ISAAC ORELLANA: MALEZAS
Las pinturas de Isaac Orellana (Gualaceo, Ecuador, 1990) presentan cuerpos queer/cuir que se funden con lo natural, lo vegetal y lo íntimo. Con un estilo gráfico y de colores vibrantes que hace referencia a la cultura popular y la producción artesanal de la región del Azuay en Ecuador, la serie reivindica la ternura, el erotismo y la complejidad psicológica de la masculinidad, desafiando la idea de lo queer como algo universal y cosmopolita.
Si bien Orellana separa y aborda la pintura de manera independiente, como una herramienta para registrar y medir el mundo, su otra búsqueda —las políticas identitarias y la permacultura— se entrelaza como tema dentro de sus obras. ¿Cómo imaginar el cuerpo como un organismo que brota, se expande, florece y se transforma, como lo hace una planta en su ciclo de crecimiento y cuidado? La pintura, el dibujo y la instalación se emplean para materializar nociones, conceptos y constelaciones entre la materialidad del cuerpo y la de las plantas.
Las obras de Orellana encuentran fuerzas vitales y naturales en situaciones que resultan íntimas; descubren un sentido lúdico al dibujar y pintar organismos vegetales, herramientas de siembra y cuerpos desnudos; imaginan paisajes familiares y desconocidos de montañas y parcelas; y recopilan pensamientos, conversaciones, sentimientos e ideas con miras a una visión rural de lo queer.

En la pintura Daniel, el descanso (2025) se observa a un sujeto recostado sobre un sofá rojo. Viste un traje de camuflaje de inspiración militar, similar al patrón woodland —utilizado también en entornos tropicales—, y apoya el rostro sobre su mano, mirando directamente al espectador. Está rodeado de plantas, enredaderas y flores en tonos amarillos, verdes, violetas y blancos, que contrastan con el fondo sombrío. Desde esa oscuridad, emerge una segunda figura masculina, también vestida con ropa militar, cuya presencia parece desvanecerse entre las sombras mientras Daniel descansa.
Tradicionalmente, el camuflaje militar ha sido diseñado para ocultar, dificultar la detección y garantizar la supervivencia en entornos bélicos, funcionando como una estrategia de adaptación que imita el follaje, las formas y las texturas del entorno natural. Sin embargo, en esta pintura, se resignifica como una forma de resistencia para cuerpos queer, en contraste con una naturaleza atrevida, envolvente y misteriosa.
La vegetación y el sofá desdibujan los límites entre el interior y el exterior, lo privado y lo público, creando una atmósfera que sugiere un encuentro íntimo, tanto con uno mismo como con otro que permanece oculto, generando así un espacio cargado de deseo y una sensualidad que desafía lo normativo.
Así, el camuflaje —símbolo de disciplina, control y violencia estatal— se desestabiliza al ser absorbido por una naturaleza que no busca ocultar cuerpos, sino coexistir con ellos. La pintura propone una reflexión sobre la vulnerabilidad masculina y cómo descansar se convierte en una forma de sobrevivir para un cuerpo queer, que quizás ha aprendido a hacerlo a través del camuflaje y el ocultamiento, pero que también anhela ternura, encuentros, posar y ser visto.

