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CUANDO NO HAY SOMBRA ES MEDIODÍA. LA ALINEACIÓN PERFECTA DE LOS TIEMPOS

Martes 15 de mayo, son casi las ocho de la noche, la temperatura es agradable en Santa Cruz de la Sierra y tengo que encontrarme en Nube Gallery con la curadora brasileña Juliana Caffé; nos reuniremos para conversar distendidamente sobre la exposición que inauguró recién, titulada Cuando no hay sombra es mediodía, que es el resultado de la investigación curatorial que realizó dentro del programa de Residencias de Kiosko 2020-2021.

Es su último día de estadía en Bolivia. Se despide con mucho aprecio del responsable de montaje Julio Vargas y de María Pereira, dos hábiles y laboriosos agentes que hacen bastante del trabajo invisible en las exposiciones. Juliana me confiesa que conoce más que nada lugares del centro, lo cual no me extraña, pues la ciudad no es muy accesible para los transeúntes fuera del centro. De modo que la llevo más allá del Casco Viejo, teniendo como meta algo ligero para cenar y un lugar tranquilo para conversar.

El poético título de la muestra sienta el tono de entrada: Cuando no hay sombra es mediodía. Evoca para mí al poemario de Jean Portante, El trabajo de la sombra. Sin embargo, en el caso de la exposición se trata más acerca del trabajo del sol interactuando en nuestras vidas, con una visión del tiempo que es mágica, reflejada en un reloj intervenido que se expone en el patio.

Vista de la exposición «Cuando no hay sombra es mediodía», en Nube Gallery, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2021. Foto: Andrés Bedoya
Rodrigo Braga, Punto cero #02 y #5, 2019, fotografía, 30 x 30 cm y 60 x 90 cm. Foto: María Pereira Salas

La exposición reúne veinte obras y diversos lenguajes, no luce cargada, de hecho podría decirse que es todavía algo sobria en el espacio, todavía un poco demasiado limpia y respetuosa del cubo blanco. Sin embargo, es una exposición de arte contemporáneo con letras mayúsculas, es decir, un cubo espacio-tiempo que plantea reflexiones del absoluto presente de Latinoamérica, del curso que sigue el continente con una visión económica extractivista y depredadora en su relación con la naturaleza. Y lo hace presentando obras de artistas brasileños, que la curadora ya conocía, junto con artistas bolivianos, que conoció en La Paz y Santa Cruz durante su residencia, guiada también por el aporte valioso de Douglas Rodrigo Rada, el director artístico de Kiosko Galería.

¿Leíste los textos?, es una de las primeras cosas que me pregunta Juliana. Para ella son importantes. Se refiere a una hoja de sala que recoge fragmentos de diálogos entre ella y el artista Frederico Filippi, otrora también residente en Kiosko (hace siete años).

Pienso que hay un malentendido sobre que es posible “destruir la naturaleza” o “dominarla”. Ella no se rinde, ella nos destruye antes que la destruyamos, lo transforma todo, crece alrededor. Hay cierta arrogancia en la idea del Antropoceno, que el hombre ha creado una era para que sea la suya. Me gusta el pensamiento tentacular de Haraway, las interacciones interespecies, los encuentros creativos y las construcciones colectivas.

Es uno de los fragmentos que retumba en esta hoja, principalmente por el contexto de pandemia global en el que vivimos. Brasil vive días más acuciantes aún por las variantes del virus que brotaron en ese país. “Somos humus y al humus volveremos”.

Performance de Iván Cáceres durante la inauguración de «Cuando no hay sombra es mediodía», Nube Gallery, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2021. Foto: María Pereira Salas
Daniel Steegmann Mangrané, Mask, 2021, hoja de Araribá y hoja de plata, 13 x 8,2 x 1 cm. Cortesía del artista
Andrés Bedoya, Moscas, 2021 (detalle de instalación), plata. Dimensiones variables. Cortesía del artista

Juliana Caffé traía consigo una conversación desde Brasil para este proyecto, pero al pisar suelo boliviano naturalmente se expandió; su propuesta nunca más se pudo recuperar de lo que le hizo Bolivia. Llegó al país en los meses, digamos, más suaves de la pandemia, y se maravilló al visitar La Paz, donde se reunió con la curadora María Isabel Villagómez y conoció a artistas que la impresionaron, como Iván Cáceres, Narda Alvarado, Santiago Contreras y Elvira Espejo.

