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PREMIO MARIANO AGUILERA: UNA VITRINA CLAVE PARA EL ARTE ECUATORIANO

Los procesos en el mundo del arte se sostienen, ante todo, en el trabajo creativo y autónomo de los artistas. Aunque cada creador es independiente, su producción se inscribe en un sistema artístico —local o global— que revisa de manera constante los formatos de exhibición y circulación de las ideas. Estas revisiones han sido, según las coyunturas, más o menos rigurosas: a veces paulatinas y sistemáticas; otras, esporádicas o incluso carentes de dirección.

En este ecosistema, los formatos de exhibición y gestión del arte deben entenderse como instancias perfectibles, siempre que exista una comprensión adecuada de lo que el arte, en tanto proceso vivo, requiere. Salones, bienales, premios y otros dispositivos han configurado un entramado fundamental para seguir las narrativas de una historia en transformación: un arte que crece y se sostiene en un mundo diverso y complejo, actuando como termómetro de los acontecimientos vitales, tanto individuales como colectivos.

Sin embargo, estos formatos no han permanecido inmutables. Algunos, como los salones de arte en ciertos países, han desaparecido; otros han sobrevivido al paso del tiempo sin apenas transformaciones; y algunos más han revisado sus formatos de convocatoria incorporando perspectivas técnicas y, en ciertos casos, también políticas.

Hubo un momento en que el modelo de los salones parecía condenado al olvido, como si estuviera destinado a ser reemplazado por otro tipo de encuentros. Lo que ocurrió, en muchos casos, fue su abrupta desaparición, sin que surgieran necesariamente nuevas formas que los sustituyeran. Así, en varios países la extinción de salones y exposiciones nacionales redujo las posibilidades de visibilizar la diversidad artística, dejando como alternativa principal dispositivos regidos por la lógica del mercado —galerías o ferias—, importantes, sí, pero con objetivos distintos.

Esta reflexión no pretende defender nostálgicamente los antiguos modelos, sino subrayar la necesidad de revisar y actualizar de manera permanente los formatos de encuentro y exhibición. Solo así es posible renovarlos en lugar de desecharlos, y garantizar que el arte conserve espacios desde donde desplegarse y dialogar con la sociedad.

Hoy preocupa especialmente la escasez de instancias de visibilización en geografías atravesadas, en ocasiones, por democracias frágiles. En tales contextos, la desaparición de instituciones artísticas o centros rectores supone también la pérdida de conquistas colectivas del sector.

Alfredo Ramírez, Del acero al lodo. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: JAG Estudios (Juan Alberto Andrade y Cuqui Rodríguez).
Alfredo Ramírez, Del acero al lodo. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC

Frente a este panorama, destaca el Premio Mariano Aguilera en Ecuador, una instancia expositiva con raíces en el antiguo Salón Mariano Aguilera. Entre 2011 y 2012, el Salón se transformó en Premio, redefiniendo su propósito: dejar de centrarse únicamente en obras ya creadas para reconocer proyectos de desarrollo y valorar la trayectoria artística, especialmente en un contexto donde la mayoría de los apoyos institucionales se concentran en artistas emergentes.

A diferencia de otras convocatorias, el Mariano Aguilera no establece límites de edad. En su edición más reciente, la participación de artistas con carreras consolidadas permitió apreciar la madurez y la profundidad de obras que reflejan décadas de dedicación al arte.

El Mariano Aguilera ha atravesado múltiples transformaciones a lo largo de su historia. Sostenido por una ordenanza municipal, ha logrado mantenerse vigente pese a los vaivenes políticos, en gran medida gracias a la continuidad del apoyo de los gobiernos locales. Su estructura, no obstante, exige una reflexión constante, pues combina la participación de distintos comités de selección con la labor del equipo curatorial, encargado de acompañar el desarrollo de los proyectos. En este entramado, el Mariano se consolida como un espacio clave para tomarle el pulso al arte ecuatoriano contemporáneo, dando visibilidad tanto a artistas de mediana y larga trayectoria como a iniciativas curatoriales y publicaciones.

