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Rudolf Stingel y la Figura de la Alfombra

La obra artística de Rudolf Stingel (Merano, 1956) es el extremo de la decoración. Cuando en alguna declaración el artista recuerda que, muchas veces, se acusa a los pintores contemporáneos de ser decorativos, él ya sabe que está a salvo de dichas críticas; su labor en el arte se caracteriza desde siempre por la subversión de los cánones tradicionales, y por la investigación de la pintura en relación con otros géneros. Sin duda Stingel ha contribuido a la activación de sinergías entre el público y la percepción del arte redefiniendo, en cada exposición, las posibilidades significativas de la pintura, en las que el espectador es un elemento formal clave. Si se le reconoce, desde finales de los ochenta, por sus pinturas monocromas, más expectación ha creado su interés, desde los años noventa por cubrir paredes y suelos con alfombras. Un proceso creativo que modifica el espacio expositivo convirtiéndolo en objeto de arte, transformando inevitablemente la arquitectura en pintura, que disuelve lo duro y lo plano en la textura de la alfombra, dislocando la perspectiva del espacio para que la mirada del espectador se dilate.

 

Rudolf Stingel, Vista de la instalación en el Palazzo Grassi, Foto Stefan Altenburger,Cortesía del artista

Rudolf Stingel, Vista de la instalación en el Palazzo Grassi, Foto Stefan Altenburger,Cortesía del artista

 

De todo ello podemos darnos cuenta en el Palazzo Grassi de Venecia, sede expositiva de la Fundación François Pinault, donde por quinta vez Stingel participa. Pero esta es una ocasión muy especial, pues se trata de la exposición monográfica europea más importante dedicada al artista, comisariada por él mismo. Stingel lleva dos años preparando el proyecto en sus estudios de Merano (Sud Tirol) y Nueva York, y presenta obras fechadas entre el 2009 y el 2012 provenientes de varias colecciones, entre ellas la de los mismos Pinault y Stingel. Son más de 5.000 metros cuadrados de palacio los que el artista ha forrado con una alfombra roja, de estilo persa, cuyo entramado decorativo oscila entre un efecto desgastado y una estética pixelada. El resultado es impresionante. Lo horizontal se prolunga hacia lo vertical y, como si de una alfombra mágica se tratara, podemos deslizarnos física y perceptivamente a cualquier rincón.

Y es que en Venecia hay muchas alfombras. Todo ambiente que se precie tiene su alfombra oriental; protegen el paso de la humedad vertiginosa y aportan cierto toque burgués, pero sobretodo, son anacronismos de un sentimiento de orgullo local, que reactivan en la memoria la gloriosa Serenísima, en la que el intercambio, la apropiación y la contaminación de culturas hicieran de esas alfombras persas un símbolo más del poder y de la ensoñación venecianos. Stingel rinde homenaje a una Venecia introspectiva, que se repliega en sí misma y que se protege de las invasiones, rodeada de la melancolía de sus relíquias, entre los muros del palacio.

 

Rudolf Stingel, Sin título, 2012, óleo sobre lienzo, 304,8 x 255,3 cm Colección Pinault, Foto Tom Powel Imaging, Cortesía del artista

Rudolf Stingel, Sin título, 2012, óleo sobre lienzo, 304,8 x 255,3 cm Colección Pinault, Foto Tom Powel Imaging, Cortesía del artista

 

Visitando la exposición al anochecer, la luz ténue y cristalina de los candelabros refuerza considerablemente la condición meditativa y onírica de la alfombra como objeto simbólico. En el atrio, escondido tras las imponentes columnas, y mirando hacia el agua del Canal Grande, está el autorretrato apesadumbrado, como ausente, de Rudolf Stingel. Desde el rincón, con esa pose acurrucada y reflexiva, el artista se manifiesta para decirnos que él mira hacia el exterior, mientras nuestro rol como espectadores es el de adentrarnos hacia el interior del palacio. Hay que aventurarse hacia un viaje iniciático, a través del laberinto de salas y pasillos, recubiertos de ese tejido que seduce por su calidez visual y táctil. Y en cambio, nos percatamos -más bien pronto- de que no se trata de una sensación del todo placentera, sino que abrumando la mirada, dejándola sin referencias espaciales, la instalación provoca tensión y un estado de alerta que condicionará significativamente nuestra percepción del recorrido expositivo.

