Enmarcada dentro de una instancia académica,  la muestra Carácter, que cada año presenta  los trabajos de titulación de los egresados de la carrera de arte de la Universidad Diego Portales (UDP), se ha convertido en el tiempo en la primera instancia formal de exhibición pública de amplio alcance para estos jóvenes artistas, apoyándolos en su eventual entrada al circuito del arte nacional, tanto institucional como comercial.

“En muy poco tiempo, nuestros egresados han logrado insertarse en la zona de la producción y circulación del arte chileno. Al mismo tiempo, esperamos que los egresados sean artistas que se instalen en la escena del arte emergente a nivel latinoamericano”, señala Ramón Castillo, director de la Escuela de Arte de la UDP, cuyo programa académico enfatiza la producción autoral, la investigación material y la autogestión artística a partir del trabajo interdisciplinar.

La novena edición de Carácter se despliega, como en años anteriores, en el acondicionado estacionamiento subterráneo de la Biblioteca Nicanor Parra, parte del campus de la UDP. Allí, desde el pasado 8 de enero y hasta el próximo 18 de enero, los egresados presentan obras en una amplia variedad de lenguajes y medios, desde la instalación, el video e intervenciones al aire libre, hasta el dibujo, pintura, escultura y animación.

“Indudablemente, podemos reconocer muchas afinidades entre obras que enfatizan de manera crítica y/o poética aspectos relacionados con la ciudad que habitamos, reflexiones sobre asuntos sociales, políticos, geográficos o culturales, hasta dimensiones más íntimas, donde la microhistoria se convierte en una historia ampliada y común”, comenta Castillo.

Vista de la exposición "Carácter", de los egresados de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales (UDP), Santiago de Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer

La Escuela valora en sus alumnos tanto el trabajo manual e intelectual como herramientas para su interpretación del tiempo y el contexto, junto con todo lo que conlleva la observación e interpelación del entorno y la sociedad. A lo largo de este proceso de exploración, reflexión y autoconocimiento, los artistas egresados son acompañados por profesores guía que están en pleno ejercicio de su obra, como Francisca Sánchez, Antonio Silva, Paz López y Camilo Yáñez, éste último a cargo de la museografía de Carácter.

En sus varias versiones, uno de los aspectos que define a esta exposición ha sido su cuidado diseño expositivo,  que toma en cuenta las variantes de distribución y convivencia entre obras dentro de las particulares características arquitectónicas del subterráneo. En esta edición, la acertada apropiación del espacio logra que las obras -y sus temáticas- dialoguen y confluyan armoniosamente, sin interrupción.

En un sector, Yáñez propone un recorrido íntimo y sutil por obras como las de Francisca Correa, Esteban Pérez y Daniela Gálvez; en otro, una experiencia inmersiva por la obra de Carrie Gálvez, titulada Cartografía interior. En ella, Gálvez indaga en su historia personal -se refiere explícitamente a vivencias de su pasado en torno a temas tan complejos como la sexualidad, abusos y enfermedades-, a través de frases íntimas y radiografías de su zona sacro impresas en gigantografías. A pesar de su gran escala -que remite al formato de vallas publicitarias-, es físicamente casi imposible alcanzar a observarlas en su totalidad. Las gigantografías están expuestas cara a cara en un estrecho pasillo ambientado con una tenue luz roja, un espacio confinado que sitúa al espectador en una posición incómoda. “En la zona del sacro vuelvo a escribir mi historia y mis vivencias, para que otro se introduzca en ellas, sin saber completamente dónde está y qué es lo que pasa realmente. Para poder ver hay que tomar distancia pero, en esta obra, eso no está permitido”, cuenta Gálvez.

Carrie Gálvez, Cartografía Interior, 2018, panelería y tubos fluorescentes, 2,45 m x 7,70 m x 90 cm. Foto: Jorge Brantmayer
Carrie Gálvez, Cartografía Interior, 2018, panelería y tubos fluorescentes, 2,45 m x 7,70 m x 90 cm. Foto: Jorge Brantmayer
Carrie Gálvez, Cartografía Interior, 2018, panelería y tubos fluorescentes, 2,45 m x 7,70 m x 90 cm. Foto: Jorge Brantmayer
Ana Carolina Tapia, Hormigón no habitable, 2018-2019, instalación compuesta por esculturas de hormigón y cartón, papel mural e impresión en serigrafía. Dimensiones variables. Foto: Jorge Brantmayer
Ana Carolina Tapia, Hormigón no habitable, 2018-2019, instalación compuesta por esculturas de hormigón y cartón, papel mural e impresión en serigrafía. Dimensiones variables. Foto: Jorge Brantmayer

Las esculturas de Fernando Peñaloza, Diego Díaz, Fernanda Albornoz y Abraham Beltrán -todas construidas con elementos urbanos abandonados y accidentados- aparecen por aquí y por allá, irregularmente, por todo el subterráneo. Estas piezas, donde los materiales nobles son protagonistas, dialogan con la instalación Hormigón no habitable, de Ana Carolina Tapia, presentada en uno de los varios habitáculos que conforman el diseño expositivo.

