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RESET. PENSANDO LAS INSTITUCIONES DESDE EL SUR

Por Natalia Sosa Molina, Rosario García Martínez y Víctor López Zumelzu

¿Cómo debe ser una institución del futuro pensada desde el Sur? ¿Cómo realizar cambios desde adentro manteniendo la creatividad intelectual? ¿Cómo puede un museo de arte contemporáneo sostener un rol crítico en relación con el patrimonio y su propio rol en la sociedad, y al mismo tiempo permanecer permeable a diversos públicos y modos de ver? ¿Qué significa hoy concebir desde las prácticas artísticas y expositivas instituciones de arte y museos que esquiven las lógicas patriarcales y el discurso colonial?

Hace un año y medio, cuando nos planteamos la idea de generar una plataforma de intercambios y reflexión llamada RESET -como parte de los programas de la Fundación PROA-, que pudiera de alguna forma ayudarnos a vislumbrar en medio de la espesa neblina qué significa el mundo del arte y sus instituciones, no nos plantearnos estas preguntas desde el centro, sino desde las intersecciones, esquinas o márgenes de la propia institución. 

El deseo no está en el centro de una institución. El deseo es el fantasma que recorre los contenidos que son borrosos e incómodos, y que nos animó a examinar, junto a otros agentes, curadoras, educadoras y críticas, la producción de conocimiento que gira actualmente en los centros de arte, así como la posibilidad de pensar la misma transferencia de conocimiento como algo que supera la función de reproducir y se convierte en algo más, algo impredecible y abierto a la posibilidad de cambio, y a la vez de producir otros conocimientos quizás no tradicionales, más cercanos a nuestra esquina en el mundo, un conocimiento que sea maleable y sensible a nuestro ecosistema artístico, económico y a nuestra propia naturaleza que nos sostiene y nos alimenta.

Con RESET nuestro desafío es imaginar una forma de programa y de plataforma que, como diría Suely Rolnik, “nos exija tomar una posición política”, pero sin saber de antemano cuál debería ser esa posición. Sacar nuestras propias conclusiones dejando siempre un espacio abierto a otras posibilidades que nos permiten perdernos en otros campos sociales.

¿Cómo sería producir conocimiento desde el Sur alejándonos de la forma eurocéntrica de producción de conocimiento? Podemos responder a esta pregunta citando al crítico Simon Sheikh, quien ha abordado el tema afirmando que “la noción de producción de conocimiento actual implica una cierta ubicación del pensamiento, de las ideas, dentro de la actual economía del conocimiento, es decir, de la producción desmaterializada del nuevo capitalismo”, donde la educación y el conocimiento están siendo “mercantilizados, industrializados, economizados y sometidos al libre comercio”. Entonces, “lejos de impedir el conocimiento, el poder lo produce”.

Foucault entendió que el poder y el conocimiento son interdependientes, nombrando a esta injerencia mutua «poder-conocimiento». El poder no sólo apoya, sino que también aplica o explota el conocimiento. No hay relación de poder sin la constitución de un campo de saber, y no hay saber que no presuponga relaciones de poder. Pero a esta lectura de poder-conocimiento tendríamos que añadirle la pregunta de quién es el que habla cuando habla el poder, especialmente desde el Sur o en países ‘tercermundistas’. O como diría Spivak, ¿acaso puede hablar el subalterno? Spivak sugirió hace casi 30 años que el subalterno puede que no pueda hablar por sí mismo, por lo que debía existir algún tipo de mediación institucional, en la cual diferentes tipos de productores de conocimientos jueguen un papel fundamental en la transmisión de estos. Sin embargo, hoy la misma teoría poscolonial/subalterno surgida de los antiguos estudios marxistas desde los países ‘tercermundistas’, ha sufrido un desgaste, y necesita nuevos debates y actualizarse en diversas reconfiguraciones del conocimiento, su función social y distribución, especialmente en museos y centros de arte con herencia modernista.

Hoy, no hablar de nuestro lugar de latinoamericanos en las fricciones, los intercambios internos y las comunicaciones entre los mundos sociales/culturales de las artes visuales y sus relaciones transdisciplinarias sería una falta y sería obviar las luchas epistémicas y de visibilidad que se desarrollan en nuestro campo. Por lo tanto, resulta urgente revisar y someter a crítica y análisis nuestras formas de transmisión de conocimiento desde el museo. No se trata aquí de negar o clausurar una forma u otra, ni tampoco olvidar las violencias ejercidas en los procesos políticos y educativos; se trata más bien de trabajar otras políticas y otras resistencias que buscan transformar la sociedad.

