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LA CALLE COMO CUERPO DE COMBATE

     “Cada época sueña a la siguiente y mientras sueña la   impulsa hacia el despertar”.

          Walter Benjamin, Haussman o las barricadas (1935)

La calle protesta, la calle exige, la calle arde. Desde hace al menos siglo y medio el poder popular tiene una voz con una faz urbana: la calle. Lugar de tránsito, la calle es el ágora democrático, la plaza de encuentro donde coinciden diferentes colectividades, un espacio que permite el fluir de marchas y manifestaciones, visibilizando y exponiendo el descontento o la alegría popular. Tomar la calle es politizarla: transformarla de lugar de tránsito en espacio activo de denuncia. Es asumirla como el espacio público moderno por excelencia, aquel en donde cada quien puede ejercer su ciudadanía o su residencia urbana para hablar y convocar, disentir o conciliar, violentar o resguardar, negociar.

La figura moderna de la calle como agente político tiene uno de sus orígenes más famosos en la Libertad guiando al pueblo del pintor francés Eugene Delacroix, en la que una Libertad semidesnuda dirige la revolución de julio de 1830 sobre una barricada y cuerpos caídos. Se trata de Marianne, símbolo que personifica a la República Francesa desde su gran revolución de 1789. La diosa Libertad jamás aparece en topless en las representaciones antiguas, donde siempre lleva un casco y con frecuencia también escudo y espada. Delacroix descarta a esta diosa guerrera en favor de Marianne, madre de la République, aunque logra mostrarse algo más contemporáneo en cuanto a la realidad urbana en una carta a su hermano: “Me he embarcado en un tema moderno: una barricada. Si no he luchado por mi nación, al menos pintaré para ella”.

El vestido chileno @JacquelineFresard, 2019
El vestido chileno @JacquelineFresard, 2019

El uso de barricadas en un París laberíntico contribuyó a las insurgencias populares que esa ciudad conocería en la segunda mitad de siglo diecinueve. La violenta modernización a la que el Barón Haussman, Prefecto del Sena, sometió a París entre 1853 y 1870, reconfigurará la ciudad en grandes bulevares por los cuales los tanques militares podían avanzar velozmente para reprimir tales rebeliones urbanas. Irónicamente, la más famosa de ellas, la Comuna Parisina de 1871, en la que la ciudad de París declara y mantiene durante dos meses su autonomía frente al gobierno nacional, construyó casi mil barricadas sobre los bulevares haussmanianos.

Momento en el que la fotografía comienza a “capturar” el tiempo histórico en un registro visual, las imágenes de La Comuna muestran sobretodo el momento de su lucha final durante la “semana sangrante”, cuando París es ocupada por el ejército nacional. Batalla desigual en la cual las y los comuneros se escudan tras las barreras de piedras del pavimento y sacos de arena frente un ejército que les sobrepasa de cinco a uno. Igualitaria y a favor de los derechos de las mujeres (había varias activistas femeninas y las soldadas comuneras, conocidas como “incendiarias”, usaban uniforme militar), la Comuna inspiró en sus apenas dos meses de vida el famoso Manifiesto de Karl Marx y ha permanecido como un mito urbano en el imaginario colectivo.

Barricada en la Rue Royale, París, 1871. Dominio Público Wikicommons.
Barricada en la Rue Royale, París, 1871. Dominio Público Wikicommons.

Ciento cincuenta años después, los ejércitos nacionales siguen combatiendo levantamientos populares que ahora son movilizaciones masivas. La calle ha pasado de ser un locus, un lugar donde ocurren eventos, a un logos, una voz, agente antropomórfico del malestar popular, espacio donde se definen identidades públicas y políticas. Y muy literalmente, ya que luchar en las calles de la polis, la ciudad, es hacer política con el cuerpo, generando una nueva forma de ciudadanía que tiene menos que ver con los orígenes nacionales que con la lucha por la igualdad de oportunidades y derechos a través de clases, géneros, razas y edades. En el siglo veintiuno, la ciudadanía debería definirse por dónde viven y trabajan las personas, dónde están a gusto consigo y con los demás. Tales pertenencias se determinan práctica y afectivamente, no a base de criterios esencialistas y excluyentes como el lugar de nacimiento, el cual de por sí no garantiza una ciudadanía responsable.

