INFRALEVE. MEMORIA Y FRAGILIDAD EN LA OBRA DE OSCAR MUÑOZ
Desde la década de 1970, Oscar Muñoz (Popayán, 1951) ha desarrollado una práctica que indaga en las implicaciones filosóficas y políticas de la imagen, a partir de una exploración constante de su materialidad. Tomando la fotografía como punto de partida, ha expandido las posibilidades del medio hacia la memoria, la historia, la subjetividad y el conocimiento, en un tránsito que conecta la imagen fija con el cine, el video, el dibujo, la instalación y la escultura.
A lo largo de cinco décadas de trabajo, Muñoz ha llevado a cabo una profunda deconstrucción del acto fotográfico, reinventando radicalmente sus procedimientos y creando obras híbridas que fusionan lo técnico con lo poético y lo efímero. Como él mismo ha señalado, en todas sus obras “emplea invariablemente el acto fotográfico y su naturaleza química como referencia y metáfora”. De ahí se desprenden los ejes fundamentales de su práctica: la transitoriedad de la imagen, la fragilidad de la memoria y la precariedad de la vida, esto es, la imposibilidad de sustraerse a la impermanencia.
Los materiales que emplea con mayor frecuencia —luz, agua, fuego y polvo—, aunque pertenecen al orden cósmico, se sitúan en una dimensión íntimamente humana. Sus obras interpelan experiencias universales y siempre singulares: el recuerdo y el olvido, la identidad y el paso inevitable del tiempo.
En el video Hombre de arena (2006), parte de la serie Intentos, Óscar Muñoz evoca a Sísifo: un diminuto cuerpo dibujado en la arena de playa intenta, una y otra vez, alejarse de la orilla. Sin embargo, cada esfuerzo resulta en vano, pues las olas borran su silueta hasta hacerla desaparecer por completo, solo para dar paso a la imagen de un nuevo “hombre de arena”. Ese cuerpo que aparece y se desvanece al ritmo del mar condensa, de manera poética y precisa, la fragilidad de la existencia y la inevitable condición de lo efímero.

Esta obra forma parte de Infraleve. Memoria y fragilidad en la obra de Óscar Muñoz, exposición que se presenta hasta el 5 de octubre en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), bajo la curaduría de Eugenio Viola y Juaniko Moreno. Se trata de su primera antológica en el museo en más de tres décadas, con cerca de treinta obras, tanto históricas como concebidas especialmente para la ocasión. Considerado una de las figuras más influyentes del arte conceptual y multimedia en América Latina, el artista presenta aquí una selección articulada en torno al concepto duchampiano de lo infraleve.
El infraleve —según Marcel Duchamp— alude a transiciones casi imperceptibles, como el calor que permanece en una silla después de que alguien se levanta o el vaho sobre un espejo: cambios sutiles que hacen visible lo invisible. Esta noción filosófica y estética ha sido central en la obra de Muñoz, quien desde los años ochenta explora, con sensibilidad singular, los umbrales entre presencia y ausencia, memoria y desaparición, tiempo y materia.
En la exposición destacan obras inéditas como Doomscroll, Lo demás es historia y Beltrán (todas de 2025), que abren nuevas rutas dentro del lenguaje visual de Muñoz al explorar la saturación de imágenes, el archivo digital y la temporalidad en la era de la hiperconectividad. Estas piezas se basan en los flujos de datos y los ciclos mediáticos contemporáneos: frases fugaces extraídas de noticias, libros y películas que condensan, de forma anecdótica y no lineal, diversas facetas de la historia política y social colombiana.
Concebida para ser visualizada en pantallas de teléfonos inteligentes —dispositivos que concentran las herramientas necesarias para habitar el presente—, Doomscroll enfatiza la tensión entre memoria, fugacidad y exceso de información. Su aparición en este formato no es simplemente anecdótica: después de casi cinco décadas de trabajar sobre los límites materiales de la imagen, Muñoz se adentra en el terreno de las tecnologías digitales y del consumo visual inmediato. Si en sus primeras obras la imagen se deshacía físicamente frente a nuestros ojos, aquí se diluye en la velocidad de los flujos informativos, desplazando la reflexión hacia el carácter efímero y desbordado de la experiencia contemporánea.
En este sentido, las nuevas obras digitales de Muñoz pueden entenderse como una extensión natural de sus preocupaciones iniciales: la memoria frágil, la desaparición y la imposibilidad de fijar el tiempo. Ahora esa fragilidad no depende de la erosión de la materia, sino del vértigo de la conectividad permanente. En el tránsito de lo analógico a lo digital, Muñoz mantiene el gesto crítico de desarmar la imagen para revelar sus paradojas: lo que permanece y lo que se borra, lo que constituye la experiencia y lo que inevitablemente se pierde en el flujo incesante de datos.

