FABIÁN ESPAÑA: PAISAJES DE IDENTIDAD Y MEMORIA
Hace unas semanas recibimos la lamentable noticia del repentino deceso del fotógrafo Fabián España (Coyhaique, Chile, 1984-2024). Su muerte me impactó profundamente.
Fabián fue un compañero de trabajo, un colega, y desde la aflicción he encontrado consuelo en el recuerdo de su voz y, por supuesto, en el talante de sus imágenes, que despliegan las dimensiones de la territorialidad de una Patagonia que ningún otro artista contemporáneo me había mostrado.
En 2016, él mismo me entregó un dispositivo con la mayoría de sus obras, alentándome a seguir investigando en los alrededores de la ciudad donde residía: Cochrane. Siempre impulsó encuentros para que opinara y difundiera sus propuestas.
Pues bien, su partida me ha llevado a revisar este dispositivo de almacenamiento. He impreso y puesto sobre la mesa de mi casa numerosos análisis de los proyectos, obras y publicaciones que me propuso, así como aquellos proyectos que quedaron pendientes. A partir de este punto, he convocado a un grupo de colegas para que me acompañen en la divulgación de su imaginario, que ellos mismos conocieron de cerca.
Katalina Cortés, coordinadora de proyectos de Letargo Editorial; la investigadora y curadora de CENFOTO, Andrea Aguad; y el fotógrafo y curador, Mauricio Toro-Goya, han esbozado un panorama general del crucial patrimonio de Fabián España. Es importante destacar este esfuerzo, no solo como un homenaje póstumo, sino también por la relevancia de su narrativa en el contexto de la creación y difusión de la fotografía contemporánea en América Latina.

La balada de José y Valeria, espacios escondidos (2009)
Katalina Cortés
El hogar ha sido representado de múltiples formas en el arte a través del tiempo y siempre con una carga valórica que nos muestra los mundos internos de cada persona, familia o grupos que han decidido enfrentarse a la sociedad en forma de comunidad, desde los afectos.
En este sentido, la fotografía de Fabián España retrata cómo un lugar abandonado puede alejarse de un aura fría y distante, para convertirse en el refugio de una familia que busca habitar la calidez de su relación cotidiana e íntima.
Junto con las diversas lecturas que se desprenden de La balada de José y Valeria, espacios escondidos (2009), persisten ciertas interrogantes sobre cómo se muestran esos sitios marginados y vidas invisibilizadas que escandalizan el ideal de familia, lo que nos lleva a reflexionar en torno a cómo estamos retratando las imágenes que faltan.

La fotografía no solo se agota en la posibilidad contemplativa, sino que también da pie a un análisis crítico de lo que Rancière llama las indeterminaciones: aquellos puntos de una imagen que no son obvios a simple vista, la narrativa que emerge a través del cruce de estas múltiples indeterminaciones. Es decir, el velo de la fotografía.
De esta manera, Fabián España nos entrega diferentes capas de una misma realidad oculta, pero más común de lo que se quiere creer. El hecho de que José y Valeria le permitieran capturar su intimidad no solo refleja una crítica a la sociedad chilena y a la imposibilidad de una vivienda digna, como podría parecer a simple vista. Junto a ello, existe otra indeterminación que, a mi parecer, hace que este trabajo sea único e irrepetible: es una pequeña pelea de los bordes que invita a los espectadores a mirar la calidez de un refugio que, contra todo pronóstico, crea un espacio amoroso en un núcleo familiar.
Este cuerpo de obra nos llama a contemplar la circulación de los sujetos retratados, el fotógrafo y nosotros, los espectadores, mediante una balada de fotografías. Nos abre los ojos a distintos lugares disputados en la ciudad. Es, sin duda, una crítica al territorio más poblado de Chile, cuyas calles se inundan de casonas deshabitadas, imposibles de ser ocupadas por aquellos que necesitan un lugar propio.
No obstante, lo retratado en este espacio perdido va más allá de lo físico: es un espacio de rutina, de encuentro y de convivencia donde fluctúan el olvido y el recuerdo.

Grietas en la pared (2011)
Mauricio Toro-Goya
Los espacios íntimos sostienen el frágil equilibrio de nuestra realidad carente. En las paredes de la casa que nos contiene, se conjugan la memoria pasada y presente. En esos muros de lugares envejecidos transita otro tiempo, uno incomprendido por la esquizofrenia capitalista, que lo percibe como un adversario y nos amenaza. La necesidad de destruir para refundar, con la velocidad que exige lo desechable, parece una vida sin sentido, tanto para quienes viven en un tiempo como en otro.
En los intersticios de estas temporalidades, los cuerpos envejecidos resisten en su frágil memoria vital. En esos espacios, las paredes guardan los testimonios de todos los tiempos vividos; por eso nos aferramos a esos objetos y lugares. La fragilidad de la añosa memoria que nos constituye está constantemente amenazada por la crueldad de lo nuevo, impulsada por un consumismo que padece de una insaciable gula.
Cuando veo estas fotografías de Fabián, recuerdo los espacios atiborrados de mi madre. A ella, la memoria se le va más rápido que la contemporaneidad amnésica que olvida nuestra historia para ofrecer un futuro de economías relucientes que nunca la han beneficiado. Ella se aferra a los pocos recuerdos que le quedan; entre los objetos que le reviven algún momento, dispone fotografías de cuando éramos niños. Esos objetos son contenedores de otros cuerpos, afectan en distintos tiempos a otros diferentes, transfiriendo la potencia de los ausentes a través del tiempo que habita en esas fotografías[1].
Ella no quiere olvidar. La televisión la asusta; en el monitor hay demasiada delincuencia que amplifica las nociones neoliberales de la inestabilidad. Mi madre se encierra en un mundo que ha creado para su seguridad, rodeada de cosas viejas, sin valor económico, porque se trata de una vejez pobre que cada día es amenazada por el tiempo que pone en riesgo la mínima dignidad humana.