En su actual edición, que se presenta hasta el 7 de septiembre en el Centro de Arte Contemporáneo de Quito, los premios de creación artística fueron otorgados a Gonzalo Vargas, Rosa Jijón y Angélica Alomoto, mientras que el reconocimiento a la trayectoria recayó en María Teresa García. Se trata de artistas con décadas de trabajo sostenido, dedicados a la investigación y la experimentación de sus propios procesos.

En esta misma categoría aparecen también nombres más jóvenes, como el de Alfredo Ramírez, cuyo proyecto se distingue por su rigor, profundidad y fuerza estética, anticipando un camino prometedor.

Rosa Jijón, Memorias del Hielo. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: Cristoph Hirtz.
Rosa Jijón, Memorias del Hielo. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC

Rosa Jijón, artista multidisciplinaria, ha construido una trayectoria marcada por la reflexión sobre el medioambiente y la formulación de narrativas poéticas en torno al paisaje de su país y de la región, siempre desde la conciencia de la ausencia de políticas ambientales efectivas. En esta ocasión, presenta Las memorias del hielo, una obra activa y poéticamente activista.

La pieza se centra en el volcán Chimborazo, no solo en su potencia geológica y en su resonancia dentro del imaginario volcánico ecuatoriano y mundial, sino también en la dimensión afectiva con la que es nombrado como Taita Chimborazo: metáfora del gran padre, anciano sabio, testigo eterno que vigila, protege y, a veces, castiga. Jijón deconstruye la magnificencia del coloso sin restarle poder, trasladándola al ámbito de lo afectivo, arraigado en cosmovisiones ancestrales que, aunque hoy se encuentren algo diluidas, siguen vibrando en la memoria colectiva.

La obra transforma esta presencia geológica y mítica en la morfología de un objeto: una alfombra multiforme y multicolor, cuya suavidad textil contrasta con la dureza pétrea del volcán. El trabajo fue realizado en colaboración con artesanas de la región, cuya labor manual y colectiva se integra como parte esencial de la intención artística.

Acompañada de un video, la pieza evoca la cosmología andina de los volcanes como deidades que desbordan lo geológico, activando líneas afectivas entre lo ancestral y lo contemporáneo. De este modo, la artista deconstruye la imagen de furia inconmensurable del volcán y lo acerca a un registro más íntimo, insistiendo en su valor como entidad sagrada y como eje vital del ecosistema ecuatoriano.

La investigación de campo en torno al Chimborazo ofrece nuevas puertas de significación a la obra: el volcán que sufre el deshielo, una memoria acuática que se deshace frente al descuido humano y al avance implacable del cambio climático. En palabras de Jijón: “Cada día, cada instante, cada milímetro de hielo que se derrite representa en su infinita pequeñez una crisis, un minúsculo y a la vez gigante fin del mundo que ni la ciencia ni las herramientas epistémicas de la modernidad pueden medir o capturar”.

La obra de Rosa Jijón se inscribe así en su línea de investigación medioambiental, y adquiere especial pertinencia en un momento en que el Ecuador se adentra en la globalización de una minería inclemente que amenaza con acelerar estas pérdidas irreparables.

Angélica Alomoto, Wakas sagradas. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC
Angélica Alomoto, Wakas sagradas. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC
Angélica Alomoto, Wakas sagradas. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC
Angélica Alomoto, Wakas sagradas. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC

Angélica Alomoto, de ascendencia quichua amazónica, explora sus raíces culturales como vía de autoconocimiento y posicionamiento en el mundo a través de la metáfora artística. Su práctica reactiva saberes ancestrales y ritos originarios, buscando una fusión entre el ser humano y la naturaleza, mientras evidencia los desplazamientos y tensiones que emergen en su encuentro con la contemporaneidad.

Su trabajo —que abarca fotografía, instalaciones, cerámica y video— se nutre de las culturas prehispánicas del Ecuador, articulando un proceso de autorrepresentación que remite de manera recurrente a la huaca sagrada. En esta ocasión, la artista integra su formación en arte y diseño de modas, generando obras que interpelan sus propios imaginarios y los despliegan en actos simbólicos y rituales cargados de memoria y resonancia cultural.

