MAGDALENA ATRIA: SOLARIS
“Los más importantes de estos turbadores dualismos son:
yo/otro, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, hombre/mujer,
civilizado/primitivo, realidad/apariencia, todo/parte,
agente/recurso, constructor/construido, activo/pasivo,
bien/mal, verdad/ilusión, total/parcial, Dios/hombre”.
Donna Haraway, Manifiesto Cíborg.
En su ensayo de 1978 titulado La dimensión estética (La permanencia del arte), el filósofo alemán Herbert Marcuse se preguntaba acerca de cuáles serían aquellas “categorías artísticas que trascienden el contenido social específico y definen la universalidad del arte”.
Parte de sus reflexiones surgía de la base de que “la función crítica del arte, su contribución a la lucha por la liberación, reside en la forma estética: una obra de arte es auténtica o verdadera no en virtud de su contenido (por ejemplo, la representación «correcta» de las condiciones sociales), ni tampoco por su forma «pura», sino por el contenido convertido en forma”; en esa misma línea, señalaba que “la necesidad de transformación radical debe enraizarse en la subjetividad de los individuos mismos, en su inteligencia y sus pasiones, sus sentimientos y sus objetivos”.
Las palabras de Marcuse -en especial cuando habla de “liberación”, “contenido convertido en forma” y de “subjetividad, inteligencia, pasión, sentimientos”- resuenan con fuerza al contemplar la exposición Solaris de Magdalena Atria, creadora chilena que piensa, trabaja y vive desde el arte, y cuya obra se ha caracterizado por la intensa aplicación del pensamiento y la emoción a la materia (y no así al discurso o a la teoría).
Podría decirse que lo que más le apasiona del arte es que desde ahí puede gatillar un flujo inagotable de interrogantes, las cuales, a diferencia del método científico, no buscan respuestas concluyentes sino más bien contribuir con una mayor apertura de campo y un mayor conflicto entre subjetividad y especificidad: de alguna manera, su labor como artista, operando siempre desde la intuición, ha consistido en generar preguntas que vayan conduciendo hacia otras preguntas.
Después de más de tres décadas dedicadas a esta actividad, es posible advertir que las disciplinas más tradicionales de las artes visuales -dibujo, escultura y pintura- todavía continúan brindándole a esta artista la oportunidad de enriquecer y profundizar, día a día, su exploración de los misterios de la existencia humana.


La exposición Solaris, en Galería 3.14, logra hacer confluir varios de los asuntos que más le han fascinado durante el último tiempo, en particular, la fusión perceptual/cognitiva/conceptual entre la visión y el tacto, y su relación con la imaginación, la memoria y los procesos de aprendizaje.
Por supuesto, también convergen en este actual proyecto otros intereses: su íntima conexión con las manifestaciones culturales más arcaicas (en especial con la alfarería tradicional -y experimental- de algunos pueblos prehispánicos), el despertar sensorial de la primera infancia, y la ineludible e incesante avalancha de imágenes que circulan profusamente en nuestra era digital contemporánea.
En términos plásticos, Magdalena Atria es una artista eminentemente colorista. Esto, en el contexto de las artes visuales chilenas contemporáneas, delimitado por los resabios del conceptualismo documentalista “en blanco y negro” de los años ochenta, podría haber resultado eventualmente un obstáculo para la circulación y puesta en valor de su trabajo.
Más aún, cuando la artista ha transgredido ese “canon de seriedad” incorporando decididamente lo azaroso, lo caprichoso y las “salidas de programa” como parte esencial de su metodología creativa, con resultados que ofrecen una notable exuberancia y suntuosidad visual -algo que no habría sino aumentado la dificultad para empalmar con la corriente local dominante de las últimas décadas.
Sin embargo, tal autonomía -o, si se quiere, rebeldía- le ha permitido desarrollar un lenguaje fresco, vital y genuino, que enfatiza la experiencia en vivo de los atributos plásticos de la obra respecto de cualquier otro factor anexo.


