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TRES MUESTRAS DEL CIRCUITO EXPOSITIVO ‘MUSEO SIN MUSEO’, ANTOFAGASTA, CHILE

El Festival de Arte Contemporáneo SACO, que a partir de su próxima edición pasa a convertirse en Bienal, se ha estado realizando anualmente desde el 2012 en Antofagasta, instaurando en esta región desértica del norte de Chile un núcleo permanente de reflexión, crítica y diálogo interdisciplinar a través del encuentro entre artistas, expertos y público.

El territorio desde el que opera SACO, marcado por la inexistencia de escuelas de arte y un frágil ecosistema institucional dedicado al arte contemporáneo, ha sido activado a través de exposiciones, talleres, residencias, charlas y una convocatoria anual internacional, en los que participan artistas y gestores culturales de distintas partes del mundo.

A través de su iniciativa Museo sin Museo, SACO ha logrado establecer y activar un circuito expositivo en distintos lugares de la ciudad de Antofagasta y en San Pedro de Atacama. En esta, su novena edición, se han realizado un total de siete exposiciones dentro de este programa, a las que se puede acceder presencialmente o de manera virtual en su página web, a través de textos, entrevistas, registros visuales y audiovisuales, y recorridos en 360°.

En este post destacamos tres exposiciones: Desterrada, de Simone Cortezão (Brasil) y Jahir Jorquera (Chile), curada por Francisca Caporali (Brasil); El silencio es más fuerte que el ruido, de Pablo Saavedra Arévalo (Chile); y Ventanas, con Cristina Dorador (Chile), Sebastián Rojas (Chile), Graciela González (Bolivia), Gastón Bailo (Argentina), y Fernando Montiel Klint (México), bajo la curaduría de Sebastián Rojas.

Vista de la exposición «Desterrada», de Simone Cortezão y Jahir Jorquera, Salón Chela Lira, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Vista de la exposición «Desterrada», de Simone Cortezão y Jahir Jorquera, Salón Chela Lira, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Vista de la exposición «Desterrada», de Simone Cortezão y Jahir Jorquera, Salón Chela Lira, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO

DESTERRADA

Simone Cortezão (BR) | Jahir Jorquera (CL)
Salón Chela Lira, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile
Del 18 de noviembre de 2020 al 28 de febrero de 2021

“Zonas de resaca” es el término acuñado por Simone Cortezão para definir el impacto del extractivismo de las grandes industrias en los lugares físicos donde se instalan, espacios en donde la actividad económica abstracta encuentra su materialidad en tortas de desechos minerales, desperdicios y la sobreexplotación de los territorios, en el desempleo, la dilapidación del paisaje y los efectos negativos de sistemas productivos que han arrasado con la geografía y las personas que habitan en ella.

Esta cineasta, artista visual e investigadora brasileña estuvo en Antofagasta durante casi todo el mes de enero de 2020, invitada a la residencia Arte & Minería en un intercambio posible gracias a la alianza entre SACO y el Centro de Residencias JA.CA de Belo Horizonte (Brasil), lo que posibilitó su estadía en una de las regiones de Chile más afectadas por el impacto del extractivismo industrial, materia que Simone viene trabajando en sus películas y obras visuales desde hace varios años.

Cortezão tiene una maestría en Artes Visuales por la Universidad de Minas Gerais y un doctorado en Artes Visuales por la Universidad Estatal de Rio de Janeiro. Entre el film y las artes visuales, desarrolla trabajos con la creación de narrativas en formato de docu-ficción y sus conexiones entre la memoria y la amnesia de las ciudades, los paisajes entrópicos, la ecología, la geología y la economía. Escribió, dirigió y produjo varias obras, mostradas y premiadas a nivel nacional e internacional, siendo Navíos de tierra, estrenado en 2018, su primer largometraje.

Graduado en Diseño Gráfico en la Universidad de Antofagasta y maestro en Fotografía Contemporánea, Jahir Jorquera desarrolla actualmente un análisis crítico de la imagen colectiva responsable de dar forma a los pensamientos e ideologías de la sociedad moderna, cuestionando los sistemas culturales, sociales y políticos. A través de elementos como la autobiografía, la memoria y la identidad, tiene la intención de abordar los problemas colectivos a través del reconocimiento del otro.

