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Las Paradojas del Curador

Ya se sabe que a los críticos nos gusta divagar alardeando de lo mucho que sabemos, lo viajados que estamos y lo inteligente que somos. Está claro -nos decimos a nosotros mismos una y otra vez-, al lector le anima el ansia viva de descrubrir cosas. Además, ¿qué lector hay al que no le agrade una reflexión polémica amén de paradójica?

Pongámonos en situación de inmediato entonces.

El curador anda a la búsqueda de sí mismo. Supongo que este es el estado que resume a todas aquellas personas involucradas con la curaduría. Los cambios son constantes, la profesión “sietemesina”. Poco importa que seas «free-lance» o que trabajes para una institución.

Lo que aquí sigue entonces es una suerte de mea culpa hilvanada a partir de mis experiencias. A falta de fe, la escritura sirve para que uno se confiese, pero en público, como demanda ese superego virtual nietzscheniano que nos recuerda que somos aquello que ha de superarse una y otra vez en la plaza pública.

Lo divertido ahora es que todo el mundo (o casi todo el mundo, excepto Barry Schawbsky) quiere ser curador.  El curador es un tipo dinámico, flexible, innovador, atrevido, responsable, comunicativo, ecléctico y no-sé-cuántas-cosas-más. En resumen, y como diría Damien Hirst en uno de esos días buenos: un tipo sexy. ¿Por qué?

También hay voces discordantes: Jerry Saltz. El que a todo le pone un epíteto, lo define grosso modo así: el curator art trata de ideas pedantes, predeterminadas, excluyentes, encaminadas a ilustrar una idea que actúa como una camisa de fuerza, y en la que los artistas y las obras de arte han de comulgar con esa tesis…

Ahora, el advenimiento del siglo XXI trajo consigo muchas cosas: los vuelos de bajo coste, internet y e-mail, la globalización, la liberalización de los mercados, las redes sociales y la cultura de la celebridad. Y el glamour asociado al curator (con «t» y pronunciado en inglés) ha convertido la profesión en una de las más demandadas.

Y ahora que lo pienso también todos esos compactos cursillos curatoriales como los del Bard College, De Appel y los súper-intensivos de los neoyorquinos Independent Curators International (ICI). (Leo en e-flux que ofrecen un intensivo de una semana de duración en Inhotim en Mináis Gerais, y aunque no me seducen mucho los curadores ni la jerga promocional, ¡la perspectiva de “tirarme” 7 días en Brasil me parece inmejorable!).

Saskia Bos, la anterior directora de De Appel Curatorial Training Programme (CTP) dejó dicho que «los candidatos hacían buenos contactos durante el curso». No lo niego, pero la mayoría de las exposiciones realizadas en De Appel por estos «curadores fuertemente motivados» -a decir del dossier de prensa de la propia institución-, sucks, o sea eran una birria. Basta con leer las críticas en la prensa especializada neerlandesa (y como supongo que el lector no habla ni lee neerlandés, habrá de fiarse de mi palabra).

Never Mind The Politics, Here Are the Curators, Marc Bijl (2005) , Cortesía Upstream Gallery, Ámsterdam

La crisis del curador

El curador está en crisis. Eso es lo que argumentan algunos profesionales como la curadora española Montse Badía.

Mas ¿quién rayos es el curador? ¿Qué representa? ¿Qué significa ser curador?

Para poder dar respuesta a estas preguntas nos veríamos primero obligados a definir claramente qué es o qué significa ser curador.

El problema es que no existe una definición clara ni consistente ni delimitadora. Y ello es así porque existen demasiadas variantes e interpretaciones, amén de que la profesión es demasiado joven. Fíjense que la inventó un tipo llamado Harald Szeemann allá por los años 70. (Ojo: ya en la Santa Biblia nos topamos con la frase “Casi nada hacían, sino por el mandato de sus curadores”). De tal guisa, nos saltaremos los «qués» e iremos a por los «quiénes». (Si el lector está terriblemente motivado le recomiendo que googlee todas esas definiciones acerca del curador y la curaduría en la red o que adquiera uno de esos manuales tipo Curating for Dummies de entre esa gonorrea de publicaciones que no dejan de embellecer nuestra existencia. Me confieso: también yo estuve a punto de escribir unos de esos manuales (aún mantengo en casa un hoja escrita a mano con los contenidos, pues todo curador que se precie se ve asaltado por ese deseo tan profundo de regalar al mundo un indispensable manual de curaduría. No, no se molesten: ¡no me interesan un pimiento, y el de Hans-Ulrich Obrist menos aún!)