Gonzalo Vargas, Al fin, perdidos. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: Alexander Alcocer.
Gonzalo Vargas, Al fin, perdidos. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: Alexander Alcocer.
Gonzalo Vargas, Al fin, perdidos. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: Alexander Alcocer.
Gonzalo Vargas, Al fin, perdidos. Vista de instalación en el Centro de Arte Contemporáneo (CAC) de Quito. Premio Mariano Aguilera 2025. Foto: José Rafael Serrano Ayala. Cortesía: CAC

Gonzalo Vargas presenta una instalación que, a partir de una investigación previa, encuentra en este espacio la posibilidad de expandirse. La obra alude a archivos imaginarios de la geología, traducidos en una colección de piedras semipreciosas que cuelgan de un dispositivo instalativo que rompe con la noción tradicional del gabinete científico para reformularlo como un observatorio poético. En un gesto preciosista, Vargas crea una escena que remite tanto a un cielo estrellado como a una pieza de joyería monumental, desplegada en el vasto espacio de una de las naves centrales del antiguo Hospital Militar, hoy Centro de Arte Contemporáneo de Quito.

La evocación de gemas y piedras preciosas conecta con la geología y los procesos internos de la Tierra. La tectónica de placas y la actividad volcánica —cuyo magma, al cristalizar, da origen a las gemas— se convierten aquí en metáforas de fuerzas telúricas contenidas en formas de rara belleza.

El artista cita a Galileo Galilei, evocando la revolución que significó su Diálogo sobre los dos sistemas principales del mundo (1632), y establece un paralelismo entre la búsqueda científica del astrónomo y la especulación poética de su obra. En este gesto, Vargas desplaza la observación astronómica hacia una latitud específica: Ecuador, línea de enunciación desde la cual se interroga el cosmos y se propone una temporalidad distinta. Las estrellas devienen piedras y cristales, otorgando a estos objetos nuevas significaciones, mientras la obra misma se erige como un acto de contemplación y de pregunta sobre el sentido de nuestra existencia frente a la vastedad del universo.

La instalación se acompaña de un video en el que las constelaciones se despliegan geométricamente en movimiento, transformando el silencio cósmico en un paisaje de ritmo, brillo y vibración.

Con Al fin, perdidos, Gonzalo Vargas confirma una trayectoria en ascenso, caracterizada por un trabajo sistemático y sensible que entrelaza investigación conceptual, exploraciones estéticas y una permanente curiosidad interdisciplinaria que abarca desde lo sonoro y lo audiovisual hasta lo instalativo y lo matérico. Su producción se distingue por un lirismo sostenido y coherente, y este premio no solo llega como un reconocimiento oportuno, sino como un parteaguas en su carrera: la consolidación de una voz artística que, silenciosa pero firme, se proyecta hacia un horizonte de madurez y relevancia.


Curadores de la edición 2025 del Premio Mariano Aguilera: Katya Cazar, Oswaldo Terreros, María Fernanda Gallardo Hernández, María Fernanda Troya.

Katya Cazar

Cuenca, Ecuador, 1973. Artista visual, profesora universitaria y curadora independiente. Ha trabajado para el Centro Atlántico de Palma de Mallorca, España, y el pabellón ecuatoriano en el Festival de Arte Latinoamericano, Museo del Bronx, Nueva York. Asistió a Gerardo Mosquera en el “Proyecto Patios y arte contemporáneo en Quito” (2010) y en 2022 fue invitada a la Academia de Roma (Italia) para Visit Studio. Es miembro del International Association of Curators of Contemporary Art (IKT); del Consejo Consultivo de la Fundación Tinkuy (programa de arte y de educación, Quito); y de la Casa de la Cultura desde 2000. Ha participado como artista en la Bienal de Cuenca V (1996-1997) y VIII (2004); en la XI (2012-2013) como curadora; y en la 12 (2014), la 15 (2021-2022) y la 16 (2023-2024) como directora ejecutiva de la institución.

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