SALÓN DE JULIO. ¿CÓMO SE ESCRUTA A LA PINTURA HOY?
Hasta el 27 de septiembre, el Museo Municipal de Guayaquil presenta la 64.ª edición del Salón de Julio, uno de los concursos de arte más importantes de Ecuador. En esta oportunidad, la muestra reúne 25 obras seleccionadas entre 258 postulaciones, que exploran la pintura contemporánea en sus múltiples lenguajes, enfoques y poéticas, evidenciando su vitalidad y diversidad.
Bajo la dirección de Jorge Aycart, la edición plantea el concepto Escrutar lo pictórico hacia una abertura incansable, invitando a reflexionar sobre la pintura no solo como práctica formal, sino también como espacio crítico y experimental frente al presente.
Jorge Aycart comparte sus reflexiones sobre esta edición del certamen.
Por Jorge Aycart Larrea
El Salón de Julio, organizado por el Museo Municipal de Guayaquil desde 1959, ha sido un espacio cultural fundamental, no solo para la ciudad, sino también para el país. A lo largo de su historia, algunas ediciones han activado diálogos necesarios no únicamente con la pintura, sino también con otros medios que han consolidado su lugar dentro de las prácticas artísticas contemporáneas.
También es cierto que, en muchos momentos —especialmente en las dos últimas décadas— la pintura se ha visto reducida a un vehículo temático, lo que ha debilitado sus posibilidades de afirmarse desde una singularidad propia y en sintonía con los vaivenes de lo que podría entenderse, aunque de manera imprecisa, como pintura contemporánea. Este señalamiento surge desde un gesto difuso, dinámico, abierto: entre lo que se nombra y lo que se extravía.
En esta nueva edición del Salón fui convocado como director con el propósito de propiciar un quiebre discursivo, formal y conceptual. Intuyo que este llamado respondió a mi práctica no solo como curador, sino también como artista y docente, pues en cada una de esas áreas acostumbro a establecer un diálogo entre dos dimensiones: por un lado, el reconocimiento de una condición disciplinar que sobrevive a partir de los rastros que su propia historia ha dejado en cada uno de sus aspectos concretos; y, por otro, la activación de una esfera más amplia, que no se limita al marco de las artes visuales, sino que se despliega en un campo de contaminaciones donde se entrecruzan literatura, cine, filosofía, antropología, matemáticas y otras posibles zonas de indagación mental y física.
Se trata de un espacio de tensiones entre lo disciplinar y lo transdisciplinar, que invita a explorar las cualidades concretas y dispersas de la pintura entendida como experiencia, animando a los creadores a liberar sus obras hacia otros caminos: la experimentación con la superficie, el material, la figura, el color, la luz, el tiempo, todo aquello que debilite la rígida estructura de lo apriorístico.
El Salón de Julio de este año introdujo una novedad: la inclusión de dos categorías que dividían las participaciones en Trayectoria y Emergente. El Museo Municipal estructuró la convocatoria precisando los requisitos mínimos para postular en cada apartado. Más allá de las discusiones y definiciones en torno a estas categorizaciones —construidas en un contexto novedoso por las autoridades culturales municipales, y en cuya reflexión y pertinencia también participé—, mi principal tarea fue establecer las ideas rectoras que, más allá de dichas categorías, propusieran un entorno creativo desde el cual los artistas pudieran articular propuestas sugestivas y relevantes. Propuestas que justificaran la existencia de un evento de este tipo no solo en el escenario local y nacional, sino también en el internacional.
La conceptualización consistió no solo en reconocer y declarar algunas de las aproximaciones ya mencionadas en párrafos anteriores, sino sobre todo en encontrar un modo de articulación discursiva que, moviéndose entre la rigurosidad del curador y la condición poética y experimental del artista, lograra traducir el encuentro entre lo formal y lo conceptual. La pintura se planteó entonces como un escenario que, a la vez que se hace presente, abre una esfera de distancia incierta desde la cual el espectador pueda trascender la noción limitada de lo esencial y situarse en un territorio de interrogación y contemplación. La pintura, así, se abre como un recorrido difuso en la materialidad de las formas.