La sociedad está en crisis. Así está el curador. La sociedad ha devenido impredecible, difusa y voluble. Así también el curador.

La sociedad es una paradoja. El curador otro tanto. Y «paradoja» ahora procede del latín «paradoxum», lo que significa tanto como una afirmación un punto absurda, pero ciertamente verdadera.

Arriesguémonos entonces a desvelar cómo es nuestra sociedad de la mano del joven filósofo neerlandés Rob Wijnberg y su best seller nacional En mijn tafelheer is Plato (Y Platón es mi anfitrión) y lo que la caracteriza: 1) individualización: ya no se trata de «pertenecer», sino de «ser uno mismo» 2) ideologización: los grandes relatos han desparecido, las ideologías carecen de toda importancia y el ciudadano se ha vuelto apático 3) economización: el estado han mercantilizado las funciones públicas y solo se preocupa del control de gasto, eficiencia y efectividad 4) globalización 5) mediatización: la democracia se ha convertido en una «mediacracia» y la cultura en un relato visual.

Estos 5 elementos -argumenta Wijnberg- tienen enormes efectos sobre la sociedad. Entiendo que lo que quiere decir básicamente es que ya no somos ciudadanos sino consumidores, que habitamos un mundo mucho más grande, más individualista que nunca, que carecemos de cualquier ideología y que estamos permanentemente sometidos a los miedos que los medios de masa nos infligen.

Types of Suicide, Artoons, Pablo Helguera Cortesía Pinto Editores

Las tipologías del curador

Lo que nos lleva de regreso al curador. Una vez aquí me arriesgo a proponer una simple clasificación que, acaso, nos acerque un poquito más a ese-ser-en-permanente-estado-paradójico. Al fin y al cabo, las categorías pueden ser simplistas tanto como clarificadoras.

Podríamos empezar con el curador 1) extraterrestre: aquel que siempre está en el aire, que tiene como mínimo categoría ‘platino’, como Hans-Ulrich Obrist aka HUO, quien con tantos libros, exposiciones, proyectos, artículos y eventos –aquí una exposición como Indian Highway, acullá un maratón de entrevistas-, todo lo convierte en líquido, sin dejar rastro, evaporándose en el aire, como un visitante con V (en el ámbito castellano-parlante se me ocurre Fernando Castro Flórez, obviamente a una escala muy reducida y local, pero con semejante maelstrom de artículos, libros, proyectos y exposiciones).

Entonces tendríamos al 2) Prima Donna: el mismo Jens Hoffman, por ejemplo, que ha estudiado teatro y utiliza –según Wikipedia- “su conocimiento de dirección para articular un enfoque curatorial único”, amén de comportarse como un ‘primo uomo’: altivo y exigente (en esta categoría tambien encaja Adriano Pedrosa ahora que lo pienso).

Continuaríamos con el 3) DIY, id est, el do-it-yourself-curator (ruego perdone el lector este extranjerismo, pero es que el inglés sabe ser tan radical, práctico y mínimo que da gusto), como, por ejemplo, Okwui Enwezor en la Bienal de Sevilla: el curador-háztelo-tú-mismo envía la lista de artistas y el concepto curatorial y desaparece del globo hasta la inauguración, a pesar de que la mayor parte de las obras no estén expuestas ni tal vez se las espere (en nuestro ámbito sería el caso de Gerardo Mosquera, como le ocurrió, por ejemplo, con  ‘Crisisss. América Latina, Arte y confrontación. 1910-2010’ en el Palacio de Bellas Artes de México D.F., donde el mismo día de la inauguración aún había obras sin instalar y artistas como Minerva Cuevas, Gustavo Artigas y Miguel Angel Rojas abandonaron la exposición).

Y, finalmente, podríamos terminar esta breve e incompleta clasificación con el  curador 4) Factotum, quien, a diferencia del curador DIY hace prácticamente todo él: desde facilitar el concepto expositivo hasta buscar presupuestos de transporte, ayudar con la búsqueda de esponsorización privada y pública, escribir las cartelas de la exposición hasta publicitarla y hacer relaciones públicas a tal fin entre los críticos de arte que él conoce. Quiero presumir que esta categoría es la que alberga a la mayor parte de nosotros.

