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LO CRÍTICO-PULSIONAL DE LA CRÍTICA DEL ARTE EN ‘CRÍTICA DE BARRICADA I’, DE ALIWEN

Crítica de barricada. Cuerpx, escritura y visualidad en el Chile contemporáneo. Volumen I. Arte rebelde bajo dictadura y postdictadura (2021), publicado por Sangría Editora, es un libro intrépido, ardiente y generoso. Sus quinientas veintiocho páginas dan cuenta de un trabajo concienzudo y pormenorizado al que su autore (de pronombres femeninos y no binaries) estuvo dedicada durante los últimos seis años*.

Bajo el género literario del ensayo crítico, Crítica de barricada se propone ensanchar el sentido de una noción elemental para la comprensión de las prácticas artísticas, las conceptualizaciones de la teoría del arte y la reflexión situada en torno a la historia de la política del arte chileno, como lo es la noción de “acciones de arte”, surgida en Chile a finales de los años setenta de la mano de Diamela Eltit.

Para cumplir su cometido, aliwen utilizará el “lente de los estudios de performance” sobre la base del constante relevamiento del conjunto de estratagema, discursos y metadiscursos adoptados por la comunidad artística y la crítica del arte local, cuidando de no sobre imponer de manera unidireccional categorías que abastecen la “producción extractivista del capital”,  la “necropolítica fascista” o la reproducción de las diversas formas de la violencia racista, misógina, heteronormativa, patriarco-colonial, capacitista, cisexista, exitista, epistémica y clasista, ni la idea acrítica que subyace al supuesto retraso de las prácticas locales frente a las vanguardias del norte global.  Ejemplo de esto es que la aparición de la cadena “performance”, “acciones” y “arte corporal” que se deja leer en un texto del sociólogo Fernando Balcells (miembro del grupo C.A.D.A.) publicado en 1980 es relocalizada por aliwen, desmitificando el aura excepcionalista y la voluntad de novum tan arraigada en las superficies de sentido y en los debates de la historia e historicidad de las vanguardias artísticas.    

Como transfeminidad no binarie, activista, filósofa y estudiante de primera generación, creo que la dedicatoria de Crítica de barricada I expone en buena medida la espectralidad adosada al trabajo escritural y a la vocación de la ética transfeminista. El primer tomo está dedicado a Irma Briones, abuela paterna de aliwen, quien es descrita en como “madre, inquilina, india”, la mejor alumna de la escuelita del latifundio al que su vida estuvo encadenada. El contenido manifiesto de la dedicatoria nos pone, de entrada, frente al (no) saber de una experiencia violación sexual, por “derecho”, justificada por las jerárquicas patriarco-coloniales del sistema de inquilinaje de primera mitad del siglo veinte. El libro (se) expone así (a partir de) una hendidura transgeneracional que reinscribe la pregunta por los alcances del poder-hacer del activismo y la investigación respecto a la justicia social generizada, allí donde el influjo de la politización situada del trabajo intelectual se ha materializado en la forma-libro.

Después de los movimientos Ni Una Menos (2015), Me Too (2017) y del tsunami feminista chileno (2018), lo sabemos, “el silencio ya no es opción”. Ahora bien, que estas palabras estén al inicio de Crítica de barricada nos hace ver que en sus páginas hay algo del eco de los silencios y de las angustias de aquella que, tal como tantos otr*s, sufrió la sexualización violenta en manos de un hombre cisgénero, instituyendo en su cuerpo la marca de la desvaloración de lo femenino a través del abuso. Esta es, sin lugar a dudas, una experiencia transferencial que lamentablemente, dado que somos hij*s de Abya Yala, muches hemos heredado de la filial materna que nos antecede. La cultural de la violación es, en este sentido, el origen doloso de muchas de nuestras pasiones, así como del deseo, impaciente, incardinado y fatigoso, de hacer las cosas que estén a nuestro alcance para contribuir a transformar las condiciones que han legitimado en el pasado las injusticias vividas por quienes nos preceden. Sea esta una particularidad de los transfeminismos que, para el caso de aliwen, supone un amor que arde conjuntamente con la experiencia heredada de ser-alumna, de aprender de las letras y de abocarse al escudriñamiento de sentido de manera crítica e insubordinada.

