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CRISTÓBAL CEA: «¿CÓMO SIENDO LATINOAMERICANOS Y POR DEFINICIÓN MESTIZOS NO SABEMOS HIBRIDAR LO VIRTUAL CON LO REAL?”

Por Carol Illanes y Vania Montgomery

Ingresar a la exposición La cosa extendida de Cristóbal Cea (Santiago, 1981), luego de meses de pandemia, encierro y visionado de exposiciones de arte remotas, se percibe como un impacto atenuado hacia la realidad física y por fuera de la pantalla: por una parte, volvemos a chocar con elementos tangibles, que están dispuestos en la sala de Galería NAC, y a tener que desplazar nuestros cuerpos alrededor de las obras, bajo una cadencia de pasos presenciales que se rigen por las leyes de gravedad, en una zona diferida a los clicks del mouse.

Por otra parte, bajo un ejercicio que mitiga dicha colisión, nos encontramos con una serie de elementos (pantallas, cables, pinturas, dibujos) que albergan componentes orgánicos, sin orden jerárquico establecido y extendidos por el espacio. En suma, entrar y volver a observar el cuerpo de los objetos, pero con ello retornar a su transmisión digital, ilusoria e ingrávida de las imágenes, cuya composición inmaterial caracteriza el corpus de obra de este artista.

Cristóbal Cea, Simón Gil de Castro (video); y Divididos (pintura), 2020. Cortesía del artista y Galería NAC

Carol Illanes & Vania Montgomery: Explícanos el o los procedimientos de traducción mutua entre la pintura e imagen digital que ocurrieron en esta muestra.

Cristóbal Cea: De chico confundía arte con pintura, y ya de más mayor al entrar a la Escuela de Arte quería ser pintor: mi examen de grado eran pinturas enmarcadas, ¡imagínense!. Pero una vez egresado no pinté nunca más, entendí que no tenía buenas motivaciones para seguir pintando y que me interesaba más explorar otros lenguajes visuales menos hegemónicos, pero de uso masivo: como el CAD y el 3D.

De todas formas, mi aprecio por la pintura siempre existió. Creo que mucho de mi trabajo con 3D lo aprendí por haber pintado y, por otra parte, hay una temporalidad que es muy valiosa en relación a lo digital: lo digital oculta el error, y la pintura -como el vinilo- lo deja ser, ¡un medio vintage!

Los medios digitales no me interesaron por ser más nuevos que los medios tradicionales: simplemente me parecía que no tenían la carga de discursos preestablecidos de la pintura o la escultura, y en este sentido, eran medios de mayor libertad. Y así como aprendí a armar imágenes 3D desde un interés por la pintura, también terminé aprendiendo pintura a partir de programas como Substance Painter.

Y resultó que hace un par de años encontré, después de mucho tiempo, la excusa perfecta para volver a pintar. Es muy técnica, pero trataré de explicarlo lo más simplemente posible: un modelo 3D está hecho de puntos que existen en un mundo tridimensional, pero estos puntos existen simultáneamente en otro mundo que es bidimensional. A esto se le llama proyección, y esta proyección –al igual que un mapa de la tierra– es algo que tú puedes definir como quieras, y esto me pareció muy bonito.

Pensé entonces, ¿y qué pasa si es que hago esta proyección, este mapa, de forma que represente algo así como el inconsciente de la animación? Y me puse a dibujar estos mapas (se llaman mapas UV), para después proyectarlos, pintarlos y finalmente devolverlos al 3D.

Un gran enredo, pero estoy muy contento con haber encontrado una forma de hacer una pintura que funcione como el inconsciente de una animación 3D… Como su pasado o su trauma ¿no?

Cristóbal Cea, Divididos, 2020. Acrílico y óleo sobre tela, 100 x 100 cm. Cortesía del artista y Galería NAC

«Me gusta mucho pensar en que las ideas tienen también su sexualidad, y que es importante dejar que bueno… tengan sus propias relaciones sexuales muy diversas y meméticamente saludables»


CI & VM: Cuéntanos qué significa hacer una “muestra tecnológicamente mestiza” que, entendemos, fue algo que te propusiste.