Con un total de treinta obras en el primer piso, Stingel presenta una serie de pinturas abstractas de medio y gran formato. En tonos plateados, los lienzos evocan los efectos de la luz sobre el agua, inspirados en los reflejos fantasmagóricos de Venecia. Se oye el eco de Lucio Fontana, que en los años sesenta participó en varias exposiciones en el Palazzo Grassi; en la serie Venezie, el artista italiano trató la dimensión evocativa e intensamente poética de los reflejos de la luna sobre la ciudad, realizando las telas desde su estudio de Milán, a partir del recuerdo que poseía de esas imágenes. Rudolf Stingel ha experimentado hoy ese mismo proceso, y el resultado final es un conjunto de cuadros reflectantes impecables, y una oportunidad para pensar en las nociones de la pintura contemporánea. Con la estratificación delicada de la superfície, desvelando apenas lo que está escondido, su maravillosa realización, a base de óleo y esmalte, acciona la proyección y sugiere espacios imaginarios del alma.

Y es en este contexto donde Stingel decide colocar el retrato del escultor y amigo Franz West: otro homenaje y una identificación. No sólo les unía la cultura centroeuropea, sino también esa intencionalidad, hija del accionismo vienés, por sobrepasar las normas convencionales y tradicionales del arte. Con sus creaciones, ambos artistas han desterrado el rol pasivo del espectador en pro de una experiencia estética del arte en la que la percepción no fuera terreno exclusivo de la mirada, sino que acogiera todos nuestros sentidos. Ambos artistas entendieron el espacio como superficie, soporte y ambiente proclive a la intervención artística, para que el tiempo pudiera agregarse a la dimensión espacial.

Las prótesis ergonómicas de West, con las que el espectador visualizaba sus neurosis, encuentran una afinidad en los retratos fotorealistas del segundo piso de Palazzo Grassi. Son cuadros de pequeño formato que se reapropian de imágenes escultóricas de tradición medieval y barroca. Santos y santas en éxtasis, animales fantásticos, la Muerte que cabalga, son mecanismos contagiosos de ese miedo atávico a lo tenebroso, a lo grotesco, a lo irracional. Casi apariciones del mal, que desde las tallas originales de madera exorcizan nuestro propio drama, manifestándose hoy como máscaras fantasmagóricas en blanco y negro. Freud y la Secesión Vienesa están cerca en este recorrido a través del Ego con sus represiones e ilusiones, donde cada pintura contribuye a la formación de una tipografía del inconsciente. Una reconciliación con el propio yo, desprivatizando las fantasías, la sublimación, y con Stingel sometiéndose a las leyes propias del material.

 

Rudolf Stingel, Vista de la instalación en el Palazzo Grassi, Foto Stefan Altenburger, Cortesía del artista

Rudolf Stingel, Vista de la instalación en el Palazzo Grassi, Foto Stefan Altenburger, Cortesía del artista

 

Como telón de fondo, siempre la alfombra, que también estaba por doquier en el estudio vienés del padre del psicoanálisis. En esta encrucijada de referencias, pienso en la fábula de Henry James, La figura de la alfombra (1896), en las misteriosas relaciones entre el autor y su público, en la facultad de adivinar lo invisible partiendo de lo visible, y en la naturaleza mudable de la creación artística. Stingel trabaja sobre todo ello, aproximándose al arte como secreto que lo permea todo, al igual que la compleja trama de hilos y patrones de una alfombra persa. Agrandando la alfombra al infinito, Stingel hace que nuestra mirada se deslice por todas las posibilidades del misterio, para que la conjunción entre el espectador y la obra, esas dos caras de la misma moneda, sea una experiencia.

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Laura Cornejo Brugues

Licenciada en Historia del Arte y Doctoranda en Teoría y Culturas Contemporáneas por la Universidad de Girona (UdG). Comisaria independiente, agente cultural y crítica de arte, cuyo trabajo se desarrolla principalmente entre España e Italia. Ha colaborado con la Bienal de Venecia en la coordinación de diferentes proyectos y ha sido directora de comunicación y de relaciones artísticas internacionales para “My Biennale Guide Venice”, la guía de la Bienal de Arte y Arquitectura de Venecia. Su trayectoria profesional incluye múltiples experiencias en el ámbito de la gestión artística y cultural, en la coordinación de exposiciones para galerías y fundaciones de arte, concursos creativos y muestras personales.

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