Se dice que la historia detrás de la canción Quizás (1946), del compositor cubano Osvaldo Farrés, se remonta a su juventud, cuando un insistente enamorado que cortejaba a su hermana Olga le preguntaba “¿Bailaremos alguna vez?”, a lo que ella siempre respondía: “Quizás… quizás… quizás”. La letra de ese bolero recoge la posibilidad (o imposibilidad) del amor, pero también roza un concepto que tiene una bajada directa a las artes visuales: la prórroga.

El espacio de lo tentativo ha sido, incansablemente, un espacio propio de la exploración artística. La prueba, el ensayo y el error son partes fundamentales de los procesos creativos pero pocas veces hay instancias de exhibición que inviten a los artistas a trabajar con el intento, el aplazamiento y lo impreciso de manera concreta. El adverbio “quizás” plantea una posibilidad sobre un futuro del que no se tiene certeza y la exposición colectiva Este puede ser el lugar, convocada por Taller León, hizo su llamado a partir de esa idea.

El nombre de la muestra es un guiño a la canción This Must Be the Place (1983) de Talking Heads, con letra de David Byrne, que plantea una pregunta por lo relativo, cuestión que desde el inicio fue una de las claves de la iniciativa. La invitación que recibimos los 20 artistas convocados fue a realizar una obra en un edificio abandonado del centro de Santiago proyectado en 1940 como conjunto residencial para funcionarios del poder judicial y que llevaba quince años en desuso.

Javier Toro Blum, A través de una ventana se busca el sol, 2018, filtros de gelatina y papel, dimensiones variables. Foto: Rodrigo Maulén

La primera acción de esta ocupación temporal consistió en la elección del espacio particular en que cada uno trabajaría. Se hizo un recorrido por los seis pisos del edificio en que cada autor iba calibrando las posibilidades a través de una conexión no del todo concreta: todos podían ser el lugar. Tras la selección vino el asentamiento. Algunos artistas, como Gaspar Álvarez, Maite Zubizarrieta y Rocío Guerrero decidieron trabajar con materiales dados por el propio edificio: las zonas descascaradas, sus papeles murales o los objetos encontrados en el lugar. Otros, como Javier Toro-Blum, Rosario Perriello, Camila Pino Gay y Catalina Schliebener prefirieron intervenirlo a partir de sus particularidades constructivas: ventanas, muros, orificios y terminaciones. Cristóbal Cea, Isidora Correa y Marcos Sánchez, en tanto, optaron por instalar aquí obras itinerantes que provenían de exploraciones anteriores.

Independientemente de la decisión formal de cómo abordarlo, lo interesante fue que después de semanas de trabajo, una vez abiertas las puertas al público, el espacio propuso en sí un estado de aplazamiento a las preguntas que iban surgiendo. Estructuralmente el edificio tenía un recorrido determinado que proponía una experiencia distinta a la visita a un museo, galería o taller de artista. Lo que aquí se visitaban eran habitaciones, baños, cocinas, salas o pasillos de departamentos abandonados que alguna vez habían sido habitados. Ese desfase entre espacio de exhibición y uso, entre presencia y ausencia, generaba simultáneamente una impresión de familiaridad y extrañeza.

José Pedro Godoy, Sireno, 2018, técnica mixta, dimensiones variables. Foto: David Maulén
José Pedro Godoy, Sireno, 2018, técnica mixta, dimensiones variables. Foto: David Maulén

La decisión de que las obras no tuvieran viñeta ni que –en un principio– estuviera señalado a qué artista correspondían, contribuía a la imprecisión. No saber si una habitación con los papeles murales despedazados o si un orificio que recorría los seis pisos eran o no obras deliberadas resultaba vertiginoso. No tener una idea preconcebida de la escala del espacio, ni de la cantidad de trabajos que se exhibían, hacía que el andar fuera a tientas, como se avanza en un sitio peligroso. Al recorrer Este puede ser el lugar, la expectativa se iba contraponiendo constantemente al asombro, generando un estado de pregunta.

