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Carolina Caycedo:be Dammed

Nos dice Wikipedia que el río Magdalena es la principal arteria fluvial de Colombia. Atraviesa el occidente colombiano de sur a norte desde su nacimiento en el Putumayo hasta desembocar en el Mar Caribe, 1,528 kilómetros al norte. El río baña el 24% del territorio nacional, donde habita el 66% de los colombianos y se genera el 86% del producto interno bruto del país.

El río ha sido un eje estratégico desde épocas prehispánicas, sirviendo como vía para el intercambio comercial y cultural de distintos grupos indígenas y, luego, al ser encontrado y explorado por los españoles, fue la vía por la que penetraron en el territorio para saquearlo y por la que hicieron llegar el fruto de sus saqueos al mar, rumbo a Europa. Como parte de este proceso, fundaron poblaciones a su paso, combatiendo todo intento de resistencia indígena con la cruz, con las armas o con el mestizaje, para asentar el poder de la Casa de Austria en tierra virgen. Sobra decir que, de la mano de la opresión, surgieron también incontables formas de resistencia por parte de la población nativa.

Ese mismo río tuvo un rol privilegiado en el proceso de modernización del país: sus aguas transportaron insumos, maquinarias y toda suerte de bienes muebles que impulsaron la industria y el comercio desde los tempranos intentos republicanos. A la vez, lleno de mitologías, de procesos de construcción identitaria y de luchas y reivindicaciones sociales de diversas índoles, el río fue testigo y protagonista de un siglo XX que empezó con la navegación de vapores y con las grandes obras de ingeniería construidas para contenerlo o atravesarlo, y que culminó con los cadáveres completos o con las partes de cuerpos indiscriminados que los paramilitares arrojaban allí para desembarazarse de toda responsabilidad sobre sus víctimas y, a la vez, para construir una pedagogía del miedo y del silencio entre los pobladores ribereños, quienes siempre supieron que a esos muertos anónimos era mejor dejarlos ir con la corriente.

El río Magdalena es un signo de lo mejor y de lo peor de la historia nacional. Su corriente es un relato fluido en cuyas aguas se juntan la platanera, la masacre, el progresivo deterioro medioambiental, los intereses de grandes terratenientes y la resistencia de campesinos de escasas o de ningunas tierras, junto a procesos continuos de urbanización, de recolonización y de desplazamiento. Es un texto vivo que ha servido como inspiración a poetas, músicos y pintores que lo han descrito, elogiado y fantaseado. El río ha estructurado una parte enorme del imaginario geográfico del país, de sus recursos  y de la identidad de sus pobladores.

Sin embargo, buena parte de esa historia del río parece haber dejado de contarse en las últimas décadas. Colgado aún de la exotización producida por las fantasías garciamarquianas, parecería que nadie ya da demasiado por intentar, desde la cultura, producir relatos contra-hegemónicos de ese cuerpo de agua que poco a poco ha ido cediendo y sedimentándose.

La historia del río Magdalena es análoga a la de muchos otros ríos en otros territorios. En mayor o menor medida, su historia es la de muchos otros cuerpos de agua reducidos, aquietados, domesticados y contenidos.

¿Qué decir del río, del río ralentizado por incontables barreras, en tanto metáfora de la movilización social, de la comunicación, del intercambio cultural y de la noción de progreso?

Hablar hoy de ríos es hablar de grupos humanos, de cómo, a partir de ejercicios estatales y privados se administra la promoción y el desplazamiento de sectores sociales específicos. Es hablar de modelado demográfico a partir de la transformación estratégica del territorio. Es hablar de contención, sabiendo de antemano que la forma por excelencia de la contención de los ciudadanos por parte de los gobiernos es la represión de todo flujo que exceda los niveles y las fuerzas admisibles para las compuertas retóricas sobre las que se fundan las llamadas “democracias modernas”.

Be Dammed es un proyecto de la artista colombiana Carolina Caycedo, presentado hace un par de meses en 18th Street Arts Center, una organización de artistas en Santa Monica, California, donde, de la mano de un programa de residencias para artistas, curadores y otros agentes internacionales del campo del arte, se realizan exhibiciones, talleres y una larga serie de otras actividades. Allí, en calidad de artista en residencia, Caycedo presentó –como parte de un proyecto en curso y con diversos desarrollos desde hace un par de años– un conjunto de piezas en el espacio de la galería y una serie de performances realizados en colaboración con un grupo de bailarinas, bajo la dirección de Rebeca Hernández. Be Dammed fue curado por Pilar Tompkins Rivas.