Lotty Rosenfeld, Una milla de cruces sobre el pavimento, acción artística de intervención sobre la línea segmentada del tránsito afuera del Palacio La Moneda y registro fotográfico análogo. Santiago, Chile, diciembre de 1979 [octubre de 1984]. Cortesía Alejandra Coz.

Sin lugar a duda, una de las cuestiones más interesantes de Crítica de barricada I es que pone en acción un giro que, acudiendo a obras y metadiscursos del pasado, desalambra la clausura del elitismo de las “altas esferas” y de las rupturas disciplinares para pensar el común emancipado de nuestra contemporaneidad, allí donde el arte, en tanto herramienta socio-crítica y estético-política, nos permite alojar la posibilidad de un sentido-otro capaz de replantearse las lógicas de poder inmanentes a la ordenanza del régimen de la representación y la estetización de la política. Así las cosas, diría que lo simbólico-expresivo de la investigación-acción promovida en sus páginas opera al modo de una plataforma para la lucha social que no se desentiende de la desintegración de los lenguajes, ni del análisis situado en torno a los marcos que les dan sustento a las formas de la representación hegemónica, particularmente, en el campo del arte. La modalidad de la investigación cualitativa envuelve, por ende, una política de la alteración con matices impropios y con excelentes resultados.

Si recordamos lo que Nelly Richard planteaba hace dieciocho años atrás respecto a la historia de la relación entre arte, política y luchas sociales generizadas, el punto se vuelve aún más estimulante. En Rarezas y excentricidades, la teórica feminista y crítica de arte franco-chilena pone el ojo sobre la supresión de la producción de sentido excedentario, disruptivo, extraño, disyunto, desobediente y afirmativo en los análisis de la sociología de la mujer del “feminismo investigativo” de finales de los ochenta (FLACSO, CENECA), allí donde la urgencia de las labores intelectuales estaba abocada a pensar las luchas antidictatoriales y el eventual proceso de redemocratización del país. Relevar la aplicación, en unos casos productivista y reivindicativa, mientras que en otros inoperante y entreverada, permite dar luces del cómo y el en voz de qué reconstitución de sujeto se despliegan los presupuestos de la ruptura entre “la sociología y la antropología de ‘las mujeres’ como sujeto empírico, con las prácticas experimentales del arte y la literatura que apostaban por profundizar alteridad, lo semiótico-crítico” (2018, 96-97).

El corte entre sujeto empírico ya-objetivado de la identidad victimada cis-hetero-femenina y las prácticas estético-literarias de autoras-artistas como Diamela Eltit y Lotty Rosenfeld instalará, al nivel del poder producir interpretaciones de la realidad social en cuanto a la generación de conocimientos, la distinción entre la tecnificación gubernamental de aquellos saberes funcionales al modelo de las políticas concertacionistas y las indisciplinas estético-críticas de campos de experimentación en cuyo seno han crecido el pensamiento y la praxis de los feminismos disidentes, las políticas de la disidencia sexual y las hebras teórico-críticas del transfeminismo chileno.

La apuesta de Crítica de barricada podría ser definida como un posthumanismo transfeminista campuria que opta por des-esencializar la verdad del género inscrita en l*s cuerp*s generizados, abriendo la crítica del arte a los “tecno-saberes y senti-pensares”, de modo tal que autoras como Gloria Anzaldúa, Rosi Braidotti, Eugenia Brito, Rey Chow, Diamela Eltit, Donna Haraway, Nelly Richard, o Chela Sandoval son leídas en clave cyborg. Aquí encontramos la herencia feminista de los saberes situados, el lugar de lo mestizo en las fronteras identitarias de la cultura latinoamericana y una astuta confrontación con la matriz edípica de la reducción antropotécnica de los lazos sociales y sexoafectivos, cuestión que se expresa en el imperativo de crear alianzas más allá del orden simbólico hegemónico, más allá de lo simbólico como racionalidad del orden hegemónico, más allá de las jerarquías que sostienen la simbología de su repronormatividad dominante y más allá del devenir-representación de los identitarismos del activismo trans*.   