Durante las manifestaciones políticas, la calle es un corpus, un cuerpo de eslóganes, frases e imágenes que reclama las injusticias y exigencias sociales, expone los abusos gubernamentales y policiales, se burla de las contradicciones políticas, cuestiona verdades establecidas, y celebra simultáneamente la paz y el caos, el amor y el odio. Las paredes y el amueblamiento urbano proveen una superficie material para los mensajes escritos, dibujados o pintados, y borrarlos es tan sólo una invitación a hacerlos de nuevo, como se vio recientemente en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM)[1]. Marcar la fachada, el rostro de la ciudad, al inscribir y re-inscribir sobre su piel, son a la vez actos de resistencia y trazos. Son los tatuajes de la ciudad, sus cicatrices, los indicios de su experiencia e historia, y como tal datan de más de dos milenios a la tradición urbana de los grafitis[2].

Edificio Telefónica, Santiago de Chile, Noviembre 2, 2019. Foto: @murodespierto
Edificio Telefónica, Santiago de Chile, Noviembre 2, 2019. Foto: @murodespierto

Asociados con el arte callejero que se dio en la ciudad de Nueva York en la década de 1970, los grafitis modernos son considerados como una forma de arte contemporáneo, en particular los tags, o identificaciones, de gran tamaño y colores vibrantes. Sin embargo, el valor principal de los grafitis, hoy al igual que hace dos mil años, radica en su múltiple subversión de códigos, pues no sólo rayan las leyes que prohíben intervenir la propiedad pública y privada, sino que además testean los límites de lo que se considera artístico, ignorando al discurso estético institucional de museos y medios impresos y digitales. Anónimos, lacerantes y frontales, los grafitis aparecen en soportes variados que incluyen afiches, esténciles y serigrafías, posteando mensajes condensados, creativos y humorísticos que permiten su rápida comprensión y circulación, interpelando sin rodeos a diversos públicos urbanos.

Los grafitis chilenos han destacado siempre por su variedad de estilos y contenidos, además de su increíble abundancia. En Santiago y Valparaíso, cuadras enteras llevan años cubiertas de pinturas políticas, étnicas, espirituales, gatos (¡muchos, muchos gatos!), personajes antiguos y futuristas, poesía, mensajes de amor. En la periferia de estas ciudades, sus zonas económicamente más pobres, la riqueza de los grafitis cubre los muros como lienzos de distintas épocas. Al borde del río Mapocho, entre Huelén y el Puente Pío Nono, trece artistas y el poeta Raúl Zurita fueron comisionados en 2018 por el Festival de Arte Urbano “La Puerta del Sur”, adornando con un panorama poético y multifacético los opacos bordes del Mapocho[3]. Sobre el poema de Zurita, una breve inscripción en latín recuerda a la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), cuyo espectro ha vuelto a amenazar a Chile. El epicentro de la resistencia a tal regresión política y social se encuentra justamente en la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia/Baquedano/Colón/La Serena), otorgándole un sentido urgente a esas líneas: Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt (Este es mi lugar de lucha y de aquí no me sacarán). Frase que el intelectual argentino Haroldo Conti tenía colgada sobre su escritorio cuando fue secuestrado y desaparecido por los militares de su país en 1976.

Río Mapocho, Santiago de Chile, varios artistas. Foto: @celeste_olalquiaga 2019

Cuando la “primavera chilena” explotó en octubre pasado, denunciando décadas de un abuso neoliberal escrito y sellado por la Constitución pinochetista de 1980, la calle se convirtió en el órgano principal, campo de batalla y voz de la protesta popular. Durante doce días, los estudiantes de secundaria habían evadido sistemáticamente el pago del Metro en reclamo por el alza de su tarifa. El 18 de octubre esta situación escaló a enfrentamientos con Carabineros de Chile (la policía nacional) y daños a varias estaciones del Metro, a lo cual el gobierno de Sebastián Piñera (la coalición de centro-derecha “Chile Vamos”) respondió cerrando la totalidad de la red subterránea de transporte público. Esta medida inesperada dejó varadas a decenas de miles de personas en las calles de Santiago, gatillando una extraordinaria y veloz cadena de eventos que incluyó la quema de diecisiete estaciones de Metro esa noche (eventos aún por esclarecer) y, al día siguiente, un toque de queda de una semana que a su vez provocó protestas y huelgas masivas, sumando al reclamo por el alza de la tarifa del transporte múltiples exigencias socio-económicas.

