UNA TUMBA DE CHIU CHIU
Esta exposición está pensada para un espectador que no sólo acude a una sala de arte para ver obras, sino que es capaz de, durante o después de la visita, verse a sí mismo. David Corvalán, Marcela Moraga, las mujeres del taller textil Suyis Liq´ cau, Carolina Alma junto con las niñas y los niños de la Escuela San Francisco de Chiu Chiu y Jairo Villalobos, todas y todos han pensado en estos términos discursivos. Han ideado piezas no para un espectador que visita una exposición para ver, sino para uno que no tiene miedo ante la posibilidad de mirar, volver a mirar, y, en última instancia, verse.
Durante siglos, aficionados a la arqueología, paleontología, etnografía, amateurs, curiosos, científicos o coleccionistas han mirado, con los ojos bien abiertos, las cuencas vacías de los restos humanos del cementerio Chiu Chiu. Centenares de cuerpos, cuyo interés radica en su momificación natural debido al clima y el terreno, han pasado de cajas a vitrinas, de vitrinas a laboratorios y de laboratorios a depósitos.
En los almacenes de museos de Europa, Estados Unidos, y de Chile, permanecen a una temperatura controlada. La comunidad actual de Chiu Chiu quiere devolver la mirada a esos restos exiliados, o, como ellos los denominan, sus abuelos. Y viceversa: los cuerpos extraídos, saqueados, quieren devolver la mirada a sus descendientes: a sus nietos.

Desde el siglo XVIII las expediciones científicas, financiadas por países europeos, habían surtido a los museos de España, Francia, Italia, Suiza, Suecia y Alemania, principalmente, de objetos precolombinos. En ese contexto tiene lugar la exploración de la Comisión del Pacífico, sufragada por España (1862-1866).
Manuel Almagro, uno de los integrantes de la comisión, viajó a Chiu Chiu, excavando el cementerio. Él mismo lo afirma en su Breve Descripción de los viajes hechos en América por la Comisión Científica enviada por el gobierno de S. M.C. durante los años de 1862 a 1866 (1866), narrando su quehacer en tercera persona: “Practicó allí muchas excavaciones, de las cuales tuvo el placer de sacar numerosas momias, que con mucho trabajo han podido ser conducidas hasta Madrid”.
Entre 35 y 40 restos humanos fueron desenterrados en Chiu Chiu y llevados a España. No hay claridad con respecto al número de restos humanos identificados, ya que los restos de una madre con su bebé fueron registrados como uno solo, hubo otros restos humanos de otras ubicaciones en el envío, y donaciones posteriores.
Actualmente, cuatro restos humanos están ubicados en el Museo de América de Madrid, treinta y uno en el Museo Reverte Coma de Madrid, cinco en el Museo Nacional de Antropología y uno en el Museo de Ciencias Naturales de Valladolid, además de centenares de objetos que Manuel Almagro saqueó de las tumbas.
Aún hoy continúa activo el necro-turismo. La atracción por encontrar y ver restos humanos persiste, y cuanto mejor sea su estado de conservación, más alta es la recompensa. En el gentilar de Chiu Chiu, el viento constante y tenaz desentierra a diario nuevos fragmentos óseos. Muchos son los visitantes que, o bien los manipulan, o los fotografían.
Y aún hoy hay quien se lleva a su casa, como trofeo, un resto óseo del cementerio. En internet circulan videos de influencers y tiktokers posando sonrientes frente a los cadáveres, recompensados por los likes, los emojis y los comentarios elogiosos de sus seguidores. Es una lógica extractivista del turismo y de la relación entre los visitantes y Chiu Chiu.

