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BIENAL SACO 2025: HACER DEL DESIERTO UNA OPORTUNIDAD

Este martes 24 de junio se inaugura en Antofagasta Ecosistemas oscuros, la duodécima edición de la Bienal de Arte Contemporáneo SACO. La invitación es a recorrer esta ciudad portuaria del norte de Chile —capital regional y enclave minero del Desierto de Atacama—, tomando como punto de partida el edificio de una antigua planta molinera.


Por Elisa Montesinos

Bajo el concepto curatorial Ecosistemas oscuros, la bienal explora las relaciones entre arte, ciencia y territorio, inspirándose en los extremófilos: organismos que habitan en condiciones límites, como el desierto de Atacama. La metáfora apunta a la vida que persiste donde parecía imposible, y a la capacidad humana —individual y colectiva— de resistir en entornos hostiles.

Por primera vez, el encuentro cuenta con una sede central: la antigua planta Molinera de Antofagasta, edificio industrial de más de 4.600 metros cuadrados, recuperado para la cultura, alojará obras de más de 40 artistas de una veintena de países. En esta edición destaca la participación de creadores de Mongolia, Turquía, Irán, Nueva Zelanda, Dinamarca y Eslovaquia, lo que confirma el creciente interés internacional por crear desde el desierto como laboratorio.

En diálogo con esta mirada global, también se ha convocado a artistas latinoamericanos como Daniel Jablonski (Brasil), Javier del Olmo (Argentina), Belén Rodríguez (Paraguay), Darwin Guerrero (Ecuador), Valentina Cardellino (Uruguay) y Sebastián Guzmán (Colombia).

Junto con esta nutrida selección artística, la bienal propone además un programa de actividades que incluye talleres, performances, charlas y un Congreso Regional de Arte, Ciencia e Industria, que reunirá a investigadores, autoridades, artistas y representantes del mundo productivo. Como extensión educativa, se desarrollará un taller de biomateriales para jóvenes, dirigido por el Laboratorio de Biomateriales de Valdivia (LABVA), y una cocreación con estudiantes del Liceo Experimental Artístico de Antofagasta, a cargo del artista nacional Coco González, ambas instancias con resultados expositivos en la bienal.

La Molinera. Cortesía: SACO

Arte en movimiento

La bienal, que hoy se consolida como una de las más importantes de Latinoamérica, surgió desde la autogestión. En 2004, el colectivo SE VENDE —liderado por Dagmara Wyskiel y Christian Núñez— ocupó casas abandonadas, ruinas, centros de detención y playas para activar diálogos entre arte, memoria y territorio. Esa impronta fundacional no desapareció mientras el evento crecía y se consolidaba, pasando de semana de arte (2012) a festival internacional (2017) y finalmente a bienal (2021).

Durante estos años, el arte ha irrumpido en lugares insospechados: el Muelle Histórico de Antofagasta, ruinas industriales, playas, escuelas, bibliotecas, el mall. La participación de artistas tanto nacionales como internacionales aumentó, crecieron los programas pedagógicos y se profundizó el cruce entre arte, ciencia, memoria y educación pública. El recorrido ha sido parte del proyecto curatorial. Se trataba de observar la ciudad de otra forma, de permitir que el arte contemporáneo revelara tensiones entre la historia obrera, la minería, la inmigración y el abandono, de imaginar otros futuros.

“Lo que distingue a SACO es su combinación de utopismo práctico y dedicación constante, a pesar de los desafíos de trabajar en una región periférica y extractiva como Antofagasta”, señala el curador polaco Krzysztof Gutfranski, quien ha seguido de cerca su evolución, participando desde que era Semana de Arte Contemporáneo. En esta edición, curará la exposición Our Voice Is Echo! de la artista sonora iraní Sarvenaz Mostofey, que explora temas de género, violencia estructural y emancipación pacífica desde perspectivas no-europeas.

Juan Castillo, Volver. Intervención en el desierto de Atacama, 2018. Cortesía: SACO
Juan Castillo, Volver. Intervención en el desierto de Atacama, 2018. Cortesía: SACO

Una nueva sede, distintos usos

La Molinera se ha estructurado en varios espacios, entre ellos la Sala Patricio Guzmán, el Galpón Gabriela Mistral y el Galpón Juan Castillo, este último nombrado en honor al fallecido artista antofagastino, quien colaboró en varias ocasiones con SACO. Durante la inauguración, se proyectará un video conmemorativo en su homenaje.

Además de estos espacios expositivos, la sede contará con un lugar dedicado a las actividades de mediación, un anhelo largamente acariciado por el equipo. Esta sala, exclusiva para encuentros educativos con estudiantes y audiencias diversas, fortalecerá una de las líneas más significativas de este proyecto: el trabajo sostenido con la educación pública y la mediación con el público general. Algo que era difícil de consolidar con salas dispersas por la ciudad.