Kena Lorenzini, mujer encapuchada luchando contra las fuerzas represivas con una honda desde una barricada en la retoma de la Coordinadora de Allegados de Puente Alto del Fundo San Luis, fotografía análoga, 1984. Cortesía de la artista.

La humareda del significante “barricada” hace relucir su “consciencia opositiva” desde el inicio. Así queda de manifiesto en la cita del Informe Rettig (1991), asomando la injerencia analítica de tópicos transversales a los estudios de la memoria, a la historia de las demandas de justicia restaurativa, al fenómeno del negacionismo y la impunidad de la violencia dictatorial. El registro es polifacético, va entre el “histórico-artístico y el literario”, entre el “archivo y el testimonio”, entremezclando la historia local del arte con el ideal de generar una “consciencia autonomista radical” basada en el ideal de la eudemonía colectiva.

Las imágenes de las “alfombras de fuego” en tanto signo de protesta, como la acción de arte de Cristián Sotomayor Demuth Esto no es una barricada, realizada en la Plaza de la Dignidad el 24 de enero de 2020, a tres meses de las revueltas del estallido social chileno, la cual cita al pie de la letra el recurso semántico de negación de la icónica pintura de René Magritte (Esto no es una pipa, 1929). Lo que vemos allí es cómo la inflexión des-individualizante de la obra de arte reviste la calle, en tanto territorialidad al dente de los conflictos y luchas sociales, con el derecho a protestar pacíficamente, cuestión ya inscrita en el significante que le da título al libro: “[l]a noción de «barricada» en cuanto pulsión oposicional propone un desborde de la intención individual del artista por un contacto con lx cuerpx social más amplio, lo cual es reflejado con ardid por la «acción artística» como fórmula experimental para hacer arte” (p. 50).

A mi parecer, esa inclinación logra sostener la medianía de un anudamiento político-libidinal que entrelaza la economía deseante con la politicidad de las obras estudiadas. Lo que está en juego, por supuesto, es la deconstrucción de la función-autor en el sistema de valoración y legitimación del o los circuitos de arte. Ahora bien, lejos de ser un gesto que adolece de mocedad o inmadurez, la “consciencia opositiva” se lee como geología de un incardinamiento que pone en juego creaciones teóricas, escriturales, artísticas y crítico-culturales, archivos y fuentes testimoniales, cuyo conjunto moviliza una transvaloración del sentido histórico de nuestro presente.

Uno de los pasajes que me encantan de Crítica de barricada es el siguiente: “el binario es siempre (en algún grado) una polarización arbitraria, una falsa oposición que dificulta la comprensión matizada de ciertas prácticas artísticas contemporáneas las cuales critican su contexto sociopolítico a través del empleo del recurso de lx cuerpx”. En esta cita es posible percibir que la línea argumental que nutre el alcance de los objetivos de la investigación-acción avanza en razón de la disyunción de las nociones “subversión” y “transgresión”. A primera vista, el giro parece algo problemático, al leerlo no tenemos certeza de que ese emplazamientoterminará del todo bien.

De la subversión sabemos que lo esencial en ella es que está constituida por un giro que invierte desde abajo el predominio de un significante-amo, o de un régimen de dominación específico (cualquiera sea éste); de la transgresión, que toda transgresión tiene los límites de aquello que transgrede, esto es, que su motor de acción y retroproyección lo podemos encontrar en el anhelo interiorizado del sistema carencial del Edipo, en otras palabras, de lo que se trata es del típico movimiento de sujeción de la ley en el que ella determina no solo lo que gobierna sino, ante todo, lo que se le opone, depone y confronta. Sin embargo, aliwen enriquece y prolonga el ramal de esta disyunción. Para ello hará uso de la figura de las “dos caras de una misma moneda”. Hablaremos entonces de puntos de vista cuyas líneas de demarcación componen una “porosidad membranal” que erosiona las coordenadas con las que tradicionalmente se leería un trabajo como el que encontramos en sus páginas.