Así el tejido de la exposición Cuando no hay sombra es mediodía se fue hilando de manera armoniosa sobre la marcha, caminando haciendo camino. En Santa Cruz quedó hechizada con los trabajos de artesanías indígenas que se encuentran en Artecampo y conoció las investigaciones en arte sonoro que realiza Oscar Sosa Ozzo con los guaraníes. A todos estos artistas los incluyó en la exposición. “Es un país mágico Bolivia, tiene tantas cosas que sólo se pueden encontrar aquí, eso es especial”, reflexiona.

Rodrigo Rada preguntó a Juliana en el conversatorio virtual que Kiosko realizó ese mismo día, si notó diferencias entre trabajar con artistas brasileños respecto de trabajar con artistas bolivianos, a lo que ella respondió: “No, no noté. Sí hay diferencias, pero creo que son de cada persona, no en cuanto a artistas brasileños o bolivianos, sino en cuanto a individuos”. Esta respuesta perfiló la consciencia que tiene de lo político dentro del arte, una pluralista a la que le interesan más los lugares de encuentro antes que los contornos bien definidos de las identidades o de las ilusorias nacionalidades.

En esa respuesta revela su deseo de no reproducir un pensamiento dualista, sino más bien inmanente, donde lo que existen no son tanto sujetos sino individualidades no subjetivadas, multiplicidades, agenciamientos colectivos de enunciación antes que sujetos autores del discurso. Lo noto también al ver que la conversación que tiene con Frederico Fillipi no distingue nombres, no son personas, sino que son pensamientos dialogando, ellos dos se han convertido en un tercero, que es quien ha curado la muestra. De esta forma, Cuando no hay sombra es mediodía no es algo que la curadora dice, sino que es algo que se dice, un enjambre de luces que se cruzan en el escenario en un tramo de la vida en que compartieron intereses y aspiraciones.

Vista de la exposición «Cuando no hay sombra es mediodía», en Nube Gallery, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2021. Foto: Andrés Bedoya
Renata De Bonis, La luna, un faro, 2021, 16 pinturas, óleo y cera sobre papel, 18 x 15 cm cada una. Foto: María Pereira Salas
Renata De Bonis, La luna, un faro, 2021 (detalle), 16 pinturas, óleo y cera sobre papel, 18 x 15 cm cada una. Foto: María Pereira Salas
Frederico Filippi, Horror Vacui, 2021, dibujo, óleo y carbón sobre lienzo, 110 x 161 cm. Foto: María Pereira Salas
Cildo Meireles, El Árbol del dinero (1969-2021),100 billetes de diez pesos bolivianos. Cortesía del artista. Foto: María Pereira Salas
Frederico Filippi, Retrasados, 2021, mármol grabado, 43ø x 15 cm. Foto: María Pereira Salas

La obra de Cildo Meireles El Árbol del dinero (1969) se conjuga en el espacio con los tejidos colgantes de las Tejedoras del Isoso Sumbi Regua. Es solamente una manera de ver y de pararse en la sala. Meireles expone 100 billetes de diez pesos bolivianos posados en el pedestal. El valor de la obra: 20 mil pesos bolivianos. Arte conceptual en su mejor estado de forma, un gesto artístico travieso e inteligente. Satiriza muchas cosas, como lo ilusorio que es el valor del dinero, pero también critica la vida de la obra de arte como mercancía al interior del sistema del arte, por lo menos en los países donde se puede decir que existe un mercado para el arte.