El pensamiento, la imaginación y su manifestación subjetiva formal ha sido un tópico que ha obsesionado a artistas de todos los tiempos. A inicios del siglo veinte, Annie Besant y Charles Leadbeater abordaron esta problemática desde una perspectiva cercana a la clarividencia mística en su libro Formas del pensamiento, un estudio pionero en la materia que intentaba vincular ciertas texturas, colores y formas con energías y construcciones psíquicas altamente específicas.
Más o menos en ese mismo campo se mueve la perturbadora novela de ciencia-ficción psicológica Solaris, del polaco Stanislaw Lem -que da título a la exposición- en la cual se presenta la hipótesis de un planeta que, como totalidad, como un solo cuerpo, es capaz de manifestar su “inteligencia emocional” a través de las transformaciones formales de su océano multicolor.
La historia de las artes visuales de los últimos siglos abunda en ejemplos de lo que se ha dado en llamar “biomorfismo”: desde el francés Hans Arp hasta Barbara Hepworth, pasando por Richard Deacon, Ernesto Neto o las colaboraciones de Charles Long y Stereolab, son numerosas las propuestas que han ofrecido múltiples enfoques del tema.
Resulta clave en ese sentido la controvertida Princesa X, de Constantin Brancusi, una pieza simultáneamente tan elegante y refinada, como enigmática y explícita, que en su primera aparición pública encendió el debate interpretativo de su época. El mismo juego oscilante de “ida y vuelta” entre lo sugerente y lo evidente -o si se quiere, entre lo sutil y lo grotesco- se observa también, aunque de otra manera, en la serie de Sunsets de Richard Hamilton.
Podría decirse que en ambas obras es posible apreciar una alta dosis de humor que podríamos denominar “travieso” (más delicado en el caso de Brancusi, más sarcástico y picaresco en la propuesta de Hamilton), asuntos todos con los que la serie de piezas de cerámica esmaltada presente en la exposición, Objetos transicionales, también parece encontrar gran concordancia visual.


Otro de los referentes para estas mismas piezas lo podemos encontrar en las papas, chirimoyas, pepinos dulces y otros frutos representados en las vasijas ceremoniales mochicas de arcilla y barro. Modeladas con gran sensibilidad, atención al detalle y capacidad de síntesis, dichas piezas funcionales concentran, además, esa correlación indivisible entre el sentido del tacto y de la vista que Magdalena Atria busca invocar con sus Objetos transicionales (resulta de vital importancia para la artista el hecho que sus esculturas también pueden ser tomadas, manipuladas, incluso chupadas, tal como ocurre con los objetos así bautizados por el sicoanalista Donald Winnicott).
Respecto de la recuperación de contenido precolombino, cabe destacar que, durante el año 2020, justo antes de dar inicio al presente conjunto de piezas, la artista ya había realizado un viaje de estudios a la zona fronteriza de las regiones del Maule y del Ñuble, investigando procedimientos tradicionales para la elaboración de recipientes cerámicos.
Ahí conoció de primera mano las técnicas ancestrales que aún se emplean en localidades aisladas y perdidas entre cerros y quebradas, como las de sus colegas Delfina Aguilera, Teodorinda Serón y Elba Apablaza, quienes trabajan usando nada más que sus manos, junto a fogones de leña, gallinas y bosta de caballo.


Al igual que lo que sucede en sus pinturas de plastilina o en las pinturas que vemos en la muestra, Magenta y Cinabrio, las cerámicas recientes de Magdalena Atria se nutren fundamentalmente de las tensiones y contradicciones entre lo natural y lo cultural. En ellas comparecen en forma oblicua y se entrecruzan indistintamente referencias a asuntos muy distantes entre sí, como el mundo de la biología (órganos internos, glándulas, células, moléculas, enzimas, virus, rizomas, leucocitos, bacterias, amebas, esporas, anémonas, corales, ronchas, lepra, vitíligo y un largo etcétera), la dimensión metafísica de los poderes sobrenaturales (encarnados en amuletos y talismanes), el universo de la orfebrería, de la repostería, de la gastronomía experimental, de los sabores de helados comerciales (menta chips, pasas al ron, frutos del bosque), de la coctelería, de los juguetes sexuales para adultos, de la industria de la entretención (superhéroes y ciencia-ficción espacial), de la utilería náutica (boyas, flotadores, etc), incluso de las cinco gigantescas islas de plástico que contaminan nuestros océanos desde hace por lo menos tres décadas.
Las obras presentes en la exposición Solaris de Magdalena Atria de algún modo contribuyen con un componente algo disruptivo para nuestra idiosincrasia y nuestro imaginario local, cual es una cierta carga gozosa, confusa, excesiva, a veces un poco obscena, un poco delirante, un poco “irresponsable”, desacralizadora de lo noble y de lo austero, celebratoria de lo artificial y lo bastardo, que elude la retícula, esquiva la mímesis y prioriza la invención, que nos evoca los ecos lejanos de El jardín de las delicias de El Bosco, la tradición del millefiori italiano, tal vez incluso el rococó de Francois Boucher cuando exclamaba que “la naturaleza es demasiado verde y mal iluminada”.



Solaris, de Magdalena Atria, se presenta del 21 de octubre al 10 de diciembre en Galería 3.14, Santiago
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