La “momia boliviana” de Valladolid
El origen de este proyecto expositivo está unido a lo personal. Yo he vivido gran parte de mi infancia y de mi adolescencia en la calle José María Lacort, en la ciudad española de Valladolid. Al final de la calle, hay un pequeño museo de ciencias naturales, que he visitado en múltiples ocasiones desde que soy niño. En ese museo, en una sala dedicada a la anatomía humana, se exponen en vitrinas una cabeza jíbara proveniente del Amazonas brasileño, y, según estaba descrito hasta el 2023, una momia de Bolivia.
En el 2022 investigué la procedencia de la momia boliviana. En el Archivo Histórico de Valladolid hallé una comunicación oficial de la Dirección General de Instrucción Pública con fecha de 18 de julio de 1868, que aclara que ese conjunto de restos humanos provenía de la colección traída desde América por la Comisión del Pacífico en 1866, y que, tras quedar en el Jardín Botánico de Madrid para la exposición de ese año, permaneció dos años en un local. En la comunicación se insta a la Universidad de Valladolid a que proceda a recogerla.
«Esta Dirección General ha acordado decir a Vs. que autorice a una persona que se presente al Presidente de la Comisión de estudio de las Colecciones del Pacífico para recoger unas aves, moluscos y minerales, y una momia en el local que ocupan aquellos en el Jardín Botánico de esta Corte, con destino a la Universidad Comunicada de oficio»
El conjunto de restos humanos fue recogido y llevado a Valladolid, con destino final al Museo de Ciencias Naturales, dependiente de la Universidad. Fue catalogado como “momia boliviana”, ya que cuando se desenterró del cementerio de Chiu Chiu esa zona estaba bajo la administración de Bolivia.
Es, hasta donde me ha llevado mi investigación, la única que aún hoy permanece en exhibición pública. Lo hace sobre un lecho de piedras en el interior de un mueble-vitrina que, muy probablemente, sea del siglo XIX, en una sala sin condiciones óptimas de temperatura ni de ventilación. Cada día, decenas de turistas, muchos de ellos niños y niñas, acuden al museo y miran, con sorpresa, con incredulidad, con curiosidad, ese conjunto de restos humanos, pudiendo además tomar fotografías, con o sin flash.
Cuando visité en noviembre del 2023 a la comunidad de Chiu Chiu, les presenté la información relativa a esta momia y otros restos humanos. Hasta ese momento, no tenían información alguna acerca de la Universidad de Valladolid, y el presidente de la comunidad, Robinson Galleguillos, me trasladó su iniciativa de solicitar la retirada de los restos humanos de su exhibición.

La exposición Una tumba de Chiu Chiu
El motivo principal de esta exposición es el de dignificar y humanizar a estas personas, cuyos cuerpos fueron desenterrados, robados y alejados de sus comunidades de origen, que hoy solicitan su retirada de exposición y su regreso. Señalar como uno de los problemas detrás de esas acciones impunes la necesidad cuestionable del espectador extranjero por ver restos humanos en vitrinas. Y plantear, desde lo simbólico, lo metafórico y lo poético, la posibilidad del viaje de vuelta, del retorno a su casa, de estos restos humanos saqueados.
La exposición se divide en dos salas. En la sala Una tumba de Chiu Chiu encontramos obras pensadas para situar al espectador frente al problema. Una mirada crítica acerca de los desenterramientos, abriendo y expandiendo el foco al extractivismo de todo aquel material sacado del desierto de Atacama con interés lucrativo. En última instancia, las obras abordan una denuncia al morbo que guía al espectador que acude al museo a ver restos humanos, y que es, a fin de cuentas, la justificación presentada por las instituciones para mostrar cuerpos momificados en vitrinas.
Es aquí donde encontramos la postal turística adquirida en un establecimiento de Chiu Chiu en el 2023 que promociona el antiguo Museo Arqueológico R. P. Gustavo Le Paige. Además de fotografías del exterior y del interior del museo, muestra imágenes de restos humanos, como el de la popularmente conocida como “Miss Chile”, por su buen estado de conservación.
En el contexto de esta exposición, esta postal nos remite a la explotación turística de las “momias” por parte de museos como este, conformado por una colección saqueada de la región atacameña por Gustavo le Paige con procedimientos que, como hemos señalado, han sido puestos en tela de juicio.

En esta sala también se expone Prólogo de una enmienda (2024), de Jairo Villalobos. El video exhibe el registro de una performance en reversa, que consiste en el acto de cavar una fosa a los pies del volcán San Pedro. En la proyección vemos una pala cavando, desprovista de la persona que ejecuta la acción. Simbólicamente la nada, lo incorpóreo, re-entierra -como un posible gesto de reparación desde el espectro de la visualidad– lo expoliado, los cadáveres que le fueran arrebatados a la divina tierra según la cosmovisión atacameña.
Vemos así, desde el revés de lo visible, lo imposible. Debido a que las gestiones gubernamentales y burocráticas para repatriar y devolver los restos a su lugar de origen son sumamente complejas, caen en lo irrealizable. Por otra parte, este invisible cuerpo plantea la idea de que cualquiera podría llevar a cabo esta enmienda. Establece una referencia con la metáfora propuesta por Adam Smith, la de la mano invisible del mercado como símbolo de la economía moderna. Es esa mano invisible la que ha saqueado, saquea y seguirá saqueando la tierra buscando un beneficio comercial.
El último trabajo de este espacio es el audiovisual En los huesos (2024), ideado por el curador Juan José Santos. La mejor forma de mostrar la repetida acción de desenterramiento es mostrando, gráficamente, un recuento de los saqueos en Chiu Chiu registrados en la historia.
En esta línea de tiempo animada se sincroniza una cronología de inhumaciones con archivos, documentos y escritos de cada época, así como fragmentos de audiovisuales relativos. Aparecen los nombres y apellidos de quienes han vaciado el cementerio de Chiu Chiu, dejándolo “en los huesos”, y enviado los restos humanos a instituciones de otros lugares de Chile y, sobre todo, de Europa.