Actualmente, su investigación aborda el patriarcado como un sistema de poder masculino, cuyo papel en la sociedad ha desencadenado la violación de los derechos humanos y la extracción masiva de recursos ambientales en Chile y en todo el mundo.

“Mi objetivo es hablar sobre el patriarcado vinculado a la memoria y la autobiografía para cuestionar el modelo capitalista como un sistema excesivamente extractivo y que viola los derechos humanos. Veo este fenómeno como un abuso de lo masculino sobre lo femenino. Belo Horizonte ya tiene dos accidentes importantes causados ​​por la minería irresponsable del territorio, que causó la contaminación de los ríos y la muerte de personas y animales. A través de mi trabajo artístico, observación y conexión con el medio ambiente y la comunidad, mi objetivo es abordar la muerte del planeta y la forma en que el patriarcado y el capitalismo están matando a la madre tierra y la vida que existe aquí”.

Vista de la exposición "Desterrada", de Simone Cortezão y Jahir Jorquera, Salón Chela Lira, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Vista de la exposición «Desterrada», de Simone Cortezão y Jahir Jorquera, Salón Chela Lira, Universidad Católica del Norte, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO

Por Francisca Caporali | Curadora

Jahir Jorquera nació en María Elena, ciudad que se define con orgullo como la última ciudad salitrera del mundo, mientras que Simone Cortezão es una artista mineira, al igual que yo. Llevamos en nuestras identidades la actividad económica que marca la historia del estado donde nacimos, Minas Gerais, Brasil.

El contexto de las actividades extractivas, así como las contradicciones que impone en la vida de quienes habitan en regiones que dependen económicamente de ellas, es tan fuerte que la actividad se mezcla con la cultura e identidad.

Esta muestra es el resultado del desplazamiento de estos dos artistas. Simone viajó de Brasil a Chile en enero del 2020 y Jahir tomó la ruta opuesta, en marzo del mismo año. Sus viajes fueron el resultado de una cooperación de JA.CA – Centro de Arte y Tecnología con el Festival SACO, y buscó que los artistas construyeran reflexiones sobre los territorios de Jardim Canadá y Antofagasta. El intercambio pretendía reflexionar sobre el fracaso de un contexto marcado por el colapso del modelo de explotación y su impacto en poblaciones que viven en constante estado de alerta.

En sus viajes los artistas buscaron, más que cuestionar la actividad minera, comprender cómo sus experiencias y vivencias se relacionan con un paisaje tan diferente y a la vez reconocible.

Los paisajes hermanos de estos dos lugares del sur del mundo se construyeron sobre las fotografías de Simone, ventanas que acercan Minas a Antofagasta, y donde difícilmente se distingue uno u otro. Los dípticos sugieren el impacto de siglos de despojo de tierras, y nos ofrecen trazos de cómo las instalaciones se vuelven efímeras ruinas sin historia en ambos puntos. Simone buscó rastros de vidas pasadas para comprender momentos vividos, creando un pequeño álbum fotográfico donde una secuencia de fotos llena algunos de los espacios reclamados por el polvo del desierto.

Durante su estadía en Jardim Canadá, Jahir se propuso desenterrar recuerdos familiares y referencias de su propia historia de vida en la cultura brasileña. Nombrado en honor a uno de los jugadores famosos de los ochenta, Jairzinho, el artista llega a Brasil en un momento en que su nombre adquiere nuevas dimensiones para su población. “É melhor JAIR se acostumando!” («¡Será mejor que te acostumbres a JAIR!») fue una de las frases que marcó el convulso proceso electoral en que resultó elegido Jair Messias Bolsonaro como presidente de Brasil. Con la elección del nombre, el padre del artista esperaba reflejar la destreza deportiva y la virilidad del homenajeado en su hijo, aspectos de la cultura patriarcal que marcan nuestras identidades nacionales.

