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HACER AGUA, DE MÁXIMO CORVALÁN-PINCHEIRA

Nadie puede saber dónde ir, si no sabe de dónde viene
Maribel Mora Curriao


Hacer Agua, de Máximo Corvalán-Pincheira, es una instalación site-specific emplazada en el Centro Cultural La Moneda (CCLM) que se mueve en varias dimensiones de tiempo y espacio, a la vez que abre distintas capas de sentido en relación con las problemáticas del mundo actual. El artista reflexiona —como lo ha hecho también en trabajos anteriores— sobre la memoria traumática, la fractura del sistema político, el devenir del tiempo y la crisis climática. 

A continuación, haremos un breve recorrido analítico y visual por aquellas dimensiones y distintos sentidos arraigados en la obra.

Máximo Corvalán-Pincheira, Hacer Agua, 2022, instalación site-specific en el Centro Cultural La Moneda (CCLM), proceso de oxidación. Cortesía del artista

1.

En primer lugar, Hacer Agua nos habla de un fallo sistémico, expresión que nos remite a lo que “ya no se sostiene más”, “presenta debilidad o síntomas de ir a fracasar”. Es la fractura del sistema político-económico, por un lado, y de la crisis ecológica, por el otro. Llegamos a un límite de lo posible, donde las consecuencias que tienen en el clima y la biodiversidad el deterioro irreversible causado por el consumo desmesurado de los recursos naturales, así como la veloz acumulación de gases de efecto invernadero, generados, en gran medida, por la producción de riquezas de los países del “primer mundo” —a costa de la explotación de las periferias— no se sostiene, dando paso a una serie de desequilibrios medioambientales de carácter insólito, sumando a esto las crisis sociales que conllevan desplazamientos forzados de una parte de la población que vive en condiciones infrahumanas.

Hacer Agua —y el óxido que corroe las planchas de fierro — enuncia una herida profunda: el fracaso de una promesa incumplida, la ilusión quebrada de la profecía del “todos iguales” o del “en común”. No obstante, también alberga una esperanza —una cicatriz—, dado que si el planeta no tiene vuelta, hay que necesariamente entenderse, ponernos de acuerdo y respetar, sobre todo, la relación y existencia de todos los seres.

Un punto inquietante lo plantea el filósofo y antropólogo Bruno Latour, quien considera que la desconexión que existe entre la naturaleza, la escala de los fenómenos, la batería de emociones, los hábitos del pensar y los sentimientos que se necesitarían para confrontar esta crisis, es gran parte del problema (Latour, 2011). Así, los humanos en su conjunto careceríamos de una completa falta de comprensión de lo que hemos hecho colectivamente; por tanto, en un primer momento, deberíamos tomar conciencia de esta situación, despertar al problema y a nuestra desorientación, e intentar actuar al respecto.

Para resistir a esta pérdida de orientación común —sostiene Latour— será necesario “aterrizar” en alguna parte (Latour, 2019). De ahí la importancia de saber cómo orientarse. Y, en consecuencia, de trazar algo así como un mapa de las posiciones impuestas por este nuevo paisaje en el que se redefinen, no solamente los afectos de la vida pública, sino también lo que está en juego.

Máximo Corvalán-Pincheira, Hacer Agua, 2022, instalación site-specific en el Centro Cultural La Moneda (CCLM), proceso de oxidación. Cortesía del artista

2.

En un segundo movimiento, la obra nos permite desplazarnos por el tiempo, traer el pasado al presente como fuente de experiencias y manifestaciones de la misma experiencia, con sus ambigüedades y contradicciones. Aquí la puerta —tapiada— juega un papel protagónico, como aquel portal que permite el tránsito entre dos mundos, a la vez que muestra (sin mostrar) “lo ocultado”, lo que queda fuera de nuestro marco de visión. Podemos imaginar lo que está del otro lado: en un salto temporal, podríamos escuchar los ruidos del bombardeo a La Moneda, el humo y el agua por todas partes. La puerta nos habla de un pasado que quiere ser forzosamente clausurado, sin embargo, la herida no cierra: mientras la justicia siga irresuelta, seguirá escurriendo el daño causado, tal como escurre el agua por la puerta.

Concordando con Nelly Richard, la memoria no es simplemente el pasado (lo dejado atrás como historia o como vivencia recapitulada en un solo trazado) ni tampoco el recuerdo (la aparición relampagueante de aquellos fragmentos temporales que son rescatados del olvido debido a su mayor pregnancia individual o colectiva). La memoria designa una zona de asociaciones voluntarias e involuntarias que se mueve entre el pasado y el presente, ambos concebidos como formaciones en las que se entrelaza lo ya consumado con lo aún no realizado (Richard, 2010).

En este sentido, el trabajo de Corvalán-Pincheira se mueve en ese transitar por los tiempos penetrando en las heridas del pasado, pero sin pretensión de quedarse en un duelo infinito, sino por el contrario, ese pasado —y el recuerdo de su padre[1], por ejemplo— le permite situarse en un lugar desde donde enuncia, se posiciona e interpela el presente y el contexto que lo rodea.

En este punto podemos conectar los tiempos, porque si bien la puerta situada en el Palacio de La Moneda nos remite a un ya-no (pasado), como diría Richard, las planchas de fierro que cubren esta puerta —y que son una pieza central en la obra— se entrelazan con el presente, haciendo una alusión directa a la revuelta social de octubre de 2019, dado que son el mismo tipo de planchas utilizadas para cubrir las puertas y las ventanas de los comercios durante las movilizaciones. Sin duda este acontecimiento nos permitió imaginar un todavía-no (futuro) con mejores posibilidades para todas y todos.

