La fotografía puede ser un documento. Es capaz de registrar la riqueza y la fuerza de la experiencia en la multiplicidad de sus formas y elementos constituyentes, es capaz de transformar en imagen significante la diversidad que captura sin por ello simplificarla o estilizarla. En estos casos, una imagen fotográfica opera como el “espectro” de un acontecimiento, una suerte de emanación visual que ha sido apresada; gracias a esa captura, lo sucedido se ausenta del tiempo, se fija y detiene su temporalidad. Por ello, en términos de documento, las series de imágenes fotográficas permiten una comprensión cercana de los acontecimientos, al mostrarlos en la multiplicidad de sus variaciones. En este sentido, muchos teóricos han comprendido la fotografía como una suerte de “realidad” de segundo grado, re-figurada por el encuadre y la mirada crítica de quien enfoca y selecciona, dramatizada y puntualizada por incidencias lumínicas y cromáticas particulares. Una realidad residual –que desafía la pérdida y la instantaneidad- en la que a la manera de un “texto visual” se puede no sólo tener experiencias sino, además, elaborar narraciones e interpretaciones diversas e inaugurales; se puede re-pensar y re-visualizar lo acontecido.

La obra de Leo Álvarez (Caracas, 1963) se inscribe en este territorio de la fotografía documental en el que “lo real” y “lo acontecido” mantienen su poder y su densidad, y se exponen a la mirada del espectador como una “realidad de segundo grado” que urge compromiso y que subvierte cualquier regulación o discurso pre-elaborado. Un territorio en el que la imagen posee una misión: la de relatar formas de vida y modos de actuación, la de testimoniar sucesos indispensables para comprender las sociedades, su historia y sus determinantes culturales, la de abrir espacios para la interpretación crítica y la reflexión. En efecto, las imágenes capturadas por la mirada de Leo Álvarez tienen esa expresividad propia de la fotografía documental que no requiere de palabras y que, en su crudeza y rigor, persiguen relatar –y retratar- un acontecimiento figurando sus motivos y efectos, el modo como afectan su realidad y su mundo. Sus series son “documentos visuales” que, al trabajar las imágenes en conjunto –multiplicando y diversificando su contenido visual y emocional-, buscan crear contextos desde los que reconocer y comprender adecuadamente, en la realidad en la que existen, la diversidad de situaciones que conforman una situación dada, así como su modo de conformarse y su devenir.

A pesar de su fuerte contenido documental, las fotografías de Álvarez rozan el espacio de la expresividad estética porque están siempre elaboradas desde una experiencia comprometida, desde el ojo de alguien que aprende a “formar parte” de aquello que registra, que se interna en sus texturas más íntimas, lo que le permite captar intensamente el “alma” de aquello que identifica, retratarla profundamente. En la exposición Sorte, sector Sorte, que se presenta en la Galería Carmen Araujo Arte, Leo Álvarez documenta, da testimonio, de los rituales y ceremonias que conforman el culto a María Lionza en su lugar natural -la Montaña de Sorte-, en sus creyentes y sacerdotes, en la majestuosidad de sus cuerpos y gestos, en su belleza agreste e indómita, de naturaleza pura y centelleante.

Leo Álvarez, de la serie "Sorte, sector Sorte", 2018. Cortesía del artista y Carmen Araujo Arte, Caracas

Estas imágenes, que se imponen con la fuerza gráfica del blanco y negro, construyen una narración visual en la que no sólo se logra registrar la profundidad inconmensurable de la montaña y su vegetación, de los nichos que albergan los cuerpos danzantes y sus gestos, sino que también en ellas se cifran los movimientos y cadencias humanas, así como esa luminosidad inasible que resplandece y quiebra la oscuridad. A partir de un encuadre dramatizado, cercano, hecho en un tiempo expandido, estas imágenes transcriben la energía -la fuerza- desplegada en estos ritos que se convierten en rastros, en anotaciones visuales, de un mundo enigmático. Su cámara se interna en esas ceremonias y ritos haciéndose un participante activo, por ello, estas imágenes tienen una profundidad explícita que se expone visualmente, por ejemplo, en los diversos “enfoques” que se advierten en una sola imagen, o en los trazos y figuras que dibujan las luces y los gestos, en las veladuras que se atrapan del humo o los movimientos. A partir de un uso fuertemente expresivo de los elementos formales de la fotografía, Leo Álvarez subraya en las imágenes su “contenido espiritual”, su dimensión anímica, construyendo una narración cultural capaz de comunicar el misterio al que se enfrenta.

Con una cierta expresividad “cinematográfica”, la serie de imágenes que conforman Sorte, sector Sorte absorben al espectador, le reclaman una entrega –una especie de penetración- que incluye afecciones y sorpresas, y que por ello mismo son la ocasión de una experiencia. Gracias a su agudeza, a su vivacidad, estas imágenes interpelan simultáneamente lo visual y lo intelectual, operan como un espacio de significación en el que “documentar” se convierte en una acción reflexiva desde la que el fotógrafo hace evidente sus propias inquietudes, su propia conmoción, y en la que la “montaña” y sus “ceremonias” se imponen con los trazos majestuosos que se entregan en sus cuerpos y danzas, en sus gestos y sus destellos.

La serie Sorte, sector Sorte tiene un efecto develador, se adentra en un mundo y nos lo relata en sus diversos momentos y estadios, mostrando algunos de sus aspectos ignorados, convirtiendo en presencia sus símbolos fundamentales, así como algunos de sus momentos ocultos y secretos. Con una estrategia narrativa enigmática, con un decir imposible de anticipar, esta serie de imágenes exceden los límites de la representación y, como “realidad de segundo grado”, son un lugar de encuentro, un espacio en el que un entre-todos se convoca y se despliega.

Leo Álvarez, de la serie "Sorte, sector Sorte", 2018. Cortesía del artista y Carmen Araujo Arte, Caracas

LEO ÁLVAREZ: SORTE, SECTOR SORTE

Carmen Araujo Arte, Urb. Sorokaima, Calle Rafael Rangel Sur, Hacienda La Trinidad, Secadero No. 2, Caracas

Hasta el 4 de noviembre de 2018

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Sandra Pinardi

Doctora en Filosofía de la Universidad Simón Bolívar (2000), es Directora de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Simón Bolívar y profesora de la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, Venezuela. Participó en la creación del Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón, del cual también fue Directora. Ha escrito varios libros y capítulos de libros, entre éstos, “Reconstructed Identities in Latin America; Spectacle and Fiction", en “New World Colors” (2014); y "Disposiciones políticas de las artes visuales contemporáneas: Archivos de la violencia”, en “El tránsito vacilante. Miradas sobre la cultura contemporánea venezolana” (2013).

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