Este vértigo tuvo su correlato en algunas exploraciones formales. Artistas dedicados a un tipo de trabajo, como la pintura en lienzo en el caso de José Pedro Godoy y el bordado, en el de Juana Gómez, dieron un salto e indagaron en otros formatos como la instalación y la performance. Lo tentativo tomó distintas formas en este edificio abandonado. Formas que, al oscilar, construían vínculos: mientras Virginia Acosta y yo depositamos nuestros collages en los muros, volviéndolos de alguna manera a empapelar, Maria Karantzi ocupó el espacio central de una sala y una cocina para evidenciar ese vacío. Las láminas de oro con que Gaspar Álvarez pintó sus muros multiplicaban y contenían la luz natural mientras la intervención de Javier Toro Blum la filtraba y la teñía.

Juana Gómez, Qapuña, 2018, instalación/performance, 24 husos, vellón hilado a mano y tierra, dimensiones variables. Foto: Alejandro Araya
Juana Gómez, Qapuña, 2018, instalación/performance, 24 husos, vellón hilado a mano y tierra, dimensiones variables. Foto: Alejandro Araya

Era la misma luz que, a través de una persiana, alteraba la colaboración de Laura Ameba con Esteban Vargas Roa. Alexandra Mabes sostenía una piedra por horas de pie en cuclillas sobre un plinto mientras en la habitación de al lado los jarrones y vasijas de Isidora Correa reposaban inmóviles sobre el piso. El desastre que replicó a escala Rosario Perriello tenía ecos innegables con los gritos –y el humo– del video de Cristóbal Cea y los desnudos en movimiento del video de Matthew Neary volvían a aparecer suspendidos en agua en la obra de José Pedro Godoy. Esto mientras los cuerpos de plasticina de Claudia Bitrán armaban un coro y otros recortados por Catalina Schliebener se parecían a los de los espectadores que se asomaban cuarto a cuarto en los distintos pisos del edificio.

Ese asomo era una forma de pregunta que iba aplazando su respuesta. La prórroga es una suspensión temporal de lo definitivo y, en esta muestra, también fue un espacio de acción. Por un lado, las preguntas por el “cuándo, cómo y dónde” tenían una respuesta concreta: el edificio, emplazado en un enclave particular de la ciudad, abría sus puertas en fechas y horas determinadas. Eso era lo fijo. Pero, por otro lado, como en el bolero de Osvaldo Farrés, lo que ocurría dentro era siempre tentativo y subjetivo. Abierto. Misterioso. Tan posible como imposible.

Juan José Richards, Donde Fuego Hubo, 2018, collage, 20 láminas de 21.6 x 27.9 cms c/u. Foto: Rodrigo Maulén
Juan José Richards, Donde Fuego Hubo, 2018, collage, 20 láminas de 21.6 x 27.9 cms c/u. Foto: Rodrigo Maulén
Isidora Correa, el peso de las cosas, 2018, fotografías impresas en papel de algodón, dimensiones variables. Foto: Rodrigo Maulén
Cristóbal Cea, Montt con Las Heras, animación 3D full HD, loop, 3 minutos. Trípode y monitor de campo. Foto: Rodrigo Maulén
Cristóbal Cea, Montt con Las Heras, animación 3D full HD, loop, 3 minutos. Trípode y monitor de campo. Foto: Rodrigo Maulén
Alexandra Mabes, Cuerpo esCultura, 2018, performance. Foto: Rodrigo Maulén
Alexandra Mabes, Cuerpo esCultura, 2018, performance. Foto: Rodrigo Maulén

Imagen destacada: María Karantzi, Still life, 2018, técnica mixta. Foto: Rodrigo Maulén

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Juan Jose Richards

Estudió Diseño Gráfico (PUCV) y Licenciatura en Estética (PUC). El año 2012 obtuvo una Beca Bicentenario para realizar un MFA in Creative Writing in Spanish en la Universidad de Nueva York (NYU). Editó la antología del poeta Alfonso Echeverría “El laberinto del Topo” (Cuarto Propio, 2009). Sus poemas han sido publicados en revistas y fanzines independientes en Nueva York y Santiago. En el 2013 su poemario “Trasatlántico” (Editorial Cuneta, 2015) obtuvo un Fondo del Libro otorgado por el CNCA. Su ensayo “Aguas Revueltas” (Pupa Press, 2015) se presentó en la New York Art Book Fair que se realiza en el MoMA PS1, en Nueva York.

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