Por Claudia Segura

En el año 2015, la artista visual Adriana Ciudad (Alemania – Perú, 1980) me habló de su interés en iniciar una investigación sobre los Alabaos de la zona del Chocó y el Cauca, esos cantos funerarios del noreste del Pacífico colombiano declarados patrimonio inmaterial de la nación desde el 2014. Ella llevaba varios años viviendo en Bogotá y le pareció fascinante la manera en que los cantos de los Alabaos permiten a una tradición ancestral y oral pasar de generación en generación y perdurar en el tiempo retomando los valores de lo colectivo a través de un proceso de sanación.

Los Alabaos son cantos específicos para cuando una persona de la comunidad muere. Las cantoras y los cantores acompañan al cuerpo y a los familiares durante nueve días, son facilitadores para un duelo que se hace en compañía. Para el pueblo, los Alabaos son un ritual sagrado necesario para el viaje del difunto al más allá. La noción de comunidad, en una contemporaneidad tan individualista, sin duda nos devuelve a la naturaleza misma del hombre que necesita a los demás para sobrevivir, ser recordado y, a la vez, nos reconecta con valores importantes como el afecto, la compañía y la memoria, centrales en la vida del hombre como ser social.

Años más tarde, en el 2017, Adriana Ciudad participó en el Programa Internacional de Residencias de Lugar a Dudas, en Cali, con el fin de seguir su investigación sobre el poder sanador y reparador de los cantos de los Alabaos para las comunidades afrocolombianas. Durante los meses en los que desarrolla su pesquisa, en un concierto, la artista conoció a Nidia Góngora, cantora tradicional del Pacífico, sumó fuerzas con ella e invitó a C.S. Prince, cineasta colombiano. Los tres, que además comparten una experiencia de duelo personal, entablaron un diálogo entre el arte contemporáneo, la música y el videoarte para reflexionar juntos sobre los cantos populares y su importancia para entender la noción de luto a nivel personal y nacional.

Adriana Ciudad, Donde el alma goza en la inmensidad, 2018, óleo sobre lienzo, 120 x 160 cm. Cortesía de la artista

Nidia Góngora convidó a Adriana Ciudad a conocer de su mano Timbiquí y así comienza el gran proyecto que toma forma en Allá nos veremos, sin sombra y sin faz, que se despliega en la muestra que presenta el Museo La Tertulia en Cali, Colombia, del 14 de agosto al 14 de octubre próximos. A las pinturas de Adriana Ciudad y su videoinstalación en colaboración con C.S. Prince se sumó, en el evento de inauguración, una acción ideada en colaboración con las mujeres cantoras para lanzar un cancionero que compila los Alabaos con el ánimo de facilitar su difusión entre la comunidad de Timbiquí. También hay una pieza sonora experimental, metáfora del reforzamiento de las tradiciones de las mujeres afrocolombianas, ambos liderados a lo largo de estos meses por Adriana Ciudad, Nidia Góngora y C.S. Prince.

Este extenso y largo proyecto de investigación es posible, en parte, gracias al apoyo del Ministerio del Interior y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), dos entidades que vieron en esta obra una oportunidad única para comprender y visibilizar las prácticas de duelo de las cantoras del Pacífico colombiano y el efecto reparador que tienen en sus comunidades.

A partir de la mirada multidisciplinar y artística sobre procesos de duelo, reconciliación y reparación en la era del posconflicto, esta iniciativa se despliega en un trabajo que parte desde lo simbólico, pero opera en lo físico, y nos muestra cómo el arte puede ser una herramienta de transformación social y posición política.

En una sociedad neoliberal donde el éxito se mide por el estatus económico y la acumulación de bienes individuales, la noción de comunidad ha quedado relegada a la necesidad de hacerse nación que vota y se entiende como una por obligación estructural. La base de la colectividad no implica generosidad con el otro o voluntad de compartir y ser empático. Lo inmaterial, lo espiritual, la imaginación y las emociones han sido relegadas a un terreno no solo inferior, sino que, en general, son aspectos que hay que esconder, maquillar o incluso reprimir. Se enseña a los niños a no ser vulnerables ni frágiles, sino fuertes y autosuficientes y a esconder el dolor porque demuestra sensibilidad. De esta manera, las comunidades cargan con momentos traumáticos que no han podido liberar y, al igual que muchos individuos, viven sin poder superar eventos de pérdida y dolor.

Adriana Ciudad me contaba sobre el impacto que le causó ver cómo en los velorios de Timbiquí la gente lloraba acompañada:

El canto guarda un poder, una fuerza, un sentimiento que transmiten las cantoras y cantores a través de melodías y letras melancólicas y de duelo, que hacen que la gente llore. Porque nosotros caemos en un error: no dejamos llorar a la persona y hay que dejarla llorar para dejarla restaurarse. Cuando uno va donde una persona que pasa por un duelo lo mejor es no decir nada, solamente hay que dejarse ver. Un abrazo callado y déjelo llorar. Eso dice el Alabao: al que quiere llorar, déjelo llorar.

(Góngora entrevistada por Ciudad en Timbiquí. Segundo viaje de Adriana Ciudad a la localidad del Cauca, noviembre de 2017).