Dentro de los lineamientos de la convocatoria del Salón de Julio se contemplan dos tipos de jurados: los de preselección y selección final, de carácter nacional, y los de premiación, de carácter internacional. La conformación del primer grupo estuvo a mi cargo, escogiendo a tres personalidades del medio cuyas trayectorias respondieran a las búsquedas planteadas en la conceptualización.
Los elegidos fueron Armando Busquets, Leandro Pesantes y Mónica Espinel. Busquets fue invitado por su indagación pictórica, que combina un conocimiento formal de las posibilidades expresivas y poéticas de diversas materialidades con una práctica que se piensa a la vez desde lo pictórico, lo performático y lo instalativo. A ello se suma su amplia experiencia docente en artes visuales, que le otorga una mirada atenta a los procesos creativos.
Pesantes, por su parte, representa a una generación intermedia de artistas significativos en el contexto nacional, y se destaca por su investigación en torno a la pintura, experimentando con las superficies para elaborar un campo visual que oscila entre lo autónomo y lo antropológico. Espinel fue convocada por su trabajo como curadora e investigadora independiente, especialmente por su aproximación a la obra pictórica —diversa y compleja— de artistas notables en el ámbito nacional.
La estructuración de este jurado se fundó en el encuentro no solo entre lo formal y lo conceptual, sino también en las búsquedas heterogéneas que cada uno de ellos desarrolla, fomentando así un primer entorno de interpelación e interpretación hacia la construcción de un acontecimiento singular.

De las 258 postulaciones digitales, los jurados nacionales preseleccionaron 28 obras. En este proceso aporté opiniones y recomendaciones, pero no tuve voto: la responsabilidad final recaía en los tres miembros del jurado. Al evaluar presencialmente las 28 obras preseleccionadas, tres de ellas fueron excluidas por no cumplir con las exigencias de la convocatoria. Así, la selección definitiva quedó conformada por 25 obras.
Durante todo este primer proceso, el jurado nacional mantuvo un diálogo constante conmigo, coincidiendo en que la principal exigencia de las propuestas debía ser un ejercicio inventivo y reflexivo en torno a la pintura, que consiste en mostrar y ocultar, en la paradójica enunciación de la experiencia artística contemporánea, a objeto como acto, como presencia y como ausencia.
El siguiente paso consistió en articular una curaduría a partir de las obras seleccionadas. Junto a los jurados nacionales se dialogó sobre la pertinencia de su ubicación, priorizando no solo que se potenciara la singularidad de cada pieza, sino también las nuevas relaciones que podrían activarse a partir de las aspiraciones específicas y expandidas de lo pictórico. Lo concreto de la obra singular y lo disperso del encuentro.
El resultado fue un espacio ambiguo y no clausurado, donde cada obra enfrenta al espectador desde su dimensión no visible. En lugar de reducirse a una afirmación declarativa, las piezas preferían habitar una esfera abierta, confusa e irreductible de la forma.
La etapa final de este Salón, previa a su inauguración, consistió en conformar el jurado de premiación internacional, integrado por el artista chileno Arturo Duclos, el artista cubano Enrique Báster y la curadora colombiana Juliana Steiner.
Duclos fue invitado por su trayectoria pictórica, que explora tanto las posibilidades formales de la pintura como su intercambio con una cultura visual amplia y diversa, dinamizando así el campo de la representación como gesto político. Báster, por su parte, aporta una práctica que cruza la investigación disciplinar con un desborde composicional capaz de abrir capas extensas donde lo pictórico se expande y se transforma. Steiner, finalmente, fue convocada por su labor como curadora e investigadora independiente, centrada en las materialidades diversas del arte y en la exploración de alternativas expositivas que distintos contextos proponen para reconfigurar la experiencia artística.
Este jurado de premiación se distinguió tanto por su conocimiento de las proyecciones sugestivas que la pintura es capaz de provocar como por sus preguntas sobre las expansiones de un territorio en constante transformación, en sintonía con la conceptualización propuesta desde mi dirección.
Los jurados internacionales otorgaron los siguientes reconocimientos:
- Primer Premio Trayectoria: Xavier Coronel, When the sun hits your face, I am your shadow (Nosferatu Bottom).
- Segundo Premio Trayectoria: Roberto Noboa, Juegos de la noche.