Es así como la materialidad de la obra nos abre la posibilidad de habitar en un entre, donde el presente contiene una pluralidad de lo vivido; una pluralidad abierta de experiencias y de memoria, donde el pasado se entremete mediante una multitud de experiencias de las que hemos sido escindidos.

Pero tal vez, en un sentido distinto, podríamos pensar la memoria en su dimensión de re-existencia. La memoria no sería solo una cuestión de recordar a nuestros familiares, sino que además es el acto mismo de recordar el que devela el sentido profundo de la existencia. Dicho de otro modo, es en la ausencia de la presencia de algo donde se nos muestra el verdadero sentido de su existencia y donde gana mayor fuerza la vida. Podríamos decir, entonces, que re-existir desde la memoria es develar lo que ha permitido encontrar sentido al continuar existiendo, pese a la adversidad, a la negación y al olvido.

En este sentido, Hacer Agua, como ejercicio de memoria, que además se sitúa en el marco de la conmemoración de los 50 años del golpe cívico-militar, nos invita a pensar en momentos determinantes de la historia: mediante un ejercicio de mirar el pasado (que visiblemente quiere ser forzosamente clausurado), pensar el presente (también interrumpido tras el acontecimiento de la revuelta y lo irresuelto) para imaginar mejores futuros posibles.

En síntesis, imaginar mejores opciones vitales para todas y todos implica tomar conciencia de la gravedad de la crisis sistémica (política y ecológica) y de un trauma irresuelto, y desde ahí actuar.

Máximo Corvalán-Pincheira, Hacer Agua, 2022, instalación site-specific en el Centro Cultural La Moneda (CCLM), proceso de oxidación. Cortesía del artista

3.

Volviendo a la materialidad de la obra, en un tercer movimiento entre dimensiones y capas de sentido, podríamos advertir que, al igual que la puerta y las planchas de fierro, existe otro elemento central: el agua. Esta en su flujo constante atrapa al visitante, quien fácilmente se queda prendado y seducido ante el sonido, que llama a la reflexión y a la acción contemplativa. Estamos ante una escena contradictoria: el agua, que es un elemento recurrente en la obra de Corvalán-Pincheira, representa el mar, el lugar donde fueron tirados cruelmente los cuerpos de los detenidos desaparecidos, donde “yace” el cuerpo de su padre. De este modo, la obra activa una relación vida-muerte. Por un lado, el agua como metáfora de vida y equilibrio de diversidad biológica (o equilibrio del ecosistema), a la vez que, por el otro, ella nos remite a historias de resistencias, compromiso y muerte.

Hacer Agua nos invita a pensar la correlación del agua con sus implicancias político-ambientales: el agua como límite, como origen de todo, como recurso sobreexplotado y en crisis. En este sentido, la obra interpela la realidad de un mundo común a todos y todas, exponiendo un sentido hondo de lo que es la condición humana y cuáles serían sus futuros posibles, iluminando así una problemática real y determinante para el presente.

Pero existe otro punto relevante: nuestro reflejo en el agua nos devuelve una imagen de cómo nos constituimos como sujetos y manifestamos nuestra subjetividad. En este caso, para reflejarnos en la historia, en la memoria, en la crisis que también nos constituyen, o para tomar distancia de ella, sea como sea, se produce un acto de toma de conciencia de nuestro lugar como sujetos frente al mundo que nos rodea. No olvidemos que nuestros cuerpos reflejados en el agua están atravesados por las relaciones de poder y nuestros devenires están orientados en función de los medios con los que nos oponemos a ese mismo poder o con los que abrazamos sus flujos.

Cierre

Entre múltiples pliegues, capas y dimensiones que operan de forma interconectada, Hacer Agua es una reflexión visual que atraviesa la historia, la política, el medioambiente y la biografía. A la vez, muestra un carácter micropolítico de la práctica estética, que extiende el campo de acción de los afectos y de la producción de subjetividades, de las relaciones de poder y de aquello que revela la impotencia del sujeto frente al origen de su condición.

Podríamos concluir, entonces, que una función relevante de la creación artística es la posibilidad de decir que algo es posible, de modo que se pueda crear siempre una posibilidad nueva. Y teniendo en cuenta el contexto actual, la obra nos invita a re-definir y re-significar la vida en condiciones de dignidad.


Hacer Agua, de Máximo Corvalán-Pincheira, es parte de la exposición Adversativa, que se presenta hasta el 19 de marzo de 2023 en el Centro Cultural La Moneda – CCLM, en Santiago. Como ejercicio de memoria, se sitúa en el marco de la conmemoración de los 50 años del golpe cívico-militar.


[1] El artista Máximo Corvalán-Pincheira es hijo de Ricardo Pincheira Núñez, médico y asesor presidencial del gobierno de Salvador Allende, que desaparece desde el Palacio de La Moneda.

Claudia Cofré Cubillos

Curadora e investigadora independiente. Es doctora en Artes por la Universidad Complutense de Madrid, España. Forma parte del GCAS Latinoamérica y de C.I.T.E.S. (Centro de Investigación Transdisciplinar de Estéticas del Sur). Ha participado en distintos congresos para presentar resultados de sus investigaciones, y ha realizado varias publicaciones en libros, revistas académicas y catálogos en Chile y en el extranjero. Es coautora del libro "Mario Pedrosa y el CISAC. Configuraciones afectivas, artísticas y políticas“ (Metales Pesados, 2019); y de "El Arte como Revolución. Debates, redes y actualidad del Instituto de Arte Latinoamericano“ (Metales Pesados, 2022).

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