Pareciera que en Grietas en la pared (2011) Fabián busca dar cuenta de estos espacios y cuerpos en resistencia, porque él venía de tierras australes donde la memoria y el lugar constituyen un solo cuerpo. Pareciera verse en estas casas con estas personas, encontrando sus memorias infantiles y familiares, buscando a su madre, afectándose con sus ocupantes y objetos.
En este sentido, la imagen del cuerpo se convierte en un documento que atestigua la realidad de ciertos acontecimientos y, a su vez, en un cuerpo lírico que implica una representación más subjetiva y poética. Este enfoque se centra en la interpretación y la resonancia emocional más que en la precisión documental[2].
Por lo tanto, el cuerpo no solo es un elemento narrativo, sino también un escenario de estrategias de poder, donde se escenifica tanto la verdad ética de la historia como la credibilidad estética. Siempre hay algo de nuestra historia cuando fotografiamos; conectamos con los cuerpos y espacios buscando encontrar nuestras propias respuestas. Así, este fotógrafo elabora un acercamiento a la memoria de quienes pareciera que perderán todo. La fragilidad de la memoria de esas personas y lugares habita ahora en un momento fotográfico, una grieta en el tiempo que perece junto con esos cuerpos. Porque metafóricamente, se exhiben cuerpos, pero se significan personas[3].
Fabián permite que estos cuerpos se expresen a través de una técnica desprovista de voz. En esa poética silenciosa de la fotografía, los signos se transforman en un lenguaje visual que elabora, desde el silencio, una prosa presente y, al mismo tiempo, ausente, ya que lo poético trasciende lo meramente instrumental[4].
Las imágenes constituyen esos tiempos, cuerpos, lugares y memorias contenidos en la fragilidad de la fotografía que adquiere valor de signo, ya que este, al igual que el enunciado, trasciende a su autor[5]. Y no cabe duda de que las fotografías de Fabián España han sabido dejar sus palabras en el silencioso lugar donde las fotografías se transforman en signos.


Más allá de las y los colonos
Andrea Aguad
Conocí la obra de Fabián España en 2010, cuando por primera vez formé parte del jurado del Premio a la Fotografía Joven Rodrigo Rojas de Negri. Éramos siete personas dirimiendo y la elección del ganador fue unánime. A diferencia de otros portafolios, Fabián, con apenas 26 años, ya tenía para ese entonces un cuerpo de obra armado y un libro publicado: La balada de José y Valeria, espacios escondidos (Editorial Ocho Libros, 2009).
Al año siguiente, nos conocimos personalmente en el Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso, donde me obsequió su segundo libro. Si en su primera publicación la mirada de Fabián estaba puesta en la familia de José y Valeria, en esta ocasión se dirigía a la suya propia. Secretos de familia (Editorial Ocho Libros, 2011) es un ensayo íntimo sobre su núcleo más cercano, tema que en esa época la fotografía documental en Chile no solía abordar tan abiertamente.
En esta serie de imágenes, Fabián nos adentra en la esfera de lo privado para contarnos su historia familiar a través de representaciones simbólicas cargadas de profunda melancolía.
En 2015 comenzamos a trabajar juntos en lo que sería su serie fotográfica más extensa: Colonos. Durante la primera fase de esa investigación, Fabián venía a visitarme y traía mapas y libros para que leyera. Quería que conociera la historia del geógrafo alemán Hans Steffen y las exploraciones que comandó a fines del siglo XIX en Aysén, así como la forma en que catastró la zona y desarrolló la cartografía que contribuyó a su posterior colonización.
También solía hablarme mucho sobre el pionero Lucas Bridges y su labor épica en la región. Sin embargo, todo siempre terminaba remitiéndose –directa o indirectamente– a la historia de su abuelo, Bernardo Rivera Velásquez, quien a los siete años llegó junto a sus padres a habitar la zona del Lago Cochrane. Ese antecedente biográfico fue su mayor motivación para emprender un titánico trabajo de documentalismo etnográfico que fue, sobre todo, un viaje hacia sus orígenes.
Fabián sentía admiración por las personas que habían llevado a cabo el proceso de colonización en Aysén, principalmente por su fortaleza y valentía para soportar la soledad de un territorio bravío. Esa fue la premisa de su investigación para ir en busca de personas aisladas del mundo moderno, con las que compartió historias y silencios. También fue ese el foco de su mirada en cada uno de los sesenta retratos individuales que llegó a realizar con su cámara de medio formato en los más recónditos parajes del sur de Chile.
Pienso ahora que este tremendo proyecto fue en gran parte para lograr entender aspectos de su vida, de su entorno, de sus relaciones. Fabián tenía una enorme sensibilidad por lo humano y me atrevo a decir que la fotografía fue su herramienta más útil. Como él mismo describe en su libro Colonos: “De alguna manera, los seres humanos expresamos nuestros estados emocionales más puros sin palabras, solo a través de la posición del cuerpo o la forma de observar”.