El viaje del artista chileno se vio interrumpido abruptamente por la propagación del virus en ambos países. A Simone y a mí se nos hizo imposible regresar a Chile para participar del montaje de esta exposición. En este contexto pandémico, entendemos que se vuelve más urgente repensar la forma en que nos relacionamos con la tierra, con los territorios y con el impacto de todo lo que, en la contemporaneidad, se mueve velozmente por en el mundo: capital, materia, personas y virus.

Vista de la exposición “El silencio es más fuerte que el ruido”, de Pablo Saavedra Arévalo, Fundación Minera Escondida, San Pedro de Atacama, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Vista de la exposición “El silencio es más fuerte que el ruido”, de Pablo Saavedra Arévalo, Fundación Minera Escondida, San Pedro de Atacama, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Vista de la exposición “El silencio es más fuerte que el ruido”, de Pablo Saavedra Arévalo, Fundación Minera Escondida, San Pedro de Atacama, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Vista de la exposición “El silencio es más fuerte que el ruido”, de Pablo Saavedra Arévalo, Fundación Minera Escondida, San Pedro de Atacama, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO

EL SILENCIO ES MÁS FUERTE QUE EL RUIDO

Pablo Saavedra Arévalo (CL)
Fundación Minera Escondida, San Pedro de Atacama, Antofagasta, Chile
Del 3 de diciembre de 2020 al 28 de febrero de 2021

Por Iván Ávila

Atardece en San Pedro de Atacama. En el terreno abierto de la residencia La Tintorera, ya están ubicados los quince asistentes al taller que el artista sonoro Pablo Saavedra Arévalo ha preparado durante tres semanas viviendo en el oasis.

Pablo trató de evitar preconcepciones y prejuicios sobre el territorio que vino a explorar. Eso le permitió un acercamiento más directo y libre a los sampedrinos (originarios y radicados) que contribuyeron a su proceso de investigación en terreno y colaboraron con las entrevistas informales que realizó. Varias de las personas que conoció en ese recorrido están en La Tintorera, listas a participar de esta experiencia que tiene su primera parada en un domo abierto, hecho de barro y madera.

Pablo explica a los asistentes, cuyas edades fluctúan entre los 8 y los 70 años, que este es un ejercicio de descubrimiento de los sonidos del ambiente, artificiales y naturales, y de los que nosotros mismos generamos. Es por eso que, al interior del domo, en círculo, los participantes guardan silencio por un par de minutos, revelando que la aparente quietud del espacio no es tal: está llena de sonidos que proceden del movimiento de plantas, árboles, animales, insectos y los vehículos que se desplazan por el entorno.

En seguida, Pablo “corona” a cada uno con un aparato hecho de cartón y huinchas plásticas instaladas a modo de antenas. Luego, todos se dispersan en diversas direcciones por el espacio campestre, tocando con estas extensiones muros, troncos, tierra, mobiliario. Mediante vibraciones descubren el sonido que cada elemento emite al ser estimulado. La conclusión es que casi todo lo que nos rodea es capaz de provocar respuestas sonoras y nosotros, de procesarlas.

El siguiente ejercicio consiste en la utilización de micrófonos de contacto para escuchar sonidos imposibles de percibir de otra manera. Estos son amplificados por un parlante que el artista encontró en un basural clandestino, dándole un nuevo uso para este laboratorio. De este modo, los asistentes perciben cómo cada material reacciona y emite efectos acústicos totalmente diferentes, dependiendo del estímulo al que son sometidos botellas, ollas, embudos y madera, entre otros.

Pablo trabajó con los que llamó “vestigios del futuro”, elementos de uso común desechados por los habitantes de San Pedro, que en algún momento pasarán a formar parte de las capas geológicas del desierto y quizás, en cientos o miles de años más, serán analizados por los arqueólogos del futuro. Con calaminas, teteras, una estufa y platos, construyó una instalación de unos tres metros de longitud y metro y medio de alto. La última parte del laboratorio consistió en provocar resonancias en esta estructura al arrojarle el fruto de los chañares que pueblan La Tintorera. En una acción casi catártica, los participantes “atacan” con los chañares, cuya forma y textura es similar a la de los dátiles que dan las palmeras en la costa, convirtiendo poco a poco el ejercicio en una sinfonía de percusiones de escalas atonales.

