A BOCA DE INCENDIO (SUSURRO Y DELIRIO)
Por Érika Martínez Cuervo | Curadora
Un mural que subvierte la iconografía de otro tiempo. Dislocar la historia (y lo sagrado).
Grabar en la pared (esculpir) una sentencia existencial. Una pared perforada (el gesto escultórico) que configura el mapa del mundo (la anunciación bella de la ruina, su destello).
La reanimación de un mito sobre las fuentes hídricas que dieron origen a una ciudad (la fábula de una ambición).
La ficción de una escenografía (un montaje) que convoca la aniquilación de un monumento.
Inventar un universo visual que saca de lo subterráneo las perversiones y los actos corruptos de los escenarios humanos.
La mirada abrazadora de los desposeídos (atravesar el mundo).
Un río herido. La piel de sus rocas que contiene la memoria (dolor, muerte y, otra vez, la vida).
La estrategia (escultórica) doméstica que aliviana el desastre.
Desenterramiento. Escarbar los vestigios de los ancestros y hacerlos materia. Engullir el calor de la tierra (y del dolor).
La formación geológica rocosa (imponente). Hacer emerger la geografía en otro espacio.
Calcar la ruina de lo muerto (la arquitectura vencida). Reconstituir el rito.
Traer el paisaje. Mirar el vacío (lo inhabitado). La complejidad de lo inconmensurable.
Mantos de sal que son membranas: vestigios del muro de la casa que es ancestro. Crear materia, emular un oficio femenino (la abuela).
Hilos rojos en caída (la destitución del ornamento que enclaustra). La margen. La reja.

Erigir el propio pensamiento hasta el límite. Elevar el sentir hasta el punto de “quemarse a uno mismo” para encontrar la verdad más íntima, para desentrañar la fuerza escondida, para enunciarse con inteligencia frente a las violencias del mundo y su acontecer plagado de injusticia. Pero también para restaurar su sentido vital, el carácter deseante de todos los cuerpos que lo habitan y el destello de los astros que lo guían.
Dar paso a que la sensibilidad (la más sutil y delicada) traduzca los absurdos (bellos y atroces) de la cultura; entonces, inventar imágenes para desenterrar la poesía de todos los tiempos, penetrar lo subterráneo, volver la mirada a las estrellas, contemplar el vacío.
Posibilitar una coreografía de estremecimientos: dejar acontecer el gesto estridente, volver a ver con las vísceras encendidas, hacer silencio para observar el mundo (cerrar los ojos), anticipar los incendios venideros, andar entre las tinieblas con la mínima luz, pero no detener la marcha. Deshacer las fronteras y sentir la tierra ajena, propia. Acontece aquí, en esta exposición, un aliento colectivo, la fuerza de una polifonía estética.



Con medios diversos, en su mayoría propuestas instalativas, los artistas hacen enunciados visuales con los que se cuestionan fenómenos tan íntimos como universales. La exposición pone en juego una afrenta a las tiranías que experimenta la humanidad, pero también opera como un enaltecimiento de la vida y la memoria, de su trazado histórico. Los seres humanos no se rinden, resisten; y la naturaleza los impresiona con su bello poder indestructible y continúa entregándoles una serie de conocimientos fundamentales.
Decía Marie-José Mondzain en sus disertaciones sobre la aventura de desafiar los sitios de poder: “Nuestra historia política comparte intimidad radical con la historia geológica de los subsuelos desde un centro de tinieblas. Las divinidades de la fragua y del fuego, las del infierno y las de la venganza tienen su morada bajo tierra y están siempre a punto para surgir” (Mondzain, 2017). Hacerle afrenta a la vida (a su oscuridad recalcitrante) con la fuerza que viene de adentro (del SER) invoca “el levantamiento que ha hecho nacer las montañas, que ha incendiado los volcanes”.


A boca de incendio invoca la furia de nuestros tiempos, pero también el calor de la lengua que anuncia la esperanza; transita las memorias y las ruinas de las que resurge la vida. “Siento mi alma como tierra quemada”, recita uno de los poemas de Jaime Sabines, como un sentir desesperado, pero en un verso siguiente implora: “Planta de mi pie, hay que continuar sobre el camino hollado”, se aferra a la vida porque sabe que viene otro tiempo que restituirá su sentir (del polvo).
Las obras de arte operan como la inquietante potencia (de una boca) que intenta contener el ardor del mundo. El pensamiento visual aquí es susurro y delirio: es, en una imagen simultánea, ese manifiesto casi insonoro (bello y confuso) y, a su vez, la alucinación perturbadora (urgente y escandalosa).
La exposición nos incita a abrir los ojos (casi como un adagio), a estar presentes frente a obras que nos privan de la indiferencia ante realidades que apremian una existencia más consciente. ¿De qué se trata habitar juntos este mundo? Somos todas las muertes que sobrevivimos y todas las vidas que están por vivir.


Si hay una historia del arte y la cultura (en su sentido menos tradicional: en uno abierto y múltiple) que constantemente se escribe (y se reescribe) con todas sus imágenes, es porque la producción artística (y toda su materialidad) aún continúa desentrañando las ideas más complejas que atraviesan las existencias (todas).
Las artes escudriñan, escarban con sus lenguajes el acontecer humano, elucubran para “intentar” tocar lo sensible del ser. Hay una provocación invisible en ese gesto de “hacer arte”, hay un deseo sin categoría que empuja a la creación. No ha habido un momento histórico en el que haya desaparecido ese deseo; por más sentencias implacables, el arte es un “divino monstruo” que late de presencia. Todas las imágenes venidas de ese deseo “pueden” (tal vez) encarnar una bella venganza. Considero que habría que fijar la mirada en aquellas estéticas que nos posibilitan acceder al corazón del mundo, antes que fijarla en esas otras tan frívolas, que distraen y se tragan (¡se devoran!) los espíritus.
A boca de incendio (susurro y delirio) es la primera exposición colectiva de la galería Espacio Continuo, es la resonancia de una trayectoria que ha revelado su insistencia en la realización de proyectos que van en línea con la excitante experimentación del arte contemporáneo, a sus juegos visuales y retadores, a sus montajes exigentes, a la dislocación de narrativas lineales y unívocas, a la mirada escrupulosa de los asuntos que remueven la vida de este presente.

A BOCA DE INCENDIO (SUSURRO Y DELIRIO)
Artistas: Adriana Salazar, Ana María Rueda, Juan David Laserna, Juliana Góngora, Linda Pongutá, María Elvira Escallón, Mario Opazo, Miler Lagos, Rosario López. Invitados: Ana María Chamucero, Federico Ríos Escobar, Jorge Julián Aristizábal, Margaret Mariño.
Espacio Continuo, calle 77a #12 – 35, Bogotá
Hasta enero de 2025
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