Desilusiones (2011-14)
Rodolfo Andaur
Hace una década, Fabián España me convocó para escribir una crónica sobre su proyecto Desilusiones (2011-14). En este foto-libro, España desarrolla diversas conjeturas que van desde las interrogantes que surgen al observar una imagen fotográfica hasta los paradigmas de las culturas andinas, como la aymara. Adicionalmente, y considerando el emplazamiento geográfico, el fotógrafo utiliza la metáfora de la simbiosis para conectarnos con la perspectiva inmaterial de estos pueblos, explorando las nuevas figuraciones del ocaso de los seres humanos y cómo esas naciones han soportado, de manera indeterminada, su constante impermeabilización.
En ese sentido, Desilusiones es una acumulación de rastros que solo Los Andes pueden revelar desde sus más recónditas alturas. Este proyecto podría definirse también como un viaje sideral a través del altiplano, un hecho que cuestiona el paisaje que ha marcado a las diversas comarcas con las que España ha entrado en contacto.
Es más, esta exploración lleva al límite la relación entre lo que ha sido capturado y lo que el entorno mismo exhibe, ya que es la naturaleza la que permite presentar estas texturas y los emblemas de un viaje impregnado por una aguda introspección.
Sin duda, sus cámaras fueron las amantes perfectas para retratar las inmensidades chamánicas de estas topografías singulares. Para lograrlo, recorrió territorios inimaginables, un hecho que le permitió desarrollar una estética moldeada por una identidad en profunda relación con la pacha.
Este aspecto también lo designa como un etno-geógrafo que, dentro de su genialidad, busca impregnarse con nuevas perspectivas a través de procesos culturales que subrayan el tema de la identidad. Así, cuando sus lentes se adentraron en una especie de esencia plurinacional, las figuras que simbolizan esa mística desbordaron una estética impredecible, situada al borde de la extinción.
Desde otra perspectiva, Desilusiones masifica una fábula que pone en evidencia la vida de una cultura que se resiste a olvidar sus rituales y, mucho menos, sus dominios. A simple vista, a través de la disposición narrativa de estas fotografías, comprendemos el pulso de la imagen fotográfica, que nos invita a imaginar cómo podría afectarnos la desaparición de una cultura milenaria.
El simple hecho de habitar este espacio andino nos involucra con su horizonte geopolítico y las intensas aleaciones que, bajo la visión fotográfica, instalan un problema permanente. Es en ese contexto donde nos relacionamos con marcos conceptuales que ponen sobre la mesa ideas que retocan el conflicto histórico, concreto, recurrente, vital, e incluso metafísico que envuelve a esta episteme andina.
La ritualidad andina ha extendido la difusión de sus procesos etnográficos más allá de estos parajes. Por esta razón, Desilusiones revela una cultura que resiste tanto a la ruina como al desamparo provocados por un mundo cada vez más mediatizado. Estas imágenes contienen un sinnúmero sentimientos almacenados en la memoria de comunidades que habitan, mayoritariamente, entre cerros y bofedales.
Ante esta narrativa, es razonable considerar que la identidad cultural andina está estrechamente vinculada con los sentimientos colectivos, las raíces híbridas, y el imaginario tanto utópico como distópico de cientos de comunidades que portan sus escarapelas, las cuales designan sus propias naciones indígenas.
En la actualidad, abordar la noción de identidad andina o comprender qué es la identidad se ha vuelto sumamente conflictivo, ya que, en diversas instancias sociales, constantemente buscamos identificarnos con una o varias identidades simultáneamente. Más allá de capturar el contexto de las muchas culturas indígenas que rodean Los Andes, Fabián España dejó profundas huellas a lo largo de sus recorridos, actos que en ocasiones los transformaba en fotografías que han sido categorizadas para la memoria, tanto andina como indígena.
[1] Spinoza, Baruch. Ética. Madrid, Alianza Editorial, 2022, p. 267.
[2] Didi-Huberman, George. Pueblos expuestos, pueblos figurantes. Buenos Aires, Ediciones Manantial, 2018, pp. 166-167.
[3] Belting, Hans. Antropología de la imagen: el nacimiento de la imagen en la cultura moderna. Madrid, Katz Editores, 2010, p.110.
[4] Castoriadis, Cornelius. La institución imaginaria de la sociedad. Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2023, p. 111.
[5] Deleuze, Gilles, & Guattari, Felix. Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Valencia, Pre-Textos, 2023, p. 150.
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