Estamos viviendo en Chile una coyuntura de estrepitoso derrumbe institucional y simultáneo levantamiento popular, de una complejidad todavía imposible de descifrar, pero que podría ser crucial para acabar definitivamente con un modelo que nunca ha podido –ni ha querido– estar del lado del pueblo.

Si ya va a ser extraordinariamente difícil organizarnos y ojalá echar a andar todas las reformas que conduzcan a satisfacer las múltiples y urgentes demandas de nuestra comunidad, esto va a ser más complicado aún, considerando que todos hemos aprendido a vivir condicionados por los parámetros cívicos y culturales que el mismo sistema neoliberal nos ha inoculado.

El neoliberalismo se manifiesta no sólo a través de la desigualdad, de las injusticias sociales, del abandono de los derechos básicos de la población y de la brutalidad represiva, sino también por medio de otros asuntos, menos concretos y más difíciles de materializar en cifras: una precarización que no es sólo material sino también espiritual, un adoctrinamiento encubierto, un formateo subliminal muy eficiente que opera y se manifiesta de las más diversas maneras, y al que todas y todos hemos sido sometidos sistemáticamente durante al menos cuatro décadas. Ya en el programa de la Unidad Popular se invitaba a intelectuales y artistas a asumir la responsabilidad que nos compete en la materia, y a luchar contra lo que en ese entonces se denominaba “las deformaciones culturales propias de la sociedad capitalista”; tales condiciones de degradación se han ido sofisticando perversa y exponencialmente a lo largo de los años y hasta hoy. Es indispensable que logremos identificar cuáles serían esas deformaciones en la actualidad, y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para desde el arte combatirlas o, al menos, reformularlas.

En términos socioculturales, el actual modelo colapsó porque está basado en la persecución de lo que individualmente “nos gusta» y «queremos” (y no en lo que nos hace bien ni en lo que necesitamos como comunidad). Y creo que, desde el arte, ese individualismo puede ser revertido y transformado, contribuyendo a restaurar el tejido social de solidaridad y empatía que fue desmantelado por la dictadura.

Entonces, aquí asoman al menos dos grandes áreas sobre las que los artistas podemos trabajar, y para las cuales se requieren habilidades diferentes: la primera, que podríamos llamar el área práctica/operativa (de urgencia y contingencia: velar por los derechos y requerimientos específicos de los trabajadores del arte en nuestra sociedad), y la segunda, que podríamos llamar el área propiamente artístico/poética (es decir, de trascendencia: concordar en cuál debiese ser el espacio y la labor del arte en nuestra sociedad). La poesía, el arte, el acto poético, el objeto o la acción artística son parte de una necesidad humana esencial, y es ineludible nuestra responsabilidad como los principales encargados de cubrir esa necesidad: a pesar de nuestras carencias y limitaciones, no hay que olvidar que las y los artistas debemos ser quienes damos, y no tanto quienes pedimos.

Creo que es posible y necesario unirnos, no sólo logísticamente como una industria, sino que fusionándonos en una sola voz; a pesar de los muy diversos y a veces antagónicos lenguajes que cada quien desarrolla a través de sus prácticas artísticas, debemos concordar en una señal o una fuerza común en la que todos nos encontremos. Hace un tiempo le preguntaron sarcásticamente a un pensador chileno de izquierda si él tenía el mapa para llegar a ese lugar tan justo, igualitario y armonioso donde no existe el neoliberalismo, y él respondió que no, que ese mapa no existe, pero que lo que sí podemos tener es una brújula que nos indique la dirección hacia la cual hay que avanzar.

Más allá de la aplastante evidencia de abuso social y lucro, vivimos en una cultura que está regida por la mercadotecnia, la publicidad y el consumo. Una cultura en la que se ha normalizado –y muchas veces se premia- la competencia inescrupulosa y la trampa. Con dolor vemos que nuestra sociedad contemporánea chilena se ha vuelto cada vez más chata, mezquina, desconfiada, calculadora, descortés, prepotente, castigadora, xenófoba y farandulizada, y eso no ha surgido en forma espontánea o natural, sino que ha sido parte de un proceso cuidadosa y deliberadamente orquestado desde el poder. Por un lado, la educación pública se cierra cada vez más al arte, al humanismo y la filosofía, y por otro lado, los medios oficiales de comunicación masiva entregan contenidos cada vez más distorsionados y manipulados, encubriendo impúdicamente la colusión, la corrupción y el terrorismo de Estado.

Nos damos cuenta, con mucha tristeza, de que prácticamente los únicos momentos de creatividad o trascendencia a los que pueden aspirar la mayoría de los niños y los jóvenes se encuentran en el mundo paralelo de los videojuegos de violencia. Vemos las calles de Santiago llenas de gente cabizbaja, circulando con audífonos y mirando una pantallita, tapando sus depresiones con bebidas energizantes y canciones con autotune. Nuestra cultura popular urbana está mayoritariamente secuestrada por la cultura narco y su culto al abuso, al insulto, la amenaza, la degradación de la mujer, y en su apología al materialismo, la ostentación, el despilfarro y la vulgaridad, celebrando al que se impone y consigue todo por la fuerza, al que anda con las ventanas abajo con la música a todo volumen… Todas características decadentes propias de una sociedad que se rige según una lógica neoliberal: todos malos hábitos que en algún momento fueron el sello de debilidad de las clases dominantes de antaño, pero que por desgracia ahora han sido absorbidos íntegramente por el pueblo.

Tenemos que recuperar el refinamiento del verdadero arte popular y rechazar la chatarra y la frivolidad neoliberal. Por estos días se ha convertido en himno de las movilizaciones «El derecho de vivir en paz», de Víctor Jara: tenemos que invocar precisamente esa noción de intimidad y de avance colectivo que conviven en el enfoque artístico de creadores como Víctor Jara o Violeta Parra, el rigor, la sofisticación y elegancia de sus propuestas, y por qué no decirlo, también la ternura en la obra de Víctor y Violeta: me cuesta imaginarles sumándose en este momento al juego del “sálvese quien pueda” que propone el modelo actual (juego del que tanto nos cuesta zafarnos a tantas y tantos colegas). Tenemos que trabajar para que, en este Chile, país de ladrones y poetas, prevalezca de una vez por todas la generosidad de la poesía por sobre el robo.

Con respecto a la influencia neoliberal en el arte contemporáneo globalizado y local, todavía tenemos que hacernos muchas preguntas. Por ejemplo: ¿Por qué recibió cobertura mediática mundial casi instantánea la artista ucraniana que retrató a Putin con casquetes de bala y a Trump con monedas y chips de casino? ¿Por qué las grandes colecciones de vanguardia artística, manejadas desde el neoliberalismo internacional, se han empeñado en exhibir y comprar el máximo de obra posible de los artistas de la periferia cuyo trabajo es eminentemente político (siendo la Fundación Daros y el Museo Reina Sofía los ejemplos recientes más elocuentes)?¿Por qué será que actualmente los proyectos artísticos con énfasis en protesta política, trabajos comunitarios y/o nuevos medios, son los que más apoyo reciben desde el neoliberalismo (tanto a nivel gobierno como desde el sector privado)? ¿Por qué fueron Corpartes y Moneda Asset Management los anfitriones en Chile de Ai Weiwei? ¿Cómo se entiende que una obra chilena basada en archivos desclasificados de la CIA se haya convertido en hit comercial de las ferias internacionales y haya sido expuesta con bombos y platillos en el Malba (en pleno boom del Macrismo)? O a un nivel más sencillo y doméstico, ¿por qué en nuestro medio han proliferado los concursos de arte en que “el público” premia según lo que más “les gusta”?  ¿Por qué será que se han puesto de moda las metodologías pseudo sociológicas (encuestas, focus-groups, cuestionarios, etc.) como herramientas de ‘producción de obra’?

En ese sentido, como artistas, debemos tener mucho cuidado con creer que estamos combatiendo, «evadiendo» o burlando al sistema, cuando en realidad le estamos siguiendo el juego, alimentándolo y fortaleciéndolo. Hace mucho rato que el capitalismo se dio cuenta que, en lugar de perseguir y censurar al arte de protesta, había que apoyarlo y promoverlo (y de ese modo, neutralizarlo). Es indispensable darnos cuenta de que, en el mundo contemporáneo, el arte utilitario es neoliberal. La transformación del arte en un cúmulo de datos, información y cifras, desplegados de manera insensible y frontal, es neoliberal. El arte que se parece demasiado a la publicidad, es neoliberal. El arte sin afecto es neoliberal. El arte que sólo distrae y recrea, es neoliberal, como también es neoliberal el arte que sólo denuncia y reclama: en ese sentido, cuando el arte contemporáneo enfatiza únicamente los aspectos negativos de la realidad, el sistema se encarga rápidamente de “compensar” y contrarrestar aquello, embutiéndonos más y más consumo.

Para el neoliberalismo, sin embargo, sigue siendo un cuco el contenido poético del arte (su oblicuidad, su profundidad y misterio, su ambigüedad y multiplicidad de interpretaciones). Es cierto que desde el arte podemos experimentar, observar, analizar, evocar, celebrar y cuestionar la vida real y el mundo real, pero el arte no es ninguna de las dos, es otra cosa, y esa dimensión inasible, que se nutre de la imaginación y la sensibilidad, es una de sus principales fortalezas.

Entonces, considerando la coyuntura actual y que se ha abierto un espacio de reflexión comunitario de largo aliento, propongo ir incorporando al debate colectivo la siguientes preguntas:

¿Cuál sería el rol del arte en este mundo mejor que estamos imaginando (y en qué se diferencia del papel que actualmente cumple al interior de nuestro sistema)?

¿De qué manera puede el arte contribuir a una mayor riqueza espiritual y a complementar una mejor educación y salud mental en nuestra comunidad?

¿Cómo podría conducirse un plan de desarrollo del arte desde un eventual nuevo modelo?


Imagen destacada: Claudio Bertoni, El taller del artista, circa 1980. Cortesía del artista

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Cristián Silva

Santiago, 1969. Artista, profesor y curador independiente

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