La fórmula es en sí misma bella, accesible y al mismo tiempo estructural: “corporalidad, mediaticidad, territorio precipitan una porosidad membranal entre el adentro y el afuera del arte, entre la diégesis y lo extradiegético” (p. 71). Sin deshacer el binarismo de la oposición, la fórmula contrae un hacer metodológico que trastoca las prácticas artísticas y los debates e interpretaciones a las que estas dieron lugar a punta de escudriñamiento en la especificidad de los efectos político-sociales, habitando desde su propio punto de vista la actualidad de las aseveraciones, deslizamientos, aporías y contradicciones del conjunto de relaciones institucionales que en su momento las recepcionó. Lo cual es otro motivo más para leerlo y estudiarlo.

Lotty Rosenfeld, Una milla de cruces sobre el pavimento, acción artística de intervención sobre la línea segmentada del tránsito afuera de la Casa Blanca y registro fotográfico análogo. Santiago, Chile, diciembre de 1979 [junio de 1982]. Cortesía Alejandra Coz y Galería 1 Mira Madrid.

Para finalizar, como soy de aquell*s que leyeron a Derrida[1] y que usa el verbo “deconstruir” no como sinónimo de actuar y ver las cosas de manera distinta después de haber pasado por una reflexión o una epifanía cualquiera, sino allí donde arrostra la tarea de pensar la materia gris del pensamiento como crítica a la historia de la filosofía y su androcentrismo. Me interesa aquí, de momento, detenerme en una nota al pie que me parece absolutamente crucial. En la introducción del primer volumen de Crítica de barricada aliwen hace notar sus diferencias con uno de los argumentos filosófico-políticos de Alejandra Castillo, quien, como se sabe, es una de las autoras chilenas que más han respaldado la introducción de temáticas postidentitarias, antinormativas y posthumanistas en el pensamiento feminista contemporáneo. La lectura oblicua de Alejandra nos advierte que aquella matriz de la diferencia sexual que a lo largo de la historia ha fundamentado la esencia ontológica de las mujeres a nivel teórico es una que se da bastante bien con el ideal epistémico del humanismo, al punto que la asunción del “yo-mujer” a la práctica intelectual y a la dimensión de la gubernamentalidad de los derechos sociales tiende a favorecer una comprensión según la cual el feminismo y la “comunidad de mujeres” se leen bajo el horizonte del plan de desarrollo de las políticas humanistas. La invocación postidentitaria de Alejandra es, en efecto, una práctica teórico-conceptual a contrapelo del binarismo de los efectos producidos por la matriz de la diferencia sexual que no escatima esfuerzos en volver la mirada a la historia del movimiento feminista y a las figuraciones de lo disyecto en la producción artística de mujeres e identidades transidentitarias en nuestro continente. De lo que resulta la proclamación de un feminismo que subraya la marca de su negatividad constitutiva. Una negatividad que se cuida de no reificar su posición identitaria en la adecuación proyectiva de una sociedad postpatriarcal. Así las cosas, la fórmula “el feminismo no es un humanismo” tiene la virtud de haber sido desplegada en la compilación de las intervenciones de una actividad de la CUDS cuyo nombre es Por un feminismo sin mujeres (2011).

Teniendo esto a la vista, aliwen asalta con una cuestión que es tanto estratégica, metodológica, como práctico-procedimental. Por un lado, nos encontramos con la inevitabilidad de negociar con las jerarquías establecidas por los esquemas de comprensión y gestión de la academia humanista como una de las consecuencias de habitar en ella. Tragarse las asperezas y el solapamiento de los mecanismos desigualitarios en la producción de conocimiento es algo con lo que hay que saber lidiar. Sin embargo, por otro lado, este es también el medio para la materialización de quiebres epistémicos y los ejercicios de transfiguración del sensorium y de los marcos que hacen inteligibles a determinadas prácticas, sujetos, saberes y senti-pensares. Es también el lugar donde crear y co-editar formas de resistencia al neofascismo contemporáneo.

