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CÍBER ERA: EL ARTE COMO DISPOSITIVO

Hasta el próximo 23 de agosto en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá (MAC) se encuentra abierta al público la exposición Cíber Era, un proyecto dirigido por Casa Hoffmann que consiste en el despliegue museográfico de tres escenarios: Extinción, Génesis y Tecnotrópico. A través de un relato de ficción, se puede apreciar un futuro post-apocalíptico como consecuencia de los daños causados por el hombre a la naturaleza, entre ellos el calentamiento global que desembocó en la extinción masiva de las especies en la tierra.

Andrés Moreno Hoffmann, artista y director del proyecto, relata algunas de las circunstancias que lo llevaron a la realización de esta exposición en tres escenarios distintos: “Nos basamos en la relación entre arte y tecnología, que es lo que siempre hemos promovido desde Casa Hoffmann. El proyecto se concibe originalmente como una instalación sonora inspirada en los paisajes sonoros de los insectos en tierras tropicales. Esto es el inicio de la sección de Tecnotrópico, que se desarrolló para Arte Cámara (feria ArtBo) del 2018, seleccionado por Carolina Ponce de León. En esa ocasión, se invitó a nueve artistas a que realizaran su insecto tecnológico, que emitiera sonido justamente para recrear ese paisaje sonoro. Ese fue el origen de Tecnotrópico, que actualmente es la parte final de la trilogía. El proyecto tuvo una excelente acogida, por lo que ArtBo nos extiende la invitación a que participemos en la sección de espacios para realizar la exhibición en su Sala de Salitre en 2019, y es ahí cuando el proyecto da un giro y se arma la trilogía que actualmente compone Cíber Era”.

Vista de Tecnotrópico en la Cámara de Comercio de Bogotá. Foto cortesía ©Casa Hoffmann
Vista de Tecnotrópico, MAC Bogotá. Foto cortesía ©Casa Hoffmann, 2021
“Membracidaes”, de Carlos Bonil, 2018. Ensamblaje y electrónica. Foto: ©Manuel Salazar, 2021

Cíber Era cuenta con dos ejes de reflexión que vale la pena acentuar y, a partir de allí, entenderemos la función que cumple entre todo esto el término dispositivo. Por un lado, dinamiza las propuestas museográficas y metodológicas en relación con la interacción de los espectadores con las obras, produciendo una experiencia desde la correspondencia entre el arte, la ciencia y la tecnología; y, por otra parte, la exposición tiene un trasfondo donde hay un llamado a tener conciencia frente a los actos del hombre sobre la tierra y sus consecuencias adversas. No en vano, en una reciente noticia del 9 de agosto del 2021, la ONU anunció que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático demostró, en un nuevo informe, que las emisiones de gases de efecto invernadero de las actividades humanas son responsables de un calentamiento del planeta en un 1,1° grados centígrados desde el periodo de 1850-1900 hasta la actualidad. Peor aún, el estudio predice que se espera que la temperatura global alcance o supere los 1,5 °C o más de calentamiento en los próximos 20 años.

Ahora bien, manteniendo una medida prudente con los trazados de Foucault, sin olvidar a Deleuze o Agamben, llamaremos aquí “dispositivo” a las dinámicas de relaciones, instituciones, agentes y obras que hicieron posible la configuración de una exposición como la que vemos en el MAC, teniendo presente que Cíber Era está compuesta por otros pequeños aparatos/dispositivos que son específicamente las obras que funcionan como redes de mecanismos que confluyen, se cruzan y dialogan entre sí, incluyendo la distribución museográfica que funcionó de manera coherente como un elemento aglutinante que generó una interesante atmósfera inmersiva, como si se tratara justo de un ecosistema post-apocalíptico en regeneración. El dispositivo es, en un sentido tecnológico, “la manera en que se disponen las piezas de una máquina o de un mecanismo y, por extensión, el mecanismo mismo”; así los mecanismos que se ejecutan en Cíber Era se pueden identificar fácilmente si nos orientamos de lo micro a lo macro.

Vista general, exposición Cíber Era. Foto cortesía ©Casa Hoffmann, 2021.
Sonia Rojas, Devenir Tierra, 2018. Foto cortesía ©Casa Hoffmann, 2021
Ana Catalina Escobar, Adaptación silenciosa, 2019-2021. Foto: ©Manuel Salazar, 2021

En primer lugar, cada una de las obras de los artistas plantea un mecanismo particular, sea desde sus características formales o sea desde su enunciado discursivo; por ejemplo, Adaptación silenciosa (2019-2021), de Ana Catalina Escobar, actúa como una gran “maraña” arácnida, siendo un tejido elaborado en fique que se expande por casi todos los rincones de las salas y pareciera atrapar otras obras que allí son contenidas. Sobre esta relación de las piezas en las salas, Andrés Moreno señala:

“Con este proceso encontramos entonces esta relación orgánica entre los tejidos y la tecnología y entendimos también los tejidos como una fuente de conocimiento de la tecnología antigua que nos permitía estas expansiones espaciales como en la muestra que vemos en el MAC, y la relación de comenzar a crear esta especie de ambiente selvático tropical justamente para dar el escenario de este mundo post-apocalíptico, que comienza a regenerarse con la mediación de la inteligencia artificial”.

Así también, la obra de Cristina Figueroa Sin título (estructura de crecimiento aleatorio IX) [2014] “investiga los puntos de contacto entre el cuerpo humano, el animal, la arquitectura y el paisaje; así como también las dimensiones psicológicas, políticas y ecológicas que estas relaciones involucran”.