Plaza de la Dignidad, Santiago de Chile, Diciembre 15, 2020. Foto: @murodespierto
Plaza de la Dignidad, Santiago de Chile, Diciembre 15, 2020. Foto: @murodespierto
Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Foto: @celeste_olalquiaga 2019

Estas protestas han sido consideradas el despertar (“¡Chile despertó!”) del sueño (o pesadilla) de un sistema económico que endeudó a muerte a la clase media y empujó a la clase baja a la miseria desde el retorno de la democracia en 1990. El súbito llamado de Piñera a los militares, sin mediación política alguna, así como la restricción oficial de circulación y reunión públicas, fueron un brutal deja vu de la dictadura pinochetista. Como tal, estas medidas fueron repudiadas tanto por las generaciones que sufrieron la dictadura como por sus hijas y nietas, quienes se manifestaron masivamente en la llamada “Marcha del Millón” del 25 de octubre, considerada la más grande de la historia de Chile (1.200.000 personas en Santiago y 3.000.000 a nivel nacional). A pesar de que la oposición política formó una coalición de emergencia con el gobierno, acordando un Plebiscito Nacional sobre una nueva Constitución para abril 2020 (una de las demandas más populares), la calle continuó protestando por los arreglos políticos de trastienda (“la cocina”), el esfuerzo gubernamental por negar o minimizar las demandas sociales con medidas cosméticas, y la constante y brutal represión de las fuerzas armadas contra manifestantes pacíficos[4].

Calle Bellavista con Patronato, Santiago de Chile, 2 de abril, 2020. Foto: @murodespierto
Calle Bellavista con Patronato, Santiago de Chile, 2 de abril, 2020. Foto: @murodespierto
Avenida Alameda, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Avenida Alameda, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2019

Se erigieron barricadas y derrumbaron estatuas de héroes coloniales, decapitándoles y pintándoles mientras una ola de violencia, tanto callejera como institucional, arrasó con ciertas áreas urbanas por varios días seguidos. En el centro de Santiago, los grafitis se multiplicaron exponencialmente, denunciando a figuras gubernamentales como Piñera y su primo, Andrés Chadwick (el entonces Ministro del Interior, constitucionalmente inhabilitado del ejercicio político por cinco años) por corrupción y abusos de derechos humanos. Iconos políticos como el ex-presidente Salvador Allende (Unidad Popular, 1970-1973) y Camilo Catrillanca (líder Mapuche asesinado en 2018 por Carabineros) reaparecieron como mártires. A medida que se intensificaba la represión policial, esténciles y afiches con las caras de jóvenes mutilados, torturados y asesinados plasmaron un álbum oscuro de la cotidianeidad de la protesta en los muros de la ciudad. La memoria de la dictadura militar, aún presente en el inconsciente colectivo del país, emergió con una fuerza feroz, denunciando la bien conocida relación entre Piñera y Pinochet: Pinochet o Pinocho (el mentiroso), Piñera o la piraña (el voraz), Piñocho.

Parque Balmaceda, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Parque Balmaceda, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Calle Portugal, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2020
Calle Portugal, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2020
Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Foto: @celeste_olalquiaga 2019

Junto a estas figuras políticas apareció una serie de personajes populares, sobretodo el famoso “Negro Matapacos” (“paco” es el término coloquial para Carabineros de Chile, la policía nacional), un perro callejero, o quiltro, que se hizo famoso en Santiago a partir de las manifestaciones estudiantiles del 2011 por ladrarles a los policías y, aparentemente, haber mordido a uno. Elevado a la categoría de santo, “el santo de los manifestantes y los perros callejeros”, el Negro Matapacos empezó a figurar en paredes y luego en franelas, stickers, pines, pañuelos y la creciente parafernalia de las manifestaciones, contribuyendo a un mercado informal de comida, bebidas, sombreros, máscaras de gas, antifaces de goma (los dos últimos para protección de los gases lacrimógenos y balines utilizados por Carabineros para reprimir a los manifestantes), y rayos laser (para derribar drones) que surgió junto a las protestas.

