PUERTO CARIBE: MANERAS DE EXISTIR Y SUBSISTIR FRENTE AL MAR
Hasta el 26 de octubre, Platabanda (Caracas) presentó Puerto Caribe, una exposición colectiva curada por Manuel Vásquez Ortega, en la que once artistas de distintas nacionalidades que parten de diversos lugares de enunciación desarrollaron reflexiones en torno a las maneras de existir y subsistir frente al Mar Caribe. La muestra profundiza en aspectos emocionales, históricos y políticos de este espacio experiencial que supera sus meras definiciones geográficas, un territorio inaprensible y permeable que ha delimitado y definido transversalmente la idiosincrasia venezolana y el perímetro continental a lo largo de su historia.
Las obras de Elisa Bergel Melo, Jean-François Boclé, Valerie Brathwaite, Manuel Eduardo González, Clemencia Labin, Ramsés Larzabal, George Lavarca, Ernesto Rivera, Eduardo Vargas Rico, Sandra Vivas y Raily Yance, junto con la musicalización de Radio Nudista, abordan temas como la explotación de recursos naturales, la violencia histórica sufrida por la región y las tensiones políticas que se desarrollan en sus márgenes. Estas problemáticas, junto a las poéticas de sus paisajes, mitos y formas, establecen un diálogo entre cosmovisiones y símbolos propios de una cultura forjada en las relaciones socioeconómicas entre las islas del archipiélago y el continente adyacente.

En palabras de Manuel Vásquez Ortega, Puerto Caribe “reflexiona en voz alta sobre los vínculos históricos con el Caribe como foco del proyecto territorializador y del proceso colonizador de Venezuela, al mismo tiempo que profundiza en la actualidad de las herencias culturales supervivientes y de los imaginarios migratorios en las artes contemporáneas. Todo esto con el fin de interpelar las lecturas coloniales que han caracterizado la historia de la región y de su producción artística”.
«Y es que, al ser un puerto –nos dice Sandra Pinardi– somos el inicio, la puerta de entrada de un continente (…); pero también un lugar de paso y despedida, en el que imaginaria y materialmente no se hace cuerpo”.




Como estrategia para afianzar esta imagen internacional de cálida bienvenida, el documental Assignment: Venezuela fungió como propaganda institucional para promover el turismo caribeño en el país a mediados de siglo. Utilizado como punto de partida para la construcción pictórica de CPC 1956 (2024), Manuel Eduardo González recurre al montaje histórico como estrategia para especular sobre los discursos e imágenes de un Caribe transformado por el poder de un nuevo recurso de explotación: el petróleo. En su serie de fotogramas instantáneos, el artista se vale del anacronismo para añadir más capas al relato de una historia de extracción y destrucción que dista mucho de ser reciente.
A esta historia se suma Elisa Bergel Melo con su obra Perla en Perla (2024), en la cual 144 perlas de río recubiertas en cera de abejas evocan el primer lote de este recurso exótico que Colón exportó desde Paria a España, iniciando la práctica explotadora de la pesca de perlas. Un ejercicio de potencia metafórica que, en palabras de Derek Walcott, demuestra que “la historia, enseñada como moralidad, es religión, y que, enseñada como acción, es arte”.

Puerto Caribe explora temáticas actuales como la ancestralidad y la crisis ecológica, poniendo énfasis en el Caribe como objeto de estudio conceptual y territorial, que ha permitido la «entrada» (y, por ende, la salida) de estos temas. De igual manera, el diálogo entre artistas busca reivindicar y reafirmar la posición de Venezuela dentro de las manifestaciones culturales del Caribe y en relación con las islas del archipiélago. Frente a este panorama, la selección de artistas se basa en el interés por abordar en sus prácticas e investigaciones aspectos identitarios y reivindicativos vinculados a las culturas territoriales, a las condiciones e injusticias que se viven en sus fronteras y a la rica herencia visual y simbólica que permea a los países más allá de su perímetro costero.
En palabras de Sandra Pinardi, “esbozar una noción de territorio en el Caribe es un asunto lábil y complejo, sobre todo al partir de la idea de que, al ser concebido como emplazamiento —no cedido—, históricamente ha estado destinado a ‘reproducir los lugares y los comportamientos de los que llegaban’. De allí que elaborar una idea de territorio caribeño implique explorar y reflexionar en torno a las formas de su representación y conceptualización, cuestionar sus límites y demarcaciones, y jugar con lo que se considera legítimo”.


En su serie de trabajos sobre papel, Eduardo Vargas Rico utiliza operaciones gráficas de recorte y superposición para especular sobre las representaciones científicas de los territorios: los mapas políticos. Así, en su obra Cartografía Básica 94 (Mar Caribe, Isla de Margarita) (2020), Vargas Rico ofrece una visión que se materializa en el acto de imaginar y moldear la imagen bidimensional de una porción de la Tierra, alterando los márgenes establecidos por una cartografía denotativa.
Por su parte, en la instalación Didascalias (2024), el artista dominicano Ernesto Rivera plantea un juego en el que las disputas territoriales se resuelven a partir de los acuerdos entre quienes activan la obra. Construyendo un tablero con formas de un ‘relieve’ ficticio, la instalación utiliza la semántica propia de los objetos y las imágenes para poner en debate los meridianos, fronteras y territorios que posicionan como opuestos (o al menos diferentes) los paisajes y las identidades geográficas que delimitan, atravesadas por ideas como la voluntad de cambio, los veedores internacionales, los intereses económicos y el discurso político.

Así, las geografías y desplazamientos de lxs artistas participantes, provenientes de República Dominicana, Trinidad y Tobago, Cuba, Martinica, Dominica, Alemania, Estados Unidos y Curazao, se sitúan en la capital venezolana para plantear, desde sus distintos puntos geopolíticos, “sus experiencias de vivir y sobrevivir en la condición periférica y aislatoria de ser del Caribe”, comenta Vásquez Ortega. En este proceso, el discurso curatorial desplegado en el espacio de Platabanda busca evidenciar estrategias comunes en la producción contemporánea, a través de recursos como la cartografía, la investigación histórica y el archivo, sin dejar de lado las especulaciones formales, la representación pictórica y la presencia del cuerpo como medio expresivo.
«Usualmente, la imagen de ‘puerto’ se asocia con el abismo que lo enfrenta, la masa de agua en la que se encalla. No obstante, al adentrarse en el territorio que le da sentido y significado, el puerto adquiere también una condición de encrucijada, con todas las complejidades culturales que ello implica. El Caribe venezolano es un ejemplo de esto: un territorio límite que ha sido relegado del interés sociopolítico a lo largo de los años, hasta configurarse como un espacio residual, de “mezclas y relaciones, de cosas que se encuentran aún cuando provienen de mundos y situaciones diversas”, según Sandra Pinardi.
Así, en su obra Puerto sin trocha (2023), el artista George Lavarca transita por este territorio, cercano al agua pero ajeno a la inmensidad, en el que “todo aquello que ha sido abandonado, que por generaciones solo se encuentra en las azules superficies del recuerdo, o en un imaginario cada vez más descolorido” (en palabras de Édouard Glissant) toma forma a través de un recorrido. En este contexto, el objeto —un telar de madera con hilos— materializa las líneas que separan un paisaje construido por el hombre.
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