En esa línea, aliwen argumenta: “la teorización y el activismo son campos diferentes, pero no así excluyentes”. Lejos de ir a la búsqueda de la estabilidad de un equilibrio armónico, la impronta es la de comprender ambas dimensiones como “procesos paralelos que se retroalimentan simbióticamente”, capaces de “producir sentidos comunitarios”. De modo que a la pregunta sobre cómo conjugar la cristalización de especulaciones teórico-críticas adosadas a la cadena de producción inmaterial con las dinámicas de un activismo socio-crítico que no escatima esfuerzos a la hora de poner la cuerpa al servicio de la creación de procesos de valoración contracultural, se responderá lo siguiente: “la crítica de barricada es una investigación-acción bifásica”.

Respecto de esto último hay al menos dos cuestiones a las que prestarle atención. Una es, a mí parecer, la centralidad que tiene el performance como plataforma de experimentación artística y como soporte que hace erosionar la neutralidad de las taxonomías de investigación. La segunda reside en que, para arribar a este momento, Crítica de barricada necesariamente ha debido pasar por un diálogo con la formulación filosófica de los encuentros y desencuentros del campo de enunciación de los feminismos de mujeres y las políticas de la disidencia sexual de nuestro contexto local.

Para resumir y dejarles meditar por su cuenta, diría que se trata de una diferencia que se lee como diferencia entre lo “opositivo” y lo “oblicuo”, diferencia que, es necesario subrayar, alienta el devenir-carne del pensamiento como producción de diferencias. En lo personal creo que el tenor de la “investigación-acción bifásica” hay que comprenderlo menos en la línea del “perspectivismo dualista” de Nancy Fraser, que bajo la paleta de colores de aquel diagrama deleuziano-guattariano que re-crea la univocidad de un sentido dislocado a partir de mundos incomposibles —compuesto aquí por el cruce del heterocronismos de las obras estudiadas, la membrana afectiva de la crítica del arte, el archivismo y el ethos activista—, en cuyo centro se encuentra no otra cosa sino la potencia de l*s cuerp*s. En otras palabras, más que una “resolución heurística” que permitiría explicar la regulación del trabajo intelectual y su relación con el desbordamiento de la justicia social encarnada en el “orden de las razones”, lo que tenemos es un campo de experimentación anti-edípico donde el deseo, la pulsión, la archivística y las alianzas postfeministas son aquello que nos permite seguir pensando los procesos de sujeción y subjetivación sociales en pos de la justicia transfeminista.


*Parte de este texto fue leído en el lanzamiento digital del libro de aliwen aquí reseñado. El lanzamiento coincidió con el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer, celebrándose el 25 de noviembre del año recién pasado (2021). Su organización estuvo a cargo de Sangría Editora y del Foro de las Artes de la Universidad de Chile. 

REFERENCIAS

Aliwen. (2021). Crítica de barricada. Cuerpx, escritura y visualidad en el Chile contemporáneo. Volumen I. Arte rebelde bajo dictadura y postdictadura. Sangría Editorial.

Richard, Nelly. (2018). “Rarezas y excentricidades” en Abismos temporales. Feminismo, estéticas travestis y teoría queer. Ediciones Metales Pesados. P. 93-122.


[1] Mi tesis de licenciatura fue una entrada a la relación entre deconstrucción y psicoanálisis centrada en el pensamiento del (no) filósofo argelino-francés.

Débora Fernández

Es licenciada en Educación y Pedagogía en Filosofía por la UMCE, estudiante del PhD Teoría Crítica y Sociedad Actual de la UNAB, becaria ANID e investigadora asociada a un FONDECYT Regular sobre el pensamiento de Gilles Deleuze. Coordinadora del Área Género & Subjetividades Trans de ONG CERES. Ha participado en colectivos con perspectiva de derechos LGBTIQ+ y en grupos de investigación transdisciplinares como Diagrama (2012-18) y el Núcleo de Teoría de las Multiplicidades (2016-19). Ha gestionado e implementado simposios, coloquios, foros y seminarios, nacionales e internacionales, tales como “Feminismos e institución: performatividades en litigio” (2014, junto a la CUDS). Es editora del libro digital Hebras. Escenas, Performatividades y Escrituras (2018) y publicado varios artículos, entrevistas, traducciones y columnas en torno a temáticas vinculadas al activismo trans*, feminismos, psicoanálisis, teoría crítica, filosofía, estética y educación.

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