“Lo que hizo él encaja perfectamente en este espacio de encuentro intercultural”, dice Verónica Moreno, anfitriona de La Tintorera y participante del laboratorio. “Aquí buscamos comprender al otro en su manera de ver la vida, de sentir, de percibir la naturaleza y el espacio donde vive”. “Me decían que el desierto y su silencio te obligaban a escucharte a ti mismo. Cuando no hay ruido, efectivamente te escuchas a ti mismo, físicamente: se hace consciente la respiración, es posible escuchar los latidos del corazón. Entonces, esa afirmación era cierta desde el punto de vista místico y sanatorio, pero también desde el punto de vista físico, como fenómeno de propagación del sonido. Esa sensación de vacío te ayuda a escucharte a ti mismo y a escuchar pequeñas cosas, como granos de arena chocando contra la madera. Lo que pasa es que en la ciudad nunca hay silencio, siempre hay un sonido más lejano que oculta ese silencio que viene del desierto”, concluye Pablo.

Vista de la exposición “Ventanas”, con Cristina Dorador, Sebastián Rojas, Graciela González, Gastón Bailo y Fernando Montiel Klint. Centro Cultural Casa Azul, Eduardo Orchad 1615, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Fernando Montiel Klint en “Ventanas”, Centro Cultural Casa Azul, Eduardo Orchad 1615, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Cristina Dorador en “Ventanas”, Centro Cultural Casa Azul, Eduardo Orchad 1615, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO
Gastón Bailo en “Ventanas”, Centro Cultural Casa Azul, Eduardo Orchad 1615, Antofagasta, Chile, 2020-2021. Foto cortesía de SACO

VENTANAS

Cristina Dorador (CL) | Sebastián Rojas (CL) | Graciela González (BO) | Gastón Bailo (AR) | Fernando Montiel Klint (MX)
Centro Cultural Casa Azul, Eduardo Orchad 1615, Antofagasta, Chile
Del 21 de noviembre de 2020 al 28 de febrero de 2021

Por Sebastián Rojas

Un rayo de luz entra por la ventana mientras en el exterior el mundo se cae a pedazos. Vemos cómo se desprende cada trozo en vivo a través de Facebook, y me gusta. La realidad siempre mediada por un otro: artefacto, cámara, pantalla, alimentados probablemente por una batería de litio, mineral explotado de las entrañas del desierto de Atacama. El desierto desangrándose por la cultura tecno-científica, desangrándose para financiar la política, desangrándose para mantener el poder, desangrándose para unos pocos, agonizando frente a nuestros ojos en cautiverio. Un cerro desaparece y nadie dice nada.

Las ventanas iluminan nuestro espacio íntimo, pero también miran hacia el exterior y develan los rincones de nuestro hogar, las manchas, los escombros, el polvo debajo de las alfombras, el espacio familiar. Aquella prolongación del pensar en comunidad se transforma y queda al límite de ser una cárcel blanda. Cuando el tiempo estuvo suspendido en la nada nos dimos cuenta de la importancia de pensar en el ser, de volver a reconectarnos con nuestro interior, porque en el exterior ––fiel copia de la cultura de la anulación– todo se cancela, se derrumba, se funa, se posterga, se elimina.

Después de la cárcel blanda no seremos los mismos. Volvimos a reorganizar las fronteras, los nuevos límites mediados por algoritmos nos transforman en mitad humano, mitad máquinas. La realidad vista desde una pantalla, que en algún momento de la cuarentena me pareció el rostro de un amigo.

La crisis nos puso en pleno rostro el devenir de nuestra sociedad, la locura de un sistema donde la velocidad y la eficacia lo son todo, mientras la salud queda a un costado acumulando cuerpos en bolsas plásticas.

Gastón nos habla de la agonía, Sebastián no dice nada, Graciela reflexiona sobre el espacio íntimo, Cristina se cuestiona el paisaje y Fernando piensa en el futuro. Cada uno desde su propia vereda, desde su propia frontera, desde su propia ventana.

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