- Primer Premio Emergente: Charlotte Förster, Y con un huerto de verduras.
- Segundo Premio Emergente: César Sánchez, Amígdala – Armonía.
Además, se concedieron tres Menciones de Honor:
- Xavier Patiño, El lugar de los afectos.
- Ruslán Torres, ECRO-Diagrama: Campos de fuerza y espacio vital.
- Jorge Morocho, Candelabra.




La obra de Xavier Coronel propone una superficie pictórica que se construye a partir de una noción fluctuante e irregular, necesaria para albergar el encuentro ambiguo entre lo vivo y lo muerto, entre la luz y la oscuridad, desde el cual surge un nuevo cuerpo, artificial y sexual. Coronel percibe en la pintura las capas que se acumulan hasta formar una especie de agua turbia en la que la mirada se extravía. El vampiro se convierte en el personaje ideal para permitir que la pintura debilite los contornos rígidos, liberando así la forma y su proceso inacabado, confuso e irregular, siempre en expansión.
La obra de Roberto Noboa construye un escenario abierto que integra otros espacios, los cuales, como una acumulación genealógica, revelan los diferentes mecanismos mediante los cuales la pintura genera un mundo propio. Su trabajo se mueve entre el trazo que busca definir una corporalidad y un gesto basado en la mancha y la superposición, que la desdibuja. Como un juego inconcluso de infinitas posibilidades contradictorias, la obra instala una condición física de lo pictórico que nunca descansa, siempre descubriendo sus secretas y ambiguas promesas.
La obra de Charlotte Förster insinúa, sobre la superficie plana de un proyecto arquitectónico nunca realizado, los irregulares volúmenes de un pasado perdido: presente, pero transformado en un extraño ente en constante mutación. De este modo, la condición pictórica se reconfigura como un elemento abstracto y tridimensional. El pasado no retorna como figura reconocible, sino como un pasaje borroso que superpone diversas experiencias. La encáustica se convierte en el medio que revitaliza la pintura, situándola en un juego dinámico entre aquello que contiene y aquello que destruye.
El registro figurativo de César Sánchez retrata un ambiente familiar; sin embargo, gracias a la liberación inventiva de la pintura, lo reconocible se transforma en temblorosas apariencias. Ondulaciones, reconfiguraciones y la convivencia de un orden difuso crean un espacio donde lo pictórico potencia un estado en el que las cosas se vuelven menos rígidas y configuran un insospechado acontecimiento de la imaginación en lo cotidiano.



Xavier Patiño construye una instalación en la que las figuras geométricas se mezclan con los colores de las utopías derrotadas de los proyectos revolucionarios. A partir de la apropiación de estos colores, el artista propone, con cierta ironía, una nueva esfera libre y experimental, donde el arte se convierte en un entorno de discusión. Su obra articula un encuentro entre pedagogía y pintura, utilizando esta estrategia para evidenciar el carácter procesual de la experiencia artística.
En ECO-Diagramas: Campos de fuerza y espacio vital, Ruslán Torres traduce los conflictos sociales de la vida urbana en una energía desbordada que se reconfigura en esquemas abstractos. Estos esquemas, en diálogo con los análisis topológicos del comportamiento de Kurt Lewin, revelan una aparente regularidad que oculta variaciones mínimas, enfrentando a la pintura a una condición expandida entre los relieves que componen la forma.
Jorge Morocho construye un espacio en el que coexisten lo figurativo y lo abstracto, no como una composición cerrada y forzada, sino como una convivencia irregular y abierta, donde la imagen explora sus cualidades poéticas en la tensión entre lo concreto y lo borroso. Los rastros pictóricos amplían el lugar de la contemplación y la reflexión, generando un entorno inacabado y acumulativo.
En las salas de esta edición del Salón de Julio se intentó organizar las obras bajo la premisa poética de una pintura que se interroga. En el proceso de ese ejercicio mental y físico, la pintura ha buscado murmurar, más que declarar, una intensa necesidad de liberar los objetos hacia las formas más variadas, dislocadas, desbordadas y fulgurantes que lo pictórico ofrece en sus múltiples existencias.
¿Se ha respondido la pregunta inicial? No. Y eso, sospecho, es una buena noticia.
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