Pablo José Ramírez nos planteó en RESET la posibilidad de indigenizar el museo, o sea, de incluir otros conocimientos, otras temporalidades y prácticas no blancas dentro de la institución; Manuela Moscoso nos instó a pensar ya no con el cerebro sino con el estómago, alejándose del pensamiento centralizado y abriendo lógicas más cercanas al gusto y a lo fractal en el arte; Jens Andermann nos hizo pensar lo latinoamericano fuera del relato hegemónico modernizante, abriéndonos a la otredad de un territorio siempre en movimiento, en proceso, que escapa las identidades y debe sobreponerse una y otra vez a los procesos coloniales y poscoloniales que buscan reducirnos a paisaje.

Christian Viveros-Fauné, Montse Badia y Juan José Santos propusieron nuevos desafíos y formas de trabajo que pueden ayudar a la crítica de arte a vislumbrar un lugar de potencia y repolitización necesario frente al creciente vínculo mercado y escritura. Macarena Gómez Barris nos planteó un mapa fronterizo de las prácticas artísticas, donde diferentes resistencias crean modos de ver, de vivir, y encuentran fuentes de intercambios alternativas al camino destructivo del extractivismo en nuestra región. José Roca y Alexia Tala nos hablaron del proceso curatorial en bienales, centrando sus ideas en nuevas configuraciones políticas para pensar lo curatorial no desde un lugar afirmativo sino desde el lugar fluido y húmedo. Keyna Eleison habló sobre las posibilidades de generar movimientos y libido en la institución a través de diferentes prácticas transculturales que no tienen una traducción a lo institucionalizado, sino al propio cuerpo y lo erótico del pensar.

Martí Manen y Andrea Pacheco pusieron el acento de su reflexión en los límites de la propia institución, y cómo la integración de los diferentes equipos de trabajo en el pensamiento mismo de las exhibiciones cambia las reglas del juego jerárquicas del museo. Manuel Segade nos instó a pensar la práctica artística en el plano institucional desde un lugar de permeabilidad al presente, incluyendo en el propio museo reclamos feministas, multidisciplinarios, decoloniales, y desde ese lugar abandonar los conceptos centro/periferia. Ignacio Szmulewicz y Florencia Portocarrero plantearon nuevas formas de institucionalidad a partir de relaciones con otros agentes culturales “no formales” (artistas, colectivos, movimientos sociales y espacios independientes) y con ello responder a las exigencias de equidad y horizontalidad más allá del binomio público/ciudadano.

Pensar desde el Sur la producción de conocimientos entonces sería revisar continuamente las relaciones de nuestro propio cuerpo con el poder, y desde ese lugar plantear un diálogo que nos permita entender las estructuras como herramientas para trabajar juntas en lugar de pensar a las instituciones como espacios limpios y blancos que crean contenidos para ser amablemente deglutidos por sus audiencias. Producir conocimientos desde el Sur implica, en palabras de Cuauhtémoc Medina, saber de antemano que “el Sur no es una dirección. Es siempre un reclamo, pues el subalterno no se representa; infecta y roba, subvierte y pervierte, desborda y transcurre”. El Sur no es un objeto: es una incitación y la renuncia a aceptar el sistema continuo de modernización-universalización-homogenización. El Sur no es una región; es la genealogía de las fugas y recomposiciones del esquema de las regiones. El Sur estuvo, y deja de estar: aparece y se muestra, ronda y explota. El Sur en sí despierta la curiosidad y la curiosidad no tiene disciplina. El Sur en sí mismo es un deseo indisciplinado, un conocimiento que no se puede reducir a las lógicas eurocéntricas. 

Encontrar el espacio para charlar horizontalmente desde la institución es difícil, pero a la vez nos plantea en RESET la posibilidad sin un fin específico de producir conocimiento colectivo, encontrándonos para discutir nuestras estrategias y metodologías con miras a cambiar lo que se puede ver, hacer y decir en medio de esta contingencia. Y como diría el escritor cubano Lezama Lima: en el lenguaje, cuando no ocurre nada productivo y solo nos juntamos por el deseo del lenguaje, es cuando ocurre lo productivo.

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