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JULIANA GÓNGORA: ARRULLOS

Por Julia Buenaventura

En una clásica entrevista al físico Richard Feynman, le preguntan por qué los imanes se atraen o se rechazan. El físico tras explicar que no puede dar una respuesta contundente, termina por llevar la conversación a otra cuestión que juzga más relevante: ¿por qué no es posible atravesar la madera de una silla con la mano?, bien puedo empujar la silla, bien puedo agarrar la silla, pero mi mano no conseguirá atravesarla. Allí, en la materia, hay una energía eléctrica tan fuerte y contundente que nos empujará si insistimos; una energía que, si bien no es la misma de los imanes, resulta semejante.

El giro de Feynman en esa entrevista es único. Jamás me habría preguntado por qué mi mano no puede atravesar un pedazo de madera. Lo daba por hecho, ni siquiera se trataba de una cuestión a ser discutida. Feynman cambia el panorama, revelando la materia como fuerza, como un hasta aquí ha llegado tu mano, no puedes ultrapasarme, mientras que la mano, lejos de cualquier pasividad, responde: hasta aquí has llegado tú materia, seas lo que seas: madera, silla, pedazo de mundo, tú tampoco vas a poder conmigo.

Juliana Góngora ha dicho: “La tierra es mi principio de reflexión. Mi piso. Me acerqué a ella porque me presentó un límite: el más humano de todos. Lidiar con algo más pesado que mi cuerpo y tratar de controlarlo es un reto. Con ella aprendí que la escultura no es investigación intelectual sino una relación con la materia que evoluciona con el tiempo”.

Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve

Juliana Góngora es una escultora de materias, no de formas.

Cuando el escultor ve el barro se dice: voy a juntarlo para formar la figura de un hombre; cuando ve la piedra de mármol se dice: voy a retirar ciertas partes aquí y allá para formar la figura de un hombre. Juliana, por su parte, se plantea el trabajo a la inversa: voy crear una materia y luego esa materia me dirá cuál es su forma, la materia ha de escoger su figura. En suma, Góngora no toma el material para amoldarlo a una idea previa. Por el contrario, genera el material en sí mismo, tal como se genera una fuerza. Reitero: es en los materiales en dónde se encuentra la obra de Juliana Góngora.

Esta exposición es leche, maíz, cumare y ruda. Es alimento. También es barro y es vidrio. Es tierra. Esta exposición es profundamente femenina porque es, en sí, comida y creación. Vale la pena recordarlo, las vacas no dan leche porque sean vacas, sino porque son mamás. La mamá es la mama, la teta que da la leche, y la leche es la primera comunicación humana. No hay una leche igual a otra, porque el cuerpo de la madre elabora exactamente lo que la cría necesita, la leche es un diálogo y una fuente de información enorme, que el niño se toma, se come, como aprendizaje primario que llevará para el resto del camino.

“Cuando la madre amamanta al hijo, entre ellos se crea una conversación que supera las palabras. En su encuentro tejen un lenguaje. El bebé y la madre se convierten en uno. La madre y el hijo perciben lo que necesitan y sienten sin hablarlo”[1]

Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve

Para elaborar los cuencos de leche, Juliana tiene una vaca. O Alejandra tiene una vaca de la cual Juliana toma la leche. Sabemos que la leche de hoy es pasteurizada, homogeneizada, como nuestra cultura, para que nada particular quede en ella. La leche en empaque larga vida no tiene nada que decirnos. Tras recoger la leche, Juliana la cocina con vinagre para retirar la caseína y luego le va añadiendo cal -más cal de la que tiene-, de modo que la leche se hace sólida. Entonces se moldea el cuenco, porque la leche es un cuenco. No podría ser, por ejemplo, un cubo o un sólido platónico. Es el cuenco, es la madre, es la vasija para brindar. Actos que, en un modelo social competitivo, son prácticamente prohibidos. Compartir es incompatible con las dinámicas del mercado.

Los nidos en cumare son fruto de una relación que ha desarrollado Juliana con los indígenas Coreguaje –Ko’revaju, “gente de tierra” –, a través de los líderes comunitarios Yinela y Juven Piranga Valencia. Los nidos siguen las formas tejidas por los pájaros mochileros en los Llanos Orientales, y de nuevo, su material no es aleatorio sino el centro de su sentido; el cumare es una palma fundamental para la comunidad, y el proceso de tomar las hojas, convertirlas en fibra, secarlas, teñirlas y tejerlas encierra la base de la comunidad misma. Tejer cumare no es un empleo, o un trabajo, es una forma de vida y la vida es un oficio que toma 24 horas cada día.

En voz de Juven y Yinela: “Venir a este mundo es el mayor privilegio por la posibilidad que tenemos de convivir con lo creado y saber elegir entre lo bueno y lo malo. La abuela contiene el todo, su presencia es vital en el momento del parto. Ella es el medio por el cual el bebé llega a los brazos de la creación, a través de sus manos, su saber y su palabra, se manifiesta el todo. La presencia de la abuela nos dice: pase lo que pase yo estaré ahí. Los abuelos son el arrullo”.

Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve

Arrulladores es la instalación de columnas de amero, hojas de mazorca con figuras pintadas en tierra mineral y aceite. Pequeñas siluetas de cuerpos que remiten a los abuelos, las cuales no quieren representar, sino invocar a esos abuelos, de hecho, traerlos de vuelta en una especie de acto mágico. Columnas delicadas que se arrullan en el espacio de la sala y que, en su laberinto, esconden senos de barro cocido, realizados en colaboración con María Buenaventura, llenos de maíz, repletos de alimento.

Finalmente, la tumba del abuelo de Juliana reposa en el último piso de la galería. Construida con ruda –hierba de olor fuerte, reconocida por su capacidad protectora–, esta tumba está cubierta con un tejido de hilos leche, una manta que ha de acompañar al abuelo en el cierre de este ciclo. Encuentro del fin con el principio. A la tumba no puede faltarle a la vida. La leche no puede faltarle a la muerte. En estas piezas Juliana traspasa el concepto de arte, arte individual, arte de autor, arte-ego, para confundirse con la comunidad y crear una materia sagrada, proponiendo la obra como rito.

Repito, Juliana es una creadora de materias. Materias que, si bien no puedo atravesar con mi mano, puedo usar de alimento y de cobijo, incluso de arrullo, en una relación que abre otro camino a la mera oposición, la unión. De hecho, eso hace un ser vivo: permite que la materia lo traspase y lo integre, tal como hace la artista en una obra que congrega e incorpora, que se ingiere y se procesa.

Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve
Vista de la exposición «Arrullos», de Juliana Góngora, en Espacio Continuo, Bogotá, 2021. Foto: Oscar Monsalve

[1] Explica la Comunidad Coreguaje-Ko’revaju, Taller Masipai, en conversaciones con Juliana Góngora.


Arrullos, de Juliana Góngora, se puede visitar del 23 de septiembre al 13 de noviembre en Espacio Continuo, Calle 80 # 12 – 55, Bogotá, Colombia

[email protected]

La exposición ha sido realizada en colaboración con la Comunidad Coreguaje – Ko’revaju, Taller Masipai / Arte Vivo Artesanías de Colombia, María Buenaventura, Diana Sofía Estupiñán.

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