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DE ÁNGELES Y NINFAS: UNA DEFENSA DEL ENSAYO

El pasado 2 de noviembre se llevó a cabo una conversación en torno al último libro de Adriana Valdés. Con un título sugerente, De ángeles y ninfas, y un subtítulo que puede atraer a algunos y asustar a otros –Conjeturas sobre la imagen en Warburg y Benjamin-, esta publicación nos convoca especialmente a todos los que leemos o escribimos sobre imágenes. Pero, sobre todo, invita a pensarlas, y es aquí donde se convierte en algo más amplio. Este texto no es en defensa de dos autores en particular, sino en defensa del pensamiento mismo que genera la imagen. Y qué mejor forma para hablar de este título, publicado por Orjikh Editores.

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En la conversación convocada por el Magíster en Estudios de la Imagen de la Universidad Alberto Hurtado, Fernando Pérez Villalón, Ana María Risco y la misma Adriana Valdés dieron pie para que nuevas lecturas brotaran de un escrito que no ha pasado desapercibido.

“Una cierta voz y una cierta mirada, más que los temas que toca, es lo que queda al leer sus textos”, dice Pérez Villalón sobre un punto que es aquí central. Nos encontramos ante un ensayo, forma literaria que por motivos para mi incomprensibles es sumamente menospreciado en Chile. De hecho, difícilmente se le considera un género literario, aunque lo sea, y es común observar que se le trata bien como periodismo o como algo meramente académico.

Podríamos aventurar muchas definiciones de ensayo y, sin pretender competir con Michel de Montaigne en su insuperable concepto de ensayo-error, diría que es sobre todo una escritura de ideas. Es necesario exigirle no sólo contenido sino calidad estética, ritmo, composición y todas las delicias que puede traer consigo la mejor literatura. Aquí el texto de Valdés se encuentra con un primer reto que deberá sortear con elegancia.

Dos imágenes aparecen como centro de la trama: la ninfa, en relación a Warburg, y el ángel, en relación a Benjamin. La primera llama la atención de Warburg porque ilustra de maravilla la irrupción del pasado en el presente. Un pasado que, por lo demás, incluso en el mundo mítico grecolatino, se escapa de las leyes que pretenden medir y detener algo que en sí es fluido y metamórfico. Situación muy parecida a lo que, fuera del libro, Adriana Valdés describe como su experiencia al escribirlo: “enfocar algo que está en movimiento cuando tú misma te encuentras en terrenos movedizos”. Por eso defiende y considera necesario adoptar un “tono dubitativo”, el cual la distancia del acto de la escritura puramente académica.

La segunda imagen, la del ángel, obsesiona a Walter Benjamin por considerarla una manera de concebir el pensamiento brillante. “En el libro de los pasajes, Benjamin compara al conocimiento y al texto con el trueno, que se oye un cierto rato después de verse el fulgor”. Algo similar a la leyenda del Talmud, también citada en el libro, donde se cuenta que momento a momento surgen multitudes de ángeles creados por Dios para vivir fugazmente y luego desintegrarse y desaparecer.

Tomar a dos autores para leer los cruces que puedan surgir entre ellos es en su comienzo el ejercicio de una ficción, el encuentro académico que ellos nunca tuvieron en vida por diferentes motivos tanto físicos como ideológicos. Aquí comienza el libro y la recreación de lo que desde una perspectiva fue imposible mas no por ello debe dejar de ocurrir. No se trata de plantear sus respectivas influencias, ni siquiera de ilustrar al uno con el otro, sino de situarlos en paralelo para observar las ideas que de ahí surjan. Justamente sucede esto con las imágenes, las cuales “son capaces de generar pensamiento (y no sólo de ilustrarlo a posteriori)”. Y, si se tiene suerte, este pensamiento puede ser un ángel deslumbrante que se disuelve tan rápido como llegó, para luego quizás dar paso al nacimiento de una teoría, y en este caso de un libro. También podrá convertirse en una idea como ninfa que muta constantemente mientras más se la va trabajando. Adquiere su propia vida, ajena a nosotros. Entonces ese pensamiento iluminado se transforma en algo menos perfecto pero que tendrá el mérito de ensayar la permanencia de esa luz fluida.

Todos sabemos que las imágenes tienen vida propia. Entran a nuestra mirada y si han llegado hondo permanecerán más allá de la mente por tiempo incalculable, por supuesto siempre cambiando de forma. Adriana Valdés, hablando sobre su libro, opina que existen textos que reviven pero la imagen tiene más revitalidad. Hace una distinción, sin embargo, entre un texto literario y uno académico, también necesario pero que según su mirada caduca más rápido. Habría que agregar que quizás por ese motivo la literatura pervive mejor en el tiempo, justamente porque trabaja con imágenes que tienen vida propia y por lo mismo generan más pensamientos nuevos.

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Alberto Durero, Melencolia I, 1514

Hay que decirlo: este no es un libro que dejará satisfechos a quienes busquen en él más datos duros sobre la obra de Warburg o Benjamin, y lo digo sobre todo pensando en éste último. Habría que meditar detenidamente si existe una figura más manoseada que Benjamin fuera de la academia. Se lo usa en cualquier momento y cada vez que se le menciona llueven las pontificaciones. Los fanáticos fundamentalistas de Benjamin están en todas partes y se diferencian profundamente de la sensible amabilidad y deferencia que dicho intelectual tenía con el lector.

Tampoco se encontrará aquí una voz con autoridad que llegue a trazar una nueva brecha en la historia de la filosofía o el pensamiento. Lo más atractivo de este libro pareciera ser todo lo contrario: su naturaleza poco pretenciosa, sencilla e inteligente que no se permite caer en la pose erudita. Lo anterior es valioso considerando que la autora tiene el material suficiente como para hacer un estudio puro y duro, sin grietas ni posibles resquicios, donde las ideas propias reciban a las que surjan en el camino del lector poblando el momento de ángeles y ninfas.

Rocio Casas Bulnes

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