El ensayista, crítico y curador Iván de la Nuez bosqueja en Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás) (Consonni, 2018) el sentir de nuestra época, un momento histórico en el que ya no se produce una distancia o tensión entre el arte y la vida, sino más bien –como opina de la Nuez- entre el arte y la supervivencia. Lo que marca una diferencia brutal con un estadio pretérito con el que este libro pretende dialogar: Teoría de la vanguardia, de Peter Bürger, publicado cuarenta años atrás. En aquel momento el horizonte de expectativas era bien diferente. Entonces Bürger pensaba que la tarea de la vanguardia era la de “romper con la representación y disolver la frontera que lo separaba de la vida”. Tarea que, empero, parece no haberse cumplido y que, de suyo, significaría quizá la imposibilidad de facto de la vanguardia.

Así las cosas, Iván de la Nuez, explorando un territorio nuevo (más depauperado, diríase), se pregunta qué hacer con el arte contemporáneo, un arte ya franquiciado, que apenas ya representa un –hipotético- progreso; un arte que lleva más de un siglo erre que erre; un arte cada vez más fundamentado en la fe y que se construye con los cimientos de la política de lo imposible. Un arte incapaz no ya de ir más allá de sí mismo, sino incapaz de llevar hasta las últimas consecuencias su expansión. Y para ello, de la Nuez busca los rastros del arte en su contaminación con una política cada vez más esteticizada, en la iconografía o la literatura.

En opinión de Iván de la Nuez, al arte le aguardan tres escenarios probables y posibles –no autoexcluyentes, además-: 1) que el arte actúe como ironía nostálgica 2) que afiance su tendencia a suceder como texto y disfrutarse u odiarse como lectura y 3) que cambie el paradigma de obras posibles por el de obras necesarias.

La vulnerabilidad del arte es su gran fortaleza

En este nuestro presente sin destino, desapegado del futuro, en el que el artista sufre por su misma supervivencia, cualquier cosa puede ser adjetivada de artística. Y contra ello se opone de la Nuez en su libro. Particularmente en uno de sus frentes: la política. Una política ya ni siquiera de las cosas sino de la causas. Vivimos en un momento en el que la crítica es ya denuncia, el discurso retórica y la democracia catarsis. Si todo parece indicar que el ciclo duchampiano está llegando a su fin, es hora de resituar el pensamiento sobre el arte, nos dice de la Nuez. Así, siguiendo al sociólogo portugués Buenaventura de Souza, propone el ensayista cubano un pensamiento de retaguardia que no sería el que “es capaz de generar los hechos sino el que puede seguirlos”; un pensamiento que acepte, con la crítica mexoamericana Diana Taylor, la importancia de “la vulnerabilidad del no saber” a la hora de construirnos una idea del mundo, esto es: a saber esperar y no tener prisa para comprender las cosas. Un pensamiento crítico que se sitúe en el ámbito de las consecuencias. Dicho en términos planos: aceptar que un pensamiento de retaguardia nunca habrá de producir ninguna corriente, ninguna escuela, ningún ismo. Un pensamiento que es consciente del ínfimo poder del arte para incidir en las grandes problemáticas (sea el darwinismo financiero, la estandarización del consumo o el estalinismo de mercado).

La venganza de las imágenes

La ciudad se ha convertido en una entidad postcapital, donde más que producirse, se programan y reiteran los hechos urbanos. Es ella un ámbito de atomización y de ocio (o desempleo) y la fotografía, regida hoy día por lo que Joan Fontcuberta ha denominado un Nuevo Orden Visual (o Iconocracia, como lo llama de la Nuez) caracterizado por la búsqueda de la verdad, un soporte adecuado para captar su disolución. Un mundo lleno de imágenes que deberían aspirar a crear un imaginario es el que hoy asume la fotografía, en tanto que intervención artística; unas imágenes que habrían de servir para ilustrarnos. Da fe de la importancia de la imagen hoy el hecho de que “nuestro vocabulario ya es fotográfico”.

De esta Iconocracia, de la Nuez rescata –para el arte de retaguardia- su capacidad de venganza; una iconofagia (o crítica de las imágenes por las imágenes) que gestiona y digestiona y adentro de la cual ya están licuadas las ideas del agitprop. Las imágenes entendidas como saber y poder. Iconos que son “la confirmación suprema del animismo contemporáneo”. Un estar cada vez más cerca para saber cada vez menos. Porque, sí, ya lo habrán adivinado, “fotografiar es mentir”. Así pues, ante la proliferación de la imagen desbordada, el arte quizá –opina de la Nuez- necesite más palabras y menos imágenes.

El sorpasso de la literatura (expandida)

Se ha venido dando en los últimos tiempos una excepcional promiscuidad entre la literatura y el arte. Antaño se escribía desde la literatura sobre el arte, pero ahora ya se habla desde el arte mismo. César Aira, Houellebecq, Pedro G. Romero, Vicente Luis Mora, Alicia Kopf, Verónica Herber, Valérie Mréjen, Enrique Vila-Matas, Agustín Fernández Mallo, Paul Auster, Miguel Ángel Hernández o Ignacio Vidal Folch. Hay bastantes ejemplos. Así, mientras el arte contemporáneo se dormía en sus laureles, la literatura se ha dedicado no ya a describir el arte, sino a construirlo. Y es que no ha sido la fuerza del arte, sino precisamente su vulnerabilidad, lo que ha multiplicado su presencia en la narrativa.

La literatura expandida (a la que de la Nuez no considera stricto sensu arte) se ha ido emplazando en un territorio “previamente conquistado por el arte”.  El arte ha perdido su aura y la literatura se ha lanzado a ese terreno de juego del malestar y la renuncia. La ficción del arte ha sabido formular mejor sus reparos y establecerse en espacios a los que la crítica de arte o bien ha renunciado a ocupar o directamente le estaban vedados. La literatura hace mucho tiempo ya que anda en el espacio de la resistencia. En resumidas cuentas, que al saber ya la literatura de su decadencia irrecuperable (de su muerte en vida, vamos), hace años que ha aceptado ocupar unos espacios a los que aun el arte contemporáneo se resiste. La lección, pues, es clara. El arte debe abandonar esa brújula revolucionaria que aun lo guía.

El arte de retaguardia deberá notificar todo lo que se acaba, sin dejar de notar sus carroñas (de las cuales se alimenta), “perseverando en una adoración forense que ya ni asusta ni entristece: simplemente aburre”; ha de dejar de “usufructuar sus fantasmas”. Para, eso sí, “volver a nombrar en positivo nuestra experiencia”, avanzando hacia el porvenir por caminos humanísticos, siendo capaces de crear una historia del futuro, en la que el artista será aquel que se apresurará a borrar su rastro. Sustituir exhibición por inhibición. Sacar al arte de la servidumbre de esta época. Inventarle un imaginario propio.

Todo ha de ser cambiado, dice Iván de la Nuez. Y, cuanto antes, mejor.

Apresurémonos.

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Nace en Castellón, España, en 1977. Tiene un Diplomado en Literatura Creativa (Escuela TAI-Madrid) y es Graduado en Estudios Ingleses (Universidad de Barcelona) y miembro de la asociación española de críticos literarios (AECL). Escribe sobre arte y cultura contemporánea en el suplemento Cultura(s) de La Vanguardia y en diferentes revistas, como FronteraD, Artishock y Naif Magazine, entre otras. Ha publicado el libro de relatos "Fin de fiestas" (Suburbano, 2014). Se ocupa del departamento de prensa de la Editorial Malpaso.

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