Infraleve también exhibe una serie de obras emblemáticas reconfiguradas, entre las que se encuentran, además de Hombre de arena (2006-2009), Archivo por contacto (2007) y El coleccionista (2016).
En Archivo por contacto, Muñoz rescata y organiza un vasto archivo de fotografías tomadas por los fotocineros, fotógrafos ambulantes que en Cali y otras ciudades colombianas trabajaban en plazas y parques retratando a transeúntes. La mayoría de estas imágenes nunca eran reclamadas por quienes posaban: disparos al vacío que constituyen el reverso popular del estudio fotográfico de las clases acomodadas, y que ofrecen una mirada sobre el cuerpo social anónimo y diverso. Muñoz dedica su atención a establecer relaciones entre los sujetos, identificar personajes recurrentes y proyectar estas fotografías sobre el agua en el puente Ortiz de Cali, sitio donde muchas de ellas fueron captadas, creando un retrato colectivo y afectivo de la ciudad en un momento particular de su historia.
Tanto Hombre de arena como Archivo por contacto y El coleccionista se presentan en esta exposición con nuevas adaptaciones espaciales, reforzando el diálogo entre memoria urbana, archivo y cuerpo como espacio de tránsito.
El coleccionista es una proyección de video en cinco canales que muestra a un personaje inmaterial —medio sombra, medio fantasma— de espaldas al espectador, frente a un muro que despliega un horizonte de retratos y de hojas en blanco. Este coleccionista asume los roles de editor, curador y organizador de un archivo aparentemente infinito que incluye retratos de familiares, miembros de su entorno local y nacional, así como figuras de la mitología y la historia del arte. La obra se constituye como un dispositivo de memoria: una mnemotecnia que refleja las maneras en que construimos nuestras subjetividades mediante la recopilación y organización de historias, imágenes, recuerdos y personas.


Iniciadas en 1995, las series Narcisos secos y Narcisos en proceso son fundamentales en la exploración de Óscar Muñoz con polvo de carbón sobre agua, una técnica que refleja la fragilidad de la imagen y su naturaleza efímera. Inspiradas en la figura mítica de Narciso, estas piezas dialogan con la fugacidad de la identidad y la imposibilidad de fijar el yo fuera del flujo del tiempo.
La serie surge de un experimento técnico audaz: imprimir sobre el agua. Mientras que la fotografía tradicional requería papel, vidrio, latón o porcelana como superficie de fijación, Muñoz convierte el agua misma en el medio que recibe la imagen, desmaterializando el soporte y resaltando la transitoriedad del proceso fotográfico. En Narcisos en proceso, los autorretratos creados con polvo de carbón sobre el agua se distorsionan a medida que ésta se evapora, simbolizando el paso del tiempo y la fragilidad de la memoria. En Narcisos secos, el residuo de carbón sedimentado en el fondo del recipiente representa la “muerte” de la imagen y el cierre de su ciclo vital.
Con estas piezas, Muñoz desarrolla una técnica inédita y articula una reflexión profunda sobre la memoria, la desaparición y el tránsito del individuo en el tiempo. Los Narcisos evidencian la coherencia de su obra, reafirmando sus preocupaciones constantes: la aparición y desaparición de la imagen, la temporalidad y la vulnerabilidad de la existencia.

En obras como Aliento (1995), la imagen emerge del aliento del espectador sobre placas de acero, revelando la figura solo por un instante, como metáfora de la vida misma. Se trata de retratos impresos en foto-serigrafía con grasa sobre espejos metálicos, dispuestos a la altura del observador. A primera vista, los espejos parecen vacíos; la impresión solo se revela cuando el espectador, tras reconocerse, respira sobre el espejo circular. En ese efímero instante, la imagen reflejada es reemplazada por la fotografía de alguien ya desaparecido, tomada de un obituario, que retorna fugazmente gracias al soplo de vida del observador.
En este gesto infraleve, la obra se convierte en un acto de presencia momentánea y desaparición inevitable. Muñoz no solo explora la fotografía como medio, sino también el rol activo del espectador en los espacios museales. Como señala Eduardo Serrano, su trabajo “hace alusión al transcurso del tiempo, a la vida y la muerte, a la partida y el regreso, a la inconsistencia y la desintegración; pero el sentido de su obra no se reduce a la imagen, sino que depende también de las circunstancias de su presentación”.
Al adoptar la fotografía como herramienta para ser deconstruida y convertida en metáfora, Muñoz nos invita a reconsiderar cómo la memoria adquiere significado a través de obras basadas en el proceso. La imagen en flujo y la imagen inestable, la impronta y el reflejo, y los soportes como espacios donde la imagen se configura y se deshace, constituyen un núcleo de su exploración artística que atraviesa toda su obra.







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