Otra de las novedades será un espacio de taller para construir las obras con los artistas, a partir de materiales encontrados y restos de piezas de años anteriores, siguiendo la lógica de economía circular que ya es un sello propio. En lugar de importar grandes instalaciones, la bienal convoca a los artistas a pensar desde el desierto. “No trasladamos obras, sino personas”, ha dicho la directora del evento Dagmara Wyskiel.

El artista colombiano Óscar Muñoz —fundador del espacio independiente Lugar a Dudas en Cali y referente del arte latinoamericano contemporáneo— valoró el modelo cuando participó en SACO1.0 hace algunos años: “Es un formato de bienal muy interesante y con mucho potencial, en la medida en que va desarrollando proyectos que se desprenden de la vida local”.

Taller de mediación en La Panadería, espacio dedicado a la enseñanaza en la Molinera. Cortesía: SACO

Formar públicos, expandir escuelas

Dos conceptos clave acuñados por la bienal desafían los formatos tradicionales. Por un lado, «Museo sin museo», circuito expositivo que ocupa distintos espacios de la ciudad. Por otro lado, «Escuela sin escuela», que articula y proyecta acciones formativas, como talleres, conferencias y residencias, fortaleciendo la profesionalización de artistas, docentes y mediadores en la región. En 2022 se creó el Diplomado en Microcuradurías, respondiendo a la falta de formación artística superior en el Norte Grande. Estos pilares cristalizan una visión del arte que desborda el cubo blanco y se instala en la vida diaria de la ciudad.

“En el norte hay una profunda escasez, pero también una profunda riqueza –reflexiona Wyskiel–. Hay una riqueza científica inmensa: la posibilidad de visitar observatorios astronómicos y dialogar con quienes trabajan ahí; la presencia de los salares, de los pueblos originarios, del desierto mismo como un cubo blanco sin cubo. El desierto es gigante, exquisito, te nutre y te permite conectarte contigo misma. Es un lugar único, al que los artistas peregrinan para vivir experiencias profundas e inspiradoras. El desierto los toca, los transforma, los inspira”.

La construcción de una audiencia a medida que el evento iba creciendo en cantidad de artistas invitados y posicionándose a nivel internacional, también ha sido percibida como uno de sus puntos fuertes. “Me parece importante su escala local. Me gusta que no tenga la monumentalidad de las grandes bienales. Tampoco es un recorrido turístico sin sentido, está bien engranada en la vida cotidiana de la ciudad y ese es un logro fuerte. Me parece que tiene que ver con la posibilidad de conectarse con los ciudadanos, con sus conflictos y su pasado”, señaló Muñoz.

La lógica expandida sigue siendo parte del programa de SACO, con obras que este año se instalarán en el Muelle Histórico y en algunas galerías y espacios expositivos de la ciudad, además de intervenciones en paletas publicitarias y performances en el espacio público. Sin embargo, contar con una sede principal cambia el vínculo con el público: ya no se trata solo de ir hacia la obra, sino de tener un lugar al cual volver.

Katarzyna Tretyn (Polonia) trabajando en su obra para SACO 1.2. Cortesía: SACO

Arte y territorio

El espíritu que ha guiado a esta iniciativa desde sus inicios es hacer arte desde las potencialidades que tiene la macrozona norte, activar el territorio como escenario, crear comunidad sin necesidad de grandes estructuras. El salto hacia un lugar como la Molinera recoge esa historia y la proyecta. Gutfranski lo explica así: «Lo extraordinario de SACO es su capacidad para crecer sin traicionar sus principios. Cuando conocí el proyecto en 2016, era ya una apuesta arriesgada. El traslado a la Molinera sigue siendo experimental, pues es un espacio en transformación. Este nuevo formato conserva los valores originales (teoría crítica, una sólida programación educativa y una visión curatorial audaz), a la vez que pone a prueba cómo la escala y la visibilidad pueden influir en el impacto”.

Tener un espacio expositivo principal implica fortalecer la capacidad de encuentro con la comunidad. En ese gesto —de habitar sin perder el movimiento, de seguir invitando a recorrer la ciudad— reside hoy la fuerza renovada de esta bienal. «Esta edición se percibe como un punto de inflexión, que posiciona a SACO como una de las bienales más importantes de Latinoamérica, que negocia entre el centro y la periferia», resume Gutfranski.

En tiempos donde muchas bienales apuestan por la espectacularidad o replican modelos hegemónicos, esta experiencia en el norte de Chile insiste en que el arte puede ser un acto colectivo, transformador y profundamente arraigado en el territorio.

Los artistas Shahrzad Malekian (Irán-Noruega), Bianca Hisse (Brasil-Noruega) y Christian Danielewitz (Dinamarca) visitando La Molinera. Cortesía: SACO

Todas las obras y exhibiciones podrán ser visitadas de manera gratuita hasta el 14 de septiembre.

Más información en www.bienalsaco.com/

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