En el fondo, se observa la fuerte imagen de unos textiles que normalmente son considerados artesanías, y que se venden como decoración. ¿Pero qué divide esencialmente a estos productos de eximio talento manual respecto de obras de arte llamado contemporáneo? Nada más que unas convenciones, una confusión, como muchas otras que existen, incluyendo el mito mismo de la fundación de América Latina, donde los que llegaron a conquistar las tierras llamaron indios a los nativos, solamente por una desorientación geográfica.

En esencia, esta es una exposición de series de ideas-dialogadas, ubicadas en diferentes capas o secuencias. Recomiendo a los visitantes que, cuando la vean, no se centren solamente en ver obras, sino en ver bloques, ver cómo una se conecta con la otra alrededor, hacer sus propias relaciones. Encontrar una obra con la que se sientan más relacionados, y empezar a tejer por ahí.

Juliana recalca el valor que tiene la Residencia de Kiosko en el contexto de Latinoamérica, puesto que “existen muy pocas residencias artísticas consolidadas, y la de Kiosko es una de las pocas que paga a los artistas que vienen, mientras que en la mayoría de las residencias que existen, es el artista el que tiene que pagar para poder entrar en ellas”.

Finalmente, la sensación de esta exposición, y después de haber conocido a Juliana, es de que todos los acontecimientos, la plataforma, el contexto social-político-sanitario y las personas que tenían que estar para que saliera a luz este proyecto se alinearon en el momento adecuado, se encontraron, y creo que eso es lo que simboliza el performance realizado por Iván Cáceres en la inauguración (La naturaleza no crece, brota): una suerte de ritual donde se formó un círculo, el artista propuso un lazo entre los presentes y luego invitó a pasar por un portal imaginario a los visitantes. Era una manera de pedir permiso a las fuerzas invisibles que gobiernan nuestros territorios, donde las creencias acerca de los guardianes de la tierra son tan arraigados, principalmente en las zonas rurales, en el Chaco, en las montañas, en la Amazonía, en las pampas.

Vista de la exposición «Cuando no hay sombra es mediodía», en Nube Gallery, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2021. Foto: María Pereira Salas
Vista de la exposición «Cuando no hay sombra es mediodía», en Nube Gallery, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2021. Foto: María Pereira Salas
Vista de la exposición «Cuando no hay sombra es mediodía», en Nube Gallery, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 2021. Foto: María Pereira Salas

Cuando no hay sombra es mediodía se podrá ver en Nube Gallery (Calle Arenales # 319, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia), del 14 de mayo al 16 de julio de 2021.

Participan Andrés Bedoya, Charles Bicalho e Isael Maxakali, Cildo Meireles, Daniel Steegmann Mangrané, Elvira Espejo Ayca, Frederico Filippi, Iván Cáceres, Janaina Wagner, María Pankararu y Sebastián Gerlic, Narda Alvarado, Noara Quintana, ozZo Ukumari, Renata De Bonis, Rodrigo Braga, Runo Lagomarsino, Santiago Contreras Soux, Tejedoras del Isoso Sumbi Regua, Thiago Rocha Pitta.

Jorge Luna Ortuño

Nació en La Paz, Bolivia, en 1980. Abandonó sus estudios en Ingeniería Civil para dedicarse al estudio de la filosofía y la literatura. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad Mayor de San Andrés. Autor de los libros Pensamiento inalámbrico, Plural Editores, La Paz (2012) y de la investigación Lorgio en los anillos. Murales en relieve cerámico realizados por Lorgio Vaca en Santa Cruz de la Sierra, CCP (2019). Se desempeña en el campo de la investigación artística y cultural, el periodismo cultural y la gestión de plataformas de transferencia de conocimiento para la potenciación de escenas locales. Trabaja en la gestión de las artes, desde la institución pública, en el Centro de la Cultura Plurinacional de Santa Cruz de la Sierra. Quedó cautivado por el arte contemporáneo al realizar un reportaje sobre la Bienal SIART de La Paz el año 2009. Actualmente investiga las condiciones de posibilidad de un arte del presente, examinando el rol del contexto y del espacio como agente activo en la experiencia artística del escenario local, como parte de una crítica a la ideología museográfica del cubo blanco.

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