Ayer fuimos invitados a la avant-premiere del documental Zurita. Verás no ver de Alejandra Carmona en la Cineteca del Palacio de La Moneda. Se trata sencillamente de una obra maestra. La vida del poeta sirve como excusa para hablar de un Chile que sigue debatiéndose entre la construcción de una memoria y la destrucción de su propia historia. Esa es la tensión no dicha del relato total. Un hombre que recuerda pero que también sueña con un porvenir y su obra es esa misma doble tensión hacia lo que puede desaparecer y lo que nunca desaparecerá.

Su poesía que convierte a la geografía en una forma de leer la historia como sus acciones de arte desde el CADA son el intento más radical de que las palabras sean las cosas y sobre todo de que el quebrado pacto entre el cielo y la tierra vuelva a tener una oportunidad más. El viaje al cementerio de Pisagua convertido en un memorial no es distinto a lo que el propio poeta ha hecho con obras como Canto a su amor desaparecido, INRI o El mar del dolor, la instalación en la bienal de la India. El arte como lo que aún une la vida con la muerte, el rito de darle un nombre a lo que podría haberse olvidado para siempre, una posibilidad de una diminuta e íntima eternidad.

Lo que Zurita nos dice cuando afirma que el dolor de un solo ser humano es el dolor de toda la humanidad es sobrecogedor. El mundo entero es hoy Pisagua. Tal como en su momento fue Auschwitz. Desde los jóvenes que mueren en genocidios como los de Irak, Afganistán o Palestina hasta las mujeres y niños que desaparecen en el Mar Mediterráneo que él reconoce tristemente como el verdadero Mar Muerto.

El documental, entre una innumerable serie de méritos, logra entrar a la poesía de Zurita y no instrumentalizarla como un guion por la sencilla razón de que ella ya lo es de las pasiones humanas que somos desde hace 50 años. En el desierto, por ejemplo, ve nuestra propia historia. Desde su infinita soledad hasta la infinita posibilidad de vida. En este sentido el uso del dron como tecnología es perfecto para la correspondencia visual con esas cordilleras que marchan en Anteparaíso o ese mar donde llegan todos los ríos en su regreso al cielo como aparecen en La Vida Nueva.

De fondo de lo que se trata la película es sobre esa pasión de un hombre que desde su enfermedad ha podido leer lo enfermo de un mundo pero a la vez ofrecer ese mismo cuerpo que se cae y se levanta como parte de una esperanza que a veces también se nos cae pero volver a levantarla es nuestro deber.

Es probable que no haya otro poeta donde Chile entero sea una metáfora de su propia existencia y tanto el horror como el vislumbre de la felicidad, como el poeta lo llama, terminen unidos por esa imagen del amanecer que separa y une a la noche del día. En eso el libro Zurita y el documental son una misma cosa.

Los recursos estilísticos de las secuencias se cuentan por montones. Desde la impactante banda sonora pasando por el exacto uso de archivos hasta la escala cromática de esas tomas del cielo o el océano que parecen ser también parte de esa banda sonora. Uno de los contrastes más potentes se da entre la imposibilidad de ver y lo que se verá, que por cierto es la cuestión del documental como recorte imaginario de la vida.

Los primerísimos primer plano de los ojos de Zurita son equivalentes a las veces que lo vemos cerrarlos y hay allí una metáfora de lo que fue su arresto en los sótanos del carguero Maipo donde no había luz y casi nada de oxígeno hasta las esplendorosas imágenes aéreas de su geoglifo “Ni pena ni miedo”. La oscuridad total hasta la totalidad de un territorio visto sólo desde el cielo. De hecho todo esto lo vemos en una película que se llama Verás no ver. El mismo testimonio del poeta sobre el amoniaco en los ojos dos años antes de las escrituras en el cielo de Nueva York confirman la potencia de esta tensión que no es otra que la nuestra de querer ver o no el dolor del mundo.

La voz en off del poeta no es una guía única sino que un camino más entre las imágenes y la realidad que las antecede. Un gran logro de un documental sobre un personaje es que no sólo lo veamos a él sino que veamos a través de él la parte de vida que nos toca a nosotros como espectadores y contemporáneos de su dicha y sufrimiento.

Hay tres escenas que me dejaron estupefacto. Son las tres muy insignificantes en comparación con el resto del documental y probablemente no duren más de un par de segundos. No obstante creo que pueden pensarse como una suerte de punctum de la trama general.

La primera de ellas sucede cuando Zurita está en Valparaíso y se muestra el frontis de la Universidad Federico Santa María que es donde estaba cuando ocurre el golpe de Estado. Aparece una torre con un reloj cuyo minutero en vez de avanzar, retrocede, que es el efecto cuando se mira desde abajo. Ese corte exacto de la escena pareciera ser la utopía de la que habla luego el poeta, de que el único poema que vale la pena es que nada de lo que ocurrió desde ese día en adelante hubiese ocurrido. No es sólo volver el tiempo atrás sino que recordarnos que el destino no está para cumplirse sino para crearlo como esa obra colectiva que es la propia humanidad.

La otra escena es cuando tenemos a Zurita en su casa emocionado viendo en su computador el final de La Strada de Fellini y un devastado Anthony Quinn termina convirtiéndose un bulto en la playa frente a las olas que revientan. Acaso esta imagen no ocurre en la Ilíada y la Odisea, o el momento en que Dante ve las almas exangües en La Divina Comedia. Sin embargo es también la imagen del niño sirio muerto en la playa de Turquía, la de algunos cuerpos que pudieron soltarse de los trozos de durmiente a los que fueron amarrados antes de ser arrojados por los militares al mar o incluso la del propio poeta convertido en su última mirada frente a las 22 frases de lo que será algún día el último proyecto frente a los acantilados del norte de Chile.

La tercera y última imagen está en negativo. La de un negro mar rompiendo contra blancas rocas. La escena debe durar probablemente un segundo y no sólo es la actualización del cielo invertido de Mallarmé que el poeta ha leído posteriormente en su mejilla como el cielo estrellado, sino que en el contraste saturado de ese blanco y negro está lo que Zurita dice al ver las fotos del acantilado: un proyecto que no pretende hacerse pasar como real.

En esta sentencia está no sólo el documental como género, la poesía como fracaso sino que las propias vidas que son proyectos por llevar a cabo tal como el llamado que cayó de los aviones en una de las acciones del CADA y que aparece en la película.

La diferencia entre sobrevivir y vivir es obscena si no somos conscientes de ella. Todo lo que rodea a Auschwitz es Auschwitz. Todo lo que rodea a Pisagua es Pisagua. El documental Zurita. Verás no ver de Alejandra Carmona sobre el poeta nos recuerda cosas que la literatura y el cine estaban olvidando. Nosotros también. Es urgente no solamente lo que se dice y lo que se ve sino también lo que es.

Hay un epílogo más allá del documental que nos alegra y es el éxito de la operación en Italia al poeta por su Parkinson. Zurita ha regresado hace poco al país luego de estar casi un año en esto. Su lucha excede toda película o libro que se pueda hacer de él. Me emociona ser su contemporáneo y poder decirme su amigo. Gracias Raúl, infinitas gracias por todo.

 


Zurita. Verás no ver, 2018, 76 minutos. Dirección: Alejandra Carmona Cannobbio. Estreno: 26 de septiembre de 2019

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Héctor Hernández Montecinos

Nace en Santiago de Chile en 1979. Es Licenciado en Letras, Doctor © en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte (Universidad de Chile), y en Literatura (P. Universidad Católica de Chile). A los 19 años recibió el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos. A los 29, el Premio Pablo Neruda por su destacada trayectoria literaria tanto en Chile como en el extranjero. Ha sido becario del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, de la Fundación Pablo Neruda, de la Fundación Andes, del FONCA (México), AECID (España) y de Conicyt. En poesía ha publicado La Divina Revelación (México, Aldus, 2011) y Debajo de la Lengua (Chile, Cuarto Propio, 2009). RIL editores publicó sus novelas-ensayo sobre el quehacer poético: Buenas noches luciérnagas (Chile, 2017; España, 2018) y Los nombres propios (Chile, 2018; España, 2019). Sobre el poeta Raúl Zurita ha editado la muestra Verás (Ediciones Biblioteca Nacional, 2017) y Un mar de piedras (Fondo de Cultura Económica, 2018), una edición de sus entrevistas entre 1979 y el 2017. Fue co-curador de la exposición Los poetas más allá del poema (GAM, 2015) que incluía objetos y arte visual de Pablo Neruda, Nicanor Parra, David Rosenmann-Taub, Gonzalo Millán, Raúl Zurita, Enrique Lihn y Diego Maquieira. También escribió en el catálogo de la exposición Handle with care: mujeres artistas en Chile (MAC, 2007), entre otros.

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