En las pinturas de Orellana, la piel vegetal y la piel humana coexisten en un mismo cuerpo. Lo íntimo se transforma en un jardín que requiere diversos cuidados, donde cada ser sigue su propio ritmo de crecimiento. ¿Cómo desarrollar formas de cuidado mutuo que reconozcan las singularidades de cada cuerpo, del mismo modo que cada planta requiere cuidados específicos para su bienestar?
Cuidar un cactus es distinto a cuidar violetas; sus ciclos de riego varían, al igual que sus necesidades de luz y temperatura. Del mismo modo, los cuerpos en las pinturas registran cuidados específicos, afectos distintos, tiempos y espacios propios. Orellana transforma lo íntimo en un ecosistema donde la relación entre lo humano y lo vegetal no es solo metafórica, sino material: las hojas, los tallos y las sombras se entrelazan con la piel y los genitales, sugiriendo una convivencia frágil y erótica. En sus composiciones, el jardín no es solo un refugio, sino también un territorio de aprendizaje sobre la paciencia, la transformación, el autocuidado, la interdependencia y el deseo.
Las malezas, esas plantas que surgen en lugares inesperados, se manifiestan como seres con agencia e intención, impulsándonos a desarrollar actitudes cuidadosas, atentas y comunicativas hacia lo vegetal. Sensibles y persistentes, las malezas pueden ayudarnos a queerizar tanto la botánica como nuestra propia existencia. Lo queer/cuir nunca ha sido solo humano, sino también una vía para reimaginar nuestra forma de estar en el mundo, alejándonos de identidades dualistas y de estructuras opresivas. El enfoque queer/cuir en las pinturas de Orellana ofrece nuevas perspectivas para ampliar los límites de nuestra relación con los demás seres que cohabitan el mundo.

Las relaciones entre plantas y humanos, atravesadas por experiencias queer/cuir, nos invitan a desafiar las concepciones normativas sobre la vida y lo viviente. En esta ‘lucha por imaginar un mundo diferente’, como propuso Val Plumwood, las plantas y la naturaleza nos impulsan a movilizar lo queer, desestabilizando certezas y abriendo paso a nuevas formas de pensar y existir más allá de las categorías impuestas.[1] Este camino nos lleva más allá de la categoría analítica de género y de las disputas de la política identitaria comúnmente asociadas con la teoría queer.
Mientras vastas extensiones de la selva amazónica siguen ardiendo (y los incendios forestales aumentan en toda Latinoamérica), queerizar la naturaleza y la botánica se convierte en una forma de tomar una postura política y de articular luchas sociales y comunitarias, que hoy son interseccionales. Las industrias depredadoras que han declarado la guerra a la tierra—quemando sus bosques, agotando sus suelos, secando sus ríos, contaminando sus océanos, industrializando cruelmente a sus animales y explotando a sus poblaciones más vulnerables—constituyen ahora la racionalidad económica del populismo de derecha y su odio hacia todas las minorías raciales y sexo-genéricas.


Las pinturas de Orellana se organizan en series como Poema de un corazón frágil, donde una escena muestra un jardín que brota sobre una cama, resguardando al jardinero-soñador. En otra obra, Sembrando luz, un sujeto desnudo entierra una llama.
En El encantador de culebras, los genitales adoptan formas animales, y las imágenes surgen a partir de conversaciones con hombres homosexuales de Gualaceo, una zona rural cercana a Cuenca. Maleza integra plantas como dientes de león, caléndula y marigold, junto con las propias concepciones del artista sobre el campo y el entorno rural.
La constante exploración de Orellana sobre la relación entre permacultura y pintura, sumada al uso de lo erótico, abre nuevas interpretaciones y revela las interconexiones entre el cuerpo y las ecologías tanto íntimas como colectivas.

[1] Teresa Castro, «The Mediated Plant,» e-flux Journal 102 (September 2019), https://www.e-flux.com/journal/102/283819/the-mediated-plant/.
Isaac Orellana es artista visual, docente independiente y practicante de permacultura. Su práctica se desarrolla principalmente desde la pintura, un campo que le ha permitido explorar la vida desde lo íntimo, el deseo y las tensiones de habitar un pueblo como disidente sexogenérico. Concibe el arte como una herramienta para replantear el mundo y las relaciones entre especies y personas. Ha participado en proyectos de arte con enfoque social que entrelazan lo urbano y lo rural, y ha expuesto su obra en diversas ciudades del país, especialmente en Cuenca, Azuay.
Su exposición Malezas se presenta de marzo a abril de 2025 en Informal Espacio de Arte, Cuenca, Ecuador.
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