En conjunto, el proyecto estructura una serie de analogías que permiten articular el campo del diseño e implementación de represas (en particular del proyecto hidroeléctrico El Quimbo, actualmente en construcción en el suroccidente colombiano, sobre un terreno de 8,250 hectáreas) al ejercicio de contención y neutralización de grupos humanos (control policial, contención de multitudes y coreografías de la represión).

Carolina Caycedo, Paisaje Represado (detalle instalación), 2013, díptico, imagen de satélite, impresión digital con tierra. Cortesía: 18th Street Arts Center. Foto: John Lucas

Al entrar en la sala, debemos esquivar dos cubos de tierra prensada sobre los que reposa, partida en dos, una imagen satelital que muestra el estado actual de la construcción de la hidroeléctrica del Quimbo. El paisaje mostrado, que antes era uno, irregular y fértil, ahora está partido en dos mitades. Dos mitades que nos muestran la fractura de un entorno ahora modelado en concreto por enormes máquinas y definido sobre la base arbitraria de un diseño que corta la continuidad del terreno. Esa ruptura en la continuidad es un elemento que permite intuir el resto de la exhibición, obligando al espectador ya sea a rodear este panorama quebrado o, mejor aún, a atravesarlo por el medio de los dos cubos de tierra prensada.

Una vez dentro de la sala, un conjunto de fotografías muestra esquemas diversos de interacción entre manifestantes en protestas urbanas y grupos de policías ocupados en la contención de estos grupos por medio de una serie de técnicas conocidas como kettling, un término referido a la contención de la termodinámica de la protesta social por medio de un cordón policial que funciona como una tetera, impidiendo el avance de la entropía y regulando el modo en que los manifestantes deben ser desalojados del lugar calentado por la alteración del “orden público”.

Carolina Caycedo, Territorio, 2013, impresión digital. Cortesía: 18th Street Arts Center. Foto: John Lucas

Un poco más adentro, dos pequeñas esculturas de concreto con pigmento empotradas en la pared muestran la curiosa similitud entre los diseños de las compuertas de una represa y el de una manopla. Vemos la referencia a ambos objetos en la tarjeta de invitación a la exposición, que nos muestra el diseño para una presa de arco en Alemania junto a la fotografía de una de las manoplas presuntamente ofrecidas como regalo a los oficiales que recibían su ascenso durante la dictadura chilena. Las esculturas de Caycedo son objetos abyectos que, desde su mudez, sugieren el cruce entre las formas de contención de la represa y las formas de represión de la dictadura. Flujos de agua y de individuos parecerían ser reducidos a su mínima expresión a partir de dispositivos análogos, aún en su morfología. Lo que resulta aún más curioso es que, de estos objetos surge, no sé si consciente o inconscientemente, una imagen fantasma, la sugerencia de algo que se parece a las máscaras rituales de alguna cultura prehispánica, una especie de pequeña venganza, la acechanza de un elemento atávico que torna extraña la posibilidad de limpieza en esta lectura de dos aparatos producidos para el ejercicio del control social.

Carolina Caycedo, Manopla Triple Arco, 2013, díptico, concreto con pigmento. Cortesía: 18th Street Arts Center. Foto: John Lucas

En dos proyecciones que ocupan toda la pared del fondo de la sala, se muestra un video o, en realidad, dos videos sincronizados, para generar monólogos e interlocuciones entre imágenes reflejadas y otras contrapuestas. De alguna manera, la estructura visual de la pieza intercala acuerdos y divergencias a partir de la duplicación o de la alternancia de imágenes en las dos mitades de la pantalla. Esta división, a veces especular y a veces dialógica funciona como un par más en la secuencia de parejas divididas en la exposición: dos bloques de tierra, dos esculturas de barro, dos videos de agua. El video (o los videos) nos muestra corrientes de agua y aguas contenidas. Estas imágenes, tomadas en distintas represas alemanas y en las aguas del río Magdalena producen, al desdoblarse, un efecto especular, reflejándose a sí mismas y articulándose con el sonido de la pieza: entre susurros, la artista especula y reflexiona (no puedo olvidar la famosa definición de Godard: “El arte no es la reflexión de la realidad, sino la realidad de la reflexión”) en torno a su propia relación con el río Magdalena o, mejor, a su historia personal construida en relación con el río. El relato de Caycedo comienza con una historia de su adolescencia: ella, parada en la orilla del Magdalena, piensa en cómo cruzarlo sin ser arrastrada por el río, temerosa de no poder describir una trayectoria recta con la certeza de cuál va a ser su punto de llegada; de repente, se ve sorprendida por su abuelo, quien intuyendo las dudas de la adolescente se arroja al agua, braceando sin oponer resistencia, dejándose llevar suavemente por la corriente. Ella lo sigue, entendiendo que no se trata de llegar al punto sino de lanzarse al agua, y ambos logran alcanzar la otra orilla, a salvo y sin dificultad.