Avenida Providencia, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Avenida Providencia, Santiago de Chile. Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Plaza de la Dignidad, Santiago de Chile. Enero 31, 2020. Foto: @murodespierto
Plaza de la Dignidad, Santiago de Chile. Enero 31, 2020. Foto: @murodespierto

Menos conocida pero igualmente indómita es la Hello Kitty guerrera que surgió en el barrio Bellavista, un barrio bohemio convertido en centro de restaurantes y atracción turística. Esta gatita “antiyuta” (yuta es otro término popular para las fuerzas policiales) levanta rabiosamente su puño en alto, mirando directamente a los espectadores, llora por los caídos y se sienta sobre vehículos en fuego. De hecho, Hello Kitty, un negocio billonario del grupo japonés Sanrio (especializado en “kawaii”, lo tierno o cuchi) tiene un doble oscuro, Kuromi, un gatito neo-gótico que viste de negro y usa capa, calaveras y cuchillos. Pero es la felina blanca y rosada quien ha emergido en el frente urbano chileno, reuniendo la tradición de grafiti felinos con la lucha feminista por igualdad de derechos en un país donde el divorcio fue legalizado apenas en 2004, y donde el aborto, aún considerado un crimen, es posible desde 2013 tan sólo en casos de violación, peligro para la madre o no-viabilidad del feto.

Bellavista, Santiago de Chile @violetarosada Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Bellavista, Santiago de Chile @violetarosada Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Foto: @celeste_olalquiaga 2019
Monumento a Manuel Rodríguez, Santiago de Chile. Diciembre 15, 2019 Foto: @murodespierto
Monumento a Manuel Rodríguez, Santiago de Chile. Diciembre 15, 2019 Foto: @murodespierto

Perros callejeros y felinas guerreras parecerían ser emblemas improbables para las protestas sociales, sin embargo, los primeros forman parte de las calles del centro de Santiago (donde la gente suele tejerles suéteres en invierno), mientras que las segundas son un símbolo universal de independencia que varios artistas latinoamericanos han popularizado en muros. Con humor y creatividad característicos, ciertas artistas han “enmarcado” los grafitis políticos para subrayar que son obras de arte, una acción que demuestra la importancia de preservar los testimonios de este momento histórico, los cuales muchas personas aún consideran actos de vandalismo en vez de manifestaciones del descontento popular.

Calle Merced, Santiago de Chile. Febrero 15, 2020. Foto: @murodespierto
Calle Merced, Santiago de Chile. Febrero 15, 2020. Foto: @murodespierto

Tal confusión entre las protestas y los actos de violencia se repite con la “primera línea” de manifestantes, así llamada por ser la que enfrenta directamente a las fuerzas policiales. Estos “encapuchados” (tanto hombres como mujeres jóvenes) son estigmatizados como “lumpen” aun cuando la mayoría ha completado los estudios secundarios y muchos son universitarios. Los medios informativos chilenos tienden a promover esta confusión al mezclar a la primera línea con los saqueadores que utilizan las manifestaciones para destrozar y robar propiedad pública y privada, dañando así la imagen de los manifestantes. Distinguir a unos y otros es fundamental, siendo que la primera línea suele escudar a los manifestantes pacíficos de la violencia policial, y es tan autónoma como los grafitis que acompañan, retratan y explican la lucha callejera.