 

As curator, my job is to let the artist design and install the show and to let the work speak on its own, Artoons, Pablo Helguera Cortesía Pinto Editores

Las urgencias del curador

Ahora bien, aquí no me apetece un revolcón, que es lo que diría Michel Houllebecq. Y ante el estupor, intentaré no saltarme mi razonamiento y regresaré a los cursos y cursillos curatoriales. (Los revolcones pueden ser buenos, pero depende para qué.) Todos estos cursos y masters convierten la curaduría en un fin en sí mismo. Es el ‘nuevo infantilismo” que nos azota: todo ha de ser fácil, rápido, compacto y carente del más mínimo esfuerzo. Son para gente distraída.

El curador se hace, no nace. (Bueno, dice la Wikipedia que HUO ya comisarió la primera exposición en la cocina de su casa a la edad de 23 años!).

Con ello quiero decir que el curador necesita aprender, estudiar, viajar, reflexionar y cuestionarse. Y eso necesita tiempo y madurez. Es un viaje que requiere curiosidad e inquietud intelectual, un cuestionamiento permanente de uno mismo y del mundo que le rodea.

La curaduría es en el fondo como mirar un cuadro: hay que alejarse para poder apreciar la composición en su totalidad.

El cineasta finlandés Aki Kaurismäki dijo lo mismo acerca del cine hace nada en El País: “El cine no se aprende en el cine. El cine se aprende fuera del cine. Si se me permite ser irónico, diré:“Que les jodan a los estudiantes”.

Antes de zanjar el tema, debo insistir un poco más en que la crisis actual ha hecho que la profesión del curador sea aún más paradójica: éste se ha visto en la obligación de asumir más tareas volviéndose una persona de rasgos aparentemente contradictorios que, en demasiadas ocasiones, entra en conflicto con las expectativas de las instituciones que le contratan o los artistas participantes.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión: el artista.

Sin él y su trabajo, creatividad y generosidad todo este ‘circo’ sencillamente no existiría. Mas demasiadas personas en el negocio se olvidan de este para nada insignificante detalle a menudo: el artista no percibe el reconocimiento que merece en la forma de honorarios y gastos de producción. (Y en algunas ocasiones incluso ha de pagar para poder exponer, ¡lo cual es una mísera majadería!)

Algunos curadores han ido incluso más allá y se han perfilado como artistas, forzando el nivel de autoría que un curador puede o ha de asumir (esto me recuerda el video de Marina Abramovic “the Curator is Present, the Artist is Absent”).

Así las cosas, y como parte integrante de la banda, no me queda más remedio que admitir que el curador se ha convertido en un ser abstracto, dudoso, sin aparente ideología, pero al mismo tiempo perseguido y buscado como David Guetta. Y supongo que esa es la razón por la cual he vuelto a ejercer de DJ cada vez que me lo permiten…

Este artículo es una versión actualizada y ampliada del articulo original publicado en inglés bajo el título The Curator’s Paradox en la revista norteamericana ARTPULSE, Vol. 2. No. 3, primavera 2011.

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Paco Barragán

Crítico y comisario de exposiciones. Cursa un doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Salamanca (USAL). Entre 2015 y 2017 fue curador de Artes Visuales de Matucana 100, Santiago de Chile. Entre las exposiciones que ha realizado internacionalmente figuran The End of History… and the Return of History Painting, para el Museo de Arte Moderno de Arnhem, Países Bajos; ¡Patria o libertad! On Patriotism, Nationalism and Populism, para el MOCCA de Toronto; Read My Lips! On the Representation of the Death of Osama Bin Laden, para Castrum Peregrini, Amsterdam; Visita guiada: artista, museo, espectador, para el MUSAC de León; y No lo llames Performance/ Don´t Call it Performance, para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) y el Museo del Barrio de Nueva York. Entre sus publicaciones figuran The Art to Come (2002), The Art Fair Age (2008) y When a Painting Moves… Something Must be Rotten (2010). Actualmente es Contributing Editor de Artpulse (EEUU).

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