Carolina Caycedo, Spaniards Named Her Magdalena But Natives Call Her Yuma, 2013, video HD, color y sonido. Cortesía: 18th Street Arts Center. Foto: John Lucas

¿Cómo se construye un grupo? ¿Cómo se resiste y se fluye como un cuerpo de agua en movimiento? ¿Cómo funcionan los límites? ¿Cómo se definen los objetivos de una causa específica o de un proceso de producción de autonomía? Parecería que estamos más cerca de los estancos generados por el cordón policial que de las aguas del río. Entendemos nuestros límites como individuos y como grupos. Usualmente tememos el salto y el vacío, porque crecimos interiorizando, pensando que todo está adentro. Como una tetera sobre una estufa apagada. Hay un temor generalizado a la entropía y, en ese sentido, parecería que como espectadores de la exhibición, o como actores de nuestra propia identidad política, hemos asumido el rol de ser nuestros propios policías, aprendiendo a hacernos kettling cada vez que la estufa se empieza a calentar.

¿Bajo qué formas nos preguntamos susurrando por los escenarios de nuestras construcciones identitarias? ¿Cómo nos vinculamos a los flujos sociales o nos parapetamos detrás o dentro de múltiples contenedores para construir la ilusión de seguridad? ¿Cómo, desde la decisión personal y desde el propio campo de nuestras proyecciones y fantasmas, construimos narrativas que se anclen al cuerpo social? Ninguna de estas preguntas es respondida, o incluso formulada literalmente en el trabajo de Caycedo, sin embargo, en ese espacio de la exhibición, parecería generarse un ecosistema en el que las preguntas fluyen de modo atropellado. Esas eran mis preguntas, corriendo desordenadamente junto a los desordenados pensamientos de los otros. Ya en cada individuo crece una masa, y esa masa es siempre confusa, llena de materiales y de residuos arrastrados por la corriente o estancados por barreras muchas veces autoimpuestas. En la serie de performances que Caycedo presentó junto a las bailarinas coordinadas por Rebeca Hernández, se construye una coreografía llena de tensiones en las que se revela el modo en que flujos y contenciones mutan constantemente: el río se convierte en represa, el manifestante se transforma en policía, el movimiento suelto de las aguas o de los disturbios se conduce y se estructura en series más definidas, calculadas para cortar la dinámica expansiva del desorden. Al final de la acción, un grupo de espectadores, bajo sugerencia de la artista, empiezan a acorralar a las bailarinas y al resto del público en una esquina de la sala. Y es entonces, bajo la presión de ese acorralamiento, cuando el público antes disperso, las bailarinas y la artista, terminan juntándose, al menos durante unos cuantos minutos, para experimentar la proximidad, el calor y la respiración de otros cuerpos, todos juntos y todos acorralados en una especie de fraternidad sin nombre y sin categoría, una masa tibia y palpitante puesta contra una esquina sin ninguna declaración de finalidad. Quizás ahí, en ese momento desprovisto de intención y cargado de ambigüedad, todo lo que aparecía dividido en la exhibición se junta, permitiendo un pequeño chance de yacer en silencio junto a otros y de sentir que en ese aliento conjunto habría chance de muchos propósitos comunes y aún por venir.

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Víctor Albarracín Llanos

Escritor, curador y artista visual, con título de MFA en Práctica Pública del Otis College of Art and Design. Actualmente es Director Artístico de Lugar A Dudas. Adelantó estudios de cine y televisión que nunca ha puesto en práctica. Para sobrevivir ha sido librero (Exopotamia, en Bogotá), artista sin obra, docente universitario (Tadeo, Javeriana, Nacional, Distrital, en Bogotá), mal cantante de bandas de rock (Cerón, Chikas Aguila, Los Polvos, Don/Nadie), columnista (Arcadia), traductor, corrector de estilo y diseñador. Para no sobrevivir ha sido miembro de colectivos (Pornomiseria, The Modern MamBoys, Entertainment Parks of Columbia) y espacios independientes en Bogotá (El Bodegón), dibujante ocasional, escritor de diarios (thathappyfeeling.blogspot.com) y alborotador.

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