Centro Cultural Gabriel Mistral (GAM), Santiago de Chile. Febrero 14, 2020. Foto: @murodespierto
Centro Cultural Gabriel Mistral (GAM), Santiago de Chile. Febrero 14, 2020. Foto: @murodespierto

Hay muchos tipos de muros y calles en esta segregada ciudad. Algunas calles son vías express para los negocios y barrios de lujo, otras son caminos de tierra donde la miseria está fuera de la mirada pública, lugares donde la brillante imagen del “milagro neoliberal chileno” ha sido expuesta y negada por la crisis social. Este es el sentido de “El baile de los que sobran”, el tema hit de la banda chilena Los prisioneros, convertido en himno contra la desigualdad y la dictadura en 1986 y retomado a fines del 2019 por tres generaciones de manifestantes:

Nos dijeron cuando chicos
Jueguen a estudiar
Los hombres son hermanos y juntos deben trabajar
Oías los consejos
Los ojos en el profesor
Había tanto sol
Sobre las cabezas
Y no fue tan verdad, porque esos juegos al final
Terminaron para otros con laureles y futuro
Y dejaron a mis amigos pateando piedras

Únanse al baile, de los que sobran
Nadie nos va a echar de más
Nadie nos quiso ayudar de verdad
.

Las barricadas se erigen para interrumpir el tráfico de la ciudad, obstaculizando la vida diaria a fin de llamar la atención sobre desigualdades básicas, lo mismo que las huelgas. Estas barreras callejeras sirven también para resistir y enfrentar a una fuerza policial que ha abusado sistemáticamente de los derechos humanos en los centros urbanos de Chile desde el 18 de octubre. En lugar de reconocer estos abusos, el gobierno chileno ha optado por negarlos y doblar su apuesta al promulgar una ley anti-barricadas en enero. Pero las barricadas van a continuar apareciendo en el largo proceso que las y los chilenos tienen por delante, el cual incluye la aprobación de una nueva Constitución, su redacción, y un segundo plebiscito para aprobar a ésta última. Nadie sabe adónde llevará este proceso, cuántas formas tomará y cuántas pérdidas humanas causará. Para muchas personas, un nuevo Chile surgirá de las cenizas del viejo. Para otras, este es el fin del mundo que conocen, y harán todo lo que puedan para detenerlo.

El testimonio de los monumentos y muros intervenidos debe ser resguardado como memoria de este momento singular de la historia de Chile, tal como los antiguos grafitis legaron un documento esencial para entender la evolución del latín a las lenguas romances, entre ellas, el castellano. Hace pocos días, una compañía inmobiliaria neoyorquina fue obligada a indemnizar con US$6.7 millones a veintiún grafiteres cuyas obras había destruido. Los grafitis políticos claman por justicia, tolerancia y oportunidades para todas las personas por igual. Este llamado popular debería ser respetado y conservado.

Calle Namur, Santiago de Chile. Noviembre 11, 2019. Foto: @murodespierto
Calle Namur, Santiago de Chile. Noviembre 11, 2019. Foto: @murodespierto

[1] Todas las traducciones del inglés y el francés son mías. Muchas gracias a los y las artistas grafiteres cuyo trabajo ilustra este ensayo. Gracias también a @murodespierto por colaborar con sus fotos. Pueden contactarme por @celeste_olalquiaga y les invito a compartir sus grafitis felinos en @miaugraffiti.

[2] Proveniente del griego graphein, escribir, el término grafiti es el plural del italiano graffito, conocido también como “rayado” en castellano. Fueron muy populares en el antiguo Egipto y Roma, donde solían aludir al sexo, la política y el dinero.

[3] Zurita escribió el poema Guárdame en ti en 1994 y le agregó unas estrofas para esta ocasión.  

[4] El 5 de febrero CNÑ totalizaba 31 muertes. Al 18 de febrero de 2020, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) ha registrado 3.765 personas heridas, de las cuales 445 han sufrido lesiones oculares, con pérdida total de la visión en dos casos; 197 denuncias por violencia sexual, 520 por torturas y otros tratos crueles, y 1.073 por uso excesivo de la fuerza.  https://www.indh.cl/

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Celeste Olalquiaga

Celeste Olalquiaga

Doctora en Estudios Culturales, Columbia University (1990). Autora de "Megalópolis" (1992), "El reino artificial" (1998) y editora de "Downward Spiral: El Helicoide's Descent from Mall to Prison" (2018). Escribe, enseña y realiza curadurías a nivel internacional.

http://celesteolalquiaga.com
TW: COlalquiaga
IG: celeste_olalquiaga

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