EL CRISTAL CON EL QUE HAY QUE VER EL ARTE
Por Indira Priscilla
La editorial independiente de ensayos de arte Diamantina publicó su segundo libro, El cisne de cristal rosa, que compila la traducción al español de seis ensayos de la reconocida crítica y escritora estadounidense Lucy Lippard. Con esta edición, Diamantina recupera reflexiones y cuestionamientos del pasado en torno a la accesibilidad y al feminismo en el arte, trayéndolos al presente en español y en un contexto donde siguen siendo urgentes.
En estos textos nos encontramos con preguntas que Lippard se hacía entre las décadas de los setenta y ochenta y que hoy siguen siendo brújulas críticas para entender el mundo del arte: ¿existe el arte de las mujeres? ¿Cuál es el papel de las imágenes domésticas en la creación y apreciación del arte? ¿Quiénes tienen acceso y derecho al arte? ¿Son los artistas conscientes de que, dentro de este sistema de clases, son trabajadores y productores?
En el ensayo homónimo, Lippard critica la movilidad ascendente y descendente de clases dentro del mundo del arte. Señala cómo las feministas coincidían en que las “bellas artes” resultaban irrelevantes para la mayoría, sin perder la esperanza de que el arte feminista podría —y debería— ser distinto: un arte donde el público sea tomado en cuenta, donde la experiencia individual se vuelva colectiva y teja caminos comunes.
“El mundo del arte ha desarrollado su propio y peculiar sistema de clases”, escribe Lippard. Por un lado, la compraventa de obras suele estar en manos de las clases dominantes, generando una dependencia de artistas y productores culturales hacia quienes poseen el capital. En consecuencia, “mirar y apreciar arte” ha sido entendido como parte de la movilidad social ascendente, cuyo peldaño más alto consiste en poseer una obra.
Sin embargo, a diferencia de otras industrias, los artistas —como productores— conservan cierto control sobre su obra. Ese control, señala Lippard, podría otorgarles un poder medular: el arte es el producto sobre el cual se sostiene el capital y el poder simbólico.

Es en este tejido social de nicho donde se ha perpetuado la idea de que “la gente no puede entender el arte si su casa está llena de cisnes de cristal rosa”, un prejuicio clasista que resulta incoherente cuando el arte contemporáneo utiliza esa misma parafernalia sin ironía ni distancia. De ahí que el arte feminista proponga una ruptura con esa mirada privilegiada: un arte que se vive como experiencia compartida, que redefine los estándares de calidad al integrar lo personal, lo doméstico, lo político y lo cotidiano como contacto con el mundo real.
En Intercambios radicales, Lippard recoge distintas definiciones del arte feminista. Una de ellas, que inspira el título de este texto, sostiene: “El arte es aquello que funciona como una experiencia estética para ti; si una obra cumple esa función para suficientes personas, hay consenso: pasa a ser arte. Aquello a lo que consideramos digno de dedicar la propia vida y cuyo valor no puede demostrarse: eso es arte.”
Esta afirmación resignifica el gusto —tantas veces tildado de “kitsch” por las llamadas mentes superiores— y devuelve la sensibilidad al centro del juicio estético. El “cristal rosa” no es una distorsión: es el lente que reconoce cómo nuestros propios objetos, memorias y afectos moldean la mirada.
El cisne de cristal rosa se presentó el pasado mes de septiembre en Luzy, un espacio cultural en la Ciudad de México. La conversación estuvo a cargo de Lía Quezada, fundadora de diamantina y traductora del libro; Gaby Cepeda, escritora, crítica de arte y curadora reconocida por su trabajo en torno al contra-humanismo, los feminismos y las condiciones laborales del arte; y Lucy Lippard, quien se conectó en línea para dialogar con el público. El evento incluyó además una performance de Daniela de la Torre, artista que explora, desde el textil y la acción, los límites entre lo íntimo, lo patético y lo excesivo.

En su conversación con Gaby Cepeda, Lippard reafirmó la dimensión colectiva: “No basta con que una mujer sea fuerte y logre cosas por sí misma”, dice. “Se trata de extender el brazo y pensar en cómo hacer la vida de otras mujeres más visible”. El feminismo, entonces, es una manera de ver y, por tanto, de crear.
La autora insiste en que el arte feminista no se define por un estilo o una forma específica, sino por estructuras de colaboración, comunidad y apertura, tanto en la creación como en la exposición. Lo que está en juego no es el resultado, sino la relación entre quienes crean, observan y comparten.
Estas ideas siguen siendo vigentes no solo por las preguntas que formulan, sino porque iluminan las tensiones actuales del arte latinoamericano. En una época de aparente accesibilidad —gracias a la tecnología y la sobreproducción de imágenes—, la brecha entre el arte y los públicos sigue abierta. Preguntarnos cómo operan las jerarquías de clase dentro del sistema artístico es, precisamente, lo que ha impulsado la aparición de colectivos, espacios colaborativos y diálogos más horizontales entre artistas, curadores y espectadores.
Tanto en sus ensayos como en su conversación con Cepeda, Lippard recuerda que la tarea actual —y atemporal— consiste en humanizar nuestras propias actividades como agentes culturales para comunicarlas con mayor eficacia a todas las personas.

¿Qué es el arte feminista? Es una pregunta que no debe dejar de formularse, porque en esa insistencia se renueva la posibilidad de imaginar otros modos de crear y de mirar.
Lippard, que a finales de los sesenta participó activamente en el arte político y el activismo, reconoció que esa experiencia fue el catalizador que la llevó a lanzarse al “precipicio feminista sin paracaídas”, entendiendo que su escritura debía nacer desde ser mujer. Siguiendo su impulso, quizá también nosotras —productoras culturales, críticas, públicos— debamos lanzarnos al precipicio de mirar el arte desde lo que somos, y observar qué ocurre si dejamos de disimular nuestra propia lente rosada.
Porque mirar y apreciar arte no debería seguir siendo un instrumento —o una consecuencia— de la movilidad social ascendente, cuyo peldaño final sea la posesión de obras. Ver arte debería ser una experiencia cautivadora, no enajenadora. Si el feminismo cambia con cada generación, también debe hacerlo el arte: no solo en cómo se produce, sino en cómo se comparte y se vive.
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