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“LA TRAMA (AUTO)BIOGRÁFICA” DE CARLOS ARIAS VICUÑA

Dejé mi trabajo en el taller (en medio de hilos, puntadas y nudos) para ir a ver la exposición La trama (Auto)Biográfica que Carlos Arias (Chile, 1964) está presentando en el Museo de Artes Visuales (MAVI) de Santiago. Bajo la curaduría de Cynthia Francica, se trata de la más importante muestra individual que el artista ha presentado en Chile hasta el momento, y que recopila trabajos textiles que ha venido realizando desde 1994, época en la que comenzó a incursionar en la técnica del bordado.

Por esos años Carlos había vuelto a vivir a México, país al que llegó por primera vez en 1975 junto a su familia, en un autoexilio tras la dictadura de Pinochet. A Chile volvió en los 80, para estudiar Artes en la Universidad de Chile. Fue un lugar y un período que dejó huellas indelebles en todos los que lo vivimos, y que algunas de las obras de Carlos parecen asomar.

Hay un leitmotiv que atraviesa los trabajos de este artista y es que, en todos, su aguja es de puntadas abarrotadas, sin discreción. Sin vacío. No pudiendo aproximarnos al barroco, aquí pulsa de otra forma el exceso, lo lleno. Como en un vacío pictórico compuesto de materia blanca, acá también el vacío es de hilo blanco; el bordado hilvanado a sus fuentes y orígenes en la pintura. La misma pulsión del bordado que lo arrastra a la pulsión por las palabras, las que vienen a repetirse para recordar, para volver a sentir lo que su nombre llama y, a través de lo oral, de sus sonidos, reconstruir y volver a ver los caminos andados.

Sus obras manifiestan la condición resultante de una acción reiterada, donde la tela es tocada, agujereada y traspasada por este gesto incesante y vehemente que es al mismo tiempo preciso y delicado, al punto que no llega a romperla.

Carlos Arias Vicuña, El Hombre Orgía, 2017, bordado, 216 x 100 cm. Foto: Jorge Brantmayer
Carlos Arias Vicuña, Autorretrato atravesado por un bordado, 1999, bordado, 150 x 80 cm. Foto: Jorge Brantmayer

Desde la elección de la técnica -el bordado-, considerada históricamente en el mundo occidental como un arte menor y tarea sólo para mujeres, el artista comienza a dar señales sobre cuáles son sus fascinaciones y una de sus temáticas recurrentes: la dualidad de fuerzas por las que debe discurrir la domesticación de nuestra existencia. A través de su factura, pone de inmediato sobre la mesa los asuntos que cuestionan la convivencia y limitaciones de lo binario -tanto en el arte como en la vida cotidiana-, de la repartición por género de tareas u oficios, de derechos y formas correctas de sentir, de los afanes y modos de subsistencia en un mundo que se encuentra surcado por toda clase de fronteras. Paradójicamente, bordar es crear bordes, delinear vacíos; una “tautología”, como diría el propio Arias.

Y éste parece ser siempre su juego: no hay conflicto para él en transitar por diversos territorios y, a su paso, derribar cualquier frontera existente. Más bien parece ser éste el objetivo:  querer discurrir sin hacer distinción entre los márgenes de los espacios públicos y los de la intimidad que en ciertos momentos podrían requerir los cuerpos. Simplemente y a gusto, puede plantear un asunto público para luego, sin aparente transición, moverse hacia esas otras áreas que por convención suelen ser espacios reservorios de lo privado, y que aquí aparecen expuestos a plena luz y para todos por igual en un nuevo espacio “intermedio”.

Estos tapices son una yuxtaposición de planos de realidades que, según las normas y convenciones ligadas a lo binario, no deberían figurar en un lugar común. Como consecuencia de este ordenamiento subversivo, se amplifica el efecto que pudiera tener la búsqueda en el ejercicio subjetivo del autorretrato del autor, abriendo la posibilidad de plantear los deseos de libertad e identificación al propio observador.

Carlos Arias Vicuña, Es difícil no adjetivar, 2016, bordado, 165 x 82 cm. Foto: Jorge Brantmayer
Carlos Arias Vicuña, Pahuatlán tapado, 2016, bordado, 178 x 192 cm. Foto: Jorge Brantmayer

En las obras de Carlos Arias se percibe una jugada tan tranquila para enfrentar los asuntos de la sexualidad humana, cuya temática está impregnada de naturalidad, de la cercanía de lo cotidiano y al mismo tiempo estas representaciones de lo disidente/sexual se adhieren tan bien a la cercanía afectiva que provee el arte textil como técnica, que en conjunto tejen un puente que articula un diálogo fluido con el espectador. Mal que mal, sus obras tienen la familiaridad de los hilos que conforman el manto/la piel que nos cubre a todos.