Por otra parte, vale la pena aclarar que, si bien un dispositivo funciona como una herramienta estratégica de sujeción y subjetivación, pues en estricto rigor activa un mecanismo dispuesto a obtener un resultado “automático”, alejándonos un poco de la raíz del concepto foucaltiano el dispositivo también trabaja como una herramienta para la apertura del pensamiento, para dar señales específicas y poner en función su posibilidad generadora de reflexiones. Así fue considerado por Jean Louis Baudry en 1975, dedicado a la teoría del espectadorcinematográfico en Le dispositif: approches métapsychologiques de l’impression de réalité, donde apuntaba aspectos que regulan la relación del espectador con la obra, por lo que tiene necesariamente efectos sobre quién recibe y, a continuación, sobre las sociedades. El dispositivo entonces se genera en un momento histórico dado y, consecuente con un acontecimiento, responde a una urgencia en determinado momento.

Gabriel Pulecio, Infinity V2 Playgrounds, 2016. Foto: ©Casa Hoffmann, 2021.
Perecedero, de Miguel Kuan, 2018. Ensamblaje. Foto: ©Casa Hoffmann, 2021
Jorge Barco, Oscilaciones planetarias, 2018. Cortesía del artista

Gabriel Pulecio realiza trabajos multidisciplinarios, innovadores y emocionales que sintetizan arte y tecnología; Perecedero (2018), de Miguel Kuan, es una obra que alterna su apreciación sobre el paisaje urbano y lo natural mediado por ruidos y saturaciones. Por su parte, Ricardo Arias, quien presenta en la muestra Endofonía (2019), se ha centrado en la improvisación con fuentes de sonido no convencionales, tanto acústicas como electrónicas, y ha explorado formalmente el desarrollo de instalaciones e intervenciones sonoras. Así mismo, Jorge Barco, en Oscilaciones planetarias (2018), reúne una serie de objetos sonoros derivados de sus investigaciones en torno a la “arqueología de los medios”, low tech y diseño especulativo; una obra que aborda relaciones entre la materia y el sonido, la ecología, la geología y la escucha como elementos para conectar con los orígenes cósmicos de la tierra.

Otros artistas como William Aparicio, Juan Cortés o Sonia Rojas, también enfocan una parte importante de su trabajo en preguntas sobre el clima, la explotación de los recursos, la relación del hombre con su entorno natural y el desarrollo masivo de la tecnología y los residuos electrónicos; material que sirve de insumo para el desarrollo de obras como los prototipos de nidos de Melissa Pareja, o los “robots obsoletos” de Juan Melo, quien “conceptualiza su trabajo partiendo de investigaciones que abarcan aspectos de la historia del arte y del comportamiento psicosocial, indagando en la angustia existencial como producto del devenir tecnológico en la vida cotidiana, humana y atómica (natural-artificial)”.

En segundo lugar, esta relación de mecanismos particulares (formales y discursivos) activan el mecanismo expositivo en tanto pedagogía y lúdica, sobre la complejidad experiencial de los espectadores en el museo, y, en tercer lugar, la experiencia puede ser compartida: hay un mensaje medular que cobra sentido cuando todos los elementos entran en funcionamiento, generando una onda transmisora que puede repercutir positivamente no solo en el arte, sino en otros aspectos de la sociedad. Esto, por supuesto, sin pretender que el arte vaya a salvarnos de las catástrofes que nosotros mismos causamos. El arte sí puede actuar en tanto dispositivo, como bien señaló Deleuze, como una máquina para hacer ver y para hacer hablar.

Vista de Tecnotrópico, MAC Bogotá. Foto cortesía ©Casa Hoffmann, 2021
Juan Melo, Paloquemao y Zaragozo. Chancletópodos (robots obsoletos 5-19 y 3-19), 2019. Robótica mestiza. Foto cortesía ©Casa Hoffmann, 2021.

Artistas participantes: William Aparicio, Karen Aune, Ricardo Arias, Jorge Barco, Carlos Bonil, Falon Cañón, Juan Cortés, Ana Escobar, Cristina Figueroa, Miguel Kuan, María José Leaño, Juan José López, Diana Medina, Juan Melo, Andrés Moreno Hoffmann, Andrés Felipe Ñáñez, Rocío Pardo, Melissa Pareja, Gabriel Pulecio, Pedro Ramírez, Sandra Rengifo, Sonia Rojas, Leonel Vásquez, Alejandro Villegas, Juan Suanca.

Ursula Ochoa

Vive y trabaja en Medellín-Colombia. Es candidata a Magíster en Estética de la Universidad Nacional de Colombia, donde obtuvo la Beca de Facultad. Tiene un pregrado en Artes Plásticas, estudió Periodismo Cultural y Crítica de Arte, Estética y Teoría del Arte del siglo XVIII en la Universidad de Cádiz, y ha estudiado sobre el pensamiento Estético en Friedrich Nietzsche y Aby Warburg en la Universidad Nacional de Colombia. Recibió la Mención Honorífica en el concurso de Ensayo sobre las Bienales de Arte de Medellín organizado por el periódico El Mundo y la Fundación Ángel Gómez en el año 2018, y en el año 2020 recibió el premio al mejor libro de ensayo “Una crítica incipiente”, con la editorial independiente Fallidos Editores.
Fue crítica de arte para la sección Palabra y Obra del periódico El Mundo (2013-2020), y curadora editorial de la revista EXCLAMA durante la realización del libro sobre arte contemporáneo colombiano PUNTO en el año 2019, donde también se desempeña como escritora de manera habitual. Actualmente escribe para la sección de Cultura de El Espectador, y se desempeña como asesora de proyectos de arte, curadora independiente y es cofundadora del proyecto Korai Art, una plataforma para la visibilización y venta de obras realizadas por mujeres artistas en Colombia.

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