Adriana Ciudad y C.S. Prince, fotograma de la videoinstalación “Hágase el pecho pedazos y rómpase el corazón", 2018, 13:08 min. Cortesía de los artistas
Adriana Ciudad y C.S. Prince, fotograma de la videoinstalación “Hágase el pecho pedazos y rómpase el corazón", 2018, 13:08 min. Cortesía de los artistas
Mujeres cantoras interpretando un cancionero que compila los Alabaos durante la inauguración de la muestra de Adriana Ciudad en el Museo de la Tertulia, Cali (Colombia), 2018. Foto cortesía de La Tertulia

Allá nos veremos, sin sombra y sin faz muestra el potencial político de la intimidad colectiva y del afecto gracias a la recuperación de las emociones. El proyecto permite acercarnos a la fantasía, al poder de imaginar a través de la fuerza del canto como ritual que abre otras esferas, puertas y dimensiones para sanar lo intangible, el extrañamiento común que nos une a todos en el duelo.

En cierta medida, estos cantos celebran la muerte casi como un acontecimiento festivo, donde la comunidad está para apoyar a los familiares y amigos del difunto en un ambiente de tristeza y nostalgia, pero también de esperanza y vida. Tal y como sostenía el filósofo Martin Heidegger, el ser humano solo entiende su realidad cuando es consciente que va, inevitablemente, a desaparecer; solo ahí puede vivir libremente y aceptando el futuro que tarde o temprano debe llegarle. Así lo demuestran las pinturas misteriosas de Adriana Ciudad, donde los cuerpos aparecen como seres del más allá, suspendidos entre la vida y la muerte. Todos ellos muestran su belleza involuntariai: esa hermosura innata a cada objeto, cada ser, cada paisaje, con sus imperfecciones y perennidades.

Los cantos tienen ese poder performativo en los cuerpos que escuchan las voces y acogen la reflexividad filosófica sobre la vida y la muerte. Pero además devienen escenario para la reivindicación de una comunidad marginada en lo geográfico, ignorada en lo simbólico y excluida de la cultura. Negra soy es el título de uno de los poemas de Teresa de Jesús Venté Ferrín, a quien Adriana Ciudad conoció en Timbiquí. Justo unos meses después del terrible asesinato de la activista de izquierdas, lesbiana y negra, Marielle Franco, en las calles de Río, sacar a la luz un proyecto como este es una especie de homenaje que da visibilidad, es un reclamo de las comunidades afrodescendientes de Latinoamérica que sufren violencia extrema ante la indiferencia general.

El proceso que ha posibilitado Adriana Ciudad junto a los demás colaboradores deviene resistencia ideológica que expone cómo cohabitan distintas realidades y diversos puntos de vista en un mismo país. Para revelar tantos tipos de registros y lenguajes era necesario que el proyecto tomara todas las líneas de fuga: de la palabra a la escritura, de la grabación videográfica a la pintura, de la voz al performance, de la naturaleza al ensayo cinematográfico, y que las llevara de la comunidad de Timbiquí a la sala expositiva del Museo de la Tertulia en Cali.

Adriana Ciudad, Hay en el cielo un destello resplandeciente que me ilumina por donde voy, 2018, óleo sobre lienzo, 100 x 130 cm. Cortesía de la artista

La aproximación de Adriana Ciudad junto con Nidia Góngora y C.S. Prince permite expandir la realidad a una dimensión poética a la que todos podemos acercarnos. La artista se convierte en una posibilitadora, un motor que activa este engranaje. Las alianzas que propicia o el compartir la autoría son muestra de su implicación política con la causa y con el arte mismo que ya no es un género hermético, sino un dispositivo por naturaleza transdisciplinar que combina diferentes saberes y da voz a aquellos que están normalmente acallados: las mujeres, la comunidad negra, los artistas. Podríamos decir que Adriana Ciudad actúa como una etnógrafa, según la definición de Hal Foster, donde el artista no solo identifica una problemática, sino que también trabaja en términos de tópicos ejecutando modelos que colaboren con posibles soluciones a problemas existentes.

Ciudad va mucho más allá pues no instrumentaliza la comunidad como si se tratara de un ente exótico, ni solo desenmascara una realidad crítica: su acción la convierte en una artista cómplice que habilita un espacio que crea positividad, redistribución de la visibilidad y confianza en la transformación real de una comunidad.

La acción política de todos los participantes de este proyecto consiste en difundir el simbolismo de los Alabaos como dispositivo de fuerza poética a través de una lectura artística; su posición parte del único ánimo de disponer una escenografía complementaria para que el poder inmaterial de estas tradiciones emane. Sin duda, Allá nos veremos, sin sombra y sin faz nos da una lección sobre cómo actuar políticamente a partir de un proyecto artístico de prácticas coherentes, en este caso con un resultado sublime que nos invita a pensar de forma crítica sobre nuestra contemporaneidad.

 


[1] Término acuñado por Casilda Díaz de Bustamente hace unos años para hablar de su proyecto Stone.

Imagen destacada: Adriana Ciudad, Allá nos veremos, 2018, óleo sobre lienzo, 150 x 200 cm. Cortesía de la artista