La segunda sala, llamada Rematriación, imagina la posibilidad del retorno de los restos humanos que se albergan en depósitos y museos de todo el mundo, haciendo realidad las peticiones de los descendientes de los “abuelos” de Chiu Chiu. El nombre, rematriación, propuesto por la artista Marcela Moraga, recalca la postura de erigirse como contestación al mayoritario ejercicio de saqueo ejecutado por hombres, y al símbolo de devolución a la Madre Tierra.
Aquí se exhibe la instalación textil y audiovisual Ckunna tackatur ttasturckota [2024], compuesta por cinco tejidos ideados por las mujeres del Taller Suyis Liq´ cau de Chiu Chiu y Marcela Moraga, y realizados a mano con lanas naturales de alpaca y oveja.
Los textiles tienen una función simbólica: abrazar y resguardar a todos los restos humanos que fueron extraídos de sus tumbas y dispersos en depósitos y vitrinas de museos fuera de Chiu Chiu. Cubrir y ocultar a aquellos que aún hoy están en exhibición pública, y protegerlos en su deseado viaje de vuelta a su casa. De ahí el nombre de esta obra colectiva, que traducida del Kunza significa Les estamos esperando.
Los tejidos sintetizan, con su gama de colores y disposición, los cuatro momentos del día: amanecer, mediodía, atardecer y noche, teniendo en cuenta las tonalidades del terreno atacameño. Representan el ciclo horario y el paisaje de Chiu Chiu que les han sido arrebatados a los cientos de personas que han sido forzadas a su exilio.
En el tejido central se proyecta una animación de Marcela Moraga, conformada por una serie de dibujos hechos a mano con lápices y tinta china sobre papel. Estas imágenes representan ofrendas de coca y maíz, junto con utensilios como una jarra de cerámica y una bolsa textil, elementos que acompañaban —y en algunos casos aún acompañan— a los difuntos atacameños en su viaje al más allá.
En la animación, esta constelación mortuoria se fragmenta y transforma en objetos de museo. En los rituales y las ceremonias fúnebres de los atacameños se abrigaba a los muertos con textiles. Ckunna tackatur ttasturckota se basa en esa tradición precolombina para amparar los sueños de los difuntos, y de aquellos que, hoy, desde la distancia, aún los velan.

También en esta sala se muestra la instalación de David Corvalán, compuesta por diversas piezas de cerámica, cobre, óxido de cobre, chusca, piedras volcánicas o resina epóxica, realizadas entre los años 2021 y 2024. Sabemos, gracias y por culpa de los desenterramientos de tumbas en Atacama, que a los fallecidos en el desierto se los acompañaba de objetos variados, como coronas, joyas, plumas, armas, comida o textiles.
El artista David Corvalán recrea un ajuar funerario con materiales y lenguajes contemporáneos. En la instalación muestra réplicas de coronas y ánforas precolombinas con cable y óxido de cobre, nidos que albergan piezas de cerámica encontradas en el desierto, manos de cerámica sosteniendo fibras de cobre y piedras volcánicas procedentes de San Pedro de Atacama, sobre las que ha cincelado las huellas de sus pies, imaginando el regreso de los cuerpos expoliados. Corvalán presenta las piezas en un altar contemporáneo para acompañar a los fallecidos allá donde estén, y que claman por el perpetuo robo de bienes del desierto por parte de empresas, chilenas y foráneas.
Por último, se exhibe el audiovisual y doce piezas realizadas por el Taller de cerámica de la Escuela San Francisco de Chiu Chiu y Carolina Alma en el 2024. Luego de un trabajo de contextualización, la artista Carolina Alma guio un taller de cerámica en noviembre del año pasado con niños y niñas de séptimo y octavo básico de la Escuela San Francisco de Chiu Chiu. El producto de ese taller son estas piezas de cerámica.
A través de la manualidad, del modelado de la arcilla -la tierra de Atacama-, los niños y las niñas proponen figuras que simbolizan su postura frente al problema del desenterramiento de restos humanos de los cementerios del desierto, fantaseando con su retirada de las vitrinas en museos extranjeros, y la repatriación de sus cuerpos a su hogar en Chiu Chiu.

La exposición se puede visitar en el Palacio Pereira de Santiago de Chile hasta el 30 de marzo de 2025. En las salas se encuentran códigos QR a través de los cuales el visitante puede descargar el manifiesto curatorial y la investigación realizada.
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