Esta característica podría explicar la presencia de otras temáticas, también ligadas a las polarizaciones que friccionan los actos creativos. Carlos Arias aborda las problemáticas raciales fluctuando a ratos ligado indisolublemente a la corriente ancestral de creación, fuerza y herencia que respalda el quehacer del artesano, el indígena mexicano, que trabaja desde y en representación de una iconografía acordada previamente por la colectividad a la que pertenece. En este caso, el riesgo personal y estético que corre el artesano está diluido en las cientos y miles de repeticiones -obras espejo- que ha tenido el objeto desde la versión original. Un hilo perdido en el proceso de adición vernácula, en el traspaso del conocimiento y la práctica de una generación a otra, donde el anonimato le queda cómodo y feliz al individuo, alejado de cualquier pretensión del Yo.

Y de paso -con esta maniobra- Arias enfatiza la relevancia del oficio del artesano, amalgamándose en esta forma de trabajo incesante que por factura se eleva por sobre las temáticas/el discurso, llegando a concebir una obra que por esta vía encuentra con facilidad consenso e identificación. Un “objeto de deseo”. Pocos dejan de sucumbir ante el oficio metódico y de valorar la maestría para transformar algún material mediante un intenso trabajo manual, en arte.

Vista de la exposición "La Trama (Auto)Biográfica”, de Carlos Arias Vicuña, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Vista de la exposición "La Trama (Auto)Biográfica”, de Carlos Arias Vicuña, en el Museo de Artes Visuales (MAVI), Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer

Y al mismo tiempo es acá quizás donde el artista toma el riesgo para realizar su maniobra más peligrosa -de doble filo-, porque en esta misma acción es cuando se expone en su quehacer al juicio insoslayable de quienes observan con mayor o menor perspicacia las maniobras de los ejecutores del arte contemporáneo. El artista, desde su condición de vida migrante, no ve impedimento para resituarse en la materialidad de lo popular y lo indígena. En aquellas obras realizadas a partir de tapices comprados a algún artesano de Pahuatlán, Carlos Arias se mete en los intersticios de la materia iniciada por la manufactura indígena, para ejecutar un nuevo bordado como una operación ritual que fricciona la matriz original y que en su accionar encuentra la manera de exaltar y contrastar esa riqueza originaria, artesanal y magnífica.

El objeto resultante es un palimpsesto que puede pulsar tanto como joya u objeto de deseo para unos, como un arrebato para otros. Los primeros podrán considerar este trabajo como una elegía a nuestros pueblos originarios. Los otros, una apropiación pura y dura. Bandos que dejan de manifiesto, en los tiempos y los discursos actuales, cómo operan las posibles polarizaciones de las respuestas dicotómicas que surgen rápidamente ante lo que remueve lo establecido. La obra de Arias apela precisamente a elaborar una respuesta propia, fuera del campo de esas polaridades impuestas por voces que no le conciernen al campo del arte. Y es desde este único lugar -la línea de fuego- que surge con fuerza la verdadera razón del arte: la resistencia al canon desde donde es necesario pararse genuinamente para crear algo.

¿No es éste nuestro gran acertijo como habitantes, nacidos en Latinoamérica? Encontrar la forma de convivir con la necesaria posibilidad de unir nuestras tramas de vida, urdir con nuestros hilos mestizos la mayor de las fuerzas humanas.

 


La exposición La Trama (Auto)Biográfica, de Carlos Arias Vicuña, se podrá ver en el Museo de Artes Visuales (MAVI), Santiago de Chile, hasta el 27 de octubre de 2019.

Imagen destacada: Carlos Arias Vicuña, La filosofía como arma de la revolución, 2016, bordado, 45 x70 cm. Foto: Jorge Brantmayer

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Mercedes Fontecilla

Artista visual nacida y residenciada en Santiago de Chile. Estudió Licenciatura en Artes en la Universidad de Chile. Su cuerpo de obra transita entre la pintura, el dibujo, la fotografía, el videoarte, la instalación e intervenciones site-specific. Su investigación se centra en temas relacionados con el territorio, analizándolo desde el origen de su ocupación, la búsqueda humana por apropiarse del bienestar que se manifiesta en esta ocupación, y las consecuencias residuales, políticas y medioambientales que experimenta hoy a raíz de la lucha indiscriminada de algunos por la obtención de su dominio. Su obra se ha expuesto en el Museo de Artes Visuales (MAVI), Galería NAC y Centro Montecarmelo, entre otros espacios.

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