CC: Esto más que algo que me haya propuesto la verdad es que fue algo que me encontré mientras trabajaba en la muestra. Me parece nefasto creer en cualquier noción de pureza, y el mismo proceso de hacer estas pinturas y animaciones fue el de ver ideas expresarse en un medio, para luego cambiar cuando pasan a otro medio, y así sucesivamente. Me gusta mucho pensar en que las ideas tienen también su sexualidad, y que es importante dejar que bueno… tengan sus propias relaciones sexuales muy diversas y meméticamente saludables.

Y de ahí, trabajando en esto durante la pandemia y viendo esta obsesión por el museo virtual como copia pobre de lo real, la verdad es que me dio rabia. ¿Cómo puede ser que siendo latinoamericanos y por definición mestizos no sepamos hibridar lo virtual con lo real? ¿Qué sigamos insistiendo en que lo virtual sea valioso por su parecido a lo real o por su autonomía perfecta? Me resultaba imposible no pensar todas las veces que nos encontramos o encontramos lindo algo de aquí porque se parece a algo lindo del primer mundo. Absurdo.

Entonces pensé en esto de lo tecnológicamente mestizo: tiene todo el sentido que en nuestra condición biológica, física y cultural sepamos hacer las paces con la realidad como un tema híbrido, que no es ni virtual ni real, ni europeo ni indígena, ni nuevo ni viejo, sino todo junto.

Y claro, luego de la pandemia y con la muestra calendarizada, Constanza, mi pareja, me dijo que probablemente la inauguración no iba a ser como antes, entonces todo calzó y de ahí que sea una muestra que se experimente de forma complementaria: como virtual y como física, con el livestream por YouTube que está montado en la muestra, y a través del cual puedes chatear con quienes están físicamente presentes.

Cristóbal Cea, La Fundación (pintura); y Corazón (video), 2020. Cortesía del artista y Galería NAC

CI & VM: Nos encontramos en un momento crítico para la vida humana, donde tal como apunta Judith Butler, los gobiernos llegaron al consenso de que la salud de la economía es más importante que la salud de las personas. Esto nos lleva a que día a día las muertes sean graficadas mediante una curva, que modifica sus ondulaciones y se vuelve aceptable una vez que se estanca en una medida horizontal, es decir, cuando logra convivir con una cantidad de muertes diarias. La sustracción de la vida y la ausencia de los cuerpos desfallecidos, entonces, son visualizados mediante porcentajes, gráficos y estadísticas en la opinión pública, alejándose de la pérdida y significación individual que conlleva cada una de esas muertes. Bajo este escenario, durante el encierro se nos informaba día a día de un descuento de cuerpos vivientes, donde la magnitud real de esta situación –en la suma de cada cuerpo restado– se volvía invisible e incluso imaginaria, dado que no se trataba de personas individuales cuya latencia ya no podíamos ver, sino de números que crecen día a día tras la proyección de una pantalla.

En esa línea, La cosa extendida funciona como una suerte de retorno al cuerpo humano, el que además se presenta como un cuerpo virtual y desmaterializado, con la posibilidad de visualizar sus órganos abiertos gracias a esa misma condición inerte y digital que lo compone. Bajo estas ideas ¿cómo entiendes la vuelta al cuerpo en las obras de la exposición?

CC: En varios niveles. Primero, en aceptar el curso de las cosas; yo tenía un proyecto armado el año pasado y dejé que cambiara de la misma forma que a veces el cuerpo te pide una cosa y tienes que hacerle caso. No puedes no leerlo, creo que estamos muy habituados a hacernos los tontos con lo que pide. Uno es una entidad capaz de proyectar, pero no es saludable someter la fisicalidad a la proyección.

Y de ahí un familiar muy cercano, que me regaló la mitad de su cadenita de ADN, se enfermó de COVID muy grave. Pensó en un principio que tenía un resfrío nada más, que mi familia estaba exagerando, y toda esta persistencia de no querer escuchar se manifestó con muchísima elocuencia cuando amaneció en coma inducido conectado a un ventilador mecánico.

Se me vino el mundo abajo, y lo pensé: su corazón, su boca, sus dientes y sus pulmones apenas respirando. Me pregunté cuánto medía su cuerpo extendido -lo dibujé ahí, sin cuerpo-, porque en esos momentos es como si solo existiesen sus pulmones, índices de saturación y otros datos abstractos mientras los cuerpos son invisibles.

Y vi gente llorar frente a un hospital. Una amiga me contó que se tuvo que despedir de su madre por Zoom, y me aterró la enorme cantidad de duelos y dolores invisibles. Eso fue una tragedia emocional espantosa.

Apareció entonces una pregunta por los espacios de arte: funcionando apenas, casi por inercia.

Entonces pensé la galería, rayada por fuera y vacía por dentro, y ahí adentro puse el cuerpo que pensé, de todas las formas que lo pensé anteriormente: que pensé digital, pintado y electrificado; supongo que porque necesitaba verlo.

Cristóbal Cea, Cadena de Oración, 2020. Acrílico sobre tabla, 20 x 20 cm. Cortesía del artista y Galería NAC

«Me trae mucha paz entender que hacer arte hoy tiene más de co-temporaneidad que contemporaneidad, que puede funcionar en registros de diferentes tiempos y materialidades, que puede aspirar a ser abierto y no cerrado, y que la suma de todas estas posibilidades encierra el final del tiempo lineal, el cual no es creado sino especulado, predecido pero no producido»


CI & VM: Hay una constante en tu trabajo de buscar enfrentar la imagen con lo que ella esconde, de destapar las tramas de su inocencia más allá de sus referentes iniciales. Teniendo esto en consideración, ¿qué es lo que se quiere entrever por medio de este cuerpo fragmentado en órganos que se extienden sobre el espacio de la galería?

CC: ¡Una carnicería! La primera demostración pública de anestesia fue en el siglo XIX: el paciente se sometió a la anestesia, lo abrieron ante la sorpresa del público, pero lamentablemente la dosis no estaba bien calculada (el procedimiento era experimental) y el paciente despertó ante el horror de contemplar sus interiores.

Yo necesito hacer obras que me hagan ver lo que a veces –por hábitos sociales y formativos-, no quiero o no puedo ver: y dibujar este cuerpo fragmentado en distintos medios fue para mí una herramienta para sondear estas cosas difíciles de nombrar.

Y lo que vi son conflictos raciales sistémicos de larguísima data, una cultura monolítica saturnina que se niega a ver lo que es evidente, y un mundo en donde el cuerpo social está tan fragmentado como el de ese grabado de los Desastres de la Guerra de Goya.

No son imágenes bonitas, pero para mí es importante desde estas imágenes empezar a darle cuerpo a temas que hoy parecen ensombrecidos por la ceguera o encandilados por la certeza.

Vista de la exposición "La cosa extendida", de Cristóbal Cea, en Galería NAC, Santiago, Chile, 2020. Cortesía del artista
Vista de la exposición «La cosa extendida», de Cristóbal Cea, en Galería NAC, Santiago, Chile, 2020. Cortesía del artista

CI & VM: Históricamente en Occidente podríamos decir que la pintura tuvo su mejor momento en la Contrarreforma: cuando debía ser capaz de “dar cuerpo a Cristo”. Si el lenguaje pictórico se sigue renovando en su cuestionamiento de la representación y el cuerpo, ¿habrá un ejercicio ritualístico de corporizar en el acto de pintar?

CC: Qué bueno eso que dicen de la Contrarreforma. Le he estado dando varias vueltas al asunto: instituciones que antes ostentaban un monopolio de autoridad sobre la educación (universidades) y la cultura (museos, cines, teatros) hoy no la tienen y se despertaron de golpe a la necesidad de aplicar una lógica de reencantamiento a partir de exacerbar zooms, streamings y “3D” en circunstancias que estas son herramientas que habían sido ampliamente utilizadas por ceramistas, dibujantes, tatuadorxs, artistas 3D y una serie de otros agentes culturales sin reconocimiento institucional.

Entonces, de golpe y porrazo, sucedió que la institucionalidad cultural se metió en este ámbito con la intención de “llevar la cultura a nuevas plataformas”, pero ya existía cultura en estas plataformas, se había desarrollado sin necesidad de museos, digamos.

Lo cual me lleva a lo que dices del lenguaje pictórico: en redes sociales la pintura se reinventó hace rato y parece como si la institucionalidad cultural –museal, educacional– no se hubiese percatado, y esta reinvención creo que tiene que ver justamente con el cuerpo como materialidad, temporalidad y también como imagen.

Pintores que pintan para redes sociales y se muestran a sí mismes ejerciendo la acción de pintar: en algunos casos me parece un poco ridículo, sigo muchas cuentas de artistas que se toman fotos con un pincel en la boca semidesnudos con una pintura al fondo y me pregunto si eso es una especie de cosplay pictórico. Pero, en fin, no deja de ser importante ese giro hacia la figura de artista como alguien que hace arte y no, como sucede demasiado en Chile, de artista como especialista en encontrar razones y motivos para no hacer arte.

En fin, hasta Damien Hirst ha entendido que la pintura –como otros medios vintage que sobreviven por su valor como experiencia– se transformó en un género dentro del cosmos digital, y sus posteos son básicamente él pintando y manchándose.

Hay un tema ahí de recuperar la coherencia entre trabajo y oficio, y esto, como señalan, implica un interés por la dimensión ritual de la creación; la cual no es otra cosa que el reencantamiento del mundo que nos rodea, a través de una experiencia práctica y sensible que, sostenida en el tiempo, te permite volver a conocer el mundo de otra forma: re-conocerlo.

En un momento como éste, donde no hay claridad sobre el futuro y vivimos en un contexto político y social que parece funcionar más por inercia que por entusiasmo, creo absolutamente que ese potencial de reencantamiento es la razón por la cual hacer arte, en cualquiera de sus formas, es hoy importantísimo. El arte puede producir muchísimas más cosas de lo que imaginamos, entre ellas un futuro impredecible.

Cristóbal Cea, La Cosa Extendida, 2020. Simulación de Galería en Motor de Videojuegos. Cortesía del artista y Galería NAC

«Curiosamente en el ‘mundo del arte’ parece haber una especie de obsesión por la actualidad, la pureza y lo objetual que no se da en otras disciplinas y que tiene algo de absurdo: las imágenes siempre se están desvaneciendo, cargando y reinventando, y ciertamente tienen la capacidad de coexistir y transitar entre distintos medios y tiempos»


CI & VM: Pintura de historia, surrealismo, “naturaleza muerta”… hay por lo menos tres géneros citados en los trabajos que conforman la muestra (capas del yo entrelazados, órganos abstraídos como vanitas, personajes y escenas históricas). Cada una trata el tiempo, la representación y el relato de manera distinta. Sin embargo, esta multireferencia parece ser más una asociación libre que una operación consciente ¿Será que lo figurativo se vuelve más bien una anécdota para hablar de un desvanecimiento de/en la imagen?

CC: Lo que dicen sobre asociación libre me hace pensar en surrealismo, movimiento que cuando estudiaba me daba algo de vergüenza ajena pero que hoy me parece muy relevante, porque pone en crisis la noción de realismo como proyecto moderno. Hoy también podríamos pensar que vivimos una crisis de realismo: el poder político no tomaba en serio a Donald Trump, Bolsonaro o Pamela Díaz por considerar que un reality era menos real que el parlamento por ejemplo, y hasta hace algunos años hacer política por Twitter era ¡algo así como una vulgaridad!

Creo que la muestra y la manera de hacerla tiene mucho de asociación libre en el sentido de que este es un momento bastante surrealista, pero tiene algo de premeditado -o asumido- cuando se mezclan diferentes medios y referentes. Lo que asumí es que el tiempo lineal como lo conocíamos se acabó, y que atravesamos un momento que tiene algo de medieval, con distintas temporalidades y tecnologías compartiendo un mismo espacio.

Cada medio responde a la inteligencia y pensamiento de un tiempo, y nada impide que estos tiempos y medios pueden reunirse y afectarse mutuamente: la pintura no deja de existir porque aparezca el 3D, ni el teatro desaparece porque aparezca el cine, ni el vinilo por Spotify.

Curiosamente en el “mundo del arteparece haber una especie de obsesión por la actualidad, la pureza y lo objetual que no se da en otras disciplinas y que tiene algo de absurdo: las imágenes siempre se están desvaneciendo, cargando y reinventando, y ciertamente tienen la capacidad de coexistir y transitar entre distintos medios y tiempos. Lo figurativo en esta muestra, en ese sentido, lo siento más como un “pararayos” que una anécdota: una imagen que exige diferentes aproximaciones para revelar lo que esconde.

Quise trabajar esta muestra como una red. Una imagen emergente compuesta por diferentes aproximaciones y lecturas que no pretenden resolver nada. Me trae mucha paz entender que hacer arte hoy tiene más de co-temporaneidad que contemporaneidad, que puede funcionar en registros de diferentes tiempos y materialidades, que puede aspirar a ser abierto y no cerrado, y que la suma de todas estas posibilidades encierra el final del tiempo lineal, el cual no es creado sino especulado, predecido pero no producido.

Cristóbal Cea, La mano invisible del trollismo, 2020. Grabado Digital, 11 x 18 cm. Cortesía del artista y Galería NAC
Cristóbal Cea, Te Veo Enredada Mamá, 2020. Grabado Digital, 11 x 18 cm. Cortesía del artista y Galería NAC

Carol Illanes (Santiago, Chile 1987) Magíster en História e Crítica da arte en la Universidade Federal do Rio de Janeiro y Licenciada en Teoría del arte e Historia del arte en la Universidad de Chile. Se dedica a la curatoría y la investigación en arte contemporáneo chileno y latinoamericano. Entre sus exhibiciones están «Señales Aleatorias: retrospectiva de Arte Sonoro en Chile» (Parque Cultural Valparaíso, 2016) y «Chulos chunchules chilenos: Piero Montebruno y Paz Errázuriz» (Galería D21, 2018). Co-directora de la revista digital Arte y Crítica (2014-2016) y co-autora de los libros «Trabajo en Utopía: monumentalidad arquitectónica en el Chile de la Unidad popular» (Adrede Editora, 2012)” y «Fuera y dentro del arte contemporáneo: comunidad y territorio en las prácticas colaborativas de Valparaíso» (Adrede Editora, 2015).

Vania Montgomery (Santiago, Chile 1992) es licenciada en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile y diplomada en Archivística por la misma casa de estudios. Entre el año 2018 y 2019 se desempeñó como investigadora en un proyecto sobre el artista Víctor Hugo Codocedo, junto a Alejandro de la Fuente y Justo Pastor Mellado, así como también en un trabajo de archivo y digitalización de los documentos y obras gráficas de Eugenio Dittborn, junto a Vicente I. Domínguez. Sus textos se han publicado en revistas y libros en Chile y el extranjero, algunos en coautoría con aliwen y Victoria Ramírez. Actualmente forma parte del Departamento de Estudio de los Medios y trabaja como editora del último libro escrito por Guillermo Machuca.

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