A través de una serie de volúmenes geométricos de hormigón y cartón, dispuestos sobre el piso o en estructuras que se alzan a distintas alturas, la artista remite a la idea de ciudad y a los paisajes urbanos. Algunos de estos objetos han sido cubiertos con impresiones digitales que reproducen las texturas monocromas de pilas de hormigón descartado y la irregular trama de sus grietas. Las imágenes se replican en sendos papeles murales adosados a las paredes y en una discreta serigrafía en una de las esquinas, recursos formales que imprimen un carácter envolvente a todo el conjunto. Arquitectura y escultura confluyen en estas obras, que bien podrían tener como antecedente el sistema de molde y vaciado empleado por Rachel Whiteread.

Frente a esta obra nos encontramos con la instalación multimedia Laberinto de Pandora, de Sebastián Landa, en la que a través de un mural, un video y una serie de libros hechos con acuarela sobre papel de algodón construye un desafiante juego de aventuras que revaloriza la actividad lúdica y el concepto del juego como fuentes creativas del arte. Esta obra, donde la interactividad se convierte en desafío, permite al jugador desenvolverse en una historia de siete niveles junto con una simbología de autoría que a futuro promete tener una versión digital para llegar a un público más amplio.

Antoine Bernal, 16 instrucciones, 2018-2019, video. Foto: Jorge Brantmayer
Sebastián Landa, Laberinto de Pandora, 2018, instalación, video (3:40 min) e impresión digital. Foto: Jorge Brantmayer
Sebastián Landa, Laberinto de Pandora, 2018, instalación, video (3:40 min) e impresión digital. Foto: Jorge Brantmayer

En este mismo plano lúdico -aunque más cercano a las operaciones Dada o las Instrucciones de Yoko Ono- se sitúa la obra de Antoine Bernal, 16 instrucciones, una investigación conceptual sobre una falsa simulación a través de un video. El uso de reiteradas tomas junto con instrucciones dan cuenta de un sistema lógico de variables en donde se conceptualiza el estudio de proyección de luces y su traducción desde el ojo al cerebro. Nos encontramos con un cine dialéctico en sus secuencias y azaroso frente a las alternativas exigidas, donde se puede atestiguar cómo la edición cumple un rol protagonista al moldear el material junto a las variables numéricas.

El acompañamiento de la Escuela a artistas autogestionados, con una actividad sistemática fuera del ámbito académico y con pensamiento crítico se materializa en el Colectivo Cuneta, que se apropió de un sitio eriazo entregado por la universidad, aledaño a la Biblioteca Nicanor Parra, para instalar su Taller sin techo, una muestra compuesta de instalaciones y esculturas a gran escala, ensambladas a partir de materiales encontrados, pensadas para ese espacio a la intemperie. Este colectivo, conformado desde el año 2017 por Abraham Beltrán, Claudia Quelempán, Fernanda Albornoz, Fernando Peñaloza, Diego Díaz y Ana Carolina Tapia, sigue líneas de trabajo que “surgen de la observación de la ciudad, el desplazamiento y la periferia, sugiriendo así un proyecto colectivo que se materializa a través de la instalación en la calle, la escultura y la pintura como principales medios”.

Cuneta realiza una suerte de saneamiento o de purificación casi ritual de los lugares. Sus acciones se insertan de forma intersticial en lugares habitados y deshabitados temporalmente. Es decir, con sus obras intervienen un lugar para sacarlo de la ‘maldición’ que implica la indiferencia e indeterminación urbanística. Un ejemplo de esta tensión entre lo protegido y desprotegido es la intervención que realiza el colectivo tanto en este espacio al aire libre como en el subsuelo de la Biblioteca Nicanor Parra, con piezas que funcionan tanto individualmente, como en diálogo vistas en su conjunto.

Obras del Colectivo Cuneta, Taller sin techo, en sitio eriazo aledaño a la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP, Santiago, Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Obras del Colectivo Cuneta, Taller sin techo, en sitio eriazo aledaño a la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP, Santiago, Chile, 2019. Foto: Jorge Brantmayer
Daniela Gálvez, Sin título, 2018, video performance